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(Revisión y Corrección de Estilo: Daviel D’Paz)

 

EL AÑO 1856

 

Grandes eran los cambios que había presenciado la capilla de New Park Street desde los primeros días de 1854. Ya en el otoño de aquel año, quinientas personas era la asistencia normal a la reunión de oración de cada semana. La iglesia se llenaba aun después de ser ampliada y era insuficiente para el número de oyentes. Pronto se hizo evidente que en Londres ocurría algo que no había ocurrido desde los tiempos de Whitefield y Wesley. Un ministro de Escocia que visitó New Park Street a principios de 1856, ha hecho la siguiente descripción de la asistencia al culto de la noche. Llegó, dice, con dos acompañantes alrededor de las seis y el culto empezaba a las seis y media: «Con gran desaliento hallamos una muchedumbre esperando ya a la puerta. Sólo los que tenían entrada podían pasar; no teniéndola nosotros, casi desesperábamos de tener acceso. No obstante, uno de mis acompañantes se acercó a un policía y le dijo que era un ministro procedente de Escocia y tenía grandes deseos de entrar. Al oír esto, el agente dijo muy cortésmente que nos permitiría entrar en la iglesia, pero no nos prometía asientos. Era todo lo que deseábamos. Uno de nosotros (una señora) fue obsequiada con un asiento; mi otro acompañante y yo nos consideramos felices de que nos permitieran sentarnos en una ventana, con una densa multitud en el pasillo a nuestros pies. Pregunté a un hombre que estaba cerca de mí si venía habitualmente; me dijo que sii. «¿Por qué, pues, no toma usted asiento?> le pregunté. «¿¡Asiento!?» replicó; «Eso no se puede conseguir por más que se quiera. Tengo una entrada para poder entrar y estar en pie». Se me dijo que la iglesia tenía asientos para mil quinientas personas; pero entre las aulas y los pasillos que estaban congestionados, sin duda había más de tres mil".

 

No parecía haber limite para el número de oyentes que anhelaban oír el mensaje de Spurgeon. El Exeter Hall, en el Strand, con una capacidad aproximada de cuatro mil personas, solía usarse frecuentemente el Domingo por la noche en vez de la capilla, hasta que por fin los administradores del Exeter Hall se quejaron de que no podían alquilar indefinidamente el local a los miembros de una sola denominación. Fue esto lo que condujo, en Octubre de 1856, al uso de la Sala de Conciertos de Surrey Gardens, vasto edificio que acababa de ser erigido para los conciertos de un popular músico, M. Jullien y capaz para una multitud de seis a diez mil personas.

 

El hecho de que las multitudes estén dispuestas a escuchar el Evangelio no es en si una prueba de verdadero avivamiento, pero hay buenas razones para creer que en esta época, centenares de personas estaban entrando realmente en el Reino de Dios. En 1857 decía Spurgeon: "En un año he tenido la dicha de ver personalmente a más de mil convertidos". La convicción de Spurgeon era que su iglesia se encontraba en medio de un gran despertamiento espiritual. De hecho, usaba este solemne argumento para con aquellos que aún dormían: "La incredulidad hace que en tiempos de avivamiento y de derramamiento de la gracia de Dios, estéis aquí sentados sin sentir ningún llamamiento, sin ser salvos". "Creo" decía en otra ocasión, "que muchos de los antiguos puritanos saltarían de sus tumbas si supieran lo que esta ocurriendo ahora".

 

Pero sería un grave malentendido imaginar que aquellos días no eran sino pura dicha para Spurgeon, pues en la misma época se encontraba en medio de una de las más crueles persecuciones que un ministro del Evangelio haya jamás sufrido por sí solo en este país. En el dormitorio de su hogar, en el número 217 de New Kent Road, la señora Spurgeon había colgado aquel texto que dice: "Bienaventurados sois cuando por mi causa os vituperen y os persigan, y digan toda clase de mal contra vosotros, mintiendo. Gozaos y, alegraos, porque vuestro galardón es grande en los cielos; porque así persiguieron a los profetas que fueron antes de vosotros" (Mateo 5:11-12). Estas palabras describen más o menos la experiencia diaria de Spurgeon a la edad de veintidós años. Su nombre era satirizado por la prensa y "pateado por las calles como una pelota de fútbol".

 

Los periódicos no podían ignorarle, pues su ministerio era ya tema de conversación en toda Inglaterra, pero tampoco podían encomiarle, pues atacaba la religión respetable que ellos apoyaban. “The Illustrated Times” escribía el once de Octubre de 1856: "La popularidad del señor Spurgeon no tiene precedentes; puede afirmarse que no se ha conocido antes desde los días de Whitefield. La capilla de Park Street no tiene capacidad ni para la mitad de las personas deseosas de oírle y aun Exeter Hall es insuficiente. Ciertamente, amigos se proponen alquilar la Sala de Conciertos de Surrey Gardens y creen firmemente que se llenará. Su popularidad no se limita a Londres; recientemente hemos visto con nuestros propios ojos, en un día laborable, en una remota comarca agrícola, largas filas de personas que convergían hacia un punto y al preguntar a una de ellas hacia dónde iban, se nos respondió: «Vamos a oír al señor Spurgeon»." El periódico proseguía diciendo que cabría predecir que era sólo cuestión de tiempo antes que la corriente de la popularidad "diese media vuelta y le abandonase".

