
(Revisión y Corrección de
Estilo: Daviel D’Paz)
7
¿Existe la doble Predestinación?
Doble
predestinación. Las palabras mismas suenan ominosas. Una cosa es contemplar el
benévolo plan de Dios para la salvación de los elegidos. Pero, ¿qué de
aquellos que no son elegidos? ¿Están también predestinados? ¿Existe un
horrible decreto de reprobación? ¿Destina Dios a algunos desgraciados al
infierno?
Estas
cuestiones salen a colación inmediatamente tan pronto como se menciona la doble
predestinación. Tales cuestiones hacen que algunos consideren el concepto de la
doble predestinación como un terreno prohibido. Otros, si bien creen en la
predestinación, declaran enfáticamente que creen en una predestinación
simple. Esto es, si bien creen que algunos son predestinados para salvación, no
ven la necesidad de suponer que otros sean igualmente predestinados para
condenación. En resumen, la idea es que algunos son predestinados para salvación,
pero todos tienen la oportunidad de ser salvos. Dios se asegura que algunos la
alcancen proveyendo ayuda adicional, pero el resto de la humanidad aún tiene
una oportunidad.
Aunque
hay un fuerte sentimiento para hablar solamente de la predestinación simple y
evitar cualquier discusión sobre la doble predestinación, aún debemos
afrontar las cuestiones sobre la mesa. A menos que concluyamos que todo ser
humano está predestinado para salvación, debemos afrontar la otra cara de la
elección. Si existe en absoluto tal cosa como la predestinación, y si esa
predestinación no incluye a todos, entonces no debemos rehuir la necesaria
inferencia de que la predestinación tiene dos lados. No es suficiente hablar
acerca de Jacob; debemos también considerar a Esaú.
Igualdad final
Existen
ideas diferentes acerca de la doble predestinación. Una de ellas es tan
aterradora que muchos rehúyen totalmente el término, de forma que su idea de
la doctrina no se confunda con la idea temible. Esta idea se llama la igualdad
final. La igualdad final se basa en un concepto de simetría. Procura un
equilibrio completo entre la elección y la reprobación. La idea clave es ésta:
al igual que Dios interviene en las vidas de los elegidos para crear fe en sus
corazones, así también Dios interviene igualmente en las vidas de los réprobos
para crear u obrar incredulidad en sus corazones. La idea de que Dios obre
activamente la incredulidad en los corazones de los réprobos se deduce de
afirmaciones bíblicas acerca del hecho de que Dios endurece los corazones de
las personas.
La
igualdad final no es la idea reformada o calvinista de la predestinación.
Algunos la han llamado "hiper-calvinismo". Yo prefiero llamarla
"sub-calvinismo" o, mejor aún, "anti-calvinismo". Aunque el
calvinismo ciertamente tiene una idea de la doble predestinación, la doble
predestinación que sostiene no es la de la igualdad final.
Para
entender la idea reformada acerca del asunto, debemos prestar estrecha atención
a la crucial distinción entre los decretos positivos y negativos de Dios. Lo
positivo tiene que ver con la intervención activa de Dios en los corazones de
los elegidos. Lo negativo tiene que ver con el hecho de que Dios pasa por alto a
los no elegidos. La idea reformada enseña que Dios interviene positiva o
activamente en las vidas de los elegidos para asegurar su salvación. A los
restantes seres humanos Dios los abandona a su libre albedrío. No crea
incredulidad en sus corazones. Esa incredulidad está ya allí. No los fuerza a
pecar. Pecan por elección propia. Según la idea calvinista, el decreto de
elección es positivo; el decreto de reprobación es negativo.
La
idea del hiper-calvinismo acerca de la doble predestinación puede llamarse
predestinación positiva-positiva. La idea del calvinismo ortodoxo puede
llamarse predestinación positiva-negativa. Observémosla en forma de diagrama.
