
(Revisión y Corrección de
Estilo: Daviel D’Paz)
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La
Caída de Adán y la mía
Otra
difícil cuestión que rodea la doctrina de la predestinación es la cuestión
de cómo puede heredarse de Adán nuestra naturaleza pecaminosa. Si nacemos con
una naturaleza caída, si nacemos en pecado, si nacemos en un estado de
incapacidad moral, ¿Cómo puede Dios hacernos responsables de nuestros pecados?
Recordamos que el pecado original no se refiere al primer pecado, sino al
resultado de ese primer pecado. Las Escrituras hablan repetidamente de la
entrada del pecado y la muerte en el mundo a través de "la trasgresión de
uno". Como resultado del pecado de Adán, todos los hombres son ahora
pecadores. La Caída fue grande. Tuvo repercusiones radicales para toda la raza
humana.
Ha
habido muchos intentos para explicar la relación de la Caída de Adán con el
resto de la humanidad. Algunas de las teorías presentadas son bastante
complejas e imaginativas. Tres teorías, sin embargo, han surgido de la lista
como las más ampliamente aceptadas. La primera de ellas la llamaré la Teoría
Mítica de la Caída.
La
teoría mítica de la Caída
La
teoría mítica de la Caída, como sugiere el nombre, sostiene que no hubo en
realidad una Caída histórica. A Adán y Eva no se les considera personas históricas.
Son símbolos mitológicos descritos para explicar y representar el problema de
la corrupción del hombre. La historia de la Caída en la Biblia es una especie
de parábola; enseña una lección moral.
Según
esta teoría, los primeros capítulos del Génesis son mitológicos. Jamás hubo
un Adán; nunca hubo una Eva. La estructura misma de la historia sugiere una parábola
o un mito porque incluye elementos tales como una serpiente que habla y objetos
tan obviamente simbólicos como el árbol del conocimiento del bien y del mal.
La
verdad moral comunicada por el mito es que la gente cayó en el pecado. El
pecado es un problema universal. Todos cometen pecado; nadie es perfecto. El
mito indica una realidad más elevada: cada uno es su propio Adán. Toda persona
tiene su propia caída particular. El pecado es una condición humana universal
precisamente porque toda persona sucumbe a su propia tentación particular.
Los
elementos atractivos de esta teoría son importantes. En primer lugar, esta idea
absuelve a Dios totalmente de cualquier responsabilidad de hacer responsables a
las futuras generaciones por lo que hizo una pareja. Aquí nadie puede culpar a
sus padres o a su Creador por su propio pecado. Según este planteamiento, mi
condición caída es un resultado directo de mi propia caída, no de la de otro.
Una
segunda ventaja de esta idea es que esquiva toda necesidad de defender el carácter
histórico de los primeros capítulos de la Biblia. Esta idea no sufre ansiedad
alguna por parte de ciertas teorías de la evolución o de disputas científicas
acerca de la naturaleza de la creación. La verdad positiva de un mito nunca
necesita ser defendida.
Las
desventajas de esta idea, sin embargo, son más graves. Su fallo más crucial es
que realmente nada ofrece con respecto a una explicación de la universalidad
del pecado. Si cada uno de nosotros nace sin una naturaleza pecaminosa, ¿qué
explicación damos a la universalidad del pecado? Si cuatro mil millones de
personas nacieran sin inclinación a pecar, sin corrupción en su naturaleza,
podríamos esperar razonablemente que al menos algunas de ellas se refrenaran de
caer. Si nuestro estado moral natural es de inocente neutralidad, esperaríamos
estadísticamente que la mitad de la raza humana permaneciera perfecta. Admito
que explicar la caída de una persona inocente presenta un enorme problema
intelectual. Pero cuando multiplicamos esa dificultad por los miles de millones
de personas que han caído, el problema se vuelve varios miles de millones de
veces más difícil. También admitimos que si una persona creada a la imagen de
Dios pudo caer, entonces es ciertamente posible que miles de millones puedan
caer igualmente. Es la probabilidad estadística aquí la que resulta tan
asombrosa. Cuando pensamos en la caída de una persona, eso es una cosa. Pero si
todos lo hacen, sin excepción, entonces comenzamos a preguntarnos por qué.
Comenzamos a preguntarnos si el estado natural del hombre es neutral en absoluto.
