
(Revisión y Corrección de
Estilo: Daviel D’Paz)
5
Muerte espiritual y Vida espiritual
Nuevo
Nacimiento y Fe
La
teología reformada es famosa en el mundo anglosajón por un simple acróstico
que fue designado para resumir los así llamados "Cinco puntos del
Calvinismo". Está formado por la palabra TULIP.
T
-
Total depravity (Depravación total)
U
-
Unconditional Election (Elección incondicional)
L
-
Limited Atonement (Expiación limitada)
I
-
Irresistible Grace (Gracia irresistible)
P
-
Perseverance of the Saints (Perseverancia de los santos)
Este
acróstico ha ayudado a muchas personas a recordar las características
distintivas de la teología reformada. Desafortunadamente, ha causado también
mucha confusión y muchos malos entendidos. El problema de los acrósticos es
que los mejores términos que tenemos para las ideas no siempre comienzan con
letras que formen palabras pequeñas y hermosas. El acróstico sirve bien como
un recurso para la memoria, pero poco más que eso. Mi primer problema con el
acróstico TULIP tiene que ver con la primera letra. Depravación total es un término
muy engañoso. El concepto de depravación total se confunde a menudo con la
idea de depravación extrema. En la teología reformada, la depravación total
se refiere a la idea de que toda nuestra humanidad está caída. Esto es, no hay
parte mía alguna que no haya sido afectada en alguna manera por la Caída. El
pecado afecta mi voluntad, mi corazón, mi mente y mi cuerpo. Si Adán nunca
hubiera pecado, supongo que nunca habría tenido la necesidad de llevar lentes
bifocales al alcanzar una edad mediana. De hecho, el término mismo edad mediana
no habría tenido sentido para él. Si Adán no hubiera pecado, nunca habría
muerto. Cuando alguien vive para siempre, ¿dónde está la edad mediana?
La
depravación total también enfatiza el hecho de que el pecado llega hasta el
centro de nuestro ser. El pecado no es algo periférico, un pequeño defecto que
estropea lo que de otra manera sería un espécimen perfecto. El pecado es
radical en el sentido que afecta la raíz (radíx) de nuestras vidas.
La
depravación total no es depravación extrema. La depravación extrema
significaría que somos tan pecadores como nos sería posible ser. Sabemos que
no es ése el caso. No importa cuánto hayamos pecado cada uno, somos capaces de
pensar en pecados peores que podríamos haber cometido. Aun Adolfo Hitler se
refrenó de asesinar a su madre.
Puesto
que la depravación total se confunde a menudo con la depravación extrema,
prefiero hablar de la "corrupción radical" del hombre. Eso estropea
nuestro acróstico. ¿Que es un RULIP? El concepto del carácter radical del
pecado es quizá el concepto más importante que debemos entender si vamos a
sacarle algún sentido a la doctrina bíblica de la predestinación. Como
mencioné durante nuestra discusión de la incapacidad moral del hombre, éste
es el punto focal de todo el debate.
Recuerdo
haber enseñado en una clase de teología. La clase estaba formada por un grupo
Inter-denominacional de unos veinticinco estudiantes. Pregunté al comienzo del
estudio sobre la predestinación, cuántos estudiantes se consideraban
calvinistas en este asunto. Sólo un estudiante levantó la mano.
Comenzamos
con un estudio de la pecaminosidad del hombre. Tras haber dado clases durante
varios días sobre el tema de la corrupción del hombre, hice otra encuesta.
Pregunté: "¿Cuántos de ustedes están persuadidos de que lo que acaban
de aprender es, en efecto, la doctrina bíblica de la pecaminosidad humana?"
Se levantaron todas las manos. Yo dije: "¿Están seguros?" Ellos
insistieron que estaban verdaderamente seguros. Les di una advertencia más.
"Tengan cuidado ahora. Esto puede volver a enfrentarlos más adelante en el
curso." No les importó. Insistieron que estaban convencidos.
En
ese momento de la clase, fui a una esquina de la pizarra y escribí la fecha. Al
lado de la fecha escribí el número veinticinco. La rodeé con un círculo y añadí
una nota para el conserje diciendo
que, por favor, se abstuviera de borrar esta porción de la pizarra.
Varias
semanas después comencé un estudio de la predestinación. Cuando llegué al
punto que trata de la incapacidad moral del hombre, hubo aullidos de protesta.
Entonces fui a la pizarra y les recordé la encuesta anterior. Me llevó otras
dos semanas convencerles de que, si realmente aceptaban la idea bíblica de la
corrupción humana, el debate acerca de la predestinación, a todos los efectos,
había ya terminado. Intentaré, en resumen, hacer lo mismo aquí. Procedo con
el mismo cuidado.
La
idea bíblica de la corrupción humana
Comencemos nuestro estudio acerca del grado de la caída del hombre mirando Romanos 3. Aquí escribe el apóstol Pablo:
No
hay justo, ni aun uno;
No
hay quien entienda,
No
hay quien busque a Dios.
Todos
se desviaron, a una se hicieron inútiles;
No
hay quien haga lo bueno, no hay ni siquiera uno
(Ro.
3:10-12).
