
(Revisión y Corrección de
Estilo: Daviel D’Paz)
1
El
Conflicto
Las
reglas se hacen para quebrantarlas. Quizá no haya regla que con más frecuencia
se quebrante que la que tiene que ver con no discutir de religión o política.
Repetidamente nos embarcamos en tales discusiones. Y cuando el asunto tiene que
ver con la religión, éste gira con frecuencia en torno al tema de la
predestinación. Tristemente, eso significa a menudo el fin de la discusión y
el comienzo de la disputa, produciendo más calor que luz.
Argüir
acerca de la predestinación es virtualmente irresistible. (Perdón por el juego
de palabras) ¡El tema es tan jugoso! Provee una oportunidad para estimular
todos los asuntos filosóficos. Cuando se aviva el tema, nos volvemos súbitamente
súper patrióticos, guardando el árbol de la libertad humana con gran celo y
tenacidad. El espectro de un Dios todopoderoso eligiendo por nosotros, y quizá
aun contra nosotros, nos hace chillar: "¡Dame libre albedrío o me muero!"
La
palabra misma predestinación conlleva un tono siniestro. Está vinculada a la
desesperante noción del fatalismo y, de alguna manera, da a entender que dentro
de su esfera nos vemos reducidos a necias marionetas. La palabra conjura
visiones de una deidad diabólica que juega caprichosamente con nuestras vidas.
Parecemos estar sujetos a los antojos de horribles decretos que fueron
determinados mucho antes de que naciésemos. Mejor sería que nuestras vidas
estuvieran determinadas por las estrellas, pues entonces al menos podríamos
encontrar pistas con respecto a nuestro destino en los horóscopos diarios.
Si
añadimos al horror de la palabra predestinación la imagen pública de su más
famoso maestro, Juan Calvino, nos estremeceremos más aún. Vemos a Calvino
representado como un tirano severo y ceñudo, un cráneo de Icabod del siglo XVI
que encontraba un diabólico deleite en la quema de los herejes recalcitrantes.
Es suficiente para hacernos retirarnos de la discusión completamente y
reafirmar nuestro compromiso de no discutir jamás de religión y política.
Con
un tema que la gente encuentra tan desagradable, es de maravillarse que lo
discutamos en absoluto ¿Por qué hablamos del mismo? ¿Porque disfrutamos de lo
desagradable? No en absoluto. Lo discutimos porque no podemos evitarlo. Es una
doctrina claramente expresada en la Biblia. Hablamos acerca de la predestinación
porque la Biblia habla acerca de la predestinación. Si deseamos construir
nuestra teología sobre la Biblia, nos tropezamos con este concepto. Pronto
descubrimos que no lo inventó Juan Calvino.
Virtualmente
todas las iglesias cristianas tienen alguna forma doctrinal sobre la
predestinación. Sin duda, la doctrina de la predestinación en la Iglesia Católica
Romana es diferente de la que sostiene la Iglesia Presbiteriana. Los luteranos
tienen un punto de vista sobre el asunto diferente al de los episcopales. El
hecho de que abunden tantas opiniones distintas de la predestinación sólo
sirve para subrayar el hecho de que, si somos bíblicos en nuestro pensamiento,
debemos tener alguna doctrina de la predestinación. No podemos ignorar pasajes
tan bien conocidos como:
Según
nos escogió en él antes de la fundación del mundo,
para que fuésemos santos y sin mancha delante de él, en amor habiéndonos
predestinado para ser adoptados hijos suyos por medio de Jesucristo, según
el puro afecto de su voluntad... (Ef. 1:4,5).
En
él asimismo tuvimos herencia, habiendo sido predestinados conforme al
propósito del que hace todas las cosas según el designio de su voluntad... (Ef.
1:11).
Porque
a los que antes conoció, también los predestinó para que fuesen hechos
conformes a la imagen de su Hijo, para que él sea el primogénito entre
muchos hermanos (Ro. 8:29).
Si
hemos de ser bíblicos, pues, la cuestión no es si debemos tener una doctrina
de la predestinación o no, sino qué clase debemos abrazar. Si la Biblia es la
Palabra de Dios y no mera especulación humana, y si Dios mismo declara que
existe tal cosa como la predestinación, entonces se sigue irresistiblemente que
debemos abrazar alguna doctrina de la predestinación.
Si
hemos de seguir esta línea de pensamiento, pues, desde luego, debemos dar un
paso más. No es suficiente tener simplemente cualquier idea de la predestinación.
Es nuestro deber buscar la idea correcta de la predestinación, no sea que nos
hagamos culpables de distorsionar o ignorar la Palabra de Dios. Es aquí donde
comienza el verdadero conflicto, el conflicto por clarificar con exactitud todo
lo que la Biblia enseña acerca de este asunto.
