
(Revisión y Corrección de
Estilo: Daviel D’Paz)
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Cuestiones
y objeciones acerca de la predestinación
Quedan
varios problemas y cuestiones alrededor de la predestinación que debemos al
menos tocar.
¿Es
fatalismo la predestinación?
Una
frecuente objeción que se levanta contra la predestinación es el ser una forma
religiosa de fatalismo. Si examinamos el fatalismo en su sentido literal, vemos
que está tan lejos de la doctrina bíblica de la predestinación como el este
del oeste. El fatalismo significa literalmente que los asuntos de los hombres
son controlados bien por sub-deidades caprichosas (las hadas) o, más
popularmente, por las fuerzas impersonales del azar.
La
predestinación no se basa ni en una idea mitológica de diosas jugando con
nuestras vidas ni en la idea de un destino controlado por la colisión casual de
los átomos. La predestinación está arraigada en el carácter de un Dios
personal y justo, un Dios que es el Señor soberano de la historia. El que mi
destino esté, en última instancia, en las manos de una fuerza indiferente u
hostil es aterrador. Que esté en las manos de un Dios justo y amante es un
asunto totalmente diferente. Los átomos no contienen justicia; en el mejor de
los casos, son amorales. Dios es totalmente santo. Prefiero que mi destino esté
con El.
La
gran superstición de los tiempos modernos tiene que ver con el papel que se le
da al azar en los asuntos humanos. El azar es la nueva deidad reinante en la
mente moderna. El azar habita en el castillo de los dioses. Al azar se le
atribuye la creación del universo y la aparición de la raza humana a partir
del cieno. El azar es un sibolet. Es una palabra mágica que utilizamos para
explicar lo desconocido. Es el poder favorito de la causalidad para aquellos que
atribuyen poder a cualquier cosa o persona excepto a Dios. Esta actitud
supersticiosa hacia el azar no es nueva. Leemos acerca de su atracción muy al
principio de la historia bíblica.
Recordamos
el incidente en la historia judía cuando el arca sagrada del pacto fue
capturada por los filisteos. Aquel día la muerte visitó la casa de Elí y la
Gloria fue traspasada de Israel. Los filisteos estaban jubilosos por su victoria,
pero pronto aprendieron a lamentar el día. Dondequiera que tomaban el arca, la
calamidad les sobrevenía. El templo de Dagón fue humillado. La gente fue
devastada por tumores. Durante siete meses el arca fue enviada a las grandes
ciudades de los filisteos con los mismos resultados catastróficos en cada
ciudad. Desesperadamente, los reyes
de los filisteos se juntaron para tomar consejo y decidieron devolver el arca a
los judíos con un rescate también, para calmar la ira de Dios. Sus palabras
finales de consejo son dignas de mención:
“Tomaréis
luego el arca del Señor, y la pondréis sobre el carro, y las joyas de oro que
le habéis de pagar en ofrenda por la culpa, las pondréis en una caja al lado
de ella; y la dejaréis que se vaya. Y observaréis; si sube por el camino de su
tierra a Bet-semes, él nos ha hecho este mal tan grande; y si no, sabremos que
no es su mano la que nos ha herido, sino que esto ocurrió por accidente”
(1S. 6:8,9).
Ya
hemos notado que el azar nada puede hacer porque nada es. Permítaseme
desarrollar esto. Utilizamos la palabra azar para describir las posibilidades
matemáticas. Por ejemplo, cuando lanzamos una moneda al aire, decimos que hay
un 50% de posibilidades de que salga cara. Si al lanzar la moneda elegimos cara
y sale cruz, podemos decir que tuvimos mala suerte y que perdimos nuestra
oportunidad. ¿Cuánta influencia tiene el azar en el lanzamiento de una moneda?
¿Qué hace que salga cara o cruz? ¿Cambiaría la situación si supiéramos con
qué cara de la moneda se comenzó, cuánta presión fue ejercida por el pulgar,
cuan densa era la atmósfera y cuántas vueltas dio la moneda en el aire? Con
este conocimiento, nuestra capacidad para predecir el resultado excedería con
mucho el 50%.
Pero
la mano es más rápida que el ojo. No podemos medir todos estos factores en el
normal lanzamiento de la moneda. Puesto que podemos reducir el posible resultado
a dos, simplificamos las cosas hablando acerca del azar. La cuestión a recordar,
sin embargo, es que el azar no ejerce influencia alguna en absoluto sobre el
lanzamiento de la moneda. ¿Por qué no? Como estamos repitiendo, el azar nada
puede hacer porque nada es. Antes que algo pueda ejercer poder o influencia debe
ser primeramente algo. Debe ser alguna clase de entidad, bien sea física o no física.