Aquí
encontramos un breve resumen de la universalidad de la corrupción humana. El
pecado está tan extendido que captura a todos en su red. Pablo utiliza palabras
enfáticas para mostrar que no hay excepciones en este proceso entre los hombres
caídos. No hay justo alguno; nadie hay que haga el bien.
La
afirmación "no hay quien haga lo bueno, no hay ni siquiera uno" se
opone a nuestras suposiciones culturales. Crecemos oyendo que nadie es perfecto
y que de humanos es errar. Estamos bastante dispuestos a reconocer que ninguno
de nosotros es perfecto. Es fácil admitir que somos pecadores; que ninguno de
nosotros ni siquiera hace el bien es ya demasiado. Ninguna persona entre mil
estaría dispuesta a admitir que el pecado sea tan grave.
¿Nadie
hace el bien? ¿Cómo puede ser eso? Cada día vemos a simples paganos haciendo
algún bien. Los vemos llevando a cabo actos heroicos de sacrificio, obras
industriosas, prudentes y honestas. Vemos a incrédulos obedeciendo
escrupulosamente los límites de velocidad mientras que otros coches pasan
zumbando a su lado con calcomanías que dicen: 'Toca el claxon si amas a Jesús."
Pablo
debe de estar utilizando una hipérbole aquí. Debe de estar exagerando
intencionadamente con objeto de enfatizar un principio. Sin duda, hay personas
que hacen el bien. ¡No! El sobrio juicio de Dios es que nadie hace el bien, no,
ni siquiera uno.
Tropezamos
aquí porque tenemos un entendimiento relativo de lo que es el bien. El bien es,
ciertamente, un término relativo. Una cosa sólo puede ser juzgada como buena
según alguna clase de norma. Utilizamos el término como una comparación entre
los hombres. Cuando decimos que un hombre es bueno, queremos decir que es bueno
comparado con otros hombres. Pero la norma final para la bondad, la norma por la
cual seremos todos juzgados, es la ley de Dios. Esa ley no es Dios, pero procede
de Dios y refleja el carácter perfecto de Dios mismo. Juzgados conforme a esa
norma, nadie es bueno.
Según
las categorías bíblicas, una buena acción se mide por dos partes. La primera
es por su conformidad externa a la ley de Dios. Esto significa que si Dios
prohibe robar, entonces es bueno no robar. Es bueno decir la verdad. Es bueno
pagar nuestras cuentas a tiempo. Es bueno asistir a las personas necesitadas.
Externamente, estas virtudes se realizan cada día. Cuando las vemos, concluimos
rápidamente que los hombres, en efecto, hacen buenas cosas.
Es
la segunda parte de la medida lo que nos causa problemas. Antes que Dios
pronuncie como "buena" una acción, Él considera no sólo la
conformidad externa o exterior a su ley, sino también la motivación. Nosotros
observamos sólo las apariencias externas; Dios lee el corazón. Para que una
obra se considere buena, ésta debe no sólo conformarse externamente a la ley
de Dios, sino que debe estar motivada internamente por un sincero amor a Dios.
Recordamos
el Gran Mandamiento de amar al Señor nuestro Dios con todo nuestro corazón,
con todas nuestras fuerzas, y con toda nuestra mente... y amar a nuestro prójimo
tanto como nos amamos a nosotros mismos. Toda acción que realizamos debiera
proceder de un corazón que ama a Dios totalmente.
Desde
esta perspectiva es fácil ver que nadie hace el bien. Nuestras mejores obras
están manchadas por nuestros motivos, que son menos que puros. Nadie entre
nosotros ha amado jamás a Dios con todo su corazón o con toda su mente. Hay
medio kilo de carne mezclada con todas nuestras acciones, haciéndolas menos que
perfectas.
Jonathan
Edwards hablaba del concepto del interés propio iluminado. El interés propio
iluminado se refiere a esa motivación que sentimos para realizar actos externos
de justicia y refrenarnos de los impulsos malvados que hay dentro de nosotros.
Hay ciertos momentos y lugares en que el crimen no compensa. Cuando el riesgo
del castigo sobrepasa la posible recompensa de nuestra mala acción, podemos
inclinarnos a refrenarnos de la misma. Por otro lado, podemos ganar el aplauso
de los hombres por nuestros actos virtuosos. Podemos ganarnos una palmadita en
la cabeza por parte de nuestro maestro o el respeto de nuestros iguales si
hacemos ciertas buenas acciones.
El
mundo entero aplaude a los artistas cuando se juntan para grabar un álbum
especial con objeto de utilizar las ganancias para aliviar el hambre en Etiopía.
El aplauso raramente daña la carrera de un actor de teatro, a pesar de las cínicas
afirmaciones de que la ética y los negocios no van juntos. Por el contrario, la
mayoría de nosotros hemos aprendido que la ética realza nuestra reputación en
los negocios.
No
soy tan cínico como para pensar que el gesto hacia Etiopía por parte de los
cantantes se hizo meramente por el aplauso personal o como un reclamo
publicitario. Sin duda, hubo fuertes motivos de compasión y preocupación hacia
la gente que se muere de hambre. Por otro lado, no soy tan ingenuo como para
pensar que los motivos estuviesen totalmente libres de interés propio. La
compasión puede sobrepasar con mucho el interés propio, pero no importa cuan
minúsculo, había al menos un grano de interés propio mezclado en ello.
Siempre lo hay, en todos nosotros. Si negamos esto, sospecho que nuestras mismas
negaciones están motivadas en parte por el interés propio.
Deseamos
negar esta alegación. Sentimos a veces en nuestros propios corazones un
sentimiento abrumador de actuar sólo por causa del deber. Nos agrada pensar que
somos verdaderamente altruistas. Pero nadie nos adula más que nosotros mismos.
El peso de nuestros motivos puede, a veces, inclinarse grandemente en la dirección
del altruismo, pero nunca está perfectamente allí.
Dios
no puntúa por una curva. Él demanda la perfección. Ninguno de nosotros
alcanza ese nivel. No hacemos lo que Dios manda. Jamás. Por tanto, el apóstol
no se está gratificando a sí mismo con la hipérbole. Su juicio es exacto. No
hay quien haga lo bueno, no hay ni siquiera uno. Jesús mismo reafirmó esta
idea en su discusión con el joven rico: "Ninguno hay bueno, sino sólo
Dios" (Lucas 18:19).
Aunque
ya de por sí esta acusación resulta problemática, hay otro elemento en el
pasaje de Romanos que puede producimos aún más consternación, especialmente a
los cristianos evangélicos que hablan y piensan lo contrario. Pablo dice:
"No hay quien busque a Dios".
¿Cuántas
veces has oído a los cristianos decir, o has oído las palabras de tu propia
boca: "Fulano de tal no es cristiano, pero está buscando?" Es una
afirmación común entre los cristianos. La idea es que hay personas por todas
partes que están buscando a Dios. Su problema es que simplemente no han sido
capaces de encontrarle. Está jugando al escondite. Es evasivo.
En el huerto del Edén, cuando el pecado entró en el mundo, ¿quién se escondió? Jesús vino al mundo para buscar y salvar a los perdidos. No fue Jesús quien se estaba escondiendo. Dios no es un fugitivo. Somos nosotros los que estamos huyendo. La Escritura declara que el inicuo huye cuando nadie le persigue. Como observó Lutero: "El pagano tiembla ante el susurro de una hoja." La enseñanza uniforme de la Escritura es que los hombres caídos están huyendo de Dios. Nadie busca a Dios.
¿Por
qué, pues, a pesar de una enseñanza bíblica tan clara en sentido contrario,
los cristianos persisten en pretender que conocen a personas que están buscando
a Dios, pero que aún no le han encontrado?
Tomás de Aquino arrojó algo de luz sobre esto. Aquino dijo que
confundimos dos acciones humanas que son similares pero diferentes. Vemos
personas buscando desesperadamente paz mental, liberación de la culpa,
significado y propósito para sus vidas y amante aceptación. Sabemos que, en última
instancia, estas cosas sólo pueden encontrarse en Dios. Por tanto, llegamos a
la conclusión de que por buscar estas personas estas cosas deben de estar
buscando a Dios.
Las
personas no buscan a Dios. Buscan los beneficios que sólo Dios les puede dar.
El pecado del hombre caído es éste: el hombre busca los beneficios de Dios
mientras que, al mismo tiempo, huye de Dios mismo. Somos, por naturaleza,
fugitivos.
La Biblia nos dice repetidamente que busquemos a Dios. El Antiguo Testamento clama: "Buscad al Señor mientras puede ser hallado" (Is. 55:6). Jesús dijo: "Buscad y hallaréis; llamad y se os abrirá" (Mt. 7:7). La conclusión que sacamos de estos textos es que, puesto que se nos llama a buscar a Dios, ello debe de significar que, aun en nuestro estado caído, tenemos la capacidad moral de efectuar esa búsqueda. ¿Pero a quiénes van dirigidos estos textos? En el caso del Antiguo Testamento, es el pueblo de Israel quien es llamado a buscar al Señor. En el Nuevo Testamento, son los creyentes quienes son llamados a buscar el reino.
Todos
hemos oído a los evangelistas citando de Apocalipsis: "He aquí, yo estoy
a la puerta y llamo; si alguno oye mi voz y abre la puerta, entraré a él, y
cenaré con él, y él conmigo" (Ap. 3:20). Generalmente, el evangelista
aplica este texto como una apelación a los inconversos, diciendo: "Jesús
está llamando a la puerta de tu corazón. Si abres la puerta, Él entrará."
En el texto original, sin embargo, Jesús dirigió sus observaciones a la
iglesia. No fue una apelación evangelística.
¿Entonces
qué? La cuestión es que el buscar es algo que los incrédulos no hacen por sí
mismos. El incrédulo no busca. El incrédulo no llama. Buscar es un asunto de
creyentes. Edwards dijo: "La búsqueda del reino de Dios es el principal
asunto de la vida cristiana." Buscar es el resultado de la fe, no la causa
de la misma.
Cuando
somos convertidos a Cristo, utilizamos un lenguaje de descubrimiento para
expresar nuestra conversión. Hablamos de encontrar a Cristo. Quizá tengamos
una calcomanía que dice LO ENCONTRÉ. Estas afirmaciones son ciertamente
verdaderas. La ironía es ésta: una vez que hemos encontrado a Cristo, ello no
es el fin de nuestra búsqueda, sino el principio. Generalmente, cuando
encontramos lo que estamos buscando, ello marca el fin de nuestra búsqueda.
Pero cuando "encontramos" a Cristo, ello es el comienzo de nuestra búsqueda.
La vida cristiana comienza en la conversión; no termina donde comienza. Crece;
avanza de fe a fe, de gracia a gracia, de vida a vida. Este avance en el
crecimiento es fomentado por una búsqueda continua de Dios.
Hay
algo más que percibimos en Romanos 3 y que necesitamos considerar brevemente.
No sólo declara el apóstol que nadie busca a Dios, sino que añade el
pensamiento: "A una se hicieron inútiles". Debemos recordar que Pablo
está aquí hablando de los hombres caídos, los hombres naturales, los hombres
inconversos. Esta es una descripción de personas que están aún en la carne.
¿Qué
quiere decir Pablo con inútiles? Jesús habló anteriormente acerca de siervos
inútiles. La utilidad tiene que ver con valores positivos. El inconverso,
obrando en la carne, nada consigue de valor permanente. En la carne puede ganar
el mundo entero, pero pierde lo que tiene más valor para él, su propia alma.
La más valiosa posesión que una persona puede tener jamás es Cristo. Él es
la perla de gran precio. Tenerle a Él es tener el máximo beneficio posible.
La
persona que está espiritualmente muerta no puede, en su propia carne, ganar el
beneficio de Cristo. Se la describe como alguien que no tiene temor de Dios ante
sus ojos (Ro. 3:18). Los que no son justos, que no hacen bien, que nunca buscan
a Dios, que son totalmente inútiles, y que no tienen temor de Dios ante sus
ojos, nunca inclinan sus propios corazones a Cristo.
Vivificación
a partir de la muerte espiritual
La
cura para la muerte espiritual es la creación de vida espiritual en nuestras
almas por Dios el Espíritu Santo. Un resumen de esta obra se nos da en Efesios:
“Y
él os dio vida a vosotros, cuando estabais muertos en vuestros delitos y
pecados, en los cuales anduvisteis en otro tiempo, siguiendo la corriente de
este mundo, conforme al príncipe de la potestad del aire, el espíritu que
ahora opera en los hijos de desobediencia, entre los cuales también todos
nosotros vivimos en otro tiempo en los deseos de nuestra carne, haciendo la
voluntad de la carne y de los pensamientos, y éramos por naturaleza hijos de
ira, lo mismo que los demás. Pero Dios, que es rico en misericordia, por su
gran amor con que nos amó, aun estando nosotros muertos en pecados, nos dio
vida juntamente con Cristo (por gracia sois salvos), y juntamente con él nos
resucitó, y asimismo nos hizo sentar en los lugares celestiales con Cristo Jesús,
para mostrar en los siglos venideros las abundantes riquezas de su gracia en su
bondad para con nosotros en Cristo Jesús. Porque por gracia sois salvos por
medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios; no por obras, par a
que nadie se gloríe. Porque somos hechura suya, creados en Cristo Jesús para
buenas obras, las cuales Dios preparó de antemano para que anduviésemos en
ellas”
(Ef. 2:1-10).
Aquí encontramos un pasaje por excelencia sobre la predestinación. Notemos que, a lo largo de este pasaje, Pablo acentúa grandemente las riquezas de la gracia de Dios. Nunca debemos minimizar esta gracia. El pasaje celebra la novedad de vida que el Espíritu Santo ha creado en nosotros
Esta
obra del Espíritu es llamada a veces vivificación. Lo que aquí se llama
vivificar o dar vida es lo que en otros lugares se llama nuevo nacimiento o
regeneración. El término regeneración, como sugiere la palabra, indica un
"generar de nuevo". Generar significa hacer ocurrir o comenzar.
Pensamos en el primer libro de la Biblia, el libro de los principios, que es
llamado Génesis. El prefijo re significa simplemente "de nuevo". Por
tanto, la palabra regeneración significa comenzar algo de nuevo. Es el nuevo
principio de vida lo que nos interesa aquí, el principio de la vida espiritual.
Notamos que esta imagen de la vida se contrasta con una imagen de la muerte. El
hombre caído es descrito aquí como estando "muerto en pecados". Para
que alguien que está muerto a las cosas de Dios viva para Dios, se debe de
hacer algo a él y para él. Los muertos no pueden vivir por sí mismos. Los
muertos no pueden crear vida espiritual dentro de sí mismos. Pablo deja
completamente claro aquí que es Dios quien hace vivir. Es Dios quien nos
vivifica de la muerte espiritual.
El
hombre caído está muerto en pecado. Se le describe aquí como siendo "por
naturaleza hijo de ira". Su norma caída es andar "siguiendo la
corriente de este mundo". Su lealtad no está dirigida a Dios sino "al
príncipe de la potestad del aire". Pablo afirma que éste no es meramente
el estado de los peores pecadores, sino el estado anterior de sí mismo y de sus
hermanos y hermanas en Cristo. ("Entre los cuales también todos nosotros
vivimos en otro tiempo en los deseos de nuestra carne...")
La
mayoría de las ideas no reformadas acerca de la predestinación no toman en
serio el hecho de que el hombre caído está espiritualmente muerto. Otras
posiciones evangélicas reconocen que el hombre está caído y que su caída es
un asunto grave. Conceden aun que el pecado es un problema radical. Conceden con
prontitud que el hombre no está meramente enfermo, sino mortalmente enfermo,
enfermo de muerte. Pero no ha muerto del todo aún. Aún le queda un pequeño
aliento de vida espiritual en el cuerpo. Aún le queda una pequeña isla de
justicia en su corazón, una pequeña y débil capacidad moral que permanece en
su caída.
He
oído dos ilustraciones por parte de evangelistas que suplican el
arrepentimiento y la conversión de sus oyentes. La primera es una analogía de
una persona que sufre de una enfermedad terminal. Se dice que el pecador está
gravemente enfermo, al borde de la muerte. No está dentro de su propio poder el
curarse de la enfermedad. Está tendido en su lecho de muerte casi totalmente
paralizado. No puede recuperarse a menos que Dios provea la medicina sanadora.
El hombre está tan mal que no puede ni aun estirar el brazo para recibir la
medicina. Se halla en un estado casi comatoso. Dios debe no sólo ofrecerle la
medicina, sino que debe ponerla en una cuchara y colocarla en los labios del
hombre moribundo. A menos que Dios haga todo eso, el hombre perecerá sin duda.
Pero aunque Dios haga el 99% de lo necesario, al hombre le queda aún el 1 %.
Debe abrir la boca para recibir la medicina. Este es el ejercicio necesario del
libre albedrío que hace la diferencia entre el cielo y el infierno. El hombre
que abre la boca para recibir el don benévolo de la medicina será salvo. El
hombre que mantiene los labios fuertemente apretados perecerá.
Esta
analogía hace casi justicia a la Biblia y a la enseñanza de Pablo acerca de la
gracia de la regeneración. Pero no totalmente. La Biblia no habla de pecadores
mortalmente enfermos. Según Pablo, están muertos. No les queda ni un gramo de
vida espiritual. Si han de vivir, Dios debe hacer algo más que ofrecerles
medicina. Los muertos no abren la boca para recibir algo. Sus mandíbulas están
cerradas por la muerte. La rigidez de la muerte se ha apoderado de ellos. Deben
ser resucitados de los muertos. Deben ser nuevas creaciones, elaborados por
Cristo y nacidos de nuevo por su Espíritu.
Una segunda ilustración es igualmente popular entre los que se dedican a evangelizar. Según esta idea, al hombre caído se le ve como un hombre que se está ahogando y que es incapaz de nadar. Se ha hundido dos veces y ha salido a la superficie por última vez. Si se hunde de nuevo, morirá. Su única esperanza es que Dios le arroje un salvavidas. Dios arroja el salvavidas y lo hace llegar precisamente al alcance de los dedos estirados del hombre. Lo único que el hombre tiene que hacer para salvarse es aferrarse al salvavidas. Si solamente agarra el salvavidas, Dios tirará de él. Si rehúsa el salvavidas, ciertamente perecerá.
Una
vez más, en esta ilustración se enfatiza el extremo desamparo del pecador sin
la asistencia de Dios. El hombre que se está ahogando está en una condición
grave. No puede salvarse a sí mismo. Sin embargo, aún está vivo; puede
estirar sus dedos. Sus dedos son el vínculo crucial para la salvación. Su
destino eterno depende de lo que haga con los dedos.
Pablo
dice que el hombre está muerto. No está meramente ahogándose, se ha hundido
ya en el fondo del mar. Es inútil arrojar un salvavidas a un hombre que se ha
ahogado ya. Si entiendo a Pablo, le oigo decir que Dios bucea en el agua y saca
al muerto del fondo del mar y entonces realiza un acto divino de resucitación
boca a boca. Sopla aliento de vida en el hombre muerto.
Es importante recordar que la regeneración tiene que ver con la nueva vida. Se la llama el nuevo nacimiento o nacer de nuevo. Existe mucha confusión acerca de este asunto. El nuevo nacimiento está estrechamente vinculado en la Biblia a la nueva vida que es nuestra en Cristo. Al igual que en biología natural no puede haber vida sin nacimiento, así también en términos sobrenaturales no puede haber nueva vida sin un nuevo nacimiento.
El
nacimiento y la vida están estrechamente relacionados, pero no son exactamente
lo mismo. El nacimiento es el comienzo de la nueva vida. Es un momento decisivo.
Entendemos esto en términos biológicos naturales. Cada año celebramos
nuestros cumpleaños. No somos como la reina en Alicia en el País de las
Maravillas, que celebraba todos sus "incumpleaños". El nacimiento es
una experiencia única. Puede celebrarse pero no repetirse. Es un momento
decisivo de transición. Una persona o bien ha nacido, o bien no ha nacido aún.
Así
es con el nuevo nacimiento espiritual. El nuevo nacimiento produce nueva vida.
Es el comienzo de una nueva vida, pero no constituye la totalidad de la nueva
vida. Es el punto crucial de transición desde la muerte espiritual a la vida
espiritual. Una persona nunca nace de nuevo parcialmente. Está regenerada o no
está regenerada.
La
clara enseñanza bíblica acerca de la regeneración es que se trata de la obra
de Dios y la obra de Dios solamente. No podemos hacernos nacer de nuevo. La
carne no puede producir espíritu. La regeneración es un acto de creación.
Dios realiza la creación.
En
teología tenemos un término técnico que puede ser de ayuda y es: monergismo.
Procede de dos raíces. Mono significa "uno". Un monopolio es un
negocio que tiene el mercado para sí. Un monoplano es un avión con alas
sencillas. Erg, puede que lo recuerdes de la escuela, se refiere a una unidad de
trabajo. De este término se deriva nuestra palabra de uso común energía.
Juntando
las dos partes, obtenemos el significado de "uno trabajando". Cuando
decimos que la regeneración es monergista, queremos decir que sólo uno está
haciendo la obra. Ese uno es Dios el Espíritu Santo. Él nos regenera; nosotros
no podemos hacerlo por nosotros mismos o aun ayudarle en la tarea.
Puede
sonar como si tratásemos a los seres humanos como marionetas. Las marionetas se
hacen de madera. No pueden responder. Están inertes, sin vida. Se las mueve
mediante cuerdas. Pero no estamos hablando de marionetas. Estamos hablando de
seres humanos que son cadáveres espirituales. Estos seres humanos no tienen
corazones de aserrín; están hechos de piedra. No son manipulados mediante
cuerdas. Están biológicamente vivos. Actúan. Toman decisiones, pero nunca
decisiones por Dios. Cuando Dios regenera un alma humana, cuando nos hace vivir
espiritualmente, hacemos elecciones. Creemos. Tenemos fe. Nos apegamos a Cristo.
Dios no cree por nosotros. La fe no es monergista.
Anteriormente
hablamos acerca de la condición del hombre caído y el estado de su voluntad
humana. Afirmamos que si bien está caído, aún tiene una voluntad libre en el
sentido de que aún puede hacer elecciones. Su problema, que definimos como
incapacidad moral, es que carece de un deseo por Cristo. Está indispuesto y
desinclinado hacia Cristo. A menos o hasta que el hombre se incline hacia Cristo,
nunca escogerá a Cristo. A menos que primero desee a Cristo, nunca recibirá a
Cristo.
En
la regeneración, Dios cambia nuestros corazones. Nos da una nueva disposición,
una nueva inclinación. Planta un deseo por Cristo en nuestros corazones. Jamás
podremos confiar en Cristo para nuestra salvación, a menos que primero le
deseemos. Esta es la razón por la que dijimos anteriormente que la regeneración
precede a la fe. Sin el nuevo nacimiento, no sentimos deseo alguno por Cristo.
Sin un deseo por Cristo, nunca escogeremos a Cristo. Por tanto, concluimos que
antes que alguien crea jamás, antes que alguien pueda creer, Dios debe cambiar
primero la disposición de su corazón. Cuando Dios nos regenera, se trata de un
acto de gracia. Miremos de nuevo Efesios 2: "Pero
Dios, que es rico en misericordia, por su gran amor con que nos amó, aun
estando nosotros muertos en pecados, nos dio vida..."
Tengo un rótulo sobre mi mesa que me bordó una mujer en una iglesia donde estuve ministrando. El rótulo dice simplemente: "Pero". Cuando Pablo relata la condición espiritual del hombre caído, ello es suficiente para conducirnos a la desesperación. Finalmente, llega a la palabra mágica que nos hace dar un suspiro de alivio. Pero. Sin ella estamos destinados a perecer. El "pero" encierra la esencia de la buena noticia.
Pablo
dice: "Pero Dios, que es rico en misericordia..." Nótese que no dice:
"Pero el hombre, que es rico en bondad". Es Dios solamente quien nos
da la vida. ¿Cuándo lo hace? Pablo no lo deja para que lo adivinemos. Dice:
"...estando nosotros muertos en pecados". Este es el aspecto asombroso
de la gracia, que nos es dada cuando estamos espiritualmente muertos.
Pablo
concluye que es cuestión de gracia y no de obras. Su genuino resumen es: "Porqué
por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de
Dios". Este pasaje debería sellar el asunto para siempre. La fe por
la que somos salvados es un don. Cuando el apóstol dice que no es de nosotros,
no quiere decir que no sea nuestra fe. Una vez más, Dios no cree por nosotros.
Es nuestra propia fe, pero no se origina en nosotros. Nos es dada. El don no se
gana o se merece. Es un don de pura gracia.
Durante
la Reforma protestante hubo tres lemas que se hicieron famosos. Son frases
latinas: sola fide, sola gratia, y soli Deo gloria. Los tres lemas van juntos.
Nunca se les debe separar. Significan "por la fe sola", "por la
gracia sola" y "sólo para la gloria de Dios".
¿Gracia
irresistible?
La
mayoría de los cristianos están de acuerdo en que la obra de Dios en la
regeneración es una obra de gracia. La cuestión que nos divide es si esta
gracia es o no irresistible. ¿Es posible que una persona reciba la gracia de la
regeneración y aún no llegue a tener fe? El calvinista responde con un enfático
"¡No!", pero no porque crea que la gracia salvadora de Dios es
literalmente irresistible. Una vez mas se nos crea un problema con el antiguo
acróstico TULIP. Ya hemos cambiado el tulip a rulip, y ahora vamos a cambiarlo
aún más. Ahora lo llamaremos "RULEP".
El
término gracia irresistible es engañoso. Todos los calvinistas creen que los
hombres pueden resistir y de hecho resisten la gracia de Dios. La cuestión es:
"¿Puede la gracia de la regeneración dejar de cumplir su propósito?"
Recordemos que los muertos espirituales están aún biológicamente vivos. Aún
tienen una voluntad que está desinclinada hacia Dios. Harán todo lo que esté
de su parte para resistir la gracia. La historia de Israel es la historia de un
pueblo duro de cerviz y de corazón, que resistía la gracia de Dios
repetidamente.
La
gracia de Dios es resistible en el sentido de que podemos resistirla y de hecho
la resistimos. Es irresistible en el sentido de que consigue su propósito.
Lleva a cabo el efecto deseado por Dios. Así pues, prefiero el término gracia
eficaz.
Estamos
hablando de la gracia de la regeneración. Recordamos que en la regeneración
Dios crea en nosotros un deseo hacia Él. Pero cuando tenemos ese deseo plantado
en nosotros, continuamos funcionando como siempre hemos funcionado, haciendo
nuestras elecciones según la motivación más fuerte en el momento. Si Dios nos
da un deseo por Cristo, actuaremos según este deseo. Con toda seguridad,
escogeremos el objeto de este deseo; escogeremos a Cristo. Cuando Dios nos hace
vivir espiritualmente, llegamos a vivir espiritualmente. No es meramente la
posibilidad de llegar a vivir espiritualmente lo que Dios crea. Él crea vida
espiritual dentro de nosotros. Cuando Dios llama algo para que sea, llega a ser.
Hablamos
del llamamiento interno de Dios. El llamamiento interno de Dios es tan poderoso
y eficaz como su llamamiento para crear el mundo. Dios no invitó al mundo a que
existiese. Mediante su divino mandato, clamó: "Sea la luz". Y hubo
luz. No podía haber sido de otra manera. La luz tenía que comenzar a brillar.
¿Podía
haber permanecido Lázaro en la tumba cuando Jesús le llamó? Jesús clamó:
"¡Lázaro, ven fuera!" El hombre rompió su mortaja y salió de la
tumba. Cuando Dios crea, ejerce un poder que sólo Dios tiene. Sólo Él tiene
el poder de sacar algo de la nada y vida de la muerte.
Existe
mucha confusión acerca de este punto. Recuerdo la primera lección que oí una
vez de John Gerstner. Era acerca del tema de la predestinación. Poco después
de comenzar su lección, el Dr. Gerstner fue interrumpido por un estudiante que
estaba agitando la mano en el aire. Gerstner se detuvo y reconoció al
estudiante. El estudiante preguntó: "Dr. Gerstner, ¿se puede asumir con
seguridad que usted es calvinista?" Gerstner respondió: "Sí", y
continuó de nuevo con la lección. Unos momentos después apareció en los ojos
de Gerstner un destello de reconocimiento y dejó de hablar a mitad de una frase
y preguntó al estudiante: "¿Cuál es tu definición de un calvinista?"
El
estudiante respondió: "Un calvinista es alguien que cree que Dios fuerza a
algunas personas a escoger a Cristo e impide que otras personas escojan a Cristo."
Gerstner quedó horrorizado. Dijo: "Si eso es ser calvinista, entonces
puedes estar seguro que no soy calvinista."
El concepto erróneo del estudiante acerca de la gracia irresistible está muy extendido. Una vez oí al presidente de un seminario presbiteriano declarar: "No soy calvinista porque no creo que Dios lleve a algunas personas, pataleando y gritando contra sus voluntades, al reino, mientras que excluye de su reino a otros que desesperadamente quieren estar allí."
Me
quedé asombrado cuando oí estas palabras. No creía posible que el presidente
de un seminario presbiteriano pudiera tener un concepto tan crasamente erróneo
de la teología de su propia iglesia. Estaba recitando una caricatura que estaba
tan lejos del calvinismo como sería posible.
El calvinismo no enseña, y nunca ha enseñado, que Dios lleve a la gente pataleando y gritando al reino, o que haya excluido jamás a alguien que quisiera estar allí. Recordemos que el punto cardinal de la doctrina reformada de la predestinación se apoya en la enseñanza bíblica de la muerte espiritual del hombre. El hombre natural no quiere a Cristo. Solamente querrá a Cristo si Dios planta un deseo por Cristo en su corazón. Una vez que está plantado el deseo, los que vienen a Cristo no vienen pataleando y gritando contra sus voluntades. Vienen porque quieren venir. Ahora desean a Jesús. Se lanzan al Salvador. El significado de la gracia irresistible es que el nuevo nacimiento vivifica a alguien a la vida espiritual de tal manera que ahora se ve a Jesús en su dulzura irresistible. Jesús es irresistible para aquellos que han recibido vida para apreciar las cosas de Dios. Toda alma cuyo corazón late con la vida de Dios dentro de sí anhela al Cristo viviente. Todos aquellos a quienes el Padre dé a Cristo vienen a Cristo (Jn. 6:37).
El
término "gracia eficaz" puede ayudar a evitar alguna confusión. La
gracia eficaz es una gracia que efectúa lo que Dios desea. ¿En qué difiere
esta idea de otras ideas no reformadas acerca de la regeneración? La idea
alternativa más popular se apoya en el concepto de gracia precedente.
Gracia
precedente
Como
el nombre sugiere, la gracia precedente es una gracia que "viene
antes" de algo. Se la define normalmente como una obra que Dios hace para
todos. Él da a todos suficiente gracia para responder a Jesús. Esto es, es
suficiente gracia para hacer posible que la gente escoja a Cristo. Los que
cooperan con esta gracia y asienten a la misma son "elegidos". Los que
rehúsan cooperar con esta gracia están perdidos.
La
fuerza de esta idea es que reconoce que la condición espiritual del hombre caído
es lo suficientemente severa como para requerir que la gracia de Dios le salve.
La debilidad de la posición puede verse de dos maneras. Si esta gracia
precedente es meramente externa al hombre, entonces falla de la misma manera que
las analogías de la medicina y el salvavidas. ¿Qué bien procura la gracia
precedente si se ofrece externamente a criaturas espiritualmente muertas? Por
otro lado, si la gracia precedente se refiere a algo que Dios hace dentro del
corazón del hombre caído, entonces debemos preguntar por qué no es siempre
eficaz. ¿A qué se debe que algunas criaturas caídas escojan cooperar con la
gracia precedente y otras escojan no hacerlo? ¿Obtienen todos, la misma
cantidad?
Pensemos
acerca de ello de esta manera, en términos personales. Si eres cristiano, sin
duda serás consciente de otras personas que no son cristianas. ¿A qué se debe
que tú hayas escogido a Cristo y ellos no? ¿Por qué dijiste tú sí a la
gracia precedente mientras que ellos no lo hicieron? ¿Fue porque tú eras más
justo que ellos? Si es así, entonces ciertamente tienes algo de qué jactarte.
¿Fue aquella mayor justicia algo que conseguiste por ti mismo o fue don de Dios?
Si fue algo que tú conseguiste, entonces en el fondo tu salvación depende de
tu propia justicia. Si la justicia fue un don, ¿entonces por qué no le dio
Dios el mismo don a todos? Quizá no fue porque fueses más justo. Quizá fue
porque eras más inteligente. ¿Porqué eres más inteligente? ¿Porque estudias
más (lo que realmente significa que eres más justo)? ¿O eres más inteligente
porque Dios te dio un don de inteligencia que no dio a otros?
Sin
duda, la mayoría de los cristianos que sostienen la idea de la gracia
precedente rehusarían dar tales respuestas. Ven la arrogancia implícita en
ellas. Por el contrario, es más probable que digan: "No, yo escogí a
Cristo porque reconocí la apremiante necesidad que tenía de Él."
Eso
ciertamente suena más humilde. Pero debo insistir en la pregunta. ¿Por qué
reconociste tu apremiante necesidad de Cristo mientras que tu prójimo no lo
hizo? ¿Fue porque tú eras más justo que tu prójimo, o más inteligente?
La
cuestión fundamental para los defensores de la gracia precedente es por qué
algunos cooperan con ella y otros no. La manera en que respondamos revelará
cuan misericordiosa creemos que es nuestra salvación realmente. La cuestión
fundamentalísima es: "¿Enseña la Biblia una doctrina tal como la de la
gracia precedente? Si así es, ¿dónde?"
Concluimos
que nuestra salvación es del Señor. Él es quien nos regenera. Aquellos a
quienes Él regenera van a Cristo. Sin regeneración, nadie irá jamás a Cristo.
Con la regeneración, nadie le rechazará jamás. La gracia salvadora de Dios
efectúa lo que Él se propone efectuar mediante ella.
Resumen
del capítulo 5
1.
Nuestra salvación fluye de una iniciativa divina. Es Dios el Espíritu
Santo quien libera a los cautivos. Es Él quien sopla dentro de nosotros la vida
espiritual y nos resucita de la muerte espiritual.
2.
Nuestra condición antes de, ser vivificados es de muerte espiritual. Es
más grave que una mera enfermedad mortal. No hay ni un gramo de vida espiritual
en nosotros hasta que Dios nos da la vida.
3.
Sin el nuevo nacimiento, nadie irá a Cristo. Todos los que nacen de
nuevo van a Cristo. Los que están muertos a las cosas de Dios permanecen
muertos a las cosas de Dios a menos que Dios les haga vivir. Aquellos a quienes
Dios hace vivir viven. La salvación es del Señor.
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