
(Revisión y Corrección de
Estilo: Daviel D’Paz)
LOS DONES DE SPURGEON
Dejando
ahora lo que el mundo pensaba de Spurgeon en 1856, consideremos algunas de las
razones que habían hecho de él, el instrumento de este gran despertamiento. En
primer lugar, Spurgeon poseía destacadas capacidades naturales que fueron todas
consagradas a la causa de la proclamación de la Palabra. Su poder intuitivo y
descriptivo le permitían presentar verdades familiares con un vigor que
sobrecogía. Tómese la declaración en que exhorta a los creyentes a despertar
a la urgencia de dar a conocer el Evangelio: "Cristiano, recuerda que el
tiempo pasa mientras tu duermes. Si pudieras parar el tiempo, podrías
permitirte algún ocio; si pudieses, como vulgarmente se dice, «agarrar el toro
por los cuernos», podrías hacer una pequeña pausa; pero no debes descansar,
pues las terribles ruedas del carro del tiempo van impulsadas a tan tremenda
velocidad que los ejes están al rojo vivo y no hay pausa en esta carrera.
Marchan y pronto ha pasado un siglo como si fuera una velada en la noche."
Este lenguaje contrastaba especialmente con el apático estilo de predicación
del periodo medio de la era victoriana. A ojos del mundo religioso era una
desfachatez que un joven advenedizo popularizase un nuevo estilo de predicación.
Pero de hecho, eso es lo que Spurgeon hizo, y al hacerlo, demostró que poseía
una confianza en si mismo y una originalidad nada comunes. Desdeñaba presentar
el Evangelio de modo solemne y poco personal y hablaba a sus oyentes como si les
tuviera de la mano y estuviese hablando con ellos en la calle.
Spurgeon
tomaba verdades y temas “trillados” que habían llegado a considerarse como
poco interesantes y pesados y los presentaba en un lenguaje tan claro y
convincente que los oyentes difícilmente podían impedir que la predicación
les captara y les conmoviera profundamente. Vea la riqueza del lenguaje de la
doctrina y de la ilustración, por ejemplo, en la siguiente cita sobre la
perpetuidad de la Iglesia:
"Reflexiona
primero en el hecho de que existe una Iglesia. ¡Qué maravilloso es esto! Es
quizá el mayor milagro de todos los siglos que Dios tenga una Iglesia en el
mundo"... ¡Siempre una Iglesia! Cuando toda la fuerza de los emperadores
paganos se precipitó como una avalancha atronadora sobre ella, se sacudió de
encima la tremenda carga como un hombre se sacude los copos de nieve del abrigo
y siguió viviendo sana y salva. Cuando la Roma papal descargó su malicia aún
más furiosa e ingeniosamente; cuando perseguían cruelmente a los santos en
medio de los Alpes, o los acosaban en la tierra baja; cuando los albigenses y
los valdenses vertían su sangre en los ríos y teñían de púrpura la nieve,
la Iglesia seguía viviendo y nunca estuvo en mejor salud que cuando estuvo
sumergida en su propia sangre.
“Cuando
después de una reforma parcial en nuestro país, los que pretendían tener
religión determinaron que los auténticamente espirituales habían de ser
arrojados del mismo, la Iglesia de Dios no durmió ni suspendió su carrera de
vida o servicio. Que el pacto firmado con sangre dé testimonio del vigor de los
santos perseguidos. Oíd sus salmos en medio de las colinas de Escocia, y su
oración en las cámaras secretas de Inglaterra. Oíd la voz de Cargil y Cameron
tronando sobre los montes contra un falso rey y un pueblo apóstata; oíd el
testimonio de Bunyan y sus compañeros, que preferían pudrirse en las mazmorras
a doblar la rodilla a Baal. Preguntadme: ¿Dónde está la Iglesia? y podré
hallarla en cualquier periodo y en todo momento, desde el día en que por
primera vez en el Aposento Alto, el Espíritu Santo descendió hasta ahora.