La
respuesta general de los que abogan por la idea mítica es que la gente no nace
universalmente en un medio ambiente idílico como el Edén. La sociedad es
corrupta. Nacemos en un medio ambiente corrupto. Somos como el "salvaje
inocente" de Rousseau, que es corrompido por las influencias negativas de
la civilización.
Esta
explicación demanda la cuestión: ¿Cómo se volvió corrupta la sociedad o la
civilización en primer lugar? Si todos nacen inocentes, sin traza alguna de
corrupción personal, esperaríamos encontrar sociedades que no fuesen más que
medio corrompidas. Si las personas de la misma calaña se juntan, podríamos
encontrar sociedades donde todas las personas corruptas se agruparan, y otras
sociedades donde no existiera ninguna maldad. La sociedad no puede ser una
influencia corruptora hasta que primero se vuelva corrupta ella misma. Para
explicar la caída de una sociedad o civilización entera, debemos afrontarlas
dificultades que ya hemos indicado.
En
otra de las famosas obras de Jonathan Edwards, su tratado sobre el pecado
original, hace la importante observación de que debido a la universalidad del
pecado del hombre, aun si la Biblia nada dijera acerca de una Caída original de
la raza humana, la razón demandaría tal explicación. Nada clama más
fuertemente acerca del hecho de que nacemos en un estado de corrupción que el
hecho de que todos pecamos.
Otra
cuestión espinosa que surge tiene que ver con la relación entre el pecado y la
muerte. La Biblia deja claro que la muerte no es "natural" para el
hombre. Esto es, se dice repetidamente que la muerte ha entrado en el mundo como
resultado del pecado. Si eso es así, ¿qué explicación damos a la muerte de
los infantes? Si todos los hombres nacen inocentes, sin corrupción innata, Dios
sería injusto por permitir que bebés que aún no han caído muriesen.
La
idea mitológica de la Caída debe afrontar también el hecho de que hace una
violencia radical a la enseñanza de la Escritura. La idea hace algo más que
interpretar meramente los primeros capítulos de la Biblia como ficticios. Al
hacerlo, la idea se sitúa en clara oposición a la idea del Nuevo Testamento
acerca de la Caída. Requeriría una gimnasia intelectual de la más severa
especie argüir que el apóstol Pablo no enseñó una Caída histórica. Los
paralelos que él traza entre el primer Adán y el segundo Adán son demasiado
fuertes para permitir esto, a menos que argumentemos que, en la mente de Pablo,
Jesús fuese también un personaje mitológico.
Admitimos
que el relato del Génesis acerca de la Caída contiene algunos elementos
literarios inusuales. La presencia de un árbol que no sigue el modelo normal de
árboles sigue ciertas figuras poéticas. Es correcto interpretar la poesía
como poesía, y no como narración histórica. Por otra parte, existen fuertes
elementos de literatura narrativa histórica en Génesis 3. La ubicación del Edén
se sitúa en el capítulo 2 en medio de cuatro ríos, incluyendo el Pisón, el
Gihón, el Hidekel (o Tigris) y el Eufrates.
Sabemos
que las parábolas pueden enmarcarse en un contexto histórico real. Por ejemplo,
la parábola del buen samaritano se enmarca en el contexto geográfico del
camino a Jericó. Por tanto, la mera presencia de ríos históricos reales no
demanda de forma absoluta que identifiquemos esta sección del Génesis como una
narración histórica.
Existe
otro elemento en el texto, sin embargo, que es más convincente. El relato de Adán
y Eva contiene una genealogía significativa. Los romanos, con su afición a la
mitología, pueden no tener dificultad en trazar su linaje hasta Rómulo y Remo;
pero los judíos eran, sin duda, más escrupulosos acerca de tales asuntos. Los
judíos tenían un fuerte compromiso con la historia real. A la luz de la
inmensa diferencia entre la idea judía de la historia y la idea griega de la
historia, es impensable que los judíos incluyeran personajes mitológicos en
sus propias genealogías. En los escritos judíos, la presencia de una genealogía
indica una narración histórica. Nótese que el historiador del Nuevo
Testamento, Lucas, incluye a Adán en la genealogía de Jesús.
