
(Revisión y Corrección de
Estilo: Daviel D’Paz)
EL ARMINIANISMO
Y
LA VERDAD
ACERCA
DEL HOMBRE
En
tercer lugar, Spurgeon se opuso a la enseñanza ya en boga en los años de 1850
a 1860, porque afirmaba que contenía errores que atenúan la gravedad de la
posición de los inconversos. El arminianismo no revela plenamente el testimonio
bíblico relativo a la condición de los pecadores y no expone el terrible
alcance de sus pecados. La Escritura nos representa no solamente como
necesitados por naturaleza de salvación de la culpabilidad del pecado, sino
necesitados de un poder omnipotente que nos resucite después de haber estado «muertos
en delitos y pecados". No solamente estamos bajo condenación por nuestras
transgresiones, sino que estamos bajo el dominio de una naturaleza caída que
está enemistada con Dios. No es solamente que hayamos cometido pecados por los
cuales necesitamos misericordia, sino que tenemos una naturaleza pecaminosa que
necesita ser regenerada.
El
arminianismo predica el nuevo nacimiento, pero lo predica como consecuencia de,
o como acompañamiento a la decisión humana; representa al hombre como nacido
de nuevo por el arrepentimiento y la fe, como si estos actos espirituales
estuvieran dentro de la capacidad de los inconversos. Esta enseñanza es tan sólo
posible a causa de haber evaluado insuficientemente la ruina total del pecador y
su impotencia. La Escritura dice que el hombre natural no puede recibir las
cosas espirituales,([1])
y causa de esto que la resurrección que viene de Dios debe preceder a la reacción
humana. "El espíritu es el que da vida: la carne para nada aprovecha"
(Juan 6:63).
Es
a través de Dios quien llama y regenera, que se implanta la nueva vida y hasta
que se alcanza ese punto, la naturaleza y la voluntad del pecador están contra
Dios. En la regeneración, la naturaleza es cambiada, la voluntad es liberada,
el poder de la incredulidad es quebrantado y el alma vuelve a Dios en
arrepentimiento y fe. Venimos al Salvador porque somos traídos por el amor
del Padre y sin esa atracción eficaz, dice Cristo, nadie vendrá jamás
(Juan 6:65). Al ser conscientes de semejante verdad somos levantados por encima
del terreno de los debates y Spurgeon nunca se cansaba de citar en admiración y
alabanza:
¿Por
qué fui llevado a oír Tu voz?
Y
a entrar habiendo aún lugar,
Al
par que miles la desdicha escogen,
Y
antes que venir de hambre mueren?
Fue
el mismo amor que preparó la fiesta
El
que dulcemente me empujó;
Si
no, aun de gustarla hubiese huido.
Y
en mi pecado habría perecido.
La
enseñanza arminiana invierte el orden bíblico y coloca la decisión humana
antes que el acto divino. "La mirada santa de Dios", dice el Dr.
Graham, "discierne la pecaminosidad de todos los corazones y llama a todos
a pasarse al bando de Dios en contra de sí mismos. Hasta que se ha efectuado,
la fe es absolutamente imposible. Esto no limita la gracia de Dios, pero el
arrepentimiento abre camino a la gracia de Dios"([2]). El “llamamiento” en este contexto es
evidentemente, no el poderoso llamamiento íntimo de Cristo, sino el mandato y
la invitación externa del predicador que nos llama a la decisión. Dicho de
otro modo, hasta que se ha tomado la decisión, no es posible que ocurra nada más.
El arrepentimiento ha de preceder al nuevo nacimiento: "Vosotros abrís
vuestro corazón", aconseja el Dr. Graham a los hombres, "y le permitís
que entre. Renunciáis a todo pecado y a todos los pecados. Renunciáis y os
entregáis por fe a El. En aquel preciso instante, tiene lugar el milagro de la
regeneración. Llegáis a ser de hecho una nueva criatura moral. Queda
implantada la naturaleza divina».([3])
Es
evidente que no se trata de una diferencia de terminología, sino una apreciación
distinta de la posición de los no regenerados.
El arminiano cree que a través de una influencia general de la gracia de Dios,
el hombre natural puede actuar de manera que según promete el predicador, dará
por resultado la salvación. La gracia en este contexto no es
evidentemente gracia salvadora, porque se extiende igualmente a los que
perecen. De hecho, no es gracia en absoluto en el uso bíblico del término.
El calvinista tiene una apreciación diferente tanto del pecador como de la
gracia. En cuanto al pecador, cree que ha caído en una condición mucho más
terrible y que su necesidad es mucho más colosal. Y en cuanto a la gracia, se
gloría en que es eficaz para alcanzar a los hombres aun en tal posición:
"Miráis al termómetro espiritual y decís: «¿Hasta dónde descenderá
la gracia de Dios? ¿Descenderá hasta el calor de verano? ¿Acaso hasta cero?
¿Llegará hasta más abajo del punto de congelación?» Sí, descenderá hasta
el punto más bajo concebible, más de lo que puede indicar cualquier
instrumento: descenderá más abajo del grado cero de la muerte".
Es
precisamente en ese punto de la muerte espiritual que el Espíritu Santo sale el
primero al encuentro de los hombres en poder salvador y los levanta del sepulcro
del pecado. El arrepentimiento y la fe no se pueden ejercer hasta que se ha
implantado la vida, y por consiguiente, estos actos espirituales son "el
primer resultado visible de la regeneración”. «El arrepentimiento evangélico
no puede existir jamás en un alma no regenerada." Somos tan impotentes
para cooperar en nuestra regeneración como lo somos para cooperar en la obra
del Calvario, y así como es la sola Cruz la que paga la culpabilidad del pecado,
así también es la sola regeneración la que se enfrenta con su poder. Es esta
doctrina la que demuestra exactamente la verdadera naturaleza de la condición
del pecador y al mismo tiempo, la grandeza de la obra del Espíritu:
¿Puede
algo inferior al divino poder
Subyugar
la obstinada voluntad?
Tuyo
es, Eterno Espíritu, tuyo es
Formar
de nuevo el corazón.
Tuvo
es someter las pasiones
Y
mandarlas al cielo levantarse;
Y
desprender de los ojos ciegos de la razón,
las
duras escamas del error.
Alejar
las sombras de la muerte,
Y
hacer que viva el pecador;
Que
brille un rayo de vida del cielo,
Es
tuyo darlo, sólo tuyo, Señor.
Spurgeon
sostenía que la realidad de la posición del pecador no puede reconocerse
plenamente hasta que se haya aclarado de modo inconfundible esta verdad de la
necesidad de una obra sobrenatural del Espíritu de Dios: "Pecador, pecador
inconverso, te advierto solemnemente que jamás puedes por ti mismo nacer de
nuevo y aunque el nuevo nacimiento es absolutamente necesario, te es
completamente imposible, a menos que Dios Espíritu Santo lo haga...». "Haz
lo que sea, aun en el mejor de los casos habrá una división tan ancha como la
eternidad entre ti y el hombre regenerado... Es preciso que el Espíritu de Dios
te cree de nuevo, tienes que nacer de nuevo. El mismo poder que levantó a Jesús
de entre los muertos ha de ser ejercido para levantarnos de los muertos; la mismísima
omnipotencia, sin la cual no podrían haber existido ni los ángeles ni los
gusanos, ha de salir nuevamente de sus cámaras y efectuar una obra tan grande
como en la primera creación, para hacernos de nuevo en Cristo Jesús nuestro Señor.
La misma Iglesia Cristiana trata de olvidarlo constantemente, pero tantas veces
como esta antigua doctrina de la regeneración es presentada de modo categórico,
Dios se complace en favorecer a Su Iglesia con un avivamiento...".
"A
menos que Dios Espíritu Santo sea el que «produce así el querer como el hacer»,
obre sobre la voluntad y la conciencia, la regeneración es una imposibilidad
absoluta, y por lo tanto, también lo es la salvación. «¡Cómo!», exclama
alguien, “¿Quiere usted decir que Dios interviene de modo absoluto en la
salvación de cada uno para regenerarlo?”» Si, en la salvación de toda
persona hay en efecto una intervención del poder divino, por el cual el pecador
muerto es resucitado, el pecador reacio es hecho voluntario, el pecador
desesperadamente empedernido recibe una conciencia tierna y el que había
rechazado a Dios y despreciado a Cristo, es conducido a arrojarse a los pies de
Jesús. Ha de haber una interposición divina, una obra divina, una influencia
divina, o de lo contrario, hagáis lo que queráis, perecéis y sois asolados:
«El que no naciere de nuevo, no puede ver el reino de Dios»...».