El azar no es ninguna de las dos. Es meramente una construcción mental. No
tiene poder porque no tiene ser. Es nada.
Decir
que algo ha ocurrido por azar es decir que es una coincidencia. Esto es
simplemente una confesión de que no podemos percibir todas las fuerzas y
poderes causales que actúan en un incidente. Al igual que no podemos ver todo
lo que está ocurriendo en el lanzamiento de una moneda a simple vista, así los
complejos asuntos de la vida están también fuera del alcance de nuestra
capacidad de percepción. Inventamos, pues, el término azar para explicarlos.
El azar realmente nada explica. Es meramente una palabra que utilizamos como
taquigrafía por nuestra ignorancia.
Escribí
recientemente sobre el tema de causa y efecto. Un profesor de filosofía me
escribió quejándose de mi ingenuo entendimiento de la ley de causa y efecto.
Me regañó por no tener en cuenta los "acontecimientos sin causa". Le
di las gracias por su carta y dije que estaría dispuesto a abordar su objeción
si me escribía citando sólo un ejemplo de un acontecimiento sin causa. Todavía
estoy esperando. Esperaré por siempre porque ni aun Dios puede producir un
acontecimiento sin causa. Esperar un acontecimiento sin causa es como esperar un
círculo cuadrado.
Nuestros
destinos no están controlados por el azar. Digo esto dogmáticamente, con todo
el énfasis que me es posible. Sé que mi destino no está controlado por el
azar porque sé que nada puede ser controlado por el azar. El azar nada puede
controlar porque nada es. ¿Cuáles son las posibilidades de que el universo
fuese creado por azar o que nuestros destinos sean controlados por el azar? No
hay posibilidad alguna.
El
fatalismo encuentra su más popular expresión en la astrología. Nuestros horóscopos
diarios están compilados sobre la base del movimiento de las estrellas. La
gente en nuestra sociedad sabe más acerca de los doce signos del zodiaco que lo
que saben acerca de las doce tribus de Israel. Sin embargo, Rubén tiene que ver
más con mi futuro que Acuario, Judá más que Géminis.
¿No dice la Biblia que Dios no quiere que
ninguno perezca?
El
apóstol Pedro afirma claramente que Dios no quiere que ninguno perezca.
“El Señor no
retarda su promesa, según algunos la tienen por tardanza, sino que es paciente
para con nosotros, no queriendo que ninguno perezca, sino que todos procedan al
arrepentimiento”
(2 P. 3:9).
¿Cómo podemos armonizar este versículo con la predestinación? Si no es la voluntad de Dios elegir a todos para salvación, ¿cómo puede decir la Biblia, pues, que Dios no quiere que ninguno perezca? En primer lugar, debemos entender que la Biblia habla de la voluntad de Dios en más de una manera. Por ejemplo, la Biblia habla de lo que llamamos la voluntad eficaz y soberana de Dios. La voluntad soberana de Dios es la voluntad por la cual Dios hace que ocurran las cosas con absoluta certeza. Nada puede resistir la voluntad de Dios en este sentido. Por su soberana voluntad El creó el mundo. La luz no podría haber rehusado resplandecer.
La
segunda manera en que la Biblia habla de la voluntad de Dios es con respecto a
lo que llamamos su voluntad preceptiva. La voluntad preceptiva de Dios se
refiere a sus mandatos, sus leyes. Es la voluntad de Dios que hagamos las cosas
que El manda. Tenemos la capacidad de desobedecer esta voluntad. De hecho,
quebrantamos sus mandamientos. No podemos hacerlo impunemente. Lo hacemos sin su
permiso o aprobación. Sin embargo, lo hacemos. Pecamos.
Una
tercera manera en que la Biblia habla de la voluntad de Dios se refiere a la
disposición de Dios, a lo que le agrada. Dios no se deleita en la muerte del
inicuo. Hay un sentido en que el castigo del inicuo no produce gozo a Dios.
Escoge hacerlo porque es bueno castigar la maldad. Se deleita en la justicia de
su juicio, pero le "entristece" que tal justo juicio deba ser llevado
a cabo. Es algo así como un juez sentándose en un tribunal y sentenciando a su
propio hijo a la cárcel.
Apliquemos
estas tres posibles definiciones al pasaje en 2 Pedro. Si tomamos la afirmación
general: "Dios no quiere que ninguno perezca", y le aplicamos la
voluntad eficaz y soberana, la conclusión es obvia. Nadie perecerá. Si Dios
decreta soberanamente que nadie perezca, y Dios es Dios, entonces ciertamente
nadie perecerá jamás. Esto sería pues, un texto probatorio no para el
arminianismo, sino para el universalismo. El texto, pues, probaría demasiado
para los arminianos.
Supongamos
que aplicamos la definición de la voluntad preceptiva de Dios a este pasaje.
Entonces el pasaje significaría que Dios no permite que nadie perezca. Esto es,
prohíbe que la gente perezca. Es contra su ley. Si las personas, pues,
siguieran adelante y perecieran, Dios tendría que castigarlas por perecer. Su
castigo por perecer sería perecer más. ¿Pero cómo puede alguien perecer más
que perecer? Esta definición no funciona en este pasaje. No tiene sentido.
La
tercera alternativa es que Dios no se deleita en que la gente perezca. Esto
encaja con lo que la Biblia dice en otros lugares acerca de la disposición de
Dios hacia los perdidos. Esta definición podría encajar en este pasaje. Pedro
puede estar diciendo aquí, simplemente, que Dios no se deleita en que alguien
perezca. Aunque la tercera definición es posible y atractiva para usarla en
resolver este pasaje con lo que la Biblia enseña acerca de la predestinación,
hay, sin embargo, otro factor a considerar. El texto dice más que, simplemente,
Dios no quiere que nadie perezca. La cláusula entera es importante: "...sino
que es paciente para con nosotros, no queriendo que ninguno perezca, sino que
todos procedan al arrepentimiento."
¿Cual es el antecedente de ninguno? Es claramente nosotros. ¿Se refiere nosotros a todos nosotros los seres humanos? ¿O se refiere a nosotros los cristianos, el pueblo de Dios? A Pedro le agrada hablar de los elegidos como un grupo especial de personas. Creo que lo que está diciendo aquí es que Dios no quiere que ninguno de nosotros (los elegidos) perezca. Si eso es lo que quiere decir, entonces el texto requeriría la primera definición y sería un fuerte pasaje más a favor de la predestinación.
De
dos maneras diferentes el texto puede armonizar fácilmente con la predestinación.
De ninguna manera apoya el arminianismo. Su otro único posible significado sería
el universalismo, que lo haría entonces entrar en conflicto con todo lo demás
que la Biblia dice en contra del universalismo.
En nuestra consideración de la seguridad de la salvación y la
perseverancia de los santos, tocamos la cuestión del pecado imperdonable. El
hecho de que Jesús advierte contra la comisión de un pecado que es
imperdonable es incuestionable. Las preguntas que hemos de afrontar son, pues,
éstas: ¿Cuál es el pecado imperdonable? ¿Pueden los cristianos cometer este
pecado? Jesús lo definió como una blasfemia contra el Espíritu Santo:
“Por
tanto os digo: todo pecado y blasfemia será perdonado a los hombres; mas la
blasfemia contra el Espíritu no les será perdonada. A cualquiera que dijere
alguna palabra contra el Hijo del hombre, le será perdonado; pero al que hable
contra el Espíritu Santo, no le será perdonado, ni en este siglo ni en el
venidero” (Mt. 12:31,32).
En
este texto Jesús no facilita una explicación detallada de la naturaleza de
este terrible pecado. Declara que existe tal pecado y hace una ominosa
advertencia acerca del mismo. El resto del Nuevo Testamento añade poco a manera
de explicación adicional. Como resultado de este silencio, ha habido mucha
especulación acerca del pecado imperdonable.
Dos pecados han sido mencionados frecuentemente como candidatos al pecado
imperdonable: el adulterio y el asesinato. El adulterio es escogido sobre la
base de que representa un pecado contra el Espíritu Santo, porque el cuerpo es
el templo del Espíritu Santo. El adulterio era un crimen capital en el Antiguo
Testamento. El razonamiento es que, puesto que merecía la pena de muerte e
implicaba una violación del templo del Espíritu Santo, éste debe de ser el
pecado imperdonable.
El
asesinato es escogido por razones similares. Puesto que el hombre ha sido creado
a imagen de Dios, un ataque contra la persona humana es considerado un ataque
contra Dios mismo. Matar al portador de la imagen es insultar a Aquel cuya
imagen se porta. De igual manera, el asesinato es un pecado capital. Añadimos a
esto el hecho de que el asesinato es un pecado contra la santidad de la vida.
Puesto que el Espíritu Santo es la "fuerza vital" en última
instancia, matar a un ser humano es insultar al Espíritu Santo.
A
pesar de ser atractivas estas teorías para los especuladores, no han obtenido
el consentimiento de la mayoría de los eruditos bíblicos. Una idea más
popular tiene que ver con la resistencia final a la aplicación por parte del
Espíritu Santo de la obra redentora de Cristo. La incredulidad final es vista,
pues, como el pecado imperdonable. Si una persona repudia el Evangelio repetida,
plena y finalmente, entonces no hay esperanza de perdón en el futuro.
De
lo que estas tres teorías carecen es de una consideración seria del
significado de blasfemia. La blasfemia es algo que hacemos con la boca. Tiene
que ver con lo que decimos en voz alta. Ciertamente, también puede hacerse con
la pluma, pero la blasfemia es un pecado verbal.
Los Diez Mandamientos incluyen una prohibición contra la blasfemia. Se
nos prohíbe hacer un uso frívolo o irreverente del nombre de Dios. A los ojos
de Dios, el abuso verbal de su santo nombre es un asunto lo suficientemente
grave como para incluirlo en su lista de los diez máximos mandamientos. Esto
nos dice que la blasfemia es un asunto grave a los ojos de Dios. Es un pecado
detestable blasfemar a cualquier miembro de la Divinidad.
¿Significa
esto que cualquiera que haya abusado jamás del nombre de Dios no tiene posible
esperanza de perdón, ahora o jamás? ¿Significa que si una persona maldice una
vez, utilizando el nombre de Dios, está condenada para siempre? Pienso que no.
Es crucial notar en este texto que Jesús hace una distinción entre pecar
contra El (el Hijo del Hombre), y pecar contra el Espíritu Santo. ¿Significa
esto que esté bien blasfemar a la primera persona de la Trinidad y a la segunda
persona de la Trinidad, pero que insultar a la tercera persona es traspasar los
límites del perdón? Difícilmente tiene esto sentido.
¿Por
qué, pues, haría Jesús tal distinción entre pecar contra El y contra el Espíritu
Santo? Creo que la clave para responder a esta pregunta es la clave para la
cuestión entera de la blasfemia contra el Espíritu Santo. La clave se
encuentra en el contexto en que Jesús originalmente hizo esta severa
advertencia.
En
Mateo 12:24 leemos: "Mas los fariseos, al oírlo,
decían: Este no echa fuera los demonios sino por Beelzebú, príncipe de los
demonios." Jesús responde con un discurso acerca de una casa
dividida contra sí misma y la insensatez de la idea de que Satanás obrase para
echar fuera a Satanás. Su advertencia acerca del pecado imperdonable es la
conclusión de esta discusión. El introduce su severa advertencia con la
palabra por tanto.
La
situación es, más o menos, la siguiente: los fariseos están siendo
repetidamente críticos con Jesús. Sus ataques verbales contra El se vuelven más
y más feroces. Jesús había estado echando fuera demonios "por el Espíritu
de Dios". Los fariseos cayeron tan bajo como para acusar a Jesús de hacer
su santa obra por el poder de Satanás. Jesús les advierte. Es como si les
estuviera diciendo: "Tened cuidado. Tened mucho cuidado. Os estáis
acercando peligrosamente a un pecado por el cual no podéis ser perdonados. Una
cosa es atacarme, pero guardaos. Estáis pisando tierra santa aquí."
Aún
nos preguntamos por qué hizo Jesús la distinción entre pecar contra el Hijo
del Hombre y pecar contra el Espíritu. Notamos que aun desde la cruz Jesús
imploró el perdón de aquellos que le estaban asesinando. En el día de
Pentecostés, Pedro habló del horrible crimen contra Cristo cometido en la
crucifixión; sin embargo, aún dio esperanza de perdón para aquellos que habían
participado en el mismo. Pablo dice: "Mas hablamos
sabiduría de Dios en misterio, la sabiduría oculta, la cual Dios predestinó
antes de los siglos para nuestra gloria, la que ninguno de los príncipes de
este siglo conoció; porque si la hubieran conocido, nunca habrían crucificado
al Señor de gloria” (1Co. 2:7,8).
Estos
textos indican una cierta concesión a la ignorancia humana. Debemos recordar
que cuando los fariseos acusaron a Jesús de obