
(Revisión y Corrección de
Estilo: Daviel D’Paz)
EL
ARMINIANISMO
Y
LA DEGENERACIÓN DE LA IGLESIA
Finalmente,
Spurgeon se opuso resueltamente al arminianismo porque sus enseñanzas tienden a
fomentar una peligrosa superficialidad religiosa. El arminianismo, al pasar por
alto como hemos visto, la punzante verdad de que toda experiencia de salvación
debe empezar por la regeneración y debido a que implica que los hombres llegan
a la fe y al arrepentimiento sin la obra directa y previa del Espíritu Santo,
establece un plan de conversión que está por debajo del patrón bíblico. Según
la predicación arminiana, el pecador es instruido para que empiece la obra
llegando a ofrecerse voluntariamente y Dios la completará; ha de hacer lo que
pueda y Dios hará el resto. De modo que si se toma una firme "decisión
por Cristo", se le aconseja en seguida que confíe en que la obra Divina
también ha sido hecha y que considere textos como Juan 1:12 como descripción
de su propio caso.
Pero
el hecho solemne es que el arminianismo ha establecido un sistema de conversión
que es sub‑bíblico y que puede aplicarse a hombres no nacidos de nuevo.
Al presentar el arrepentimiento y la fe como algo que está al alcance de las
personas no regeneradas, abre la puerta a una experiencia en que la voluntad
humana del pecador puede ser la característica principal y el elemento clave en
lugar del poder de Dios. La Escritura muestra en todas sus partes que en la
salvación, la voluntad y el poder de Dios ocupan el primer lugar y no el
segundo; y una enseñanza que promete que la voluntad de Dios ha de seguir
nuestra voluntad puede tener el efecto de hacer que los hombres confíen en una
ilusión engañosa, en una experiencia que no es la salvación en modo alguno.
La Escritura nos advierte solemnemente y con frecuencia contra semejante trampa. Y lo urgente de esta advertencia procede en parte del hecho de que hay una "fe" que pueden ejercer los hombres no regenerados y cuya experiencia puede incluso llevar al gozo y a la paz. Pero el arminianismo, en vez de precaver a los hombres en contra de este peligro, lo alienta de modo inevitable, pues lanza a los hombres no a brazos de Dios, sino a brazos de sus propios actos. Se da al oyente del Evangelio la clara impresión de que no es de Dios el escoger, sino de él y que en determinado lugar y hora pueden decidir el momento de su regeneración.
Por
ejemplo, un folleto muy distribuido actualmente para el evangelismo entre
estudiantes presenta "Tres pasos sencillos" a dar para llegar a ser
cristiano: primeramente, reconocimiento personal del pecado y en segundo
lugar, fe personal en la obra sustitutiva de Cristo. A estos dos pasos se
les llama preliminares, pero "el tercero es tan definitivo que el darlo hará
de mi un cristiano... Debo acudir a Cristo y reclamar mi participación
personal en lo que Él hizo por todo el mundo." Este fundamental tercer
paso depende de mí, ya que Cristo "espera pacientemente hasta que el
pecador abra la puerta. Entonces Él entrará..." Una vez hecho esto, puedo
inmediatamente considerarme como cristiano. Sigue el consejo: "Di
hoy a alguien lo que has hecho."
Sobre
esta base, una persona puede hacer profesión de fe sin haber tenido jamás la
experiencia del derrumbamiento de la confianza en sus propias capacidades. Nada
en absoluto se le ha dicho de su necesidad de un cambio de naturaleza que no está
en su poder producir y por consiguiente, si no experimenta tan radical cambio,
no se desalienta. Nunca se le dijo que era esencial, de modo que no ve razón
alguna para dudar que es cristiano. De hecho, la enseñanza bajo la cual ha
venido a parar milita constantemente contra la aparición de tales dudas. Se
dice a menudo que un hombre que ha tomado una decisión y tiene pocas pruebas de
un cambio de vida puede ser un cristiano "carnal" que necesita
instrucción en la santidad o si el individuo perdiera gradualmente su reciente
interés, se suele echar la culpa a la falta de "obra personal" o de
oración, o alguna otra deficiencia por parte de la Iglesia.