Mi
conflicto con la predestinación comenzó al principio de mi vida cristiana.
Conocía a un profesor de filosofía en la facultad que era un convencido
calvinista. Él expuso la llamada idea "reformada" de la predestinación.
No me gustaba. No me gustaba en lo absoluto. Luché con uñas y dientes contra
ella todo el tiempo que pasé en la facultad.
Me
gradué de la facultad sin estar persuadido de la idea reformada o calvinista de
la predestinación, sólo para ir a parar a un seminario que incluía en su
claustro al rey de los calvinistas, John H. Gerstner. Gerstner es a la
predestinación lo que Einstein es a la física o lo que Arnold Palmer es al
golf. Habría preferido desafiar a Einstein acerca de la relatividad o haber
jugado un partido de golf con Palmer antes que vérmelas con Gerstner. Pero...
los necios se precipitan donde los ángeles temen pisar.
Desafié
a Gerstner en la clase una y otra vez, convirtiéndome en una plaga total y
absoluta. Resistí durante más de un año. Mi rendición final vino por etapas.
Penosas etapas. Comenzó cuando empecé a trabajar como pastor estudiante en una
iglesia. Escribí una nota para mí mismo que guardaba en mi escritorio en un
lugar donde siempre podía verla.
SE
TE REQUIERE QUE CREAS, PREDIQUES Y ENSEÑES LO QUE LA BIBLIA DICE QUE ES VERDAD,
NO LO QUE QUIERES QUE LA BIBLIA DIGA QUE ES VERDAD.
La
nota me perseguía. Mi crisis final llegó en el curso superior. Me hallaba
realizando un curso en el estudio de Jonathan Edwards. Pasamos el semestre
estudiando el libro más famoso de Edwards, The freedom of the will, bajo
la tutela de Gerstner. Al mismo tiempo realizaba un curso de exégesis griega en
el libro de Romanos. Era el único estudiante en aquel curso, a solas con el
profesor de Nuevo Testamento. No había donde pudiera esconderme.
La
combinación era demasiado para mí. Gerstner, Edwards, el profesor de Nuevo
Testamento y, sobre todo, el apóstol Pablo, eran un equipo demasiado formidable
para que yo lo resistiese. El capítulo 9 de Romanos fue el punto crucial.
Simplemente no podía encontrar la manera de evitar la enseñanza del apóstol
en ese capítulo. A regañadientes, suspiré y me rendí, pero con la cabeza, no
con el corazón. "Está bien, creo en esto, ¡pero no tiene que gustarme!"
Pronto
descubrí que Dios nos había creado para que se suponga que el corazón sigue a
la cabeza. No podía amar impunemente con la cabeza algo que odiaba en el corazón.
Una vez que comencé a ver la coherencia de la doctrina y sus más amplias
implicaciones, mis ojos fueron abiertos a la benevolencia de la gracia y al gran
consuelo de la soberanía de Dios. Comenzó a agradarme la doctrina poco a poco,
hasta que recibí en mi alma la impresión de que la doctrina revelaba la
profundidad y las riquezas de la misericordia de Dios. Ya no temía a los
demonios del fatalismo o al desagradable pensamiento de ser reducido a una
marioneta. Ahora me regocijaba en un benévolo Salvador, que era el único
inmortal e invisible, el único y sabio Dios.
Se
dice que no hay nada más ofensivo que un bebedor convertido. Haz la prueba con
un arminiano convertido. Los arminianos convertidos tienden a volverse
fervorosos calvinistas, entusiastas de la causa de la predestinación. La obra
que estás leyendo es de uno de esos convertidos. Mi conflicto me ha enseñado
algunas cosas a lo largo del camino. He aprendido, por ejemplo, que no todos los
cristianos son tan celosos acerca de la predestinación como yo. Hay mejores
hombres que yo que no comparten mis conclusiones. He aprendido que muchos
malentienden la predestinación. He aprendido también el dolor de estar
equivocado.
Cuando
enseño la doctrina de la predestinación, frecuentemente me siento frustrado
ante aquellos que rehúsan obstinadamente someterse a la misma. Siento ganas de
gritar: "¿No te das cuenta que estás resistiendo la Palabra de Dios?"
En estos casos soy culpable de al menos uno de dos posibles pecados. Si mi
entendimiento de la predestinación es correcto, entonces, en el mejor de los
casos, estoy siendo impaciente con personas que están meramente en un conflicto
como en el que yo estuve en algún tiempo y, en el peor de los casos, estoy
mostrando una condescendencia arrogante a aquellos que no están de acuerdo
conmigo. Si mi entendimiento de la predestinación no es correcto, entonces mi
pecado es peor aun, puesto que estaría calumniando a los santos que, por
oponerse a mi idea, están luchando por los ángeles. Los riesgos, pues, que
corro en este asunto son elevados.
