
(Revisión y Corrección de
Estilo: Daviel D’Paz)
2
En
nuestro conflicto a lo largo de la doctrina de la predestinación, debemos
comenzar con una clara comprensión de lo que significa la palabra. Aquí
afrontamos dificultades inmediatamente. Nuestra definición está a menudo
influida por nuestra doctrina. Podríamos esperar que si recurriéramos a una
fuente neutral para nuestra definición -una fuente como el diccionario de
Webster- evitaríamos tal prejuicio. No tenemos tal suerte. (O, debiera decir,
tal providencia.) Consideremos los siguientes artículos en el Webster's New
Collegiate Dictionary.
Predestinado:
destinado
o determinado de antemano; preordenado a una suerte o destino terrenal o eterno
por decreto divino.
Predestinación:
la doctrina de que Dios, consecuentemente con su presciencia de todos los
eventos, guía infaliblemente a los que están destinados para salvación.
Predestinar:
destinar, decretar, determinar, designar o establecer de antemano.
No
estoy seguro de cuánto podemos aprender de estas definiciones del diccionario,
aparte de que Noah Webster debe de haber sido luterano. Lo que podemos deducir,
sin embargo, es que la predestinación tiene algo que ver con relación a
nuestro destino final, y que algo se hace acerca de ese destino por parte de
alguien antes que neguemos allí. El pre de predestinación se refiere al
tiempo. Webster habla de "antemano".
Destino se refiere al lugar a donde vamos, como vemos en el uso normal de la
palabra destino.
Cuando
llamo a mi agente de viajes para reservar un vuelo, pronto surge la pregunta:
"¿Cuál es su destino?" A veces, la pregunta se expresa de forma más
simple: "¿A donde va usted?" Nuestro destino es el lugar a donde
vamos. En teología se refiere a uno de dos lugares; o bien vamos al cielo, o
vamos al infierno. En cualquiera de los dos casos no podemos cancelar el viaje.
Dios sólo nos da dos opciones finales. La una o la otra es nuestro destino
final. Aun el catolicismo romano, que tiene otro lugar al otro lado de la tumba,
el purgatorio, considera éste como una parada intermedia a lo largo del viaje.
Sus viajeros siguen la ruta local, mientras que los protestantes prefieren la
ruta directa.
Lo
que la predestinación significa, en su forma más elemental, es que nuestro
destino final, el cielo o el infierno, está decidido por Dios no sólo antes de
llegar allí, sino aun antes de que nazcamos. Nos enseña que nuestro destino
final está en las manos de Dios. Otra forma de decirlo es ésta: Desde toda la
eternidad, antes de que viviésemos, Dios decidió salvar a algunos miembros de
la raza humana y dejar que el resto de la raza humana pereciera. Dios hizo una
elección: escogió algunos individuos para ser salvados y gozar de eterna
bienaventuranza en el cielo, y escogió pasar por alto a otros, dejarles seguir
las consecuencias de sus pecados en el tormento eterno del infierno.
Esta
es una afirmación dura, cualquiera que sea la forma en que la enfoquemos. Nos
preguntamos: "¿Tienen algo que ver nuestras vidas individuales con la
decisión de Dios? Aun cuando Dios haga su elección antes de que nazcamos, Él
conoce aun todo acerca de nuestras vidas antes que las vivamos. ¿Toma Él en
consideración ese conocimiento previo de nosotros cuando toma su decisión?"
La forma en que respondamos a esa última pregunta determinará si nuestra idea
de la predestinación es reformada o no. Recordemos que anteriormente afirmamos
que prácticamente todas las iglesias tienen alguna doctrina de la predestinación.
La mayoría de las iglesias está de acuerdo en que la decisión de Dios es
tomada antes que nazcamos. La cuestión radica en la pregunta: "¿Sobre qué
base toma Dios esa decisión?"
Antes
de comenzar a responder eso, debemos clarificar un punto más. Frecuentemente,
la gente piensa acerca de la predestinación con respecto a cuestiones
cotidianas acerca de accidentes de tráfico y cosas parecidas. Se preguntan si
Dios decretó que los yanquis ganaran el campeonato mundial o si el árbol cayó
sobre su automóvil por un decreto divino. Aun las pólizas de seguros tienen cláusulas
que se refieren a los "actos de Dios".
Cuestiones
como éstas se tratan normalmente en teología bajo el epígrafe de la
Providencia. Nuestro estudio enfoca la predestinación en el sentido estricto,
restringiéndola a la cuestión final de la salvación o condenación
predestinadas, lo que llamamos elección y reprobación. Las otras
cuestiones son interesantes e importantes, pero están fuera de los límites de
este libro.
LA
SOBERANÍA DE DIOS.
En
la mayoría de las discusiones acerca de la predestinación, existe una gran
preocupación acerca de proteger la dignidad y libertad del hombre. Debemos
también observar la importancia crucial de la soberanía de Dios. Si bien Dios
no es una criatura, Él es personal, con una dignidad y libertad supremas. Somos
conscientes de los intrincados problemas que rodean la relación entre la
soberanía de Dios y la libertad humana. Debemos también ser conscientes de la
estrecha relación entre la soberanía y la libertad de Dios. La libertad de un
soberano es siempre mayor que la libertad de sus súbditos.
Cuando
hablamos de la soberanía divina, estamos hablando acerca de la autoridad de
Dios y el poder de Dios. Como soberano, Dios es la suprema autoridad del cielo y
la Tierra. Toda otra autoridad es una autoridad inferior. Cualquier otra
autoridad que exista en el universo se deriva y es dependiente de la autoridad
de Dios. Todas las demás formas de autoridad existen bien por el mandato de
Dios o con el permiso de Dios.
La palabra autoridad contiene dentro de sí la palabra autor. Dios es el autor de todas las cosas sobre las cuales tiene autoridad. Él creó el universo. Es el propietario del universo. Su propiedad le da ciertos derechos. Puede hacer con su universo lo que agrade a su santa voluntad. Asimismo todo poder en el universo fluye del poder de Dios. Todo poder en este universo está subordinado a Él. Aun Satanás carece de poder sin el soberano permiso de Dios para actuar.