Es
mucho más fácil explicar un árbol real sirviendo como punto focal de una
prueba moral y, por lo mismo, siendo llamado un árbol del conocimiento del bien
y el mal que lo es acomodarla genealogía a una parábola o un mito. Esto, por
supuesto, podría hacerse si otros factores lo demandaran. Pero no existen tales
factores. No hay una sana razón por la que no interpretemos Génesis 3 como
narración histórica, y múltiples razones por las que no tratarlo como una parábola
o un mito. Tratarlo como historia es tratarlo como lo hicieron los judíos,
incluyendo a Pablo y a Jesús. Tratarlo de otra manera está generalmente
motivado por algún presupuesto contemporáneo que nada tiene que ver con la
historia judía.
La
idea realista de la Caída
¿Recuerdas
aquella famosa serie televisiva titulada “El túnel del tiempo?” Llevaba a
los espectadores, mediante la magia de la televisión, a escenas históricas
famosas. Pero, en realidad, no se ha inventado aún ingenio electrónico alguno
que nos haga retroceder en el tiempo. Vivimos en el presente. Nuestro único
acceso al pasado es a través de los libros, los artefactos de la arqueología y
nuestras memorias y las de otros.
Recuerdo
haber enseñado un curso sobre la Biblia que incluía un breve estudio de los
soldados romanos. Mencioné el estandarte romano que llevaba las iniciales SPQR.
Pregunté si alguien sabía lo que aquellas letras significaban. Un querido
amigo de unos setenta y tantos años exclamó: "Senatus Populas Que Romanus,
'El senado y el pueblo de Roma'." Sonreí a mi amigo y dije: " ¡Eres
el único en esta sala que es lo suficientemente viejo para recordar!"
Ninguno
de nosotros es lo suficientemente viejo para conservar en la memoria imágenes
de la caída de Adán. ¿O lo somos? La idea realista de la Caída propugna que
somos lo suficientemente viejos para recordar la Caída. Debiéramos ser capaces
de recordarla porque estábamos realmente allí.
El
realismo no es un ejercicio en alguna especie de reencarnación. Por el
contrario, el realismo es un intento serio de responder al problema de la Caída.
El concepto clave es éste: no podemos ser considerados moralmente responsables
por un pecado cometido por otro. Para ser responsables, debemos haber estado
envueltos activamente de alguna manera en el pecado mismo. De alguna manera,
debemos haber estado presentes en la Caída. Realmente presentes. De ahí el
nombre Realismo.
La
idea realista de la Caída demanda alguna clase de concepto de la preexistencia
del alma humana. Esto es, antes de nacer, nuestras almas deben de haber existido
ya. Estaban presentes con Adán en la Caída. Cayeron juntamente con Adán. El
pecado de Adán no fue meramente un acto por nosotros; fue un acto con nosotros.
Nosotros estábamos allí.
Esta teoría parece especulativa, quizá grotesca inclusive. Sus defensores, sin embargo, apelan a dos textos bíblicos clave como garantía de su idea. El primero se encuentra en Ezequiel 18:2-4:
“¿Qué
pensáis vosotros, los que usáis este refrán sobre la tierra de Israel, que
dice: los padres comieron las uvas agrias, y los dientes de los hijos tienen la
dentera? Vivo yo, dice el Señor Dios, que nunca más tendréis por qué usar
este refrán en Israel. He aquí que todas las almas son mías;
como el alma del padre, así el alma del hijo es mía; el alma que pecare, ésa
morirá”.
Más
adelante en este capítulo Ezequiel escribe:
“Y si dijereis: ¿Por qué el hijo no llevará el pecado de su padre? Porque el hijo hizo según el derecho y la justicia, guardó todos mis estatutos y los cumplió, de cierto vivirá. El alma que pecare, ésa morirá; el hijo no llevará el pecado del padre, ni el padre llevará el pecado del hijo; la justicia del justo será sobre él y la impiedad del impío será sobre él” (Ez. 18:19,20).
Aquí
el realista encuentra un texto definitivo para su argumento. Dios declara
claramente que el hijo no ha de ser considerado culpable por los pecados de su
padre. Esto parece presentar serias dificultades para toda la idea de que la
gente caiga "en Adán". El
segundo texto clave para el realismo se encuentra en el libro de Hebreos en el
Nuevo Testamento:
“Y
por decirlo así, en Abraham pagó el diezmo también Leví, que recibe los
diezmos; porque aún estaba en los lomos de su padre cuando Melquisedec le salió
al encuentro” (He. 7:9,10).