 

En muchos lugares del país, la prensa local se unía al clamor de alarma. La siguiente cita, sacada de un periódico de Sheffield, es típica del punto de vista que generalmente prevalecía: "En los momentos actuales, el gran leon, la estrella, el meteoro, o llámeselo como se quiera, de los Bautistas, es el reverendo señor Spurgeon, ministro de la capilla de Park Street en Southwark. Ha hecho un verdadero furor en el mundo religioso. Cada domingo, las multitudes asaltan el Exeter Hall como si fueran a un gran espectáculo dramático. El enorme local se llena a rebosar de un público emocionado, cuya buena fortuna en conseguir entrada suele ser envidiada por los centenares que se quedan fuera asediando las puertas cerradas... El señor Spurgeon se predica a sí mismo. No es otra cosa que un actor y no hace otra cosa sino exhibir aquella incomparable desfachatez que le caracteriza en grado sumo, entregándose a burdas familiaridades con las cosas santas, declamando en estilo delirante y coloquial, contoneándose arriba y abajo en la plataforma como si estuviera en el Teatro de Surrey y jactándose de su propia intimidad con los cielos con una frecuencia que da náuseas. Se diría que el cerebro de este pobre joven ha sido trastornado por la notoriedad que ha adquirido y por el incienso que se ofrece en su santuario. Reconozcamos en favor de ellos, que las grandes luminarias de su denominación no apoyan ni alientan al señor Spurgeon. Es un fenómeno maravilloso, pero de corta duración, un cometa que ha aparecido súbitamente en el firmamento religioso. Ascendió como un cohete, y antes de poco descenderá como la caña".

 

Los periódicos no lograron silenciar a Spurgeon, pero el objetivo casi lo consiguió otro método más diabólico la noche del Domingo 19 de Octubre de 1856. Por primera vez la congregación de New Park Street se reunía en la Sala de Conciertos de Surrey Gardens y el vasto edificio, con sus tres galerías, estaba lleno a rebosar. Cuando el culto ya había empezado y Spurgeon estaba orando, se oyó en diversos puntos el grito de "¡Fuego!". En medio de la confusión y el pánico que inmediatamente se produjo, se oyeron los gritos de: "¡Se hunden las galerías!" "¡Se está cayendo el techo!" A continuación se produjo una estampida en la que murieron siete personas y veintiocho fueron llevadas al hospital, gravemente contusionadas y heridas. Los instigadores de esta falsa alarma –pues no era otra cosa- no fueron jamás hallados, pero las terribles consecuencias de la misma quedaron marcadas vívidamente en la mente de Spurgeon toda su vida y la conmoción que sufrió fue tal que durante un tiempo se dudó si jamás volverla a predicar.

 

Después del desastre de la Sala de Conciertos de Surrey, los ataques de la prensa contra Spurgeon arreciaron hasta el máximo. “The Saturday Review” escribía el 25 de Octubre: "Creemos que las actividades del señor Spurgeon no merecen en lo más mínimo la aprobación de sus correligionarios. Apenas hay un ministro no conformista de cierta categoría que esté asociado con él. No observamos, en ninguno de sus proyectos u operaciones de edificación, que los nombres de ninguno de los líderes del llamado mundo religioso figuren como fiadores... Existe la opinión general de que sus anormales procedimientos no benefician a la religión... El alquilar lugares de esparcimiento público para la predicación del Domingo es una lamentable novedad. Da la impresión de que la religión se encuentre falta de recursos. Después de todo, el señor Spurgeon no hace otra cosa sino representar el papel de Jullien dominical. Se nos habla del espíritu profano que debe haber habido en el fondo de la mente clerical cuando la Iglesia representaba Autos Sacramentales y toleraba la Fiesta de los Asnos; pero estas cosas antiguas reaparecen cuando los predicadores populares alquilan salas de conciertos y predican la redención limitada en salas saturadas de olor a tabaco y donde resuenan las castas melodías del Bobbing Around y los valses de La Traviata."

 

"El asunto de Surrey Gardens ha sido un gran golpe efectista. El deplorable accidente en que siete personas perdieron la vida y docenas quedaron lisiadas, mutiladas o gravemente heridas, el señor Spurgeon lo considera tan sólo como una nueva intervención de la Providencia en su favor. "Confío en que este acontecimiento nos enseñará la necesidad de " …ser ¿sobrios, racionales y decentes?… No; "de tener un edificio propio". Sí, predicar hasta que otra multitud llegue al frenesí del terror, -matar y aplastar una o dos docenas más -, y entonces las especulaciones habrían tenido éxito".

 

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