Calvinismo
Hiper-calvinismo
Positiva-negativa
Positiva-positiva
Idea asimétrica
Idea
simétrica
Desigualdad final
Igualdad
final
Dios pasa por alto a los réprobos. Dios
obra incredulidad
en los corazones
de los réprobos
El terrible error del hiper-calvinismo es que implica a Dios en forzar el pecado. Esto hace una violencia radical a la integridad del carácter de Dios. El ejemplo bíblico primario que pudiera tentarnos al hiper-calvinismo es el caso de Faraón. Repetidamente leemos en el relato del Éxodo que Dios endureció el corazón de Faraón. Dios dijo a Moisés de antemano que haría esto:
“Tu dirás todas las cosas que yo te mande, y
Aarón tu hermano hablará a Faraón, para que deje ir de su tierra a los hijos
de Israel. Y yo endureceré el corazón de Faraón y multiplicaré en la
tierra de Egipto mis señales y mis maravillas. Y Faraón no os oirá; mas yo
pondré mi mano sobre Egipto, y sacaré a mis ejércitos, mi pueblo, los hijos
de Israel, de la tierra de Egipto, con grandes juicios. Y sabrán los egipcios
que yo soy el Señor, cuando extienda mi mano sobre Egipto, y saque a los hijos
de Israel de en medio de ellos” (Ex.
7:2-5).
La
Biblia enseña claramente que Dios endureció, efectivamente, el corazón de
Faraón. Ahora bien, sabemos que Dios hizo esto para su propia gloria y como señal
tanto a Israel como a Egipto. Sabemos que el propósito de Dios en todo esto era
un propósito redentor. Pero nos queda aún un difícil problema. Dios endureció
el corazón de Faraón y después juzgó a Faraón por su pecado. ¿Cómo puede
hacer Dios responsable a Faraón o a cualquier otro de un pecado que fluye de un
corazón que Dios mismo ha endurecido?
Nuestra
respuesta a esa pregunta depende de cómo entendemos el acto de endurecimiento
por parte de Dios. ¿Cómo endureció el corazón de Faraón? La Biblia no
responde a esa pregunta explícitamente. Al pensar acerca de ello, nos damos
cuenta que, básicamente, sólo hay dos maneras en que podía haber endurecido
el corazón de Faraón: activa o pasivamente.
Un
endurecimiento activo implicaría la intervención directa de Dios en el
interior del corazón de Faraón. Dios se entremetería en el corazón de Faraón
y crearía nueva maldad en él. Esto ciertamente garantizaría que Faraón
produciría el resultado deseado por Dios. También garantizaría que Dios es el
autor del pecado.
El
endurecimiento pasivo es totalmente otra historia. El endurecimiento pasivo
implica un juicio divino sobre el pecado que ya está presente. Lo único que
Dios necesita hacer para endurecer el corazón de una persona cuyo corazón ya
es perverso es "entregarle a su pecado". Encontramos este concepto del
juicio divino repetidamente en la Escritura.
¿Cómo
funciona esto? Para entenderlo adecuadamente debemos considerar primero
brevemente otro concepto, el de la gracia común de Dios. Esto se refiere a esa
gracia de Dios que todos los hombres gozan en común. La lluvia que refresca la
tierra y riega nuestras cosechas cae igualmente sobre justos e injustos. Los
injustos, ciertamente, no merecen tales beneficios, pero gozan de ellos
igualmente. Así ocurre con el Sol y los arco iris. Nuestro mundo es un
escenario de gracia común.
Uno
de los elementos más importantes de la gracia común que gozamos es el
refrenamiento del mal en el mundo. Ese refrenamiento fluye de muchas fuentes. El
mal es refrenado por los policías, las leyes, la opinión pública, el
equilibrio de poder, etc. Aunque el mundo en que vivimos está lleno de
iniquidad, no es tan inicuo como podría ser. Dios utiliza los medios
mencionados anteriormente, al igual que otros medios para mantener controlado el
mal. Por su gracia, controla y refrena la cantidad de maldad en este mundo. Si
se dejase al mal totalmente descontrolado, entonces la vida en este planeta sería
imposible.
Lo
único que Dios tiene que hacer para endurecer los corazones de las personas es
quitar los frenos. Les da más libertad de acción. En lugar de refrenar su
libertad humana, la incrementa. Les deja seguir su propio camino. En un sentido,
les da la soga con que ahorcarse. No es que Dios ponga su mano en ellos para
crear nueva maldad en sus corazones; meramente, su santa mano deja de
refrenarlos y les permite hacer su propia voluntad.