La
posibilidad de que estos síntomas de mundanalidad y apostasía sean debido a la
ausencia de una experiencia salvadora al principio, es rara vez tenida en cuenta;
si se estudiara este punto, el sistema entero de los llamamientos, las
decisiones y la obra personal se derrumbaría, porque pondría de relieve el
hecho de que el cambio de naturaleza no está en manos del hombre y que se
necesitan mucho más que unas cuantas horas o días para determinar si una
profesión de fe en respuesta al Evangelio es genuina. Pero, en lugar de
enfrentarse con ello, se afirma que el dudar de que un hombre que "ha
aceptado a Cristo" sea cristiano, equivale a dudar de la Palabra de Dios y
que el abandonar los "llamamientos" y su secuela es renunciar
totalmente al evangelismo. El hecho de que puedan decirse tales cosas es una
trágica prueba de cómo el modelo arminiano de conversión ha llegado a ser
considerado como el bíblico. Tanto es así, que si alguno objetase al empleo de
expresiones tan poco bíblicas como "aceptar a Cristo", "abrir
el corazón a Cristo", "Permitir que el Espíritu Santo te
salve", sería considerado generalmente como poco menos que sutilizar
acerca de las palabras.
Spurgeon
vio que el arminianismo era un alejamiento de la pureza del evangelismo neo-testamentario
y al afirmar que la superficialidad religiosa era una de sus consecuencias
inevitables, reconoció lo que ha llegado a ser característico del
evangelicismo moderno. No era tanto el advenimiento de los acompañamientos
musicales y las salas de consejería personal lo que le alarmaba (aunque estas
cosas le inquietaban y no tenía tiempo que concederles), como la desaparición
del énfasis en la necesidad de la obra del Espíritu, y la transformación de
la conversión en un negocio acelerado: "¿Sabéis", preguntaba en un
sermón titulado “Sembrando Entre Espinos” predicado poco antes de su muerte,
"por qué tantos que profesan ser cristianos se parecen al terreno espinoso?
Porque se han omitido ciertos procedimientos que habrían ido lejos alterando
el estado de cosas. La obligación del labrador era arrancar las espinas, o
quemarlas allí mismo. Años atrás, cuando había conversiones, solían ir
acompañadas de lo que se llama convicción de pecado. Ese gran arado del
subsuelo que es la angustia del alma era usado para penetrar hasta lo profundo
de ella. Asimismo, el fuego ardía en la mente con mucho calor: al ver los
hombres el pecado y sentir sus tremendos resultados, el amor al mismo quedaba
abrasado. Pero ahora nos aturden los alardes de las salvaciones rápidas. En
cuanto a mí, creo en las conversiones instantáneas y me alegro de verlas; pero
aún me alegro más cuando veo una profunda obra de la gracia, un hondo sentido
del pecado y una herida eficaz causada por la ley. Nunca
nos libraremos de los espinos si usamos arados que solamente rascan la
superficie...".
Con el nivel inferior de las conversiones, vino también un inferior concepto de la verdadera naturaleza de la auténtica experiencia cristiana y Spurgeon observaba con desaliento que no se aplicaban las pruebas escrutadoras de la Biblia a los que profesaban conversión. "He oído a jóvenes decir: "Sé que soy salvo porque soy muy feliz." No estéis tan seguros de esto. Muchos se consideran felices y sin embargo no son salvos".
Asimismo,
no creía que una experiencia de paz fuese señal segura de conversión
verdadera. Comentando el texto "Jehová mata, y Él da vida; Él hiere,
y sus manos curan", pregunta: "Pero, ¿cómo puede dar vida a los
que nunca fueron muertos? TÚ, que nunca has sido herido; tu que esta noche has
estado aquí sentado y sonriendo a tus anchas, ¿qué es lo que la misericordia
puede hacer por ti? No os felicitéis por disfrutar de vuestra paz". Hay
una paz del diablo como hay la paz de Dios”.
En
todo su ministerio, Spurgeon advirtió a los hombres de este peligro, pero en
algunos de sus últimos sermones esta nota de alarma es cada vez más apremiante.
En uno de éstos, de titulo ¿Sanado o Engañado?, predicado en 1882,
Spurgeon habla de los muchos que son engañados por una falsa sanidad. Esto
puede ocurrir, según demuestra, aun en aquellos que han pasado por un periodo
de ansiedad espiritual:
"Convencidos
de que desean la curación y en cierta medida hechos afanosos de hallarla, el
peligro de los así despertados es el de contentarse con una sanidad aparente,
quedándose sin la verdadera obra de la gracia. Es peligrosamente probable que
nos contentemos con una curación superficial y así quedarnos sin la grande y
completa salvación que viene solo de Dios. Deseo hablar muy en serio sobre este
tema a todos los presentes, pues he sentido su poder en mi propia alma. Para dar
este mensaje he hecho un esfuerzo desesperado, abandonando mi lecho de enfermo
sin el debido permiso, movido por el inquieto anhelo de preveniros contra las
falsificaciones que circulan en nuestros días”.
