
(Revisión y Corrección de
Estilo: Daviel D’Paz)
LA
RESTAURACIÓN DE LA VERDAD
Y
EL AVIVAMIENTO
En
las páginas anteriores hemos tratado de bosquejar brevemente la posición de
Spurgeon en cuanto a las enseñanzas arminianas que posteriormente han venido a
ser consideradas como "ortodoxia evangélica". Spurgeon no dejó de
barruntar que esta influencia lo arrastraría todo, pues vivió lo suficiente
para ver cómo la fe que tan gloriosamente había sido proclamada en New Park
Street en los años desde 1850 a 1860, se consideraba de nuevo como cosa del
pasado. Cuando R. W. Dale, en un articulo del Daily Telegraph hablaba, el
día de Navidad del año 1873, de que el calvinismo estaba pasando de moda rápidamente
entre los bautistas, aparte de la influencia de Spurgeon, este último
discutió la exactitud de tal declaración y adoptó un punto de vista mucho más
optimista del no‑conformismo en general. No obstante, Spurgeon tuvo
tristes motivos para rectificar su veredicto en años posteriores. En 1884
declaró: “Si todos los hombres que viven o han de llegar a vivir abandonaran
el antiguo calvinismo, queda uno que lo defenderá por esta razón: que no podría
defender otro. Es preciso que me aplasten hasta matarme antes que me
arrebaten mis convicciones en cuanto a la verdad de las doctrinas de la gracia
en su forma antigua". La solemnidad de estas palabras provienen del
hecho de que la antigua fe evangélica había sido abandonada en todo el país.
Cuando en muchas ramas del no‑conformismo, el arminianismo se estaba ya
transformando en el modernismo que tantos estragos había de causar en el
presente siglo, las esperanzas de Spurgeon en cuanto al futuro inmediato se
vieron ensombrecidas por las señales de decadencia inminente en las iglesias.
Vio
cómo la historia se repetía. Las confesiones y catecismos del siglo diecisiete
se echaban por la borda ("en estos tiempos es muy común reírse de los
puritanos y decir que su fe está en desuso"), pero declaró que lo que
se estaba admirando en nombre del progreso terminaría en las mismas condiciones
espirituales que siguieron a la era puritana. Después de aquel periodo en que
la verdad prevaleció en el país, dijo en 1883, “vino una época de fatuidad
en que nuestro no-conformismo existía, pero se extinguía gradualmente, pasando
primero al arminianismo y luego al Unitarianismo, hasta casi dejar de ser. Los
hombres saben que ha sido así y no obstante se empeñan en volver a representar
el mismo drama. Leen la historia, pero piden que la antigua doctrina sea de
nuevo abandonada... ¡Oh, necios y tardos de corazón! ¿No les enseñará la
historia? No, si la Biblia no les enseña”.
“Si
no oyen a Cristo y a sus apóstoles, tampoco creerán aunque otro fantasma
unitario pase ante sus ojos. No hay duda de que se acercan días malos a menos
que la Iglesia abrace de nuevo la verdad estrechándola contra su corazón”. Empero en estos años de creciente oscuridad, Spurgeon recordó
la lección que Dios había grabado en él en aquellos lejanos días de New
Park Street. Su confianza en el no-conformismo contemporáneo se había
derrumbado, pero no su confianza en Dios. Aunque la Iglesia hubiese de pasar años
de esterilidad y decadencia a causa de su infidelidad; aunque los ministros
fieles lleguen a ser cada vez menos, hasta el punto de que un niñito pueda
contarlos ", a pesar de todo esto, "mi Señor avivará su verdad
enterrada, tan cierto como que es Dios". Incluso admitía la
posibilidad de lo peor: "¿Qué pasará si el creciente error de esta época
hubiera de silenciar la última lengua que proclame el antiguo Evangelio?"
Sigue inmediatamente su respuesta: "Que la fe no flaquee. Oigo el
estruendo de los pasos de legiones de soldados de la cruz. ¡Oigo la voz de las
trompetas de las huestes de predicadores!". Sin
duda vendría el día en que la verdad que él había proclamado brotaría de
nuevo en labios de miles.
