
(Revisión y Corrección de
Estilo: Daviel D’Paz)
EL PODER DE SPURGEON
Sería
injusto ignorar los dones naturales de Spurgeon y lo profundo de sus estudios,
pero sería aún mayor injusticia imaginar que estas cosas explican el carácter
de su ministerio en la primera fase del mismo. Decir tal cosa estaría en
contradicción con todo lo que él enseñaba. Spurgeon vino a Londres consciente
de que Dios había estado ocultando Su rostro de Su pueblo. Su conocimiento de
la Biblia y de la historia eclesiástica le convencieron de que, en comparación
con lo que la Iglesia tenía motivos para esperar, el Espíritu de Dios estaba
ausente en gran medida y si Dios continuaba retirando Su rostro, declaró a la
congregación, nada podría hacerse para extender Su Reino: “No son vuestros
conocimientos, ni vuestro talento, ni vuestro celo, los que pueden llevar a cabo
la obra de Dios. No obstante hermanos, esto puede hacerse: Clamaremos al Señor
hasta que Él nos muestre de nuevo su rostro. «Todo lo que necesitamos es el
Espíritu de Dios. Amados amigos cristianos, id a vuestro hogar y orad pidiéndolo;
no reposéis hasta que Dios se revele a Sí mismo; no os entretengáis, no os
contentéis con seguir con vuestro perpetuo trote lento como habéis hecho; no
os contentéis con la mera rutina de las cosas habituales. ¡Despierta Sión;
despierta, despierta, despierta!”.
Antes
de que pasaran muchos meses era manifiesto que la congregación de “New Park
Street” estaba despertando y a medida que el afán en la oración se convirtió
en característica de la iglesia, cierta carga común se esparció del pastor a
la congregación. «El Señor envíe bendición. Es preciso que la envíe, pues
si no lo hace, nuestros corazones estallarán. ¡Qué cambio en las reuniones de
oración! Ahora, en vez de las antiguas y apáticas oraciones, cada uno parecía
un cruzado sitiando a la nueva Jerusalén; cada uno parecía estar determinado a
asaltar la Ciudad Celestial con el poder de la intercesión y pronto la bendición
se derramó sobre nosotros en tal abundancia que no teníamos espacio donde
recibirla".
Hasta
el final de su vida Spurgeon se refirió al avivamiento de “New Park Street”
como una de las evidencias seguras de que Dios contesta la oración y solía
recordar a su congregación aquellos primeros días: "¡Qué reuniones de
oración hemos tenido! ¿Olvidaremos jamás Park Street, aquellas reuniones de
oración en que me sentía obligado a dejaros partir sin una palabra de mis
labios, porque el Espíritu de Dios estaba presente de modo tan manifiesto que
teníamos que doblegarnos hasta el polvo? ... "¡Y qué manera de escuchar
había en Park Street, donde apenas teníamos el aire suficiente para respirar!
El Espíritu Santo descendía como lluvia que satura el suelo hasta que los
terrones están a punto para ser rotos y no pasaba mucho tiempo sin que a
derecha e izquierda oyéramos el clamor de "¿Qué debemos hacer para ser
salvos?”.
Algunas
de las admoniciones más solemnes que Spurgeon jamás dirigiera a su congregación
fueron acerca del peligro de que cesaran de depender de Dios en oración. “«¡Que
Dios me ayude si dejáis de orar por mi! Avisadme en aquel día, y tendré que
cesar de predicar. Avisadme cuando os propongáis cesar en vuestras oraciones, y
clamaré: «Dios mío, dame la tumba en este día, y que yo duerma en el polvo»”.
Estas palabras no eran elocuencia de predicador; antes expresaban los
sentimientos más profundos de su corazón. Creía que sin el Espíritu de Dios
nada podía hacerse. Cuando su congregación cesara de sentir su "dependencia
entera y absoluta en la presencia de Dios", estaba seguro de que
"antes de poco tiempo vendrían a ser objeto de desprecio y comentario
velado, o quizás un mero leño sobre el agua".
En
todo su ministerio esta preocupación de Spurgeon tuvo un lugar especial en su
corazón. “Si hubiera de escoger una sola oración antes de morir, sería ésta:
«Señor, envía a tu Iglesia hombres llenos del Espíritu Santo y de fuego.»
Haya tales hombres en cualquier denominación y su progreso será irresistible;
privadles de tales hombres, enviadles caballeros de cátedra, de gran
refinamiento y profunda erudición, pero poco fuego y gracia, perros mudos que
no saben ladrar, e inevitablemente la denominación decaerá”.
Así,
pues, la verdadera explicación del ministerio de Spurgeon ha de hallarse en la
Persona y Poder del Espíritu Santo. El mismo se daba cuenta de esto de manera muy
profunda. No era la admiración del hombre lo que deseaba, sino que tenía celo
en que los hombres reverenciaran y temieran a Dios. Un predicador dice:
“debiera saber que posee realmente el Espíritu de Dios y que cuando habla
opera en él una influencia que le capacita para hablar según los deseos de
Dios; o de lo contrario, debe abandonar el púlpito sin demora; no tiene derecho
a estar allí. No ha sido llamado a predicar la verdad de Dios”.
La
presencia del Espíritu Santo se manifestó en el ministerio de Spurgeon en dos
facetas prominentes. En primer lugar, en el espíritu de su predicación.
Como el apóstol Pablo, predicaba "con debilidad y mucho temor y
temblor" (1Corintios 2:3). “Temblamos”, decía, “por el temor de
creer mal y temblamos más aún –si compartís mi experiencia- por el temor de
confundir e interpretar mal la Palabra. Creo que Martín Lutero se habría
enfrentado sin temor con el mismo espíritu del infierno, pero tenemos su propia
confesión de que las rodillas le temblaban cuando se levantaba a predicar.
Temblaba por el temor de no ser fiel a la Palabra de Dios. Predicar toda la
verdad es una carga tremenda. Nosotros, los que somos embajadores de Dios, no
podemos jugar, sino que hemos de temblar ante la Palabra de Dios.
“Cuando
el Espíritu Santo toma a un hombre, le da algo de aquella misma solicitud por
las almas de los hombres y las mujeres que se veía en el ministerio terrenal de
Cristo. Jesús nunca predicó un sermón sin solicitud”, decía Spurgeon y él
procuraba ser hecho semejante a su Señor. Siguiendo este supremo ejemplo, era a
veces llevado a cumbres de gozo. Predicando en Juan 17:24, exclamó: «He tenido
un pensamiento, pero no puedo expresarlo. Podría fácilmente entrar en el cielo,
-eso es lo que siento en este momento&quoot;. Pero fue llevado también a
aquellas profundidades semejantes al Getsemaní, en donde uno es consciente de
la terrible realidad del juicio divino contra el pecado humano. “Nuestro corazón
está a punto de romperse”, decía, “cuando pensamos cómo las multitudes
rechazan el Evangelio” y era en ese espíritu que siempre procuraba hablar.
“Puedo decir en este momento”, exclamaba en el transcurso de un sermón, «que
siento realmente un anhelo indescriptible por la conversión de mis oyentes.
Tendría por gran privilegio poder dormir el sueño de la muerte esta mañana,
si esa muerte pudiese redimir vuestras almas del infierno”.
Para
Spurgeon el púlpito era el lugar más solemne del mundo y nada podía estar más
alejado de la verdad que el sugerir que hacía de él un lugar de
entretenimiento. William Grimshaw amonestó en una ocasión a George Whitefield,
cuando este último predicaba en Haworth y aquellas palabras parecían resonar
en los oídos de Spurgeon: “Hermano Whitefield no los adule, me temo que la
mitad de ellos van al infierno con los ojos abiertos”.
Todo
ministro puede entender lo que John Wesley quería decir cuando exclamó: "Si
hubiera de predicar un año entero en un solo lugar, conseguiría dormirme yo y
dormir a la mayor parte de mi congregación", y había momentos en que
Spurgeon deseaba que se aligerara la carga de predicar año tras año a miles de
oyentes. "Hay momentos innumerables en que he deseado llegar a ser pastor
de una pequeña iglesia campestre, con dos o trescientos oyentes, pues podría
velar por aquellas almas con solicitud ininterrumpida". Pero sabía que no
había de ser y oraba a Dios pidiendo que le fuera sellada la boca en eternal
silencio antes que permitirle llegar a ser descuidado o a sentirse satisfecho
mientras las almas se condenaban: "Sería mejor que nunca hubiese nacido si
predicara a estas gentes sin solicitud, o retuviera alguna parte de la verdad de
mi Maestro. Es mejor haber sido diablo que predicador de los que juegan con la
Palabra de Dios, obrando así la ruina de las almas de los hombres... La cúspide
de mi ambición será ser limpio de la sangre de todos. Si, como George Fox
pudiera decir al morir: «Soy limpio, soy limpio», eso sería casi todo el
cielo que podría desear".