Este texto es parte de una larga disertación por parte del autor de Hebreos con respecto al papel de Cristo como nuestro Gran Sumo Sacerdote. El Nuevo Testamento declara que Jesús es tanto nuestro rey como nuestro sacerdote. Enfatiza el hecho de que Jesús pertenecía al linaje de Judá, a quien se había prometido la realeza del reino. Jesús era un hijo de David, que también era del linaje de Judá.
El
sacerdocio del Antiguo Testamento no le fue dado a Judá, sino a los hijos de
Leví. Los levitas constituían el linaje sacerdotal. Hablamos normalmente, por
tanto, del sacerdocio levítico o del sacerdocio aarónico. Aarón era levita.
Si esto es así, ¿cómo podía Jesús ser sacerdote, si no pertenecía al
linaje de Leví?
Este
problema preocupaba a algunos judíos de la antigüedad. El autor de Hebreos
argumenta que en el Antiguo Testamento se mencionaba otro sacerdocio, el
sacerdocio de la misteriosa figura llamada Melquisedec. Se dice que Jesús era
sacerdote según el orden de Melquisedec.
Esta
larga porción de Hebreos no está satisfecha, sin embargo, meramente con probar
que había otro sacerdocio en el Antiguo Testamento además del sacerdocio levítico.
El punto principal del argumento aquí es que el sacerdocio de Melquisedec era
superior al sacerdocio de Leví.
El
autor de Hebreos relata un fragmento de la historia del Antiguo Testamento para
probar este punto. Llama la atención al hecho de que Abraham pagó diezmos a
Melquisedec, no Melquisedec a Abraham. Melquisedec también bendijo a Abraham;
Abraham no bendijo a Melquisedec. La cuestión es ésta: en la relación entre
Abraham y Melquisedec, fue Melquisedec quien sirvió de sacerdote, no Abraham.
El
pensamiento clave para el judío se cita en el versículo 7: "Y sin discusión
alguna, el menor es bendecido por el mayor."
El autor de Hebreos continúa tejiendo el hilo de su argumento. Argumenta
que, en efecto, el padre es superior al hijo. Eso significa que Abraham está
por delante de Isaac en el orden patriarcal. A su vez, Isaac está por delante
de Jacob, y Jacob por delante de sus hijos, incluyendo a su hijo Leví. Si
desarrollamos esto, significa que Abraham es mayor que su bisnieto Leví.
Ahora
bien, si Abraham es mayor que Leví y Abraham se subordinó a Melquisedec,
entonces ello significa que el sacerdote Melquisedec es mayor que Leví y todo
el linaje de Leví. La conclusión es clara. El sacerdocio de Melquisedec es un
orden superior de sacerdocio que el sacerdocio levítico. Esto da una dignidad
suprema al oficio sumo sacerdotal de Cristo.
No
era el principal interés del autor de Hebreos explicar el misterio de la Caída
de Adán con todo esto. Sin embargo, dice algo de paso que los realistas cazan
al vuelo para probar su teoría. Escribe que “en Abraham pagó el diezmo también
Leví”. Leví hizo esto mientras "aún estaba" en los lomos de su
padre".
Los
realistas ven esta referencia a Leví haciendo algo antes aun de nacer como una
prueba bíblica del concepto de la preexistencia del alma humana. Si Leví pudo
pagar diezmos mientras estaba aún en los lomos de su padre, eso debe significar
que Leví, en algún sentido, ya existía.
Este
tratamiento de este pasaje de Hebreos demanda una cuestión. El texto no enseña
explícitamente que Leví existiera o preexistiera realmente en los lomos de su
padre. El texto mismo lo expresa con las palabras: “Por decirlo así”. El
texto no requiere que nos precipitemos a la conclusión de que Leví "realmente"
preexistiera. Los realistas vienen a este texto, armados con una teoría que no
han encontrado en el texto, y luego imponen la teoría al texto.
El
argumento basado en el texto de Ezequiel también pierde de vista la idea.
Ezequiel no estaba pronunciando un discurso acerca de la Caída de Adán. No se
considera aquí la Caída. Por el contrario, Ezequiel se está refiriendo a la
excusa corriente que los hombres utilizan para sus pecados. Estos tratan de
culpar a algún otro de sus propias malas acciones. Esa actividad humana ha
continuado desde la Caída, pero eso es todo lo que este pasaje tiene que ver
con la Caída. En la Caída, Eva culpó a la serpiente, y Adán culpó tanto a
Dios como a Eva por su propio pecado. Dijo: "La mujer que me diste por
compañera me dio del árbol, y yo comí" (Gen. 3:12).