Si
hubiéramos de determinar cuáles son los hombres más inicuos y diabólicos de
la historia humana, ciertos nombres aparecerían en la lista de casi todos. Veríamos
los nombres de Hitler, Nerón, Stalin y otros que han sido culpables de masacres
y otras atrocidades. ¿Qué tienen esas personas en común? Fueron todos
dictadores. Todos tenían, virtualmente, un poder y autoridad ilimitados dentro
de la esfera de sus dominios.
¿Por
qué decimos que el poder corrompe y que el poder absoluto corrompe
absolutamente? (Sabemos que esto no se refiere a Dios, sino sólo al poder y la
corrupción de los hombres.) El poder corrompe, precisamente, porque eleva a una
persona por encima de los frenos normales que restringen al resto de nosotros.
Yo soy refrenado por los conflictos de interés con personas que son tan
poderosas o más poderosas que yo. Aprendemos pronto en la vida a restringir
nuestra beligerancia hacia aquellos que son mayores que nosotros. Tendemos a
entrar en conflictos de forma selectiva. La discreción tiende a prevalecer
sobre el valor cuando nuestros oponentes son más poderosos que nosotros.
Faraón
era el hombre más poderoso del mundo cuando Moisés fue a verle. Casi el único
freno que había contra la iniquidad de Faraón era el santo brazo de Dios. Lo
único que Dios tenía que hacer para endurecer más a Faraón era quitar su
brazo. Las malvadas tendencias de Faraón hicieron el resto. En el acto del endurecimiento pasivo, Dios toma la decisión
de quitar los frenos; la parte inicua del proceso es realizada por Faraón mismo.
Dios no hace violencia a la voluntad de Faraón. Como hemos dicho, simplemente
le da a Faraón más libertad.
Vemos el mismo tipo de cosa en el caso de Judas y de los inicuos que Dios y Satanás utilizaron para afligir a Job. Judas no fue una pobre víctima inocente de la manipulación divina. No era un hombre justo a quien Dios forzó a traicionar a Cristo y después lo castigó por la traición. Judas traicionó a Cristo porque quería treinta monedas de plata. Como declara la Escritura, Judas era el hijo de perdición desde el principio. Sin duda, Dios utiliza las malvadas tendencias y las malvadas intenciones de los hombres caídos para llevar a cabo sus propios propósitos redentores. Sin Judas no hay cruz. Sin la cruz no hay redención. Este no es un caso en que Dios fuerza la maldad. Por el contrario, es un caso glorioso del triunfo redentor de Dios sobre la maldad. Los deseos malvados de los corazones de los hombres no pueden frustrar la soberanía de Dios. En realidad, están sujetos a la misma.
Cuando
estudiamos el modelo del castigo divino de los inicuos, vemos emerger una
especie de justicia poética. En la escena del juicio final del libro de
Apocalipsis leemos lo siguiente:
“El que es injusto, sea injusto todavía; y
el que es inmundo, sea inmundo todavía; y el que es justo, practique la
justicia todavía; y el que es santo, santifíquese todavía”
(Ap. 22:11).
En
su acto final de juicio, Dios entrega a los pecadores a sus pecados. En efecto,
los abandona a sus propios deseos. Así ocurrió con Faraón. Mediante este acto
de juicio, Dios no manchó su propia justicia creando nueva maldad en el corazón
de Faraón. Él estableció su propia justicia castigando la maldad que ya había
en Faraón. Así es como debemos
entender la doble predestinación. Dios muestra misericordia a los elegidos
obrando la fe en sus corazones. Él administra justicia a los réprobos dejándolos
en sus propios pecados. No hay simetría aquí. Un grupo recibe misericordia. El
otro grupo recibe justicia. Nadie es víctima de injusticia. Nadie puede
quejarse de que haya injusticia en Dios.
Romanos 9
El pasaje más significativo en el Nuevo Testamento que tiene que ver con la doble predestinación se encuentra en Romanos 9.
“Porque la
palabra de la promesa es esta: Por este tiempo vendré, y Sara tendrá un hijo.