“Nuestra
sucesión apostólica se presenta en línea ininterrumpida, no a través de la
Iglesia de Roma; no en las manos supersticiosas de los papas hechos por el
sacerdocio, o de los obispos creados por los reyes (¡cuán disfrazada mentira
la sucesión apostólica de los que tan orgullosamente se jactan de ella!), sino
a través de la sangre de hombres buenos y genuinos que nunca abandonaron el
testimonio de Jesús; a través de los lomos de pastores auténticos,
evangelistas laboriosos, mártires fieles y hombres de Dios honorables, vamos
descubriendo nuestro árbol genealógico hasta llegar a los pescadores de
Galilea y nos gloriamos en que, por la gracia de Dios, perpetuamos aquella
Iglesia verdadera y fiel del Dios vivo, en quien Cristo habitó y habitará
hasta el hundimiento del mundo.
“La
maravilla más sorprendente es que permanezca en la perfección. Ni uno solo de
los elegidos de Dios ha vuelto atrás; ni uno solo de los comprados con la
sangre ha negado la fe. Ni una sola alma de las que fueron llamadas eficazmente
puede ser obligada a negar a Cristo, aunque su carne le sea arrancada de los
huesos con tenazas calientes, o que su cuerpo atormentado sea echado a las
fauces de las fieras. Todo lo que el enemigo ha hecho contra la Iglesia ha sido
inútil. La roca antigua ha sido asaltada una y otra vez por las olas
tempestuosas, sumergida mil veces en los torrentes y las inundaciones, pero aun
sus aristas permanecen inalteradas e inalterables. Podemos decir del Tabernáculo
del Señor, que ni una de sus barras ha sido quitada, y ni una de sus lazadas ha
sido rota. La casa del Señor, desde el fundamento hasta el pináculo, sigue
perfecta: <Descendió la lluvia y vinieron ríos, y
soplaron vientos y golpearon contra aquella casa; y no cayó>, no, ni
una piedra cayó, porque estaba fundada sobre la roca.”
No
cabe duda de que una de las principales razones de la influencia de Spurgeon fue
que poseía capacidades que le permitían romper los moldes de su época y también
la confianza para resistir la tormenta que sus acciones despertaban. "A
menudo –declaraba en un sermón sobre la oración-, debido a que no he orado
en forma convencional, se ha dicho: «¡Ese hombre no tiene reverencia!» Señor
mío, usted no es juez de mi reverencia. Hermanos, me gustaría quemar las
antiguas oraciones que hemos usado en estos últimos cincuenta años: aquello
del «aceite que va de vaso en vaso»; aquel texto mal citado y manoseado: «Donde
dos o tres se reúnen, estarás en medio de ellos para bendecirlos»; y todas
aquellas citas -que hemos estado fabricando, desplazando y copiando de unos a
otros. Ojalá llegáramos a hablar a Dios desde nuestros propios corazones".
Era igualmente inflexible cuando contestaba a los críticos de su predicación:
"No soy demasiado meticuloso en cuanto a mi manera de predicar. No he
buscado la estimación del hombre; no he pedido a nadie que se someta a mi
ministerio; predico lo que deseo, cuando lo deseo, y como lo deseo."
Probablemente
sólo ha habido en la historia de la iglesia de Inglaterra dos evangelistas con
los cuales Spurgeon se pueda comparar debidamente. En varios de sus dones
naturales se parece a Hugh Latimer y a George Whitefield; pero en uno de esos
superaba en gran manera a estos dos predecesores. Tenía un poder mental que le
permitía asimilar, digerir y luego popularizar prácticamente todo lo que leía.
A esto hemos de añadir el hecho de que la formación de Spurgeon había sido
tal, que cuando llego a Londres había leído una cantidad enorme de libros para
un hombre de su edad. Estaba empapado en lo que él mismo llamaba la edad de oro
de la teología inglesa, el periodo puritano y sobre todo había sido un asiduo
lector de la Biblia desde la edad de seis años. Lo que Spurgeon escribió de
Bunyan se puede aplicar igualmente a él:
"Leed cualquier cosa de su pluma y comprobaréis que es casi como leer la Biblia misma. Había estudiado nuestra Versión Autorizada, que en mi opinión nunca será superada hasta que Cristo venga; la había leído hasta que todo su ser estuvo saturado de la Escritura. Pinchadle donde queráis y descubriréis que su sangre es «biblioglobina» pura, la mismísima esencia de la Biblia que mana de él. No puede hablar sin citar un texto, pues su alma está llena de la Palabra de Dios" .
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