"No
olvidemos jamás que la salvación de un alma es una creación. Ahora bien,
nadie ha podido jamás crear ni una mosca. Sólo Jehová crea. Ningún poder,
humano o angélico, puede inmiscuirse en este glorioso terreno del poder divino.
La creación es campo de actividad de Dios. Ahora bien, en todo cristiano hay
una creación absoluta: «Creados de nuevo en Cristo Jesús». «El nuevo
hombre, creado según Dios en la justicia.» La regeneración no es la reforma
de principios que ya existían, sino la implantación de algo que no existía;
es la colocación en un hombre de algo nuevo llamado el Espíritu, el nuevo
hombre; la creación no de un alma, sino de un principio aún más elevado,
tanto más elevado que el alma, como el alma es más elevada que el cuerpo. En
el hecho de que un hombre sea llevado a creer en Cristo, hay una verdadera
manifestación apropiada del poder creador, como cuando Dios hizo los cielos y
la tierra...". "Sólo el que formó los cielos y la tierra podía
crear una nueva naturaleza. Es una obra sin igual, única y sin rival posible
dado que el Padre, el Hijo y el Espíritu han de cooperar en ella, pues para
implantar la nueva naturaleza en el cristiano, ha de haber el decreto del Padre
Eterno, la muerte del bendito Hijo y la plenitud de la operación del adorable
Espíritu. Ciertamente es una obra inmensa. Los trabajos de Hércules no eran
sino bagatelas comparados con éste; matar leones e hidras y limpiar los
establos del rey Augías, juego de niños en comparación con la renovación de
un espíritu recto en la naturaleza caída del hombre. Observad que el apóstol
afirma (Filipenses 1:6) que esta buena obra fue comenzada por Dios.
Evidentemente no creía en aquel notable poder que algunos teólogos atribuyen
al libre albedrío; no adoraba esa moderna Diana de los Efesios".
Conviene
recordar que estas palabras no son las de un conferenciante, sino las de un
evangelista, un hombre que durante más de treinta y cinco años predicó en
Londres a 5.000 o más personas cada domingo –un pescador de almas que
anhelaba ver cómo los hombres eran llevados a Cristo. Para Spurgeon ésta no
era tan sólo una cuestión de ortodoxia teológica; sabía que estas verdades
producen un profundo impacto práctico en las conciencias de los oyentes.
Demuelen la propia suficiencia hasta que los hombres quedan impotentes a la
vista de Dios y no pueden escapar a la naturaleza desesperada de su condición:
"Hay en estas doctrinas algo que penetra hasta el alma del hombre. Otras
formas de doctrina se deslizan como el aceite sobre una lápida de mármol, pero
ésta los cincela y los corta hasta lo más vivo. No pueden evitar el darse
cuenta de que aquí hay algo, aunque den patadas contra ello, que tiene fuerza
especial y tienen que preguntarse: «¿Es eso verdadero o no?» No pueden
contentarse con injuriarlo y entregarse a la placidez".
La
gloriosa verdad es que es el mismo carácter incurable del pecador el que le
muestra dónde está la verdadera esperanza. Minimizar esta falta de esperanza
‑como hace el arminianismo‑ no es pues, la manera de revelar la
luminosidad de la esperanza que brilla en el Evangelio. Escuchemos de nuevo
algunas de las palabras finales de Spurgeon dirigidas a una vasta congregación
reunida en el Exeter Hall: “Vosotros los que no habéis sido convertidos y no
tenéis parte en la actual salvación, a vosotros digo lo siguiente: Hombre,
hombre, estás en las manos de Dios. De Su voluntad depende absolutamente que
vivas lo suficiente para llegar hoy a tu casa». ¿Es esto enviar a los hombres
a la desesperación? ¡No! Es cerrarles todo camino que no sea el de Dios. Las
mismas verdades que nos revelan nuestra impotencia son las que nos orientan
hacia nuestra verdadera esperanza y nos revelan que en el Padre de misericordias
hay gracia omnipotente para hacer por nosotros lo que no podemos hacer por
nosotros mismos. "El calvinismo te da diez mil veces más razones para
tener esperanza que el predicador arminiano, que se levanta y dice: «Hay lugar
para todo el mundo, pero no creo que haya una gracia especial para hacerlos
venir; si no quieren venir, no vendrán y se acabó, es culpa suya y Dios no les
obligará a venir».