Y no sólo esto, sino también cuando Rebeca concibió de uno, de Isaac nuestro
padre (pues no habían aún nacido, ni habían hecho aún ni bien ni mal, para
que el propósito de Dios conforme a la elección permaneciese, no por las obras
sino por el que llama), se le dijo: El mayor servirá al menor Como está
escrito: A Jacob amé, mas a Esaú aborrecí.
¿Qué,
pues, diremos? ¿Que hay injusticia en Dios? En ninguna manera. Pues a Moisés
dice: Tendré misericordia del que yo tenga misericordia, y me compadeceré del
que yo me compadezca.
Así
que no depende del que quiere, ni del que corre, sino de Dios que tiene
misericordia. Porque la Escritura dice a Faraón Para esto mismo te he levantado,
para mostrar en ti mi poder, y para que mi nombre sea anunciado por toda la
tierra. De manera que de quien quiere, tiene misericordia, y al que quiere
endurecer, endurece” (Rom. 9:9-18).
En
este pasaje tenemos la expresión bíblica más clara que podemos encontrar para
el concepto de la doble predestinación. Se expresa sin reservas y sin ambigüedad.
"De manera que de quien quiere, tiene misericordia, y al que quiere
endurecer, endurece." Algunos reciben misericordia, otros reciben justicia.
La decisión en cuanto a esto está en la mano de Dios.
Pablo
ilustra el carácter doble de la predestinación mediante su referencia a Jacob
y Esaú. Estos dos hombres eran hermanos gemelos. Estuvieron en el mismo vientre
y al mismo tiempo. Uno recibió la bendición de Dios y el otro no. Uno recibió
una porción especial del amor de Dios, el otro no. Esaú fue "aborrecido"
por Dios.
El
odio divino que aquí se menciona no es expresión de una actitud insidiosa de
malicia. El odio divino no es malicioso. Implica una retención de favor. Dios
está "por" aquellos a quienes ama. Vuelve su rostro contra aquellos
inicuos que no son objeto de su favor redentor especial. Aquellos a quienes ama
reciben su misericordia. Aquellos a quienes "aborrece" reciben su
justicia. Una vez más, nadie es tratado injustamente.
¿Por
qué escogió Dios a Jacob y no a Esaú? ¿Previo Dios en Jacob algún acto
justo que justificaría este favor especial? ¿Observó Dios los corredores del
tiempo y vio a Jacob haciendo la elección acertada y a Esaú haciendo la elección
equivocada?
Si
esto era lo que el apóstol se proponía enseñar, no hubiera sido difícil
aclarar este punto. Aquí tenía Pablo una magnífica oportunidad de enseñar
una idea de presciencia en cuanto a la predestinación, si hubiese querido.
Parece extraño ciertamente que no aproveche tal oportunidad. Pero esto no es un
argumento de silencio. Pablo no guarda silencio sobre el tema. Él elabora lo
contrario. Enfatiza el hecho de que la decisión de Dios se tomó antes del
nacimiento de estos gemelos y sin tomar en consideración sus acciones futuras.
La
frase de Pablo en el versículo 11 es crucial. "Pues no habían aún
nacido, ni habían hecho aún ni bien ni mal, para que el propósito de Dios
conforme a la elección permaneciese, no por las obras sino por el que
llama". ¿Por qué dice esto el apóstol? El acento aquí se pone
claramente en la obra de Dios. Niega enfáticamente que la elección sea
resultado de la obra del hombre, prevista o de cualquier otra forma. Es el propósito
de Dios conforme a su elección lo que aquí se considera.
Si
Pablo quería decir que la elección se basa en alguna decisión humana prevista,
¿por qué no lo dijo así? Por el contrario, declara que el decreto se hizo
antes que los hijos nacieran y antes que hubieran hecho algún bien o mal. Ahora
bien, concedemos que una idea de la presciencia en cuanto a la predestinación
es consciente de que el decreto divino se hizo anteriormente al nacimiento. Pero
esa idea insiste en que la decisión de Dios no se basó en su conocimiento de
elecciones futuras. ¿Por qué no afirma esto Pablo aquí? Lo único que dice es
que el decreto se hizo antes del nacimiento y antes que Jacob y Esaú hubieran
hecho algún bien o mal.
