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(Revisión y Corrección de Estilo: Daviel D’Paz)

   

LA GRAN CONTROVERSIA

  

Si el lector se atiene a las biografías de Spurgeon publicadas en el siglo XX, no le sería difícil hallar referencias a la oposición del predicador a la escuela de los “hiper”. J.C. Carlile, por ejemplo, dice: "Naturalmente, la teología de Spurgeon le llevó a menudo a la controversia", e inmediatamente procede a mencionar la controversia que antes hemos bosquejado. Se nos deja con la impresión de que Spurgeon era exactamente como nosotros: opuesto a los extremos y se nos confirma en esta impresión cuando se nos dice, por parte de W. Y. Fullerton, que "se separó de la escuela especialmente austera".

 

Desde luego que se nos declara vagamente el calvinismo de Spurgeon, pero Carlile añade que las "rígidas verdades de la fe calvinista eran sostenidas prácticamente por todos los protestantes. De modo que, con tales garantías, se permite que confiadamente supongamos que el contenido doctrinal de la predicación de Spurgeon no causó grandes conmociones en el mundo religioso de su tiempo. Esto es completamente engañoso. De hecho, los biógrafos del siglo XX han pasado por alto completamente la más importante controversia de su ministerio inicial; no hay ni siquiera un atisbo de la palabra que resuena en los seis volúmenes de los sermones de New Park Street; no puede hallarse en los índices de estas biografías y lo más asombroso es que en general, ¡ha desaparecido de la edición Kelvedon de los propios sermones de Spurgeon que se están publicando actualmente! ¿Por qué los evangélicos modernos han de tener tanto cuidado en hacer desaparecer la palabra "Arminianismo?"

 

Cualquiera que sea el propósito con que se ha hecho, este método de tratar a Spurgeon ha creado de modo efectivo la impresión que de él se tiene hoy día en un amplio sector; pero creemos que esta impresión de la naturaleza de la "posición evangélica" de Spurgeon se desmorona por completo cuando se estudia su Autobiografía y sus sermones sin abreviar. Afortunadamente, este estudio será pronto posible para los que deseen efectuarlo, ya que la primera parte de su Autobiografía se publica ahora nuevamente bajo el titulo: “The Early Years” y los volúmenes correspondientes al “New Park Street Pulpit” van a seguir pronto.

 

Cuando en 1959 se publicó una pequeña selección de sus sermones en conmemoración del avivamiento que tuvo lugar un siglo antes, algunos críticos británicos no pudieron evitar expresar su impresión de que los sermones habían sido "escogidos expresamente" con la tentativa de presentar una posición partidista que en realidad no era propia de Spurgeon y cuando los mismos sermones fueron traducidos por un ministro español, ¡los bautistas de aquel país pusieron en tela de juicio la veracidad de la traducción! Podemos sonreír al escuchar la historia del colegial de la época victoriana que creía que Spurgeon era el Primer Ministro de Inglaterra, pero en nuestro tiempo circulan ideas igualmente absurdas en cuanto a la clase de hombre que realmente fue.

 

Al desarrollar estos conceptos es preciso primeramente demostrar que el punto de vista doctrinal que predominaba en los años desde 1850 a 1860 no era calvinista, como afirma Carlile, sino al contrario, Arminiana. Y fue principalmente debido a que Spurgeon estaba en contra de ello que su llegada a Londres fue vista tan desfavorablemente por el mundo religioso. Los encuentros de Spurgeon con el hiper-calvinismo fueron meras escaramuzas comparados con la batalla que tuvo que librar en un frente muy distinto y mucho más amplio. Consideraba que el hiper-calvinismo era defendido tan sólo por un grupo de influencia comparativamente pequeña y esparcida dentro de la denominación bautista, mientras que miraba al Arminianismo como un error que estaba influyendo en todo el sector no conformista, así como dentro de la Iglesia de Inglaterra. Por consiguiente, dedicó mucho más tiempo y energía a este último y lo correcto de su enjuiciamiento de tal posición se demuestra por el empuje de la oposición que pronto encontró.