Desde
entonces, los hombres han tratado siempre de echarles a otros la culpa. Aun así,
argumentan los realistas, se establece un principio en Ezequiel 18 que está
relacionado con este asunto. El principio es que los hombres no han de ser
considerados responsables por los pecados de otros.
Sin
duda, se establece ese principio general en Ezequiel. Es un gran principio de la
justicia de Dios. Sin embargo, no nos atrevemos a convertirlo en un principio
absoluto. Si lo hacemos, entonces el texto de Ezequiel probaría demasiado.
Probaría que la expiación de Cristo está fuera de lugar. Si es imposible que
una persona pueda jamás ser castigada por los pecados de otra, entonces no
tenemos Salvador alguno. Jesús fue castigado por nuestros pecados. Esa es la
esencia misma del Evangelio. No sólo fue Jesús castigado por nuestros pecados,
sino que su justicia es la base meritoria de nuestra justificación. Somos
justificados por una justicia ajena, una justicia que no es nuestra. Si
presionamos la afirmación de Ezequiel hasta un límite absoluto cuando leemos:
"La justicia del justo será sobre él, y la impiedad del impío será
sobre él", entonces se nos deja como pecadores que deben justificarse a sí
mismos. Eso nos pone a todos en un grave problema.
Sin
duda, la Biblia habla de que Dios "visita" las iniquidades de la
persona hasta la tercera y cuarta generación. Esto se refiere a las
consecuencias del pecado. Un hijo puede sufrir las consecuencias del pecado de
su padre, pero Dios no le hace responsable del pecado de su padre.
El
principio de Ezequiel permite dos excepciones: la Cruz y la Caída. De alguna
manera no nos importa la excepción de la Cruz. Es la Caída la que nos irrita.
No nos importa que nuestra culpa se transfiera a Jesús o que su justicia se nos
transfiera a nosotros; es el hecho de que se nos transfiera la culpa de Adán lo
que nos hace aullar. Argumentamos que si la culpa de Adán nunca se nos hubiera
transmitido, entonces la obra de Jesús nunca habría sido necesaria.
La
idea federal o representativa de la Caída
Para
la mayoría, la idea federal de la Caída ha sido la más popular entre los que
abogan por la idea reformada de la predestinación. Esta idea enseña que Adán
actuó como representante de toda la raza humana. Con la prueba que Dios puso
ante Adán y Eva, Él estaba probando a toda la humanidad. El nombre de Adán
significa "hombre" o "humanidad". Adán fue el primer ser
humano creado, está a la cabeza de la raza humana. Fue puesto en el huerto para
actuar no por sí mismo, sino por todos sus futuros descendientes. Exactamente
como un gobierno federal tiene un portavoz principal que es la cabeza de la nación,
así Adán era la cabeza federal de la humanidad.
La
idea principal del federalismo es que, cuando pecó Adán, pecó por todos
nosotros. Su caída fue nuestra caída. Cuando Dios castigó a Adán quitándole
su justicia original, todos nosotros fuimos igualmente castigados. La maldición
de la Caída nos afecta a todos. No sólo fue Adán destinado a ganarse la vida
con el sudor de su frente, sino que esto es cierto en cuanto a nosotros también.
No sólo fue Eva destinada a tener dolor en el parto, sino que eso ha sido
cierto en cuanto a las mujeres de todas las generaciones humanas. La serpiente
ofensora en el huerto no fue el único miembro de su especie que fue maldecida
con arrastrarse sobre su pecho.
Cuando
fueron creados, a Adán y Eva se les dio dominio sobre toda la creación. Como
resultado de su pecado, el mundo entero sufrió. Pablo nos dice:
“Porque
la creación fue sujetada a vanidad, no por su propia voluntad, sino por causa
del que la sujetó en esperanza; porque también la creación misma será
libertada de la esclavitud de corrupción, a la libertad
gloriosa de los hijos de Dios. Porque sabemos que toda la creación gime a una,
y a una está con dolores de parto hasta ahora” (Ro. 8:20-22).
Toda la creación gime al esperar la plena redención del hombre. Cuando el hombre pecó, las repercusiones del pecado se sintieron a través de toda la gama del dominio del hombre. Debido al pecado de Adán, no sólo sufrimos nosotros, sino que los leones, los elefantes, las mariposas y los cachorros de perro también sufren. Ellos no pidieron tal sufrimiento. Fueron dañados por la caída de su amo.
Que
sufrimos como resultado del pecado de Adán es algo que se enseña explícitamente
en el Nuevo Testamento. En Romanos 5, por ejemplo, Pablo hace las siguientes
observaciones:
·
"Como el pecado entró en el mundo por un hombre, y por el pecado la
muerte" (v.12).
·
"Por la trasgresión de aquel uno murieron los muchos" (v.15).
·
"Por la trasgresión de uno vino la condenación a todos los
hombres" (v. 18).
·
"Por la desobediencia de un hombre los muchos fueron constituidos
pecadores" (v.19).
No
hay manera de evitar la enseñanza obvia de la Escritura en cuanto a que el
pecado de Adán tuvo terribles consecuencias para sus descendientes. Es
precisamente por la abundancia de tales afirmaciones bíblicas por lo que prácticamente
toda organización cristiana ha formulado alguna doctrina del pecado original
vinculada a la Caída de Adán.
Queda
aún una gran cuestión. Si Dios juzgó en realidad a toda la raza humana en Adán,
¿cómo es eso justo? Parece manifiestamente injusto que Dios permitiese que no
sólo todos los subsiguientes seres humanos, sino toda la creación, sufriesen
por causa de Adán.
Es
la cuestión de la justicia de Dios la que el federalismo busca responder. El
federalismo asume que en efecto estábamos representados por Adán y que tal
representación era tanto justa como exacta. Sostiene que Adán nos representaba
perfectamente.
Dentro
de nuestro sistema legal, tenemos situaciones que, no perfectamente pero sí
aproximadamente, tienen un paralelismo con este concepto de representación.
Sabemos que si yo alquilo a un hombre para matar a alguien y que ese pistolero
alquilado lleva a cabo el contrato, yo puedo ser justamente juzgado por
asesinato en primer grado a pesar del hecho de que yo no apreté realmente el
gatillo. Soy juzgado como culpable por un crimen que algún otro ha cometido
porque la otra persona actuó en mi lugar.
La
evidente protesta que surge en este punto es: "Pero nosotros no alquilamos
a Adán para pecar en nuestro lugar." Eso es cierto. Este ejemplo ilustra
meramente que hay algunos casos en los cuales es justo castigar a una persona
por el crimen de otro. La idea
federal de la Caída aún exhala un vago olor a tiranía. Nuestro clamor es:
"¡Ninguna condenación sin representación!" Al igual que la gente en
una nación clama por representantes que aseguren la libertad de la tiranía
despótica, así también demandamos que la representación ante Dios sea justa
y equitativa. La idea federal afirma que somos juzgados culpables por el pecado
de Adán porque él era nuestro representante equitativo y justo.
Pero un momento. Adán puede habernos representado, pero nosotros no le escogimos. ¿Qué si los padres de la república americana hubieran demandado una representación por parte del rey Jorge, y el rey hubiera respondido: "Por supuesto, podéis tener representantes. Seréis representados por mi hermano?" Tal respuesta habría esparcido aún más té en el puerto de Boston.
Queremos
el derecho a seleccionar a nuestros propios representantes. Queremos ser capaces
de depositar nuestro propio voto, no que haya alguien que deposite ese voto por
nosotros. La palabra voto viene del latín votum, que significaba "deseo"
o "elección". Cuando depositamos nuestro voto, estamos expresando
nuestros deseos, manifestando nuestras voluntades.
Supongamos
que hubiésemos tenido plena libertad de votar a nuestro representante en el Edén.
¿Nos hubiera satisfecho eso? ¿Y por qué queremos el derecho a votar a nuestro
representante? ¿Por qué ponemos objeciones si el rey o cualquier otro soberano
quiere designar a nuestros representantes por nosotros? La respuesta es obvia.
Queremos estar seguros que nuestra voluntad se cumpla. Si el rey designa a mi
representante, entonces tendré poca confianza de que mis deseos se cumplan.
Temería que el representante designado estaría más deseoso de cumplir los
deseos del rey que mis deseos. No me sentiría representado justamente.
Pero
aun si tenemos el derecho de escoger a nuestros propios representantes, no
tenemos garantía de que nuestros deseos serán cumplidos. ¿Quién entre
nosotros no ha sido embaucado por políticos que prometen una cosa durante una
campaña electoral y hacen otra cosa después de ser elegidos? Una vez más, la
razón por la que queremos seleccionar a nuestro propio representante es que
queremos estar seguros de ser representados justamente.