Concedemos
que en este pasaje Pablo no dice expresamente que la decisión de Dios no se basó
en el futuro bien o mal de ellos. Pero no necesitaba decir eso. La implicación
está clara a la luz de lo que sí dice. Pone el acento donde corresponde, en el
propósito de Dios y no en la obra del hombre. La carga aquí está sobre
aquellos que quieren añadir la noción modificadora crucial de elecciones
previstas. La Biblia no la añade aquí ni en lugar alguno.
La
cuestión es ésta: Si Pablo creía que la predestinación de Dios se basaba en
elecciones humanas previstas, éste era el contexto en que podía expresarlo.
Debemos dar un paso más. Aunque Pablo guarda silencio acerca de la
cuestión de elecciones futuras aquí, no continúa haciéndolo. En el versículo
16 lo deja claro. "Así que no depende del que quiere, ni del que corre,
sino de Dios que tiene misericordia." Este es el golpe de gracia al
arminianismo y a todas las demás ideas no reformadas de la predestinación.
Esta es la Palabra de Dios que requiere que todos los cristianos desistan de las
ideas acerca de la predestinación que hacen que la decisión final para la
salvación dependa de la voluntad del hombre. El apóstol declara: "No
depende del que quiere". Las ideas no reformadas deben decir que depende
del que quiere. Esto es una contradicción violenta de la enseñanza de la
Escritura. Este versículo por sí solo es absolutamente fatal para el
arminianismo.
Es
nuestro deber honrar a Dios. Debemos confesar con el apóstol que nuestra elección
no se basa en nuestras voluntades, sino en los propósitos de la voluntad de
Dios. Pablo suscita dos preguntas
retóricas en este pasaje que debemos considerar. La primera es: "¿Qué,
pues, diremos? ¿Que hay injusticia en Dios?" ¿Por qué anticipa Pablo
esta pregunta? Nadie suscita esa pregunta a un arminiano. Si nuestra elección
se basa, en última instancia, en decisiones humanas, no hay necesidad de
suscitar tal objeción.
Sin
embargo, acerca de la doctrina bíblica de la predestinación sí se suscita
esta pregunta. Es la predestinación basada en el propósito soberano de Dios,
en su decisión sin tener en cuenta las elecciones de Jacob o Esaú, la que
incita el clamor: "¡Dios no es justo!" Pero el clamor se basa en un
entendimiento superficial del asunto. Es la protesta del hombre caído quejándose
de que Dios no es lo suficientemente benévolo.
¿Cómo responde Pablo a la pregunta? No se da por satisfecho con decir
meramente: "No, no hay injusticia en Dios." Por el contrario, su
respuesta es tan enfática como le es posible hacerla. Dice: "¡En ninguna
manera!"
La
segunda objeción que Pablo anticipa es ésta: "Me dirás: ¿Por qué,
pues, inculpa? porque ¿quién ha resistido a su voluntad?" Una vez más
nos preguntamos por qué anticipa el apóstol esta objeción. Esta es otra
objeción que nunca se suscita contra el arminianismo. Las ideas no reformadas
de la predestinación no tienen que preocuparse acerca de afrontar preguntas
como ésta. Dios, evidentemente, inculparía a aquellos que sabía que no
escogerían a Cristo. Si la base final para la salvación depende del poder de
la elección humana, entonces se puede achacar la culpa fácilmente, y Pablo no
tendría que enfrentarse con esta objeción anticipada. Pero se enfrenta con
ella porque la doctrina bíblica de la predestinación exige que se enfrente con
ella. ¿Cómo responde Pablo a esta
pregunta? Examinemos su respuesta:
“Mas antes, oh hombre, ¿quién eres tú,
para que alterques con Dios? ¿Dirá el vaso de barro al que lo formó: ¿Por qué
me has hecho así? ¿O no tiene potestad el alfarero sobre el barro, para hacer
de la misma masa un vaso para honra y oír o par a deshonra? ¿Y qué, si Dios,
queriendo mostrar su ira y hacer notorio su poder, soportó con mucha paciencia
los vasos de ira preparados para destrucción, y para hacer notorias las
riquezas de su gloria, las mostró para con los vasos de misericordia que él
preparó de antemano para gloria, a los cuales también ha llamado, esto es, a
nosotros, no sólo de los judíos, sino también de los gentiles?”
(Ro. 9:20-24).
Esta
es una respuesta de peso. Debo confesar que tengo un conflicto con ella. Mi
conflicto, sin embargo, no es acerca de si este pasaje enseña la doble
predestinación. Esta claro que lo hace. Mi conflicto tiene que ver con el hecho
de que este texto suministra municiones a los defensores de la igualdad final.
Suena a que Dios está haciendo pecadores a los hombres activamente. Pero el
texto no requiere eso. Él hace vasos de ira y vasos de honra de la misma masa
de barro. Pero si observamos atentamente el texto, veremos que el barro con que
trabaja el alfarero es un barro "caído". Una porción de barro recibe
misericordia con objeto de llegar a ser vasos de honra. Esa misericordia
presupone un barro que es ya culpable. De la misma manera, Dios debe "soportar"
los vasos de ira preparados para destrucción porque son vasos culpables de ira.
Una
vez más, el acento en este pasaje recae en el propósito soberano de Dios, y no
sobre las elecciones libres y buenas del hombre. Aquí vienen al caso las mismas
suposiciones que en la primera pregunta.
La respuesta arminiana
Algunos
arminianos responderán indignadamente a mi tratamiento de este texto. Están de
acuerdo en que el pasaje enseña una firme idea de la soberanía divina. Su
objeción tiene que ver con otro punto. Insisten en que Pablo no está ni
siquiera hablando acerca de la predestinación de individuos en Romanos 9.
Romanos 9 no tiene que ver con individuos sino con la elección de naciones por
parte de Dios. Pablo está hablando aquí acerca de Israel como pueblo escogido
de Dios. Jacob representa meramente a la nación de Israel. Su nombre mismo fue
cambiado a Israel, y sus hijos llegaron a ser los padres de las doce tribus de
Israel.
El
hecho de que Dios favoreciera a Israel por encima de las demás naciones no se
disputa. Jesús procedía de Israel. Fue de Israel de quien recibimos los Diez
Mandamientos y las promesas del pacto con Abraham. Sabemos que la salvación es
de los judíos.
Todo
eso es cierto de Romanos 9. Debemos considerar, sin embargo, que al elegir a una
nación, Dios eligió a individuos. Las naciones están formadas por individuos.
Jacob era un individuo. Esaú era un individuo. Aquí vemos claramente que Dios
eligió en su soberanía a individuos al igual que a una nación. Debemos
apresurarnos a añadir que Pablo amplía este tratamiento de la elección más
allá de Israel en el versículo 24, cuando declara: "A los cuales también
ha llamado, esto es, a nosotros, no sólo de los judíos, sino también de los
gentiles."
Elección incondicional
Volvamos
por un momento a nuestro famoso acróstico, TULIP. Ya hemos altercado con la T y
la I y lo hemos cambiado a RULEP. Si bien prefiero el término elección
soberana a elección incondicional, no dañaré más el acróstico. Si lo cambiásemos
a RSLEP ni siquiera rimaría con TULIP.
La
elección incondicional quiere decir que nuestra elección es decidida por Dios
conforme a su propósito, conforme a su voluntad soberana. No se basa en alguna
condición prevista que algunos de nosotros cumpliríamos y otros no. No se basa
en nuestro querer o en nuestro correr, sino en el propósito soberano de Dios.
El
término elección incondicional puede despistar y ser utilizado erróneamente.
En cierta ocasión conocí a un hombre que nunca había cruzado la puerta de una
iglesia y que no mostraba evidencia alguna de ser cristiano. No hacía profesión
de fe ni estaba implicado en actividad cristiana alguna. Me dijo que creía en
la elección incondicional. Estaba confiado en que era elegido. No tenía que
confiar en Cristo, no tenía que arrepentirse, no tenía que obedecer a Cristo.
Declaraba ser un elegido y que eso era suficiente. No necesitaba más
condiciones de salvación. Estaba, en su opinión, salvado, santificado y
satisfecho.
Debemos
tener cuidado de distinguir entre las condiciones que son necesarias para la
salvación y las condiciones que son necesarias para la elección. Con
frecuencia hablamos de la elección y la salvación como si fueran sinónimas,
pero no son exactamente lo mismo. La elección es para salvación. La salvación
es, en su sentido más pleno, la obra completa de la redención que Dios realiza
en nosotros.
Hay
toda clase de condiciones que deben ser cumplidas por alguien para ser salvo. La
principal entre ellas es que debe tener fe en Cristo. La justificación es por
la fe. La fe es un requisito necesario. Sin duda, la doctrina reformada de la
predestinación enseña que todos los elegidos son ciertamente llevados a la fe.
Dios se encarga de que se cumplan las condiciones necesarias para la salvación.
Cuando
decimos que la elección es incondicional, queremos decir que el decreto
original de Dios por el cual escoge a algunos para ser salvos no depende de
alguna condición futura en nosotros que Dios prevé. Nada hay en nosotros que
Dios pudiera prever y que le indujera a escogernos. Lo único que prevería en
las vidas de criaturas caídas abandonadas a su propia suerte sería el pecado.
Dios nos escoge simplemente conforme al beneplácito de su voluntad.
¿Es Dios arbitrario?
Que
Dios nos escoja no por lo que encuentre en nosotros, sino conforme a su beneplácito,
suscita la acusación de que esto hace a Dios arbitrario. Sugiere que Dios hace
su selección de manera antojadiza o caprichosa. Parece como si nuestra elección
fuese el resultado de un sorteo ciego y frívolo. Si somos elegidos, ello se
debe solamente a que tenemos suerte. Dios sacó nuestros nombres de un sombrero
celestial.
Ser
arbitrario es hacer algo por ninguna razón. Ahora bien, está claro que no hay
en nosotros razón alguna para que Dios nos escoja. Pero eso no es lo mismo que
decir que Dios no tiene alguna razón en sí mismo. Dios no hace nada sin tener
alguna razón para ello. No es caprichoso o antojadizo. Dios es tan sobrio como
soberano.
Un
sorteo depende intencionadamente del azar. Dios no obra por azar. Él sabía a
quiénes seleccionaría. Conocía y amaba de antemano a sus elegidos. No fue una
suerte ciega porque Dios no es ciego. Sin embargo, debemos aún insistir en que
la razón decisiva para su elección no fue algo que conociera, viera o amara de
antemano en nosotros.
A
los calvinistas no nos gusta, en general, hablar de suerte. En lugar de desear a
la gente "buena suerte", preferimos decir: "bendiciones
providenciales". Sin embargo, si hubiésemos de hablar de nuestro "día
de suerte", señalaríamos aquel día en la eternidad cuando Dios decidió
escogernos. Volvamos nuestra atención
a la enseñanza de Pablo sobre este asunto en Efesios:
“Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor
Jesucristo, que nos bendijo con toda bendición espiritual en los lugares
celestiales en Cristo, según nos escogió en él antes de la fundación del
mundo, para que fuésemos santos y sin mancha delante de él, en amor habiéndonos
predestinado para ser adoptados hijos suyos por medio de Jesucristo, según
el puro afecto de su voluntad, para alabanza de la gloria de su gracia, con
la cual nos hizo aceptos en el Amado”
(Ef. 1:3-6).
Según el puro afecto de su voluntad. Esta es la afirmación
apostólica que parece sugerir arbitrariedad divina. Pero cuando la Biblia habla
del afecto de Dios, el término no se usa con frivolidad. Aquí afecto significa
simplemente "lo que agrada". Dios nos predestina según lo que le
agrada. La Biblia habla del puro afecto de Dios. El puro afecto de Dios nunca
debe confundirse con un afecto erróneo. Lo que agrada a Dios es la bondad. Lo
que nos agrada a nosotros no siempre es la bondad. Dios nunca se deleita en la
iniquidad. Nada hay de inicuo acerca del puro afecto de su voluntad. Aunque la
razón para escogernos no reside en nosotros sino en el afecto soberano de Dios,
podemos estar seguros de que el afecto soberano de Dios es un afecto bueno.
Recordamos
también cómo instruyó el apóstol a los cristianos filipenses. Les dijo: "...ocupaos
en vuestra salvación con temor y temblor, porque Dios es el que en vosotros
produce así el querer como el hacer, por su buena
voluntad” (Fil. 2:12,13).