Sin
embargo, describir el espíritu en que Spurgeon predicaba no es presentar la
prueba definitiva para nuestra creencia de que el Espíritu Santo estaba
presente en abundancia en su ministerio. El contenido de su mensaje era más
importante para él que su manera de predicar y éste es el segundo punto que
ahora hemos de considerar. Las citas anteriormente dadas son, no sólo
incompletas, sino que por si mismas podrían aun ser causa de engaño. El
solemne sentido de la responsabilidad no era el móvil impulsor de su predicación.
Estaba constreñido por algo superior al llamamiento del deber; amaba proclamar
“la gloria de Dios en la faz de Jesucristo”. Cristo era el “tema glorioso,
intensamente absorbente” del ministerio de Spurgeon, y ese Nombre convertía
sus fatigas en el púlpito en un “baño en las aguas del Paraíso”.
Es
bien conocida la historia de cómo un obrero desapercibido fue despertado
espiritualmente por un texto que Spurgeon pronunció en el vacío Palacio de
Cristal, cuando estaba probando la acústica como preparación de un culto, pero
el versículo que Spurgeon pronunció no es parte incidental del cuadro. Cuando,
según creía, no había congregación ni oyentes, las palabras que más sentía
y naturalmente vinieron a sus labios fueron: “He aquí el Cordero de Dios, que
quita el pecado del mundo.” ¿Es, pues, sorprendente que repasando los títulos
de sus sermones en 1856 y 1857 encontremos este nombre constantemente repetido:
"Cristo en los Negocios de Su Padre"; “Cristo, Poder y Sabiduría de
Dios”, “Cristo Levantado”; “La Condescendencia de Cristo”, “Cristo
Nuestra Pascua”, “Cristo Ensalzado”, “El Ensalzamiento de Cristo”,
“Cristo en el Pacto”.
Examinemos
por un momento uno de tales sermones titulado: “El Nombre Eterno” predicado
a principios de 1855, cuando tenía veinte años. En el curso de ese sermón
describe lo que sería del mundo si el nombre de Jesús pudiera ser eliminado
del mismo e incapaz de refrenar sus propios sentimientos exclamó: “Sin mi Señor,
no tendría el menor deseo de estar aquí; y si el Evangelio no fuera cierto,
bendeciría a Dios por aniquilarme en este mismo instante, pues no desearía
vivir si vosotros pudierais destruir el nombre de Jesús”.
Muchos
años después, la señora Spurgeon recordaba este mismo sermón, y describía
del modo siguiente su final, cuando la voz de Spurgeon casi se estaba
extinguiendo a causa del agotamiento físico:
“Recuerdo
con extraña vividez después de tanto tiempo, la noche del Domingo en que
predicó del texto: «Será su Nombre para siempre». Era un tema en el que se
gozaba extremadamente; su principal deleite era ensalzar a su glorioso Salvador
y en aquel discurso parecía estar vertiendo su mismísima alma y vida en
homenaje y adoración ante su misericordioso Rey. ¡Y yo creía de veras que había
muerto allí, frente a todas aquellas personas! Al final del sermón, hizo un
poderoso esfuerzo para recuperar la voz; pero la pronunciación casi le fallaba
y sólo pudo oírse con acento entrecortado la patética peroración: «¡Perezca
mi nombre, pero sea para siempre el Nombre de Cristo! ¡Jesús! ¡Jesús! ¡Jesús!
¡Coronadle Señor de todos! No me oiréis decir nada más. Éstas son mis últimas
palabras en Exeter Hall por esta vez. ¡Jesús! ¡Jesús! ¡Jesús! ¡Coronadle
Señor de todos!» y entonces se desplomó, casi desmayado en la silla que había
tras él”.
¿Existe
mayor evidencia que ésta de la presencia del Espíritu Santo en el ministerio
de un hombre? Si la hay, quizá sea aquella conciencia, desconocida de todos
excepto del predicador, de la propia presencia de Cristo acompañándole
mientras habla: "Apenas es posible que un hombre más acá de la tumba,
pueda estar más cerca del cielo que cuando goza de esto" escribe Spurgeon
y había ocasiones en que podía testificar: «He discernido la presencia
especial de mi Señor acompañándome, por medio de una experiencia tan segura
como aquella por la cual sé que vivo. Jesús me ha sido tan real, acompañándome
en este púlpito como si yo le hubiera contemplado con mis ojos."