El
cristianismo no es dualismo. No creemos en dos poderes finales iguales
entablando una lucha eterna por la supremacía. Si Satanás fuese igual a Dios,
no tendríamos confianza ni esperanza alguna de que el bien triunfase sobre el
mal. Estaríamos destinados a un eterno equilibrio entre dos fuerzas iguales y
opuestas. Satanás es una criatura. Sin duda, es malvado, pero aun su maldad está
sometida a la soberanía de Dios, como lo está nuestra propia maldad. La
autoridad de Dios es final; su poder es omnipotente. Él es soberano.
Uno de mis deberes como profesor de seminario es enseñar la teología de la Confesión de Fe de Westminster. La Confesión de Westminster ha sido el documento confesional central del presbiterianismo histórico. Expresa las doctrinas clásicas de la Iglesia Presbiteriana.
En
cierta ocasión, mientras enseñaba en este curso, anuncié a mi clase nocturna
que la siguiente semana estudiaríamos la sección de la confesión que trata de
la predestinación. Puesto que la clase nocturna estaba abierta al público, mis
estudiantes se precipitaron a invitar a sus amigos para la jugosa discusión. La
siguiente semana la clase estaba abarrotada de estudiantes e invitados. Comencé
la clase leyendo los primeros renglones del capítulo 3 de la Confesión de
Westminster:
Dios,
desde la eternidad, por el sabio y santo consejo de su voluntad, ordenó libre e
inalterablemente todo lo que sucede.
Detuve
la lectura en ese punto. Pregunté: "¿Hay alguien en esta clase que no
crea las palabras que acabo de leer?" Se levantó una multitud de manos.
Entonces pregunté: "¿Hay algunos ateos convencidos en la habitación?"
Ninguna mano se levantó. Entonces dije algo ofensivo: 'Todos los que levantaron
la mano a la primera pregunta deberían haber levantado la mano a la segunda
pregunta." Mi afirmación fue recibida por un coro de murmullos y protestas.
¿Cómo podía yo acusar a alguien de ateísmo por no creer que Dios preordena
todo lo que sucede? Los que protestaron contra estas palabras no estaban negando
la existencia de Dios. No estaban protestando contra el cristianismo. Estaban
protestando contra el calvinismo.
Traté
de explicar a la clase que la idea de que Dios preordena todo lo que sucede no
es una idea peculiar al calvinismo. No es ni siquiera peculiar al cristianismo.
Es simplemente un principio del teísmo: un principio necesario del teísmo. Que
Dios, en algún sentido, preordena todo lo que sucede es un resultado necesario
de su soberanía. En sí mismo no arguye a favor del calvinismo. Solamente
declara que Dios es absolutamente soberano sobre su creación. Dios puede
preordenar las cosas de diferentes maneras. Pero todo lo que sucede debe, al
menos, suceder con su permiso. Si Él permite algo, entonces debe decidir
permitirlo. Si decide permitir algo, entonces en un sentido lo está
preordenando. ¿Quién, entre los cristianos, argumentaría que Dios no podría
impedir que ocurriese algo en este mundo? Si Dios así lo desea, tiene poder
para parar el mundo entero.
Decir
que Dios preordena todo lo que sucede es decir simplemente que Dios es soberano
sobre toda su creación. Si algo pudiera suceder aparte de su permiso
soberano, entonces lo que sucediese frustraría su soberanía. Si Dios
rehusara permitir que algo sucediera y sucediese a pesar de todo, entonces
cualquiera que fuese lo que lo hizo suceder tendría más autoridad y poder que
Dios mismo. Si hay alguna parte de la creación fuera de la soberanía de Dios,
entonces Dios, simplemente, no es soberano. Si Dios no es soberano, entonces
Dios no es Dios.
Si
hay una sola molécula en este universo que esté suelta y totalmente libre de
la soberanía de Dios, entonces no tenemos garantía de que ni una sola promesa
de Dios se cumpla jamás. Quizá esa molécula indómita destruya los grandes y
gloriosos planes que Dios ha hecho y nos ha prometido. Si un grano de arena en
el riñón de Oliver Cromwell cambió el curso de la historia de Inglaterra, así
nuestra indómita molécula podría cambiar el curso de toda la historia de la
redención. Es posible que una molécula sea lo que le impida a Cristo regresar.
Hemos
oído la historia: Por falta de un clavo se perdió la herradura; por falta de
la herradura se perdió el caballo; por falta del caballo se perdió el jinete;
por falta del jinete se perdió la batalla; por falta de la batalla se perdió
la guerra. Recuerdo mi angustia cuando oí que Bill Vukovich, el mejor piloto de
su época, se mató en un accidente en las 500 millas de Indianápolis.
Posteriormente se descubrió que el fallo se debió a un pasador que costaba 10
centavos. Bill Vukovich controlaba de manera asombrosa los coches de carreras.
Era un magnífico conductor. Sin embargo, no era soberano. Una pieza de ínfimo
valor le costó la vida. Dios no tiene que preocuparse de que haya pasadores de
10 centavos que arruinen sus planes. No existen moléculas indómitas moviéndose
libremente. Dios es soberano. Dios es Dios.
Mis
estudiantes comenzaron a ver que la soberanía divina no es un asunto peculiar
al calvinismo, ni siquiera al cristianismo. Sin soberanía, Dios no puede ser
Dios. Si rechazamos la soberanía divina, entonces debemos abrazar el ateísmo.
Este es el problema que todos afrontamos. Debemos aferrarnos con todas nuestras
fuerzas a la soberanía de Dios. Sin embargo, debemos hacerlo de tal manera que
no violemos la libertad humana.