Al volver la mirada desde este líder cristiano del pasado siglo hasta los días en que vivimos, tenemos la creencia de que hemos llegado al fin de una era. Hace más de setenta años, su convicción era que la Iglesia estaba “descendiendo, descendiendo, descendiendo”, y al mirar retrospectivamente hacia aquellos años de creciente desorden y decadencia, sólo podemos sacar la conclusión de que debemos casi haber llegado al fondo. Las actividades de tiempos recientes han sido los espasmos de la muerte y no los principios de una nueva vida. Las grandes campañas que han sido saludadas como paralelos de Pentecostés, se ven en su verdadera dimensión cuando se comprende que sólo pudieron organizarse al precio de la cooperación con aquellos que niegan el mensaje apostólico. La autoridad de las Escrituras ha sido cada vez más desestimada, de modo que hemos llegado al punto en que los hombres creen que, con tal que cualquier movimiento, tanto si es dentro del ecumenismo como si es dentro del evangelicalismo, pueda afirmar que tiene el apoyo de muchas oraciones, la colaboración de líderes eminentes y la obtención de los resultados consiguientes, está necesariamente por encima de la necesidad de ser escrutado bíblicamente.
Ante
la Iglesia está la alternativa de la ruina o la renovación. De los olvidados
sermones de Spurgeon que hemos citado abundantemente, se desprende un mensaje
que tiene poder para despertarnos de nuevo. Aunque ese mensaje ha de sacarse
nuevamente de la Escritura, -pues ningún despertamiento futuro será jamás una
mera imitación del pasado- en estas páginas hemos oído, en un lenguaje cuyo
fervor jamás amortiguará el tiempo, principios que Dios siempre ha honrado en
el avivamiento de Su obra. Para los miembros de la nueva generación a
quienes Dios ha escogido para el ministerio de la Palabra, vienen como especial
llamamiento. En un tiempo como el nuestro, la proclamación y práctica
de estos principios no puede existir sin que haya mucha oposición; pero que los
hombres sobre quienes recae este deber examinen los motivos que les impulsan.
Que procuren que su fuerza no sea la propia, sino la de Cristo y entonces, que
ninguno rehuya enfrentarse con el deber de buscar una profunda Reforma de la
Iglesia.
"El
que nada entre dos aguas puede trampear por el mundo sin muchas censuras",
nos recordaba Spurgeon, “pero pocas veces ocurrirá lo mismo con un verdadero
hombre de Dios." "Manteneos en la posición de que de gracia somos
salvos. En estos días malos, resistid audazmente y protestad contra todo
evangelio que oculte la gracia soberana como fuente de la salvación por
Jesucristo." “Hemos de defender la fe; pues, ¿qué habría sido
de nosotros si nuestros padres no la hubieran sostenido?... Imaginad que en
aquellos tiempos pasados, Lutero, Zwinglio, Calvino y sus compañeros hubiesen
dicho: “El mundo está en desorden, pero si tratamos de arreglarlo no haremos
sino armar un gran alboroto y caer en desgracia. Vayamos a nuestras cámaras,
pongámonos el gorro de dormir y durmamos mientras duran los malos tiempos y
quizás cuando despertemos las cosas habrán mejorado». Semejante
conducta por parte de ellos habría hecho que nosotros recibiéramos una
herencia de error. Época tras época habría descendido a las profundidades
infernales y los pestilenciales pantanos del error lo hubieran tragado todo".
C.