En este pasaje, Pablo no está enseñando que la elección es una empresa
conjunta entre Dios y el hombre. La elección es exclusivamente la obra de Dios.
Es, como hemos visto, monergista. Pablo está hablando aquí acerca de la puesta
en práctica de nuestra salvación que sigue a nuestra elección. Se está
refiriendo específicamente aquí al proceso de nuestra santificación. La
santificación no es monergista es sinergista. Esto es, demanda la cooperación
del creyente regenerado. Somos llamados a trabajar para crecer en la gracia.
Hemos de trabajar duramente, combatiendo contra el pecado hasta la sangre si es
necesario, golpeando nuestros cuerpos si eso es lo que se requiere para
subyugarlos.
Somos
llamados a esta obra seria de la santificación por exhortación divina. La obra
ha de ser llevada a cabo en un espíritu de temor y temblor. Nuestra santificación
no es un asunto ocasional. No lo enfocamos de forma caballeresca, diciendo
simplemente: "Eso es cosa de Dios." Dios no lo hace todo por nosotros.
Tampoco, sin embargo, nos deja Dios ocuparnos en nuestra salvación por
nosotros mismos, en nuestra propia fuerza. Somos consolados por su segura
promesa de producir en nosotros así el querer como el hacer lo que a él le
agrada.
Recientemente
oí un sermón del gran predicador escocés Eric Alexander, en el cual
enfatizaba que Dios está obrando en nosotros por su buena voluntad. Pablo no
dice que Dios esté obrando en nosotros por nuestra buena voluntad. No siempre
estamos completamente a gusto con lo que Dios está haciendo en nuestras vidas.
A veces, experimentamos un conflicto entre el propósito de Dios y nuestro
propio propósito. Yo nunca escojo sufrir a propósito. Sin embargo, puede estar
dentro del propósito soberano de Dios que yo sufra. Él nos promete que, por su
soberanía, todas las cosas obran para el bien de los que le aman y son llamados
conforme a su propósito.
Mis
propósitos no siempre incluyen el bien de Dios. Yo soy pecador. Afortunadamente
para nosotros, Dios no es pecador. Él es totalmente justo. Sus propósitos son
siempre y en todo lugar justos. Sus propósitos obran para mi bien, aun cuando
sus propósitos estén en conflicto con mis propósitos. Quizá debería decir:
"Especialmente, cuando sus propósitos están en conflicto con mis propósitos".
Lo que le agrada a Él es bueno para mí. Esa es una de las lecciones más difíciles
que los cristianos aprendan jamás.
Nuestra
elección es incondicional excepto por una cosa. Hay un requisito que debemos
cumplir antes que Dios nos elija jamás. Para ser elegidos, debemos primero ser
pecadores. Dios no elige a los
justos para salvación. No necesita elegir a los justos para salvación. Los
justos no necesitan ser salvados. Sólo los pecadores necesitan un salvador. Los
que están sanos no tienen necesidad de médico.
Cristo
vino a buscar y a salvar a los que estaban realmente perdidos. Dios le envió al
mundo no sólo para hacer posible nuestra salvación, sino para hacerla segura.
Cristo no ha muerto en vano. Sus ovejas son salvadas a través de su vida
impecable y su muerte expiatoria. Nada hay de arbitrario en eso.
Resumen
1.
No todos los hombres son predestinados para salvación.
2.
Hay dos aspectos o lados de la cuestión. Hay aquellos que son elegidos y
aquellos que no son elegidos.
3.
La predestinación es "doble".
4.
Debemos tener cuidado de no pensar en términos de igualdad final.
5.
Dios no crea el pecado en los corazones de los pecadores.
6.
Los elegidos reciben misericordia. Los no elegidos reciben justicia,
7.
Nadie recibe injusticia por parte de Dios.
8.
El "endurecimiento de los corazones" por parte de Dios es en sí
mismo un justo castigo por el pecado que ya está presente.
9.
La elección que Dios hace de los elegidos es soberana, pero no
arbitraria.
10. Todas las decisiones de Dios fluyen de su santo carácter.
Con permiso de: ©Publicaciones Faro de Gracia. Todos los derechos reservados.
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