En
este punto debería hacer para el lector lo que hice para mis estudiantes en la
clase nocturna: Terminar la declaración de la Confesión de Westminster. La
declaración completa dice lo siguiente:
“Dios,
desde la eternidad, por el sabio y santo consejo de su voluntad, ordenó libre e
inalterablemente todo lo que sucede; y sin embargo, de tal manera que ni Dios es
el autor del pecado, ni hace violencia a la voluntad de las criaturas, ni quita
la libertad o contingencia de las causas segundas, sino que las establece”.
Nótese que, mientras que afirma la soberanía de Dios sobre todas las cosas, la confesión también afirma que Dios no hace violencia o viola la libertad humana. La libertad humana y el mal están bajo la soberanía de Dios.
Sin
duda alguna, la cuestión más difícil de todas es cómo el mal puede coexistir
con un Dios que es totalmente santo y totalmente soberano. Me temo que la mayoría
de los cristianos no se dan cuenta de la profunda severidad de este problema.
Los escépticos llaman este asunto el "talón de Aquiles del cristianismo".
Recuerdo vividamente la primera vez que sentí el dolor de este espinoso
problema. Yo era nuevo en la facultad y había sido cristiano durante unas
semanas solamente. Estaba jugando al pimpón en el salón del dormitorio de
hombres cuando, en mitad de una bolea, me sobrevino el pensamiento: Si Dios es
totalmente justo, ¿cómo puede haber creado un universo donde está presente el
mal? Si todas las cosas proceden de Dios, ¿no procede de El también el mal?
Entonces,
como ahora, me di cuenta de que el mal era un problema para la soberanía de
Dios. ¿Se introdujo el mal en el mundo contra la voluntad soberana de Dios? En
ese caso, El no es absolutamente soberano. Si no, debemos concluir que en algún
sentido aun el mal ha sido preordenado por Dios. Durante años busqué la
respuesta a este problema, explorando las obras de teólogos y filósofos.
Encontré algunos intentos ingeniosos de resolver el problema, pero, hasta ahora,
nunca he encontrado una respuesta plenamente satisfactoria.
La
solución más común que oímos para este dilema es una simple referencia al
libre albedrío del hombre. Oímos afirmaciones tales como: "El mal se
introdujo en el mundo por el libre albedrío del hombre. El hombre es el autor
del pecado, no Dios." Sin duda, esa afirmación encaja con el relato bíblico
del origen del pecado. Sabemos que el hombre fue creado con libre albedrío y
que el hombre libremente escogió pecar. No fue Dios quien cometió el pecado,
fue el hombre. El problema, sin embargo, aún persiste. ¿De dónde sacó el
hombre la más mínima inclinación a pecar? Si fue creado con algún deseo de
pecar, entonces se arroja una sombra sobre la integridad del Creador. Si fue
creado sin deseo alguno de pecar, entonces debemos preguntar de dónde vino ese
deseo.
El
misterio del pecado está ligado a nuestro entendimiento del libre albedrío, el
estado del hombre en la creación y la soberanía de Dios. La cuestión del
libre albedrío es tan vital para nuestro entendimiento de la predestinación
que dedicaré un capítulo entero al tema. Hasta entonces restringiremos nuestro
estudio a la cuestión del primer pecado del hombre. ¿Cómo pudieron caer Adán
y Eva? Ellos fueron creados buenos. Podríamos sugerir que su problema fue la
astucia de Satanás. Satanás los engañó. Los embaucó para que comiesen del
fruto prohibido. Podríamos suponer que la serpiente fue tan aduladora que
embaucó totalmente a nuestros primeros padres.
Esta
explicación conlleva varios problemas. Si Adán y Eva no se dieron cuenta de lo
que estaban haciendo, si fueron totalmente embaucados, entonces el pecado habría
sido todo de Satanás. Pero la Biblia deja claro que, a pesar de su astucia, la
serpiente habló desafiando directamente el mandamiento de Dios. Adán y Eva habían
oído a Dios promulgar su prohibición y advertencia. Oyeron a Satanás
contradiciendo a Dios. La decisión estaba clara ante ellos. No podían apelar a
la astucia de Satanás para excusarse.
Aun
si Satanás no hubiera sólo embaucado sino forzado a Adán y Eva a pecar, aún
no estamos libres de nuestro dilema. Si hubieran podido decir con razón:
"El diablo nos hizo hacerlo", aún tendríamos que afrontar el
problema del pecado del diablo. ¿De dónde procede el diablo? ¿Cómo consiguió
caer de la bondad? Tanto si estamos hablando de la Caída del hombre o de la caída
de Satanás, estamos tratando aún el problema de criaturas buenas que se
vuelven malas.
Oímos
la explicación "fácil" de que el mal vino a través del libre albedrío
de la criatura. El libre albedrío es algo bueno. El que Dios nos diera libre
albedrío no hace recaer la culpa sobre Él. En la creación, al hombre le fue
dada la capacidad para pecar y la capacidad para no pecar. El escogió pecar. La
cuestión es: "¿Por qué?" Aquí es donde reside el problema. Antes
que una persona pueda cometer un acto de pecado, debe tener primero un deseo de
realizar ese acto. La Biblia nos dice que las malas acciones fluyen de los malos
deseos. Pero la presencia de un deseo malo es ya pecado. Pecamos porque somos
pecadores. Nacimos con una naturaleza de pecado. Somos criaturas caídas. Pero
Adán y Eva no fueron creados caídos-. No tenían una naturaleza de pecado.
Eran criaturas buenas con libre albedrío. Sin embargo, escogieron pecar. ¿Por
qué? No lo sé. Ni he encontrado aún a alguien que lo sepa.
A
pesar de este intrincado problema, debemos afirmar aún que Dios no es el autor
del pecado. La Biblia no revela las respuestas a todas nuestras preguntas.