H. Spurgeon, como el soldado de Pompeyo, se quedó en su puesto cuando en torno
suyo, la Iglesia estaba abandonando su deber. Lo hizo convencido de que a
pesar de las apariencias, no sería "el último puritano”. También
previno solemnemente a sus contemporáneos que Inglaterra jamás vería otro
avivamiento si no había una restauración de la verdad. Durante más de medio
siglo su convicción ha pasado desapercibida, -el hombre ha sido encomiado y su
fe ha sido olvidada- pero los creyentes tienen hoy motivos para renovadas
esperanzas y redobladas oraciones. Si las doctrinas de la gracia captan a la
nueva generación que está dentro de la Iglesia, como esperamos lo están
haciendo, podemos llegar a ver convertida en realidad en nuestros días, por lo
menos en parte, la firme esperanza de Spurgeon: “La
doctrina actualmente rechazada como teoría gastada de los puritanos y los
calvinistas, conquistará aún el pensamiento humano y reinará suprema. Tan
seguro como que el sol que esta noche se pone saldrá mañana a la hora
predestinada, la verdad de Dios brillará sobre toda la tierra".
Demos gracias a Dios porque los anales olvidados de este siervo de Cristo están con nosotros y cierto número de ellos va a ser nuevamente publicado. No olvidemos tampoco lo que él consideraba como el mensaje de su vida. Nos lo da en un sermón sobre “El Paracleto” predicado hace noventa años y no conocemos mejor resumen de todo lo que hemos procurado decir:
"La única manera de que la Iglesia pueda mantener su posición y contestar a sus calumniadores es por medio del verdadero poder de Dios. ¿Ha hecho algo por el mundo? ¿Puede producir resultados? Pues por sus frutos se demostrará que es un árbol de vida para las naciones. El Espíritu de Dios pronto contestaría a nuestros adversarios, si pusiéramos en Él nuestra confianza y renunciáramos a toda esta idolatría de la erudición, la inteligencia, el genio, la elocuencia y la retórica humana y qué sé yo cuantas cosas más. Silenciaría a algunos de ellos convirtiéndolos como contestó a Saulo de Tarso transformándolo de perseguidor en apóstol. A otros los silenciaría confundiéndolos, haciéndoles ver cómo sus propios hijos y parientes eran llevados al conocimiento de la verdad. Si no hay poder espiritual milagroso en la Iglesia de Dios en este día, es que es una impostora. En este momento, la única vindicación de nuestra existencia es la presencia y la obra del Paracleto entre nosotros. ¿Está Él obrando todavía y dando testimonio de Cristo? Me temo que no es así en algunas iglesias, pero aquí le contemplamos. Mirad sus obras en este lugar. Hace casi veinte años comenzó nuestro ministerio en esta ciudad, con mucha oposición y criticas hostiles, siendo condenado el predicador como hombre vulgar poco instruido, y de hecho, como fenómeno pasajero. Jesucristo fue predicado en un lenguaje más sencillo que el que los hombres estaban acostumbrados a oír y todos nuestros sermones estaban impregnados del Evangelio antiguo. Muchos otros púlpitos eran intelectuales, pero nosotros éramos puritanos. La mercancía ofrecida por la mayoría de los predicadores consistía en ensayos retóricos, pero nosotros dimos al pueblo el Evangelio, presentamos al mundo las doctrinas de los reformadores, la verdad calvinista, la enseñanza agustiniana y el dogma paulino. No nos avergonzamos de ser el «eco de un evangelismo “caduco” como nos llamó cierto pedante. Predicamos a Cristo y a éste crucificado, y en el espacio de estos veinte años, ¿nos ha faltado jamás una congregación? ¿Cuándo es que este vasto edificio no se ha llenado totalmente? ¿Nos han faltado jamás conversiones? ¿Ha pasado un Domingo sin que las hubiera? ¿No ha sido la historia de esta iglesia, desde su pequeñez en Park Street hasta ahora una marcha triunfal, con los corazones y las almas de los hombres como despojo de guerra, en la cual el estandarte ha sido Cristo crucificado? Y así es en todas partes. Que los hombres vuelvan al Evangelio y lo prediquen ardientemente, no con palabras hermosas y afectadas y discursos retóricos, sino constreñidos por un corazón encendido, y enseñados por el Espíritu de Dios; entonces se verán grandes señales y maravillas".
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