 

Los pocos períodos religiosos que favorecían al hiper-calvinismo no podrían haber causado jamás la tormenta que rugió en torno al ministerio de Spurgeon en sus años iniciales. ¡Los periódicos en general, tanto los religiosos como los seculares, estaban en realidad tan lejos del hiper-calvinismo que ni sabían siquiera que Spurgeon fuese combatido por los hiper-calvinistas!

 

Unas breves citas sacadas de una variada selección de periódicos mostrarán pronto que la posición doctrinal de Spurgeon era su principal falta ante los ojos de sus contemporáneos: “The Bucks Chronicle” le acusaba de hacer del hiper-calvinismo requisito esencial para entrar en el cielo; “The Freeman” deploraba que denunciase a los Arminianos "en casi todos los sermones"; “The Christian News” asimismo condenaba sus "doctrinas de tan fiero exclusivismo" y su oposición al arminianismo; y “The Saturday Review” se dolía de lo profano de que predicase la redención limitada en salas saturadas de olor a tabaco."

 

Quizá “The Patriot”, periódico no conformista, recopiló mejor que ninguno en las líneas que a continuación reproducimos, el porqué todos se sentían tan agraviados por el joven predicador:

 

«Todos por turno, vienen a ser objeto de los azotes del precoz principiante. Sólo él es un calvinista consistente; los demás son Arminianos rematados, Antinomianos licenciosos o creyentes nominales en las doctrinas de la gracia. La preparación universitaria no hace otra cosa que enajenar las simpatías de los jóvenes alejándolos del pueblo y «en realidad, los labradores constituirían predicadores mucho mejores.» «La religión, que en nuestra época es esclava del siglo, es lo único que suele exhibirse en las salas evangélicas.» «¡Cuántos predicadores piadosos hay el domingo que han sido predicadores muy impíos durante el resto de la semana!» «Nunca oye» a sus hermanos ministros «establecer la satisfacción y sustitución positivas de nuestro Señor Jesucristo.» Estos pescadores de hombres «se han pasado la vida entera pescando con elegantísimas cañas provistas con anzuelos de oro y plata, pero a pesar de ello, los peces no han querido morder; mientras que nosotros, los menos elegantes», añade el vanidoso censor, «hemos colocado el anzuelo en las bocas de centenares.» Aun «más duro», si cabe, es el trato que el señor Spurgeon da a los teólogos que no pertenecen a su propia escuela especial. «Las perversiones arminianas en particular, han de volver a hundirse en el pozo donde nacieron.» Su concepto de la posibilidad de una caída final de la gracia es «la falsedad más impía de la tierra».

 

Estas citas están coloreadas por el enojo de los escritores, pero todas coinciden en dos acusaciones, a saber: que la doctrina de Spurgeon no era la que caracterizaba al protestantismo contemporáneo y que él se opuso abierta y repetidamente al Arminianismo. En vez de declararse inocente de estas acusaciones, Spurgeon las aceptó prontamente. Su punto de vista en cuanto a la situación religiosa era que la Iglesia estaba siendo tentada "por el Arminianismo al por mayor" y que su necesidad primordial no era simplemente más evangelismo, ni siquiera más santidad (en primer lugar), sino el retorno a la plena verdad de las doctrinas de la gracia, a las que para concretar, estaba dispuesto a llamar calvinismo.