Revela la naturaleza y el carácter de Dios. Una cosa es absolutamente
impensable: que Dios pudiera ser el autor o realizador del pecado. Pero este capítulo
trata de la soberanía de Dios. Nos queda aún por responder la pregunta de que,
dado el hecho del pecado humano, ¿cómo se relaciona éste con la soberanía de
Dios? Si es cierto que, en algún sentido, Dios preordena todo lo que sucede,
entonces se sigue sin duda que Dios debe de haber preordenado la entrada del
pecado en el mundo. Eso no quiere decir que Dios obligara a que ocurriera, o que
impusiera el mal a su creación. Lo único que significa es que Dios debe de
haber decidido permitir que ocurra. Si no permitió que ocurriese, entonces no
podía haber ocurrido, pues de otra forma no sería soberano.
Sabemos
que Dios es soberano porque sabemos que Dios es Dios. Por tanto, debemos
concluir que Dios preordenó el pecado. ¿Qué otra cosa podemos concluir?
Debemos concluir que la decisión de Dios de permitir que el pecado entrase en
el mundo fue una buena decisión. Esto no quiere decir que nuestro pecado es
realmente algo bueno, sino meramente que el que Dios nos permita cometer el
pecado, que es malo, es algo bueno. El que Dios permita el mal es bueno, pero el
mal que Él permite es aún mal. La implicación de Dios en todo esto es
perfectamente justa. Nuestra implicación en ello es inicua. El hecho de que
Dios decidiese permitirnos pecar no nos absuelve de nuestra responsabilidad por
el pecado.
Una
objeción que oímos con frecuencia es que, si Dios conocía de antemano que
nosotros íbamos a pecar, ¿por qué nos creó en primer lugar? Un filósofo
expresó el problema de esta manera: "Si Dios sabía que nosotros pecaríamos
pero no lo impidió, entonces no es ni omnipotente ni soberano. Si podía
impedirlo pero escogió no hacerlo, entonces no es ni amante ni benévolo."
Mediante este enfoque Dios aparece como malo, no importa cómo respondamos a la
pregunta.
Debemos
asumir que Dios sabía de antemano que el hombre caería. Debemos también
asumir que Él podía haber intervenido para impedirlo. O podía haber escogido
no crearnos en absoluto. Concedemos todas estas posibilidades hipotéticas. Para
empezar, sabemos que Él sabía que caeríamos, y que siguió adelante y nos creó
a pesar de todo. ¿Por qué significa eso que El no es amante? También sabía
de antemano que iba a llevar a cabo un plan de redención para su creación caída
que incluiría una perfecta manifestación de su justicia y una perfecta expresión
de su amor y misericordia. Fue ciertamente amante por parte de Dios predestinar
la salvación de su pueblo, los que la Biblia llama sus "elegidos" o
escogidos.
Son
los no elegidos los que constituyen el problema. Si algunos no son elegidos para
salvación, entonces parecería que Dios no es tan amante hacia ellos. Según
ellos, parece que hubiera sido más amante por parte de Dios no haber permitido
que nacieran. Ese puede, ciertamente, ser el caso. Pero debemos hacer la
pregunta verdaderamente difícil: ¿Existe alguna razón para que un Dios justo
deba ser amante hacia una criatura que le odia y se revela constantemente contra
su divina autoridad y santidad? La objeción suscitada por el filósofo implica
que Dios le debe su amor a criaturas pecaminosas. Esto es, lo que se da por
supuesto, sin palabras, es que Dios está obligado a ser clemente para con los
pecadores. Lo que el filósofo pasa por alto es que si la gracia está obligada,
ya no es gracia. La esencia misma de la gracia es que es inmerecida. Dios
siempre se reserva el derecho de tener misericordia de quien quiera tener
misericordia. Dios puede deberle justicia a la gente, pero nunca misericordia.
Es
importante indicar una vez más que estos problemas surgen a todos los
cristianos que creen en un Dios soberano. Estas cuestiones no son peculiares a
una idea concreta de la predestinación. La gente argumenta que Dios es
suficientemente amante como para proveer un camino de salvación para todos los
pecadores. Puesto que el calvinismo restringe la salvación sólo a los elegidos,
parece requerir un Dios menos amante. En la superficie al menos, parece que una
idea no calvinista provee una oportunidad para que se salven grandes multitudes
de personas que no hubieran sido salvadas en la idea calvinista.
Una
vez más, esta cuestión afecta asuntos que deben ser desarrollados más
plenamente en capítulos posteriores. Por ahora permítaseme decir simplemente
que, si la decisión final para la salvación de pecadores caídos fuese dejada
en las manos de pecadores caídos, desesperaríamos de toda esperanza en cuanto
a que alguien fuese salvado. Cuando consideramos la relación de un Dios
soberano con un mundo caído, afrontamos básicamente cuatro opciones:
1.
Dios pudo decidir no proveer una oportunidad para que alguien fuese
salvado.
2.
Dios pudo proveer una oportunidad para que todos fuesen salvados.
3.
Dios pudo intervenir directamente para asegurar la salvación de todos.
4.
Dios pudo intervenir directamente y asegurar la salvación de algunos.
Todos
los cristianos descartan inmediatamente la primera opción. La mayoría de los
cristianos descartan la tercera. Afrontamos el problema de que Dios salva a
algunos y no a todos. El calvinismo corresponde a la cuarta opción. La idea
calvinista de la predestinación enseña que Dios interviene activamente en las
vidas de los elegidos para hacer absolutamente segura la salvación. Por
supuesto, el resto es invitado a Cristo y se le da una "oportunidad"
para ser salvado "si quiere". Pero el calvinismo da por supuesto que,
sin la intervención de Dios, nadie querrá jamás a Cristo. Nadie escogerá jamás
a Cristo por sí mismo.
Este
es precisamente el punto en disputa. Las ideas no reformadas de la predestinación
asumen que a toda persona caída le queda la capacidad de escoger a Cristo. Al
hombre no se le considera tan caído que requiera la intervención directa de
Dios hasta el grado que afirma el calvinismo. Todas las ideas no reformadas
dejan en manos del hombre el dar el voto decisivo para el destino final del
hombre. Según estas ideas, la mejor opción es la segunda. Dios provee
oportunidades para que todos sean salvados. Pero, ciertamente, no existe una
igualdad de oportunidades, puesto que grandes multitudes de gente mueren sin
haber oído jamás el Evangelio.
El
no reformado objeta a la cuarta opción porque limita la salvación a un grupo
selecto que Dios escoge. El reformado objeta a la segunda opción porque ve que
la oportunidad universal de salvación no provee lo suficiente para salvar a
nadie. El calvinista ve a Dios haciendo mucho más por la raza humana caída a
través de la cuarta opción que a través de la segunda. El no calvinista ve
justamente lo contrario. Piensa que dar una oportunidad universal, aunque está
lejos de asegurarla salvación de nadie, es más benévolo que asegurar la
salvación de algunos y no de otros.
El
desagradable problema que tiene el calvinista se ve en la relación de las
opciones tercera y cuarta. Si Dios puede, y de hecho escoge, asegurar la salvación
de algunos, ¿por qué no asegura la salvación de todos? Antes de tratar de
responder a esa pregunta, permítaseme primero indicar que éste no es
simplemente un problema calvinista. Todo cristiano debe sentir el peso de este
problema. En primer lugar, afrontamos la cuestión: "¿Tiene Dios el poder
para asegurar la salvación de todos?" Ciertamente está dentro del poder
de Dios cambiar el corazón de todo pecador impenitente y llevar ese pecador
hacia sí. Si carece de tal poder, entonces no es soberano. Si tiene ese poder,
¿por qué no lo usa con todos?
El
pensador no reformado responde en general diciendo que el hecho de que Dios
imponga su poder a personas reacias es violar la libertad del hombre. Violar la
libertad del hombre es pecado. Puesto que Dios no puede pecar, no puede imponer
unilateralmente su gracia salvadora a pecadores reacios. Forzar al pecador a que
quiera cuando el pecador no quiere, es hacer violencia al pecador. La idea es
que, al ofrecer la gracia del Evangelio, Dios hace todo lo que puede para ayudar
al pecador a ser salvo. Él tiene suficiente poder para forzar a los hombres,
pero el uso de tal poder sería ajeno a la justicia de Dios.
Eso
no proporciona mucho consuelo al pecador en el infierno. El pecador en el
infierno debe de estar preguntando: "Dios, si tú realmente me amabas, ¿por
qué no me forzaste a creer? Preferiría que mi libre albedrío fuese violado
que estar aquí en este lugar de tormento eterno." Aun así, las súplicas
de los condenados no determinarían la justicia de Dios si, de hecho, fuese erróneo
que Dios se impusiera a la voluntad de los hombres. La pregunta que el
calvinista hace es: "¿Qué hay de erróneo en que Dios origine la fe en el
corazón del pecador?"
A
Dios no se le requiere que busque el permiso del pecador para hacer con el
pecador lo que le plazca. El pecador no pidió nacer en el país de su
nacimiento, a sus padres, ni aun nacer en absoluto. Tampoco pidió el pecador
nacer con una naturaleza caída. Todas estas cosas fueron determinadas por la
decisión soberana de Dios. Si Dios hace todo esto que afecta al destino eterno
del pecador, ¿qué habría de erróneo en que Él diera un paso más para
asegurar su salvación? ¿Qué quería decir Jeremías cuando clamó: "¿Me
sedujiste, Oh Señor, y fui seducido" (Jer. 20:7)? Ciertamente, Jeremías
no invitó a Dios a seducirle.
La
cuestión permanece. ¿Por qué salva Dios solamente a algunos? Si concedemos
que Dios puede salvar a los hombres forzando sus voluntades, ¿por qué entonces
no fuerza la voluntad de todos y les lleva a todos a la salvación? (Estoy
utilizando aquí la palabra forzar no porque piense que existe un forzamiento
erróneo, sino porque los no calvinistas insisten en este término.) La única
respuesta que puedo dar a esta pregunta es que no lo sé. No tengo ni idea de
porqué Dios salva a algunos pero no a todos. No dudo por un momento que Dios
tenga poder para salvar a todos, pero sé que no escoge salvar a todos. No sé
por qué. Una cosa sí sé. Si agrada a Dios salvar a algunos y no a todos, nada
hay en ello que sea erróneo. Dios no está obligado a salvar a nadie. Si escoge
salvar a algunos, esto en ninguna manera le obliga a salvar al resto. Una vez más
la Biblia insiste que es la prerrogativa divina de Dios tener misericordia de
quien quiera tener misericordia.
La
alarma que oye gritar el calvinista generalmente en este punto es: "¡Eso
no es equitativo!" ¿Pero qué se da a entender por equidad aquí? Si por
equidad queremos decir igualdad, entonces, desde luego, la protesta es acertada.
Dios no trata a todos los hombres por igual. Nada podría estar más claro en la
Biblia que eso. Dios se apareció a Moisés de una manera en que no se apareció
a Hammurabi. Dios concedió a Israel bendiciones que no concedió a Persia.
Cristo se apareció a Pablo en el camino de Damasco de una manera en que no se
manifestó a Pilato. Dios, simplemente, no ha tratado a todo ser humano en la
Historia exactamente de la misma manera. Esto es obvio.
Probablemente
lo que se quiere decir por "equitativo" en la protesta es "justo".
No parece justo que Dios escoja a algunos para recibir su misericordia, mientras
que otros no reciben el beneficio de la misma. Para tratar este problema debemos
llevar a cabo una breve pero importante reflexión. Demos por supuesto que todos
los hombres son culpables de pecado a los ojos de Dios. De esa masa de humanidad
culpable, Dios decide soberanamente conceder misericordia a algunos de ellos. ¿Qué
recibe el resto? Recibe justicia. Los salvados reciben misericordia y los no
salvados reciben justicia. Nadie recibe injusticia.
La
no justicia incluye todo lo que está fuera de la categoría de justicia. En la
categoría de no justicia encontramos dos sub-conceptos, injusticia y
misericordia. La misericordia es una buena forma de no justicia mientras que la
injusticia es una mala forma de no justicia. En el plan de la salvación Dios no
hace nada malo. Nunca comete injusticia alguna. Algunos reciben justicia, que es
lo que merecen, mientras que otros reciben misericordia. Una vez más, el hecho
de que uno recibe misericordia no demanda que los demás la reciban también.
Dios se reserva el derecho de conceder clemencia.
Como
ser humano, yo podría preferir que Dios concediese su misericordia a todos por
igual, pero no puedo demandarlo. Si a Dios no le agrada dispensar su
misericordia salvadora a todos los hombres, entonces debo someterme a su santa y
justa decisión. Dios jamás, jamás, jamás está obligado a ser misericordioso
hacia los pecadores. Ese es el punto que debemos enfatizar si hemos de
comprender la plena medida de la gracia de Dios.
La
verdadera cuestión es por qué Dios se inclina a ser misericordioso para con
alguien. Su misericordia no le es demandada y, sin embargo, la concede a sus
elegidos. La concedió a Jacob de una manera en que no la concedió a Esaú. La
concedió a Pedro de una manera en que no la concedió a Judas. Debemos aprender
a alabar a Dios tanto en su misericordia como en su justicia. Cuando Él ejecuta
su justicia, no está haciendo nada erróneo. Está ejecutando su justicia
conforme a su rectitud.
Todo
cristiano afirma alegremente que Dios es soberano. La soberanía de Dios es un
consuelo para nosotros. Nos asegura que Él puede hacer lo que promete hacer.
Pero el mero hecho de la soberanía de Dios suscita una gran cuestión más. ¿Cómo
se relaciona la soberanía de Dios con la libertad humana? Cuando afrontamos la
cuestión de la soberanía divina y la libertad humana, podemos vernos
confrontados por el dilema de "luchar o huir". Podemos luchar para
abrirnos paso hacia una solución lógica del mismo, o volvernos y alejarnos
corriendo de él tan rápido como podamos.
Muchos
de nosotros escogemos huir de él. La huida toma diferentes rutas. La más común
es decir, simplemente, que la soberanía divina y la libertad humana son
contradicciones que debemos tener el valor de abrazar. Buscamos analogías que
alivien nuestras atribuladas mentes. Como estudiante en la facultad, oí dos
analogías que me proporcionaron un alivio temporal, como un paquete teológico
de Rolaids:
Analogía
1: "La soberanía de Dios y la libertad humana son como dos líneas
paralelas que se encuentran en la eternidad."
Analogía
2: "La soberanía de Dios y la libertad humana son como sogas en un pozo.
En la superficie parecen estar separadas, Pero en la oscuridad del fondo del
pozo se juntan."
La
primera vez que oí estas analogías sentí alivio. Sonaban simples y, sin
embargo, profundas. La idea de dos líneas paralelas que se encuentran en la
eternidad me satisfizo. Me dio algo ingenioso que decir para el caso en que un
escéptico empedernido me preguntara acerca de la soberanía divina y la
libertad humana. Mi alivio fue temporal. Pronto necesité una dosis más fuerte
de Rolaids. La molesta pregunta rehusaba dejarme en paz. ¿Cómo, me preguntaba,
pueden las líneas paralelas encontrarse jamás? ¿En la eternidad o en alguna
otra parte? Si las líneas se encuentran, entonces no son finalmente paralelas.
Si son finalmente paralelas, entonces nunca se encontrarán. Cuanto más pensaba
acerca de la analogía, tanto más me daba cuenta que ésta no resolvía el
problema. Decir que las líneas paralelas se encuentran en la eternidad es una
afirmación sin sentido; es una contradicción flagrante.
No
me gustan las contradicciones. Encuentro poco consuelo en ellas. Nunca cesaba de
asombrarme ante la facilidad con que los cristianos parecen sentirse
confortables con ellas. Oigo afirmaciones como: "¡Dios es mayor que la lógica!",
o: "¡La fe es más elevada que la razón!" Para defender el uso de
las contradicciones en la teología. Ciertamente, estoy de acuerdo en que Dios
es mayor que la lógica y que la fe es más elevada que la razón. Estoy de
acuerdo con todo mi corazón y con toda mi cabeza. Lo que quiero evitar es a un
Dios que es menor que la lógica y una fe que es inferior a la razón. Un Dios
que es menor que la lógica sería y debería ser destruido por la lógica. Una
fe que es inferior a la razón es irracional y absurda.
Supongo
que es la tensión entre la soberanía divina y la libertad humana, más que
cualquier otra cosa, lo que ha conducido a muchos cristianos a pretender que las
contradicciones son un elemento legítimo de la fe. La idea es que la lógica no
puede reconciliar la soberanía divina con la libertad humana. Ambas desafían
la lógica armonía. Puesto que la Biblia enseña ambos polos de la contradicción,
debemos estar dispuestos a afirmarlos ambos, a pesar del hecho de ser
contradictorios. ¡De ninguna manera! El que los cristianos abracen ambos polos
de una contradicción flagrante es cometer suicidio intelectual y calumniar al
Espíritu Santo. El Espíritu Santo no es autor de confusión. Dios no habla con
una doble lengua.
Si
la libertad humana y la soberanía divina son verdaderas contradicciones,
entonces una de ellas, al menos, debe desaparecer. Si la soberanía excluye la
libertad, y la libertad excluye la soberanía, entonces o bien Dios no es
soberano o el hombre no es libre. Felizmente, existe una alternativa. Podemos
sostener tanto la soberanía como la libertad si podemos mostrar que no son
contradictorias. A un nivel humano, podemos ver fácilmente que la gente goza de
una verdadera medida de libertad en un país gobernado por un monarca soberano.
La soberanía no pone fin a la libertad; es la autonomía lo que no puede
coexistir con la soberanía.