Dondequiera
que el arminianismo se convierte en la teología predominante, la verdadera
religión está destinada a degenerar y la falsa seguridad a ser fomentada.
Separando la necesidad que el creyente tiene de creer, de su necesidad
de regeneración, el arminianismo coloca en segundo término el hecho de
que "el cambio de corazón es el mismísimo centro y esencia de la salvación".
Es inevitable que no dé prominencia a la segunda de estas verdades, porque
nadie puede hacer que su naturaleza humana quede para siempre divorciada del
amor y dominio del pecado y la regeneración significa esto precisamente.
En
su lugar, el arminianismo pinta la regeneración como algo que está al
alcance de la elección del hombre o algo que seguirá a su decisión y al
hacerlo, su tendencia es hacer que los hombres se imaginen que el nuevo
nacimiento es menos de lo que de hecho es. "Tu regeneración",
diría Spurgeon, "no fue de voluntad de hombre, ni de voluntad de sangre,
ni de nacimiento; si así fuera, permíteme que te diga que cuanto antes te
deshagas de ella, mejor. La única regeneración auténtica es la de la voluntad
de Dios y por la operación del Espíritu Santo".
El
arminianismo no hace a los hombres esta advertencia y su silencio es peligroso
porque no aclara la verdad que preserva a los hombres de la falsa seguridad, a
saber, que Dios nunca perdona el pecado sin que al mismo tiempo cambie la
naturaleza del pecador. "Os hablo en serio", declara Spurgeon, "cuando
digo que la doctrina de "cree y vive" sería muy peligrosa si no fuera
acompañada por la doctrina de la regeneración". Enfatizando que "la
fe salva" sin insistir también en que dondequiera que existe fe
verdadera hay una vida nueva, creada a semejanza del carácter de Dios y
manifestándose en un odio a todo lo que es pecado, el arminianismo
abre la puerta a un "credulismo" que quita a la conversión su base y
no da a esta palabra su pleno contenido.
Si
bien la santificación nunca es la base de nuestra justificación, lo
cierto es que la Escritura niega la posibilidad de un hombre justificado que no
haya experimentado "el lavamiento de la regeneración" (Tito
3:5). El arminianismo ha separado las dos cosas porque ha perdido la verdad de
que la fe es el resultado de la regeneración; pero una vez se ha captado
la verdadera doctrina, significa que nadie puede ser un auténtico creyente si
no posee una nueva vida "creada en justicia y santidad verdaderas".
Según las Escrituras, es completamente imposible ser justificado por la fe y
no ser santificado, porque es la regeneración la que implanta simultáneamente
la fe y la santidad en aquellos a quienes Dios llama.
Por
enseñar esto, las doctrinas de la gracia son una barrera frente a la
indiferencia y la superficialidad.
El mismísimo sistema que ha sido acusado de minimizar la responsabilidad
del hombre, ha producido dondequiera que ha llegado a prevalecer, generaciones
de personas serias, temerosas de Dios y santas, pues el calvinismo siempre ha
hecho énfasis en que es por la obediencia y la santidad que cumplimos el
mandato apostólico de hacer firme nuestra vocación y elección.
"Si
el llamamiento divino ha producido en nosotros el fruto de la obediencia,
podemos creer con toda certeza que fuimos apartados para Dios desde antes del
principio de los tiempos y que esta elección fue de acuerdo con la voluntad y
el propósito eterno de Dios". Por otra parte, el arminianismo que
afirma ser el protector de la doctrina de la responsabilidad humana, tiene en
sus enseñanzas la inevitable tendencia a menoscabar el nivel bíblico de
verdadera experiencia cristiana. En este aspecto es significativo que el
moderno evangelicismo haya popularizado la frase "la seguridad eterna de
los creyentes", mientras que el calvinismo histórico sostenía la
perseverancia final de los santos: "Creemos
en la perseverancia final de los santos, pero muchos no son santos y por lo
tanto, no perseveran".
