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(Revisión y Corrección de Estilo: Daviel D’Paz)

   

¿PODEMOS EVANGELIZAR SIN ARMINIANISMO?

Pasajes como los antes citados demuestran claramente que Spurgeon no creía que hubiera un mensaje evangélico que, de algún modo, pudiera estar separado de la estructura entera de la teología bíblica. Consideraba que toda verdad tiene su lugar en el evangelismo. Pero lo que probablemente va a ser puesto en tela de juicio dentro del punto de vista de las manifestaciones citadas, que tanto se apartan de los modernos conceptos del evangelismo, es si el Evangelio puede llegar a predicarse sobre una base doctrinal como ésta. Es preciso reconocer en seguida que si por Evangelio entendemos que Cristo murió por todo el mundo y que Dios "respeta el don del libre albedrío que ha dado al hombre", y que "una decisión por Cristo" es el punto crucial de la salvación, semejante evangelio no se puede reconocer en los sermones de Spurgeon.

 

Pero lo cierto es que puso de relieve incesantemente la grandeza del amor de Cristo a los pecadores, el carácter gratuito de Su perdón y la plenitud de Su expiación; persuadió y exhortó a todos a arrepentirse y confiar en tal Salvador. El punto en que difería tanto del hiper-calvinismo como del arminianismo es que se negó a racionalizar cómo es posible ordenar que los hombres hagan lo que no está en su poder hacer. Los arminianos dicen que a los pecadores se les ordena hacer algo, por consiguiente, es necesario que tengan la capacidad de hacerlo. Los hiper-calvinistas dicen que no pueden hacer nada, por lo tanto no puede ordenárseles hacer  algo. Pero la Escritura y el calvinismo ponen de relieve tanto la incapacidad del hombre como su deber, y ambas verdades son parte indispensable del evangelismo. La primera revela la necesidad que el pecador tiene de una ayuda que sólo Dios puede proveer y la segunda, que se expresa en las exhortaciones, promesas e invitaciones de la Escritura, le muestra el lugar en donde está  su respectiva paz y seguridad,  es decir, en la Persona del Hijo de Dios.

 

El hecho de que la regeneración precede a la fe nos prohíbe ciertamente decirle a los hombres que pueden decidirse por Cristo en el momento en que ellos o el predicador escojan, pero no impide que el evangelista haga su verdadera obra, que es mostrar a los hombres que han de ser salvos solo por gracia por medio de la fe y llamarlos a una fe y confianza inmediata en Cristo. Por muy por encima de la razón que esté  el reconciliar el mandamiento dado a los pecadores de que deben creer en el Hijo de Dios para tener la salvación, con la verdad de que solamente la gracia puede permitirles hacerlo, no hay conflicto entre las dos cosas en la Escritura. Spurgeon tomó estas dos verdades, el deber que el hombre tiene de creer, y su pecaminosa incapacidad para hacerlo, y las usó como si fuesen dos mordazas de un tornillo para sujetar la conciencia del pecador. Tómese el siguiente ejemplo:

 

“Dios te pide que creas que por medio de la sangre de Jesucristo, Él puede seguir siendo justo y al mismo tiempo el justificador de los impíos. Él te pide que confíes en que Cristo te salva. ¿Puedes esperar que te salve si no quieres confiar en Él? Es lo más razonable del mundo que te exija que creas en Cristo. Y te lo exige esta mañana. «Arrepentíos y creed al Evangelio». ¡Oh, amigos! ¡Cuán triste es el estado del alma humana cuando no quiere hacer esto! Podemos predicarles, pero jamás os arrepentiréis ni creeréis al Evangelio. Podemos poner los mandamientos de Dios como un hacha a la raíz del árbol, pero aunque estos mandamientos son razonables, rehusaréis dar a Dios lo que le pertenece; permaneceréis en vuestros pecados; no vendréis a Él para que tengáis vida y aquí es donde el espíritu de Dios ha de entrar para obrar en las almas de los elegidos para que se ofrezcan voluntariamente en el día de Su poder. Pero en el nombre de Dios os advierto solemnemente que si después de oír este mandato, seguís haciendo como sé que hacéis, o sea, que sin su Espíritu continuáis rehusando obedecer un Evangelio tan razonable, hallaréis que el final será más tolerable el castigo para Sodoma y Gomorra que para vosotros; pues si las cosas que se predican en Londres hubieran sido proclamadas en Sodoma y Gomorra, hace tiempo que se hubieran arrepentido en saco y ceniza. ¡Ay de vosotros, habitantes de Londres!”.

 

Pero no dejaba a los pecadores en este punto. Escuchen cómo termina el sermón del cual acabamos de citar un fragmento. Con un gran "crescendo" de la verdad, ha estado atacando las conciencias de los inconversos desde todos los puntos, y ahora en una agonía de celo, llega a esta tremenda conclusión: "Os conjuro por el Dios vivo, os conjuro por el Redentor del mundo, os conjuro por la cruz del Calvario y por la sangre que manchó el polvo en el Gólgota: obedeced a este mensaje divino y tendréis vida eterna; pero rechazadlo, ¡y vuestra sangre sea sobre vuestras cabezas por los siglos de los siglos!".

 

Además, no solamente exhortaba a los pecadores, sino que frecuentemente los guiaba. En un lenguaje que parece muy distante de la actual fórmula para cerrar un mensaje evangelístico, aconsejaba a los hombres cómo buscar a Cristo: "Antes de salir de este lugar", dice en una de estas ocasiones, ‑susurra una ferviente oración a Dios, diciendo: «Dios, ten misericordia de mí, pecador. Señor, necesito ser salvo. Sálvame. Invoco tu nombre.» Únete a mí en oración en este momento, te lo suplico. Únanse a mí mientras pongo palabras en vuestras bocas y las pronuncio en favor vuestro. «Señor, soy culpable, merezco tu ira. Señor, no puedo salvarme a mí mismo. Señor, quisiera tener un corazón nuevo y un espíritu recto, pero ¿qué puedo hacer? Señor, nada puedo hacer. Pon en mí el querer y el hacer por tu buena voluntad.

 

Sólo Tú tienes poder, lo sé,

Para salvar a un pobre como yo;

¿A quién, o adónde iría yo

Si lejos huyera de Ti?

 

Pero ahora, desde mi propia alma invoco Tu nombre. Temblando pero creyendo, me echo enteramente en tus brazos, hoy Señor. Confío en la sangre y la justicia de tu amado Hijo... Señor, sálvame esta noche, por causa de Jesús.»»

 

Otro verso que usaba para guiar a los pecadores era aquella estrofa de Charles Wesley:

 

¡Oh, Dios, convierte lo más íntimo de mi alma,

Y en mi pensativo corazón,

Profundamente imprime eternas cosas.

Haz que me dé cuenta de su solemne peso,

Y temblando al borde del destino,

Despiértame a la justicia!

 

De esta manera, las almas afanosas eran dirigidas tan sólo a Dios y si bien los miembros del Tabernáculo habían de estar siempre observando si había alguien necesitado de ayuda espiritual, no se exigían señales externas  ni físicas de los que tenían alguna experiencia especial. Spurgeon sabía que era precisamente en este punto que el arminianismo hace estragos al llamar la atención hacia la acción humana en vez de la divina. "Id a vuestras casas solos", solía decir, «confiando en Jesús. «Me gustaría entrar en la sala de consejería personal.» No me extraña, pero somos reacios a mimar las supersticiones populares. Nos tememos que en esas salas de consejería, los hombres se emocionan con el calor de una confianza ficticia. Muy pocos son los supuestos convertidos de las salas de consejería personal que acaben bien. Ve a tu Dios enseguida, ahí mismo donde estás ahora. ¡Ponte en los brazos de Cristo, ahora mismo enseguida, antes de dar un paso!"

 

Estas palabras fueron pronunciadas antes de que las salas de consejería personal se hubiesen convertido en el moderno sistema de llamamientos y decisiones. No es difícil imaginar con cuánta tristeza Spurgeon hubiera considerado semejante estado de cosas. Reconocía que, una vez tales cosas se convirtieran en parte del evangelismo, los hom­bres empezarían pronto a imaginar que podían ser salvos haciendo determinadas cosas, o que estas cosas por lo menos contribuirían a salvarlos. "Dios no ha establecido la salvación por medio de salas de consejería personal", llegaba a ser una advertencia repetida en sus sermones posteriores. Además, tenía la suficiente experiencia de la poderosa obra del Espíritu Santo para saber que estas adiciones no eran lo que las almas penitentes buscan: "Generalmente, una conciencia herida lo mismo que un ciervo herido, se deleitan en estar a solas, para poder sangrar en secreto. Es muy difícil establecer contacto íntimo con  un hombre que está bajo convicción de pecado, se encierra de tal modo a sí mismo que es imposible seguirle". El método empleado en el Tabernáculo estaba en completa armonía con estas convicciones y al final de los cultos, la congregación de cinco mil personas inclinaban sus cabezas en silencio solemne sin que ni siquiera un órgano o música alguna rompiera el silencio. ¡Que Dios conceda pronto de nuevo a la Iglesia días como aquellos!

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