
(Revisión y Corrección de
Estilo: Daviel D’Paz)
LA
PERSONA DE SPURGEON
Es
imposible llegar a calcular la importancia del significado de la vida de C. H.
Spurgeon sin conocer algo de la situación religiosa del país en el momento en
que comenzó su ministerio, a mediados del siglo pasado. El cristianismo
protestante era más o menos la religión nacional, se observaba rigurosamente
el Domingo, se respetaban las Escrituras y, aparte de los miles no alcanzados en
algunas de las grandes ciudades, era costumbre general asistir a la iglesia.
Todas estas cosas se aceptaban de modo tan general, y estaban evidentemente tan
arraigadas, que los cambios espirituales que desde entonces ha presenciado la
nación eran tan remotos para aquellos victorianos como los automóviles y los
aviones. Sin embargo, no es preciso observar por mucho tiempo el cristianismo
que prevalecía en los años 1850 a 1860, para notar algunas señales difícilmente
identificables con lo que hallamos en el Nuevo Testamento: era demasiado
elegante, demasiado respetable, demasiado amigo del mundo. Era como si textos
tales como “el mundo entero está bajo el maligno” ya no fueran correctos.
La
Iglesia no carecía de riqueza, ni de hombres, ni de dignidad; pero sufría de
una triste escasez de unción y poder. Había una tendencia general a olvidar la
diferencia entre la erudición humana y la verdad revelada por el Espíritu de
Dios. No escaseaban la elocuencia y la cultura en los púlpitos, pero había una
notable ausencia del tipo de predicación que quebranta los corazones de los
hombres. Quizá la peor señal de todas era el hecho de que pocos tenían
conciencia de estas cosas. La iglesia, era externamente lo suficientemente próspera
para contentarse con seguir la rutina de años anteriores.
Un
escritor contemporáneo lamentando este apático formalismo observaba: "El
predicador habla durante el tiempo acostumbrado; la congregación se sienta, y
escucha quizá con bastante paciencia; se canta el acostumbrado número de
estrofas, y la actividad del día ha terminado; generalmente no suele ocurrir
nada más. Nadie negará que esta es ni más ni menos, la descripción del
actual estado de cosas en la mayoría de nuestras iglesias. Si el predicador
deja caer el pañuelo sobre el salterio, o da un golpe algo más fuerte que de
costumbre con su eclesiástico puño, se notará, se recordará, y se comentará,
mientras se demuestra un olvido absoluto del tema y naturaleza de lo que se ha
tratado".
Pronto
atacaría Spurgeon este tradicionalismo muerto con palabras más directas: “¿Creéis
que porque algo es antiguo, ha de ser venerable?. Amáis las antigüedades.
Quisierais que la carretera no fuese arreglada, por el solo hecho de que vuestro
abuelo pasó en su carro por los surcos que allí se ven.«Que no lo toquen»,
decís: «que siga siendo un surco profundo». ¿Acaso vuestro abuelo no pasó
por él estando aún enfangado? ¿Por qué no habéis de hacer lo mismo? Si era
bueno para él, es bueno para vosotros. Siempre os habéis sentado cómodamente
en la capilla. Nunca visteis un avivamiento, ni queréis verlo”.
Los
sectores evangélicos de la Iglesia no habían escapado de las tendencias
predominantes de la época. Se admiraba el recuerdo de Whitefield y Wesley, pero
no se les seguía. El filo de la Verdad evangélica había perdido gradualmente
su corte. Aquellas recias doctrinas metodistas que habían sacudido al país un
siglo antes no habían sido abandonadas –y unos pocos las predicaban todavía
con fervor-, pero la opinión general era que la época victoriana necesitaba
una presentación más refinada del Evangelio. Con semejantes puntos de vista,
era inevitable que la enérgica y definida Teología Reformada de la Inglaterra
de los siglos XVI y XVII estuviera completamente desechada.
El
historiador de la Reforma Merle d'Aubigné, de Ginebra, que visitó este país
en 1845, dice que se vio obligado a preguntarse si el puritanismo "existe
todavía en Inglaterra. Quizá habrá caído bajo la influencia de los
acontecimientos nacionales, y la mofa de los novelistas. Acaso, en fin, será
necesario volver al Siglo XVII para encontrarlo”. No obstante, es cierto que
algunos de los líderes evangélicos del país, especialmente los menos jóvenes,
estaban hondamente preocupados por la situación espiritual de las iglesias.
John Angell James por ejemplo, que había pastoreado la famosa Iglesia
Congregacional de Carr's Lane en Birmingham desde 1805, escribía en 1851:
"El estado de la religión en nuestro país es bajo. No creo que haya
predicado jamás con menos resultado para la salvación que ahora; y lo mismo le
ocurre a la mayoría. Es una aflicción general."
Si
estas cosas eran ciertas en cuanto al país en general, lo eran especialmente en
Londres y la Capilla Bautista de New Park Street, situada en un sector “de
penumbra y suciedad” junto a la orilla meridional del Támesis en Southwark,
no era una excepción. La congregación tenía una admirable historia que se
remontaba al siglo XVII, pero por aquel entonces se encontraba como las barcazas
abandonadas en el cercano fango durante la marea baja. Durante años había
estado en decadencia y el edificio grande y ornamentado, construido para una
congregación de mil personas, estaba vacío en sus tres cuartas partes durante
los cultos. Esta fue la escena que acogió al joven de diecinueve años que vino
de Essex para predicar por primera vez en el púlpito de New Park Street en la
fría y triste mañana del 18 de Diciembre de 1853. Fue la primera vez que la
voz de Spurgeon se oía en Londres, pero casi inmediatamente fue llamado a
iniciar un Pastorado que había de continuar durante treinta y ocho años hasta
su muerte, el 31 de enero de 1892.
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