 

Es evidente que Spurgeon no se consideraba a sí mismo simplemente como evangelista, sino también como reformador cuyo deber era "dar más prominencia en el mundo religioso a las antiguas doctrinas del Evangelio"... . 'La antigua verdad que Calvino predicó, que Agustín predicó, que Pablo predicó, es la verdad que debo predicar hoy, o de lo contrario sería infiel a mi conciencia y a mi Dios. No puedo ser yo el que dé forma a la verdad; ignoro lo que es suavizar las aristas y salientes de una doctrina. El evangelio de Juan Knox es el mío. El que tronó en Escocia ha de tronar de nuevo en Inglaterra". Estas palabras, que colocó al principio del capítulo titulado “Una Defensa del Calvinismo” en su Autobiografía, nos llevan de nuevo al centro de su ministerio en New Park Street: hay en este hombre un celo reformador y un fuego profético que, si bien despertó a algunos, incitó a otros a la ira y la hostilidad. Spurgeon habló como hombre convencido de que conocía la razón de la ineficacia de la Iglesia y aunque tuviera que ser la única voz, no callaría:

 

“Ha surgido en la Iglesia de Cristo la idea de que en la Biblia se enseñan muchas cosas que no son esenciales; que podemos alterarlas un poquito para facilitar las cosas; que con tal que andemos rectamente en lo fundamental, lo demás no es importante... Mas esto sabed: la menor violación de la ley divina traerá juicios sobre la Iglesia y ha traído juicios y en este mismo día está impidiendo que la mano de Dios nos bendiga... La Biblia, toda la Biblia y nada más que la Biblia es la religión de la Iglesia de Cristo. Y hasta que a esto volvamos, la Iglesia habrá de sufrir...

 

«¡Ah, cuántos ha habido que dijeron: «¡Los antiguos principios puritanos son demasiado duros para estos tiempos; los alteraremos, los sintonizaremos un poco!» ¿Qué te propones, insensato? ¿Quién eres tú para que te atrevas a tocar una sola letra del Libro de Dios al que Dios ha rodeado de trueno, en aquella tremenda sentencia en que ha escrito: «Si alguno añadiere a estas cosas, Dios traerá sobre él las plagas que están escritas en este libro. Y si alguno quitaré de las palabras del libro de esta profecía, Dios quitará su parte del libro de la vida, y de la santa ciudad.» Cuando pensamos en ello, nos damos cuenta de que es algo terrible que los hombres no se formen un juicio apropiado y correcto acerca de la Palabra de Dios; que el hombre deje un solo punto de ella sin escrutar, un sólo mandato sin estudiar, extraviando así quizás a otros, mientras nosotros mismos actuamos en desobediencia a Dios...

 

»Nuestras victorias en la Iglesia no han sido como las victorias de tiempos antiguos. ¿Por qué es así? Mi teoría para explicarlo es la siguiente: en primer lugar, el Espíritu Santo ha estado ausente de nosotros en gran medida. Pero si llegáis a la raíz para saber la razón, mi otra respuesta más completa es ésta: la Iglesia ha abandonado su pureza original y por lo tanto, ha perdido el poder. Si hubiese dejado todo lo erróneo; si por la voluntad unánime del cuerpo entero de Cristo se hubiera abandonado toda ceremonia indeseable, toda ceremonia no ordenada en la Escritura; si se rechazara toda doctrina no apoyada por la Sagrada Escritura; si la Iglesia fuese pura y limpia, su senda sería hacia adelante, triunfante victoriosa...

 

“Esto podrá parecernos de poca importancia, pero en realidad es asunto de vida o muerte. Quisiera suplicar a todo cristiano: Piénsalo bien, amado hermano. Cuando algunos de nosotros predicamos el calvinismo y algunos el arminianismo, no podemos ambos tener razón, es inútil tratar de pensar que podemos; «Sí» y «No», no pueden ser los dos verdad... La verdad no oscila como el péndulo que marcha atrás y adelante. No es como el cometa que está aquí, allí y en todas partes. Es preciso que uno tenga razón y el otro esté equivocado”.