La
Palabra de Dios dice que no pueden venir, pero el arminiano dice que pueden;
el pobre pecador se da cuenta de que no puede, pero el arminiano ha declarado
positivamente que podría si quisiera". Cuando a un hombre que ha
llegado a este punto se le dice que Dios ha determinado salvar pecadores, que así
como ha establecido el medio en la sangre del Calvario, ha dado también el Espíritu
para aplicar los méritos de aquel sacrificio y para resucitar a los muertos en
pecado ‑el propósito es Suyo, el don es Suyo, los medios son Suyos, el
poder es Suyo ‑, ésta es
exactamente la buena nueva que un alma así desmayada necesita. Para una persona
que ya no confía en si misma y que se da cuenta del desesperado mal de su corazón,
no podía haber un mensaje más urgentemente necesitado que el que le enseña a
mirar y a confiar en la libre gracia de Dios:
«El
gran sistema conocido como «Las Doctrinas de la Gracia» pone a Dios y no al
hombre, ante la mente de aquél que verdaderamente lo recibe. Todo el conjunto y
plan de aquella doctrina mira hacia Dios" y esa es exactamente la dirección
en que un alma convicta necesita mirar. Sus superficiales nociones religiosas le
han sido arrancadas: "Antes te jactabas: «Puedo creer en el Señor
Jesucristo cuando guste y todo irá bien». En otros tiempos pensabas que creer
era cosa muy fácil; pero ahora no piensas así. «¿Qué me ocurre?» clamas
ahora, «No puedo sentir. Peor aún, no puedo creer. No puedo recordar. No puedo
refrenarme. Parezco estar poseído por el diablo. Ojalá Dios me ayude, porque
yo no puedo ayudarme a mí mismo". "Cuando un hombre sabe y se da
cuenta de que es verdaderamente un pecador delante de Dios, es un milagro para
él creer en el perdón de los pecados; nada que no sea la omnipotencia del Espíritu
Santo puede obrar esta fe en él".
Spurgeon
tenía el suficiente conocimiento de la verdadera naturaleza de la convicción
de pecado para saber que la predicación de la gracia irresistible es un
deleitoso cordial para aquellos cuyas esperanzas están tan sólo en Dios. Se
gloriaba en poner de relieve la verdad de que la impotencia humana no es una
barrera para la omnipotencia de Dios: "El Señor, cuando se propone salvar
pecadores, no se detiene a preguntarles si ellos se proponen ser salvos, sino
que, como viento poderoso y acometedor, la influencia divina barre todos los
obstáculos; el corazón reacio se dobla ante el potente viento de la gracia y
los pecadores que no querían ceder son llevados por Dios a ceder. Una cosa sé,
que si el Señor así lo quiere, no hay hombre tan desesperadamente impío aquí
en esta mañana que no pueda ser llevado a buscar misericordia, por infiel que
pudiera ser; por más arraigado que estuviera en sus prejuicios contra el
Evangelio, Jehová no tiene más que quererlo y ya está hecho. En tu tenebroso
corazón, ¡Oh tú que nunca has visto la luz!, la luz entraría a raudales;
solamente que Él dijera: «Sea la luz», sería la luz. Puedes quizá rebelarte
y resistir a Jehová; pero Él sigue siendo tu dueño ‑tu dueño para
destruirte, si continúas en la impiedad; pero tu dueño para salvarte ahora,
para cambiar tu corazón y transformar tu voluntad como transforma los ríos de
agua".
El
titulo del sermón del cual procede la cita anterior, “Un Sermón de
Avivamiento”, predicado en enero de 1860, nos recuerda que la fuente de esta
tremenda certeza estribaba en el conocimiento consciente que Spurgeon tenía, no
solamente de la doctrina dada por el Espíritu, sino de la presencia de aquel
mismo Espíritu poderoso acompañando a la predicación de la Palabra. Nunca se
glorió más en el poder de Dios que en estos años de avivamiento.
Pensemos en la experiencia verdaderamente emocionante que debe haber sido estar en un campo frente a King Edward's Road Hackney, en medio de 12.000 personas, y oír un sermón predicado allí un martes por la tarde, el 4 de septiembre de 1855, por el pastor de New Park Street. "Creo que nunca olvidaré", escribía más tarde en su autobiografía, "la impresión que recibí cuando antes de separarnos, la vasta multitud cantó a una voz:
Load
a Dios, de quien procede toda bendición.