El
conflicto acerca de la predestinación es tanto más confuso debido a que las
mayores mentes en la historia de la Iglesia han estado en desacuerdo acerca de
la misma. Los eruditos y dirigentes cristianos, pasados y presentes, han
adoptado diferentes posiciones. Un breve vistazo a la historia de la Iglesia
revela que el debate acerca de la predestinación no tiene lugar entre liberales
y conservadores o entre creyentes e incrédulos. Es un debate entre creyentes,
entre cristianos piadosos y fervientes.
Puede
ser de ayuda el ver cómo los grandes maestros del pasado se alinean con
respecto a la cuestión.
Idea reformada
Ideas opuestas
San Agustín
Pelagio
Tomás de Aquino
Arminio
Martín Lutero
Felipe Melanchthon
Juan Calvino
John Wesley
Jonathan Edwards
Charles Finney
Debe
parecer que "estoy arrimando el ascua a mi sardina". Los pensadores
que son más ampliamente considerados como los titanes de la erudición
cristiana clásica se hayan claramente en el bando reformado. Estoy convencido,
sin embargo, que éste es un hecho de la Historia que no debe ser ignorado. Sin
duda, es posible que Agustín, Aquino, Lutero, Calvino y Edwards estuviesen
todos equivocados en este asunto. Estos hombres ciertamente están en desacuerdo
entre sí en otros puntos doctrinales. No son infalibles ni individuales ni
colectivamente.
No
podemos determinar cuál es la verdad por los números. Los grandes pensadores
del pasado pueden estar equivocados. Pero es importante que veamos que la
doctrina reformada de la predestinación no fue inventada por Juan Calvino. Nada
hay en la idea de Calvino sobre la predestinación que no fuera anteriormente
propugnado por Lutero y Agustín antes que él. Más tarde, el luteranismo no
siguió a Lutero en este asunto, sino a Melanchthon, que cambió de opinión
tras la muerte de Lutero. Es también digno de notarse que en su famoso tratado
teológico, Los Institutos de la religión cristiana, Juan Calvino
escribió escasamente sobre el tema. Lutero escribió mucho más acerca de la
predestinación que Calvino.
Dejando
a un lado la lección de la Historia, debemos tomar seriamente el hecho de que
tales eruditos estuvieron de acuerdo en este difícil tema. Una vez más, el que
estuvieran de acuerdo no prueba que sea cierta la predestinación. Podían haber
estado equivocados. Pero ello reclama nuestra atención. No se puede desechar la
idea reformada como una noción peculiarmente presbiteriana. Sé que durante mi
gran conflicto con la predestinación estaba profundamente preocupado por las
voces unidas de los titanes de la erudición cristiana clásica acerca de este
punto. Ciertamente, no son infalibles, pero merecen nuestro respeto y ser
escuchados honestamente.
Entre
los dirigentes cristianos contemporáneos encontramos una lista más equilibrada
de acuerdos y desacuerdos. (Téngase en cuenta que estamos hablando aquí en términos
generales y que hay diferencias significativas entre los que se encuentran en
cada bando.)
Idea
reformada
Ideas opuestas
Francis Shaeffer
C.S. Lewis
Cornelius
Van Til
Norman Geisler
Roger
Nicole
John Warwick Montgomery
James Boice
Clark Pinnock
Philip Hughes
Billy Graham
No
sé cual sea la posición de Bill Bright, Chuck Swindoll, Pat Robertson y muchos
otros dirigentes acerca de este punto. Jimmy Swaggart ha dejado claro que
considera la idea reformada como una herejía diabólica. Sus ataques en contra
de la doctrina carecen de sobriedad. No reflejan el cuidado y el fervor de los
hombres relacionados anteriormente en la columna "opuesta". Todos
ellos son grandes dirigentes cuyas opiniones son dignas de nuestra cuidadosa
atención.
Mi
esperanza es que todos continuemos en el conflicto. Nunca debemos asumir que ya
hemos llegado. Sin embargo, no hay virtud alguna en el mero escepticismo.
Miramos con malos ojos a los que siempre están aprendiendo y nunca pueden
llegar al conocimiento de la verdad. Dios se deleita en los hombres y las
mujeres que tienen convicciones. Por supuesto, está interesado en que nuestras
convicciones sean conforme a la verdad. Participa en el conflicto conmigo, pues,
al embarcarnos en el difícil pero, espero, provechoso viaje examinando la
doctrina de la predestinación.
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