 

Spurgeon no tenía la menor duda de que era este énfasis el que provocaba la intensa oposición a su ministerio: “Se nos culpa de ser hipers, se nos considera la chusma de la creación, apenas hay ministros que nos miren o hablen favorablemente de nosotros, porque defendemos puntos de vista enérgicos en cuanto a la soberanía de Dios, sus divinas elecciones y su especial amor hacia su propio pueblo". Predicando a su propia congregación en 1860, decía: "No ha habido una iglesia de Dios en Inglaterra en los últimos cincuenta años que haya tenido que pasar por más pruebas que nosotros... Apenas pasa un día en que no caiga sobre mi cabeza el más infame de los insultos, en que la difamación más horrible no sea pronunciada contra mí tanto en privado como en la prensa pública; se emplean todos los medios para derrocar al ministro de Dios, se me lanzan todas las mentiras que el hombre puede inventar... No han frenado nuestra utilidad como iglesia; no han mermado nuestras congregaciones; lo que había de ser tan sólo un espasmo -un entusiasmo que se esperaba duraría solamente una hora, Dios lo ha incrementado día a día; no a causa de mi, sino a causa de aquel Evangelio que predico; no porque hubiese algo en mi, sino porque me presento como exponente del calvinismo sencillo, directo y honrado y porque procuro hablar la Palabra con sencillez”.

 

Spurgeon no se sorprendió de la enemistad que se manifestaba contra su proclamación de las doctrinas de la gracia: «Hermanos, en todos los corazones hay esta enemistad natural hacia Dios y hacia la soberanía de su gracia... He sabido que hay hombres que se muerden los labios y rechinan los dientes rabiosos cuando he estado predicando la soberanía de Dios... Los doctrinarios de hoy aceptan un Dios, pero no debe ser Rey, es decir, escogieron un dios que no es dios y mejor deber ser siervo que soberano de los hombres». “El hecho de que la conversión y la salvación son de Dios, es una verdad humillante. Debido a su carácter humillante, no gusta a los hombres. Esto de que me digan que Dios ha de salvarme si he de ser salvo y que estoy en sus manos, como la arcilla está en las manos del alfarero, «no me gusta», dice uno. Bien, ya sabía que no te gustaría; ¿quién soñaría siquiera que iba a gustarte?”.

 

Por otra parte, Spurgeon consideraba el Arminianismo como popular debido a que servía para aproximar más el Evangelio al pensar del hombre natural; acercaba la enseñanza de la Escritura a la mente mundana. El punto de vista común del cristianismo era aceptado por los hombres simplemente porque no era la enseñanza de Cristo: "Si la religión de Cristo nos hubiera enseñado que el hombre era un ser noble, solo que un poco caído -si la religión de Cristo hubiese enseñado que por su sangre había quitado el pecado de todo hombre y que todo hombre, por su propio y libre albedrío, sin la gracia divina, podía ser salvo -ciertamente sería una religión muy aceptable para la masa de hombres”.

 

El aguijón del comentario de Spurgeon se debía a que esto era precisamente lo que un protestantismo superficial estaba predicando como fe cristiana. Así, al atacar los conceptos mundanos del cristianismo que circulaban, Spurgeon no podía evitar minar también lo que tantos dentro de la Iglesia estaban realmente predicando. ¡No es de extrañar que hubiese gran revuelo! Pero Spurgeon no cedió, pues creía que las antiguas verdades eran suficientemente poderosas para trastornar este siglo. En un sermón sobre “El Mundo Trastornado”, declaró:

 

 "Cristo ha trastornado el mundo en lo tocante a nuestros conceptos religiosos. La masa humana cree que si un hombre quiere ser salvo, esta voluntad es todo lo que se necesita. Muchos de nuestros predicadores predican en efecto esta máxima mundana. Dicen a los hombres que han de predisponerse a sí mismos. Ahora bien, oíd cómo el Evangelio trastorna esta idea. «No depende del que quiere, ni del que corre, sino de Dios, que tiene misericordia.» El mundo quiere tener también una religión universal; pero ved cómo Cristo derroca esta ambición: «Yo ruego por ellos; no ruego por el mundo.» Nos ha escogido de entre los hombres: «Elegidos según la presciencia de Dios Padre en santificación del Espíritu, para obedecer».

 

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