Es cierto que el arminianismo ha producido muchas reuniones y convenciones de "santidad", pero este hecho en vez de refutar el cargo que antes se ha hecho, más bien lo confirma, porque antes que el arminianismo empezara a prevalecer en el evangelismo, no había necesidad de enseñanzas especiales sobre la santificación. El calvinismo sostenía que el mismo mensaje que salva a los hombres los hace santos y que una fe que no está unida a la santidad no tiene nada de la fe que salva. Fue debido a que sabía esto que Spurgeon no tomó parte en convenciones de santidad, pero de haber sido llamado a dirigirse a "creyentes” carnales que necesitaban ser santificados, no hay duda que habría tenido que decir:
"Aquellas
personas cuya fe les permite pensar con ligereza en el pecado pasado, tienen
la fe de los demonios, y no la fe de los elegidos de Dios. Los que creen
que el pecado es algo sin importancia y nunca han sentido pesar por él, que
sepan que su fe no es genuina. Los hombres cuya fe les permite vivir con
indiferencia en la actualidad, que dicen: "Bien, soy salvo mediante una fe
sencilla" y disfrutan de los placeres carnales y las concupiscencias de
la carne, son mentirosos; no tienen la fe que salvará el alma. ¡Oh!, si
alguno de vosotros tiene una fe así, ruego a Dios que se las quite por completo".
Esta
superficialidad que acompaña al arminianismo tiene su origen en el propio
centro de su sistema. "Si crees que todo gira en torno al libre albedrío
del hombre", dice Spurgeon, "tendrás naturalmente al hombre como
figura principal del paisaje". En vista de ello, inevitablemente hay la
tendencia a considerar la verdad divina como medio para pescar hombres y
cualquier verdad que no nos parezca eficaz para tal fin, o cualquier verdad que
parezca un obstáculo para el evangelismo más amplio posible, es por
consiguiente recomendable dejarla de lado. Es preciso que el fin sea mayor que
los medios. Pero lo que aquí se olvida es que el fin del Evangelio no es la
conversión de los hombres sino la gloria de Dios. Lo supremo no es la
necesidad de salvación del hombre y una vez se ha comprendido esto, la actitud
que piensa "es preciso que convirtamos a los hombres" y no pregunta si
los medios son conformes a la Escritura, se aprecia en su verdadera luz.
"En
la iglesia de la época actual hay deseo de hacer algo para Dios, pero pocos son
los que preguntan que es lo que Él quiere que hagan. Se hacen muchas cosas para
la evangelización del pueblo, cosas que nunca fueron ordenadas por la Cabeza de
la Iglesia y que Él no puede aprobar". Conocemos Su Voluntad tan sólo por
medio de Su Palabra y a menos que la Verdad reciba lugar preferente a los
resultados, pronto se considerará que las conversiones son más importantes
que la gloria de Dios. Spurgeon denunció el tipo de evangelismo en que se
observa "una lamentable disminución de la verdad en muchos puntos con
objeto de alentar a los hombres"; vio que terminaría en "el más
absoluto fracaso" y que no reportaría gloria a Dios ni bendición duradera
a la Iglesia. Deploraba el hecho de que se estuviese permitiendo a los hombres
"meterse en la religión como quien se mete en el baño por la mañana y
luego salir de nuevo, con la misma presteza, convertidos por docenas y
desconvertidos uno por uno hasta que las docenas se han esfumado". En
contraste con esto, declaró solemnemente en una ocasión: "No
deseo tener éxito en el ministerio si Dios no me lo da y ruego que vosotros,
que sois obreros de Dios, no deseéis tener ningún éxito sino el que procede
de Dios mismo en los caminos propios de Dios; pues aunque pudierais amontonar
como si fuera la arena del mar, convertidos obtemperados mediante métodos
extravagantes y poco cristianos, desaparecerían como la arena del mar tan
pronto viniese otra marca".
La mejor manera de concluir esta sección quizá sea reproduciendo las que Spurgeon consideraba como señales de una verdadera conversión:
Cuando
la Palabra de Dios convierte a un hombre, le quita la desesperación, pero
no le quita el arrepentimiento.
La
verdadera conversión da al hombre el perdón, pero no le hace presuntuoso.
La
verdadera conversión da al hombre perfecto reposo, pero no detiene su
desarrollo.
La
verdadera conversión da al hombre seguridad, pero no le permite dejar de
estar alerta.
La
verdadera conversión da al hombre fortaleza y santidad, pero nunca le
permite jactarse.
La
verdadera conversión armoniza todos los deberes de la vida cristiana;
equilibra todos los deberes, emociones, esperanzas y goces.
La
verdadera conversión conduce al hombre a vivir para Dios.
Todo lo hace para la gloria de Dios ‑comer, beber o cualquier otra cosa.
La verdadera conversión hace vivir al hombre delante de Dios. Desea vivir en
todo momento como aquel a quien Dios está mirando y se alegra de que sea así.
Y ahora este hombre viene a vivir con Dios. Tiene con Él bendita comunión;
habla con Él como quien habla con su amigo".
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