Aquella
noche pude entender mejor que nunca por qué el apóstol Juan en Apocalipsis,
comparaba la «canción nueva» del cielo con “la voz de muchas aguas”». En
aquel glorioso aleluya, las potentes olas de la alabanza parecían desplegarse
hacia el cielo, en majestuosa grandiosidad, como las olas del antiguo océano se
despliegan en la playa".
La
lectura de las palabras que fueron predicadas aquella noche hace que sea fácil
entender por qué el culto terminó estando los corazones levantados al cielo en
una experiencia de maravilla y alabanza. Predicando sobre las palabras "Vendrán
muchos del oriente y del occidente y se sentarán con Abraham e Isaac y Jacob en
el reino de los cielos", Spurgeon se gloriaba en el triunfo de la gracia:
"Oh, me encantan los pasajes en que Dios usa el tiempo futuro de los verbos. No hay nada comparable. Cuando un hombre usa el futuro al hablar, ¿de qué sirve? El hombre dice que hará y nunca lo lleva a cabo; promete y no cumple. Pero nunca es así con Dios. Si lo dice, tendrá lugar; cuando promete, cumple. Ahora bien, aquí ha dicho que «vendrán muchos». El diablo dice «no vendrán> pero «vendrán». Vosotros mismos decís «no vendremos»; Dios dice «vendréis». ¡SI!, hay aquí algunos que se ríen de la salvación, que son capaces de escarnecer a Cristo y mofarse del Evangelio; pero os digo que algunos de vosotros aún vendréis. «¡¿Qué dices!?» exclamáis, ¿Acaso puede Dios convertirme en cristiano?» Te digo que sí, pues en esto estriba el poder del Evangelio. No pide tu consentimiento, sino que lo obtiene. No dice: ¿lo quieres?, sino que hace que te ofrezcas voluntariamente en el día del poder de Dios... El Evangelio no quiere tu consentimiento, lo obtiene. Elimina la enemistad de tu corazón. Tú dices «No quiero ser salvo»; Cristo dice que lo serás. Hace que tu voluntad dé media vuelta, entonces clamas: «Señor, sálvame, o pereceré'» ¡Ah!, ojalá el cielo exclame: ¡Sabía que te lo haría decir y entonces se goce por ti porque ha cambiado tu voluntad y ha hecho que te ofrecieras voluntariamente en el día de su poder! Si Jesucristo hubiese de venir a esta plataforma en esta noche, ¿que harían muchos con él? Si viniese y dijera: "Aquí estoy, te amo, ¿quieres ser salvo por mí?" ni uno de vosotros consentiría si dependiera de vuestra voluntad. Pero él mismo dijo: «Ninguno puede venir a mí, si el Padre que me envió no le trajere». ¡Ah, esto es lo que necesitamos Y aquí lo tenemos. ¡Vendrán! ¡Vendrán! Podéis reíros, podéis despreciarnos; pero Jesucristo no habrá muerto en vano. Si algunos de vosotros lo rechazáis, hay algunos que no lo harán. Si bien algunos no son salvos, otros lo serán. Cristo verá linaje, vivirá por largos días y la voluntad de Jehová será prosperada en su mano. ¡Vendrán! Y nada en el cielo, ni en la tierra, ni en el infierno puede impedir que vengan".
[1]
I
Corintios 2: 14. En el orden divino, el llamamiento y la regeneración
preceden a la justificación y la fe; por ejemplo, ver Romanos 8:30, Efesios
2:1, 5, 8; Tito 3:5, 7, etc. La fe del pecador es resultado del propósito
eterno del Padre: "Creyeron todos los que estaban ordenados para vida
eterna". Hechos 13:48. Compárese con Juan 13:26. No cabe discutir
que la voluntad del hombre actúe en el creer; el punto en disputa es Cómo
se originó tal actividad.
[2]
Peace with God, 104.
[3]
Peace with God, 98. Admitimos
que el Dr. Graham habla (p. 125) del nuevo nacimiento como obra
divina que nosotros no podemos efectuar, pero enseña una y otra vez lo
contrario: Podemos rehusar nacer de nuevo (65), o podemos aceptarlo.
«La Biblia dice que, en el momento en que aceptase a Cristo, el Espíritu
Santo vino a morar en tu corazón" (148). «En el *instante en
que te decidiste por Cristo sufrió (el Diablo) una tremenda derrota." (142),
etc.
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