En
ningún otro momento de la historia humana hemos sido representados más
justamente que en el huerto del Edén. Sin duda, nosotros no escogimos a nuestro
representante allí. Nuestro representante nos fue escogido. Aquel que escogió
a nuestro representante, sin embargo, no fue el rey Jorge. Fue el Dios
omnipotente.
Cuando
Dios escoge a nuestro representante, lo hace perfectamente. Su elección es una
elección infalible. Cuando yo escojo a mis propios representantes lo hago
faliblemente. A veces, selecciono equivocadamente a una persona, y soy entonces
injustamente representado. Adán me representó infaliblemente no porque él
fuera infalible, sino porque Dios es infalible. Dada la infalibilidad de Dios,
nunca podré argumentar que Adán fuese una mala elección para representarme.
Lo que muchos de nosotros asumimos en nuestro conflicto con la Caída es
que, si hubiésemos estado allí, habríamos hecho una elección diferente. No
habríamos tomado una decisión que hubiera hundido al mundo en la ruina. Tal
suposición no es posible dado el carácter de Dios. Dios no comete errores. Su
elección de mi representante es mejor que mi elección del mío.
Aun
si concedemos que, en efecto, estábamos perfectamente representados por Adán,
debemos aún preguntar si es justo ser representados en absoluto con tan alto
riesgo. Solamente puedo responder que agradó al Señor hacer esto. Sabemos que
el mundo cayó por medio de Adán. Sabemos que, en algún sentido, Adán nos
representó. Sabemos que nosotros no le escogimos a él para ser nuestro
representante. Sabemos que la selección que Dios hizo de Adán fue una selección
infalible. ¿Pero fue justo todo el proceso?
Sólo
puedo responder a esta pregunta, en última instancia, haciendo otra pregunta:
una que hizo el apóstol Pablo. "¿Hay injusticia en Dios?" (Ro.
9:14). La respuesta apostólica a esta pregunta retórica es tan clara como enfática.
"En ninguna manera."
Sí
conocemos algo en absoluto acerca del carácter de Dios, entonces sabemos que El
no es un tirano y que nunca es injusto. Su estructuración de las condiciones
para poner a prueba a la humanidad satisfizo la propia justicia de Dios. Esto
debiera ser suficiente para satisfacemos.
Sin
embargo, aún disputamos. Aún contendemos con el Todopoderoso. Aún asumimos
que, de alguna manera, Dios nos hizo una injusticia y que sufrimos como víctimas
inocentes del juicio de Dios. Tales sentimientos sólo confirman el grado
radical de nuestra caída. Cuando pensamos así, estamos pensando como hijos de
Adán. Tales pensamientos blasfemos sólo subrayan en rojo cuan certeramente
estuvimos representados por Adán.
Estoy
convencido que la idea federal de la Caída es sustancialmente correcta. Sólo
ésta, de las tres que hemos examinado, hace justicia a la enseñanza bíblica
acerca de la caída del hombre. Me satisface que Dios no es un tirano arbitrario.
Sé que soy una criatura caída. Esto es, sé que soy una criatura y sé que
estoy caído. También sé que no es por "culpa" de Dios por lo que
soy pecador. Lo que Dios ha hecho por mí es redimirme de mi pecado. No me ha
redimido de su pecado.
Aunque
la idea federal representativa de la Caída es sostenida por la mayoría de los
calvinistas, debemos recordar que la cuestión de nuestra relación con la caída
de Adán no es un problema peculiar del calvinismo. Todos los cristianos deben
contender con él.
Es
también vital ver la predestinación a la luz de la Caída. Todos los
cristianos están de acuerdo en que el decreto divino de la predestinación tuvo
lugar antes de la Caída. Algunos argumentan que Dios predestinó primero a
algunos para la salvación y a otros para la condenación y entonces decretó la
Caída para asegurarse que algunos perecerían. A veces, esta terrible idea es aún
atribuida al calvinismo. Tal idea era repugnante para Calvino y es igualmente
repugnante para todos los calvinistas ortodoxos. La noción se llama a veces
"hipercalvinismo". Pero aun eso es un insulto. Esta idea nada tiene
que ver con el calvinismo. Más bien que hipercalvinismo, es anti-calvinismo.