¿Qué
es la autonomía? La palabra procede del prefijo auto y la raíz nomos. Auto
significa "uno mismo". Un automóvil es algo que se mueve por sí
mismo. "Automático" describe algo que actúa por sí mismo. La raíz
nomos es la palabra griega para "ley". La palabra autonomía significa,
pues, "ley de uno mismo". Ser autónomo significa ser ley a uno mismo.
Una criatura autónoma no sería responsable ante nadie. No tendría un
gobernante, menos aún tendría un gobernante soberano. Es lógicamente
imposible tener un Dios soberano existiendo al mismo tiempo que una criatura autónoma.
Los dos conceptos son totalmente incompatibles. Pensar en su coexistencia sería
como imaginar el encuentro de un objeto inamovible con una fuerza irresistible.
¿Qué ocurriría? Si el objeto se moviera, entonces no podría ya ser
considerado inamovible. Si no se moviera, entonces la fuerza irresistible ya no
sería irresistible.
Así ocurre con la soberanía y la autonomía. Si Dios es soberano, no es posible que el hombre sea autónomo. Si el hombre es autónomo, es imposible que Dios sea soberano. Serían contradicciones. No tenemos que ser autónomos para ser libres. La autonomía implica libertad absoluta. Somos libres, pero hay límites para nuestra libertad. El límite final es la soberanía de Dios.
Una
vez leí una afirmación de un cristiano que dijo: "La soberanía de
Dios nunca puede restringir la libertad humana." Imaginemos a un
pensador cristiano haciendo tal afirmación. Esto es puro humanismo. ¿Pone
restricciones la ley de Dios a la libertad humana? ¿No se le permite a Dios
imponer límites a lo que yo escoja? No sólo puede Dios imponer límites
morales a mi libertad, sino que tiene todo derecho en cualquier momento a
golpearme en la cabeza si es necesario refrenarme de ejercer mis malas
decisiones. Si Dios no tiene derecho a la represión, entonces no tiene derecho
a gobernar su creación. Es mejor que invirtamos la afirmación: "La
libertad humana nunca puede restringir la soberanía de Dios." En esto
consiste la soberanía. Si la soberanía de Dios está restringida por la
libertad humana, entonces Dios no es soberano; el hombre es soberano.
Dios
es libre. Yo soy libre. Dios es más libre que yo. Si mi libertad va en contra
de la libertad de Dios, yo salgo perdiendo. Su libertad restringe la mía; mi
libertad no restringe la suya. Existe una analogía en la familia humana. Yo
tengo una voluntad libre. Mis hijos tienen voluntades libres. Cuando nuestras
voluntades chocan, tengo autoridad para predominar sobre sus voluntades. Sus
voluntades han de estar subordinadas a mi voluntad; mi voluntad no está
subordinada a la de ellos. Desde luego, en el nivel humano de la analogía, no
estamos hablando en términos absolutos.
La
soberanía divina y la libertad humana se consideran frecuentemente como
contradictorias porque en la superficie suenan contradictorias. Hay algunas
distinciones importantes que deben hacerse y aplicarse consecuentemente a esta
cuestión si hemos de evitar una confusión desesperante. Consideremos tres
palabras en nuestro vocabulario que están tan estrechamente relacionadas que
son a menudo confundidas:
1.
Contradicción
2.
Paradoja
3.
Misterio
1.
Contradicción. La ley lógica de la contradicción dice que una cosa
no puede ser lo que es y no ser lo que es al mismo tiempo y en la misma relación.
Un hombre puede ser padre e hijo al mismo tiempo, pero no puede ser hombre y no
ser hombre al mismo tiempo. Un hombre puede ser tanto padre como hijo al mismo
tiempo, pero no en la misma relación. Ningún hombre puede ser su propio padre.
Aun cuando hablamos de Jesús como el Dios/hombre, tenemos cuidado de decir que,
aunque es Dios y hombre al mismo tiempo, no es Dios y hombre en la misma relación.
Tiene una naturaleza divina y una naturaleza humana. Ambas no deben ser
confundidas. Las contradicciones nunca pueden coexistir, ni aun en la mente de
Dios. Si ambos polos de una contradicción genuina pudieran ser ciertos en la
mente de Dios, entonces nada que Dios nos haya revelado jamás podría tener
significado alguno. Si el bien y el mal, la justicia y la injusticia, Cristo y
el Anticristo pudieran todos significar lo mismo para la mente de Dios, entonces
la verdad de cualquier clase sería totalmente imposible.
2.
Paradoja.
Una paradoja es una contradicción aparente que, al examinarse más
detenidamente, puede ser resuelta. He oído a maestros declarar que la noción
cristiana de la Trinidad es una contradicción. Simplemente, no lo es. No viola
ninguna ley de la lógica. Supera la prueba objetiva de la ley de la contradicción.
Dios es uno en esencia y tres en persona. Nada hay de contradictorio en ello. Si
dijésemos que Dios es uno en esencia y tres en esencia entonces tendríamos una
contradicción genuina que nadie podría resolver. Entonces el cristianismo sería
irremediablemente irracional y absurdo. La Trinidad es una paradoja, pero no una
contradicción.
Para
complicar un poco más las cosas, existe otro término, antinomia. Su
significado primario es un sinónimo de contradicción, pero su significado
secundario es un sinónimo de paradoja. Examinándolo, vemos que tiene la misma
raíz que autonomía, nomos, que significa "ley". Aquí el prefijo es
anti, que significa "contra" o "en lugar de ". El
significado literal, pues, del término antinomia es "contra la ley".
¿Qué ley se supone que tenemos aquí a la vista? La ley de la contradicción.
El significado original del término era "lo que viola la ley de la
contradicción". De ahí, originalmente y en la discusión filosófica
normal, la palabra antinomia es un equivalente exacto de la palabra contradicción.
La
confusión surge cuando la gente utiliza el término antinomia no para referirse
a una contradicción genuina, sino a una paradoja o contradicción aparente.
Recordamos que una paradoja es una afirmación que parece una contradicción,
pero que realmente no lo es. En Gran Bretaña, especialmente, la palabra
antinomia se utiliza a menudo como sinónimo de paradoja. Estoy elaborando estas
distinciones tan sutiles por dos razones.
La
primera es que, si hemos de evitar la confusión, debemos tener una clara idea
en nuestras mentes acerca de la diferencia crucial entre una contradicción real
y una contradicción aparente. Es la diferencia entre la racionalidad y la
irracionalidad, entre la verdad y el absurdo.
La
segunda razón por la que es necesario expresar estas definiciones claramente es
que uno de los mayores defensores de la doctrina de la predestinación en
nuestro mundo actual utiliza el término antinomia. Estoy pensando en el
destacado teólogo que es el Dr. J. I. Packer. Packer, ha ayudado a incontables
miles de personas a tener una más profunda comprensión del carácter de Dios,
especialmente con respecto a la soberanía de Dios.
Nunca
he discutido este asunto de la utilización por parte del Dr. Packer del término
antinomia con él. Doy por supuesto que lo utiliza en el sentido británico de
paradoja. No puedo imaginar que hable intencionadamente de contradicciones en la
Palabra de Dios. De hecho, en su libro Evangelism and the sovereignty of God
(El evangelismo y la soberanía de Dios) elabora el punto de que, en última
instancia, no existen contradicciones en la Palabra de Dios. El Dr. Packer no sólo
ha sido incansable en su defensa de la teología cristiana, sino que ha sido
igualmente incansable en su brillante defensa de la inerrancia de la Biblia. Si
la Biblia contuviese antinomias en el sentido de contradicciones reales, eso sería
el fin de la inerrancia.
Algunos verdaderamente sostienen que existen contradicciones reales en la verdad divina. Piensan que la inerrancia es compatible con ellas. La inerrancia significaría entonces que la Biblia revela inerrantemente las contradicciones de la verdad de Dios. Por supuesto, si pensamos por un momento, quedaría claro que si la verdad de Dios es una verdad contradictoria, entonces no es verdad en absoluto. Ciertamente, la misma palabra verdad estaría vacía de significado. Si las contradicciones pueden ser verdad, no habría manera alguna de discernirla diferencia entre la verdad y una mentira. Esta es la razón por la que estoy convencido de que el Dr. Packer utiliza antinomia cuando quiere decir paradoja y no contradicción.
3.
Misterio.
El término misterio se refiere a aquello que es verdad pero que no entendemos.
La Trinidad, por ejemplo, es un misterio. No puedo penetrar en el misterio de la
Trinidad o de la encamación de Cristo con mi débil mente. Tales verdades son
demasiado elevadas para mí. Sé que Jesús era una persona con dos naturalezas,
pero no puedo entender cómo puede ser eso. El mismo tipo de cosa se encuentra
en la esfera natural. ¿Quién entiende la naturaleza de la gravedad, o aun del
movimiento? ¿Quién ha penetrado en los misterios finales de la vida? ¿Qué
filósofo ha sondeado las profundidades del significado del ser humano? Estos
son misterios. No son contradicciones.
Es
fácil confundir el misterio con la contradicción. No entendemos ninguno de los
dos. Nadie entiende una contradicción porque las contradicciones son intrínsecamente
ininteligibles. Ni siquiera Dios puede entender una contradicción. Las
contradicciones son absurdas. Nadie puede darles sentido. Los misterios pueden
ser entendidos. El Nuevo Testamento nos revela cosas que estaban ocultas y no
entendidas en los tiempos el Antiguo Testamento. Hay cosas que en otros tiempos
nos resultaban misteriosas, pero que ahora entendemos. Esto no significa que
todo lo que ahora es un misterio para nosotros quedará claro un día, sino que
muchos misterios actuales quedarán desentrañados. Algunos serán desentrañados
en este mundo. No hemos alcanzado aún los límites del descubrimiento humano.
Sabemos también que en el cielo se nos revelarán cosas que se hallan aún
ocultas. Pero aun en el cielo no comprenderemos plenamente el significado de la
infinidad. Para entender eso plenamente, tendríamos que ser infinitos. Dios
puede entender la infinidad no porque opere sobre la base de alguna clase de
sistema lógico celestial, sino porque El mismo es infinito. Tiene una
perspectiva infinita.
Permítaseme
expresarlo de otra manera: Todas las contradicciones son misteriosas. No todos
los misterios son contradicciones. El cristianismo concede amplio lugar a los
misterios. No tiene lugar para las contradicciones. Los misterios pueden ser
verdad. Las contradicciones nunca pueden ser verdad, ni aquí en nuestras mentes,
ni allí en la mente de Dios. Permanece la gran cuestión. El gran debate que
remueve el caldero de la controversia se centra en la cuestión: "¿Cómo
afecta la predestinación a nuestro libre albedrío?"
Resumen del capítulo
1.
Definición de la predestinación.
"La
predestinación significa que nuestro destino final, el cielo o el infierno, está
decidido por Dios antes que nazcamos."
2.
La soberanía de Dios. Dios es la autoridad suprema del cielo y la
Tierra.
3.
Dios es el poder supremo. Toda otra autoridad y poder están sometidos a
Dios.
4.
Si Dios no es soberano, no es Dios
5.
Dios ejerce su soberanía de tal manera que no obra el mal ni viola la
libertad humana.
6.
El primer acto pecaminoso del hombre es un misterio. El hecho de que Dios
permitiera pecar a los hombres no refleja nada malo en Dios.
7.
Todos los cristianos afrontan la difícil cuestión de por qué Dios, que
teóricamente podría salvar a todos, escoge salvar a algunos, pero no a todos.
8.
Dios no le debe la salvación a nadie.
9.
La misericordia de Dios es voluntaria. No está obligado a ser
misericordioso. Se reserva el derecho de tener misericordia de quien quiera
tener misericordia.
10.
La soberanía de Dios y la libertad del hombre no son contradictorias.
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