No
podemos abandonar el tema del ministerio de Spurgeon sin dar un ejemplo de cómo
predicaba a Cristo para toda clase de oyentes y a Cristo como necesidad única
de todos los corazones: "Recuerda pecador, que no es el hecho de que tú
tengas a Cristo lo que te salva: es Cristo; no es tu gozo en Cristo el que te
salva: es Cristo; ni siquiera es la fe en Cristo, aunque sea el instrumento: es
la sangre y los méritos de Cristo; por lo tanto, no mires a tu fe, sino a
Cristo, autor y consumador de tu fe; y si haces esto, ni diez mil diablos podrán
derribarte. Hay una cosa que todos nosotros confiamos demasiado en nuestra
predicación, aunque creemos hacerlo del todo sin intención, a saber, la gran
verdad de que no es la oración, no es la fe, no son nuestros actos, no son
nuestros sentimientos aquello en que hemos de descansar, sino en Cristo y en
Cristo solo. Somos propensos a pensar que no estamos en un estado apropiado, que
no sentimos con suficiente Intensidad, en vez de recordar que lo que importa no
es uno mismo, sino Cristo. Permíteme que te lo suplique: mira sólo a Cristo.
Nunca esperes ser liberado del yo, por los ministros o por cualquier medio, sea
de la clase que sea, aparte de Cristo; no le pierdas de vista; que su muerte,
sus agonías, sus quejidos, sus sufrimientos, sus méritos, sus glorias, su
intercesión estén frescas en tu mente; cuando despiertes por la mañana, búscale;
cuando te acuestes por la noche, búscale".
Este
era el espíritu y el mensaje de C. H. Spurgeon a la edad de veintidós años y
cuando nos disponemos a dejar este aspecto de su ministerio, ¿quién no cree
que hoy necesitamos conocer de nuevo el significado de ser constreñidos por el
amor de Cristo? Una conocida estrofa expresaba la oración de Spurgeon; hagamos
nuestras sus palabras:
Muy
mísero Señor sería,
Si
no tuviera amor por Ti;
¡Poder
morir antes quisiera,
Que
ver mi amor
no
puesto en Ti!.
Hasta
aquí hemos procurado recuperar la imagen de Spurgeon tal como era en los días
de su ministerio en New Park Street. El retrato que nos ha quedado no es el de
un jovial fenómeno del púlpito sobre el cual los hombres derrochaban alabanzas,
sino muy al contrario, un joven cuya llegada en medio de la vida religiosa, tan
sedante y soñolienta de Londres, fue casi tan mal recibida como los cañones
rusos que por entonces tronaban en la lejana Crimea. Estos hechos nos producen
cierto sobresalto, pues más o menos hemos estado acostumbrados a mirar a
Spurgeon como un benigno abuelo del evangelicismo moderno.
Cuando
el avivamiento de 1855 y años siguientes sacudió a Southwark de su somnolencia
espiritual, el nombre del pastor de New Park Street era símbolo de reproche, y
los golpes le llovían desde todas direcciones. Desde entonces el nombre ha sido
convertido en símbolo de la respetabilidad evangélica y tendemos a consolarnos,
en medio del predominante abandono de los principios evangélicos, con el
pensamiento de que el mundo religioso recuerda aún un poco a un hombre de
nuestra misma posición, cuya influencia no hace muchos años abarcó el globo
entero. Sin embargo, cuando recordamos el verdadero carácter de su ministerio,
nuestro consuelo se evapora pronto, pues nos enfrentamos con la pregunta, no de
cuánto admiramos a Spurgeon, sino de qué es lo que un hombre como éste pensaría
de nosotros.
Hay buenas razones para suponer que con frecuencia hemos recordado lo que no debíamos acerca de Spurgeon. Le recordamos como una personalidad, pero le hemos olvidado como un Reformador enviado por Dios. Todos conocen cómo reía, pero ¿quién recuerda cómo lloraba? Recordamos solamente que era un gran bautista, pero somos ignorantes de cómo acusó a los bautistas y a otros grupos no-conformistas por igual de traicionar a Cristo. Su éxito como evangelista suele ser evocado, pero se olvida la teología que lo sustentaba. Conocemos anécdotas que muestran sus muchas capacidades, pero ¡cuán poco sabemos de la medida del Espíritu Santo del que estaba dotado! Recordamos a Spurgeon como hombre entre los hombres, pero hemos olvidado en gran parte que estaba en las manos de Dios. Cuando nos acercamos al verdadero Spurgeon, olvidamos nuestros homenajes y somos redargüidos.
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