El
calvinismo, juntamente con otras ideas acerca de la predestinación, enseña que
el decreto de Dios tuvo lugar antes de la Caída, y a la luz de la Caída. ¿Por
qué es esto importante? Porque la idea calvinista de la predestinación siempre
acentúa el carácter benévolo de la redención de Dios. Cuando Dios predestina
a la gente para la salvación, está predestinando a la salvación a los que Él
sabe que realmente necesitan ser salvados. Necesitan ser salvados porque son
pecadores en Adán, no porque Él les forzara a ser pecadores. El calvinismo ve
a Adán pecando por su propio libre albedrío, no por presión divina.
Sin
duda, Dios sabía antes de la Caída que habría con toda seguridad una Caída y
emprendió la acción para redimir a algunos. Ordenó la Caída en el sentido de
que escogió permitirla, pero no en el sentido de que escogiera presionarla. Su
gracia predestinante es benévola precisamente porque Él escoge salvar a
personas que sabe de antemano que estarán espiritualmente muertas.
Una
última ilustración puede ser de ayuda aquí. Nos enojamos ante la idea de que
Dios nos llame a ser justos cuando estamos obstaculizados por el pecado
original. Decimos: "Pero, Dios, no podemos ser justos. Somos criaturas caídas.
¿Cómo puedes hacernos responsables cuando sabes muy bien que nacimos con el
pecado original?"
La
ilustración es como sigue. Supongamos que Dios dijera a un hombre: "Quiero
que termines de podar estos arbustos a las tres de la tarde. Pero ten cuidado.
Hay un gran pozo abierto al extremo del huerto. Si caes en ese pozo, no podrás
salir por ti mismo. Así pues, por encima de todo, mantente lejos de ese pozo."
Supongamos
que tan pronto Dios sale del huerto, el hombre corre y salta dentro del pozo. A
las tres regresa Dios y encuentra los arbustos sin podar. Llama al hortelano y
oye un débil clamor desde el extremo del huerto. Camina hasta el borde del pozo
y ve al hortelano agitándose desesperadamente en el fondo. Le dice al hortelano:
"¿Por qué no has podado los arbustos que te dije que podaras? El
hortelano responde airadamente: "¿Cómo esperas que pode esos arbustos
cuando estoy atrapado en este pozo? Si no hubieras dejado este pozo vacío aquí,
no estaría en este apuro."
Adán
saltó al pozo. En Adán todos hemos saltado al pozo. Dios no nos arrojó en el
pozo. A Adán se le advirtió claramente acerca del pozo. Dios le dijo que se
mantuviera apartado. Las consecuencias que Adán experimentó por estar en el
pozo fueron un castigo directo por saltar a él.
Así
ocurre con el pecado original. El pecado original es tanto la consecuencia del
pecado de Adán como el castigo por el pecado de Adán. Nacimos pecadores porque
en Adán todos caímos. Aun la palabra caída tiene un poco de eufemismo. Es una
idea del asunto con color de rosa. La palabra caída sugiere algún tipo de
accidente. El pecado de Adán no fue un accidente. Adán no resbaló simplemente
en el pecado; él saltó al mismo con los dos pies. Nosotros saltamos de cabeza
con él. Dios no nos empujó. No nos engañó. Nos hizo una advertencia adecuada
y justa. La culpa es nuestra y sólo nuestra. No es que Adán se comiera las
uvas agrias y nuestros dientes quedaron destemplados. La enseñanza bíblica es
que en Adán todos comimos las uvas agrias. Esa es la razón por la que nuestros
dientes están destemplados.
Resumen
del capítulo 4
1.
La presencia penetrante y universal del pecado no puede explicarse
adecuadamente como un mito.
2.
La pecaminosidad del hombre no puede explicarse por la "sociedad".
3.
La sociedad está formada por individuos, cada uno de los cuales debe ser
pecador antes que la sociedad como un todo pueda estar corrupta.
4.
El realismo también fracasa como explicación porque implica un enfoque
fantasioso de la Escritura.
5.
La idea federal de la Caída toma en serio el papel jugado por Adán como
nuestro representante.
6.
Adán nos representó perfectamente no en virtud de su perfección, sino
en virtud de la selección perfecta de Dios.
7.
Todos los cristianos deben tener alguna idea de la Caída.
8.
La gracia salvadora de Dios se dirige hacia aquellos que Él sabe que son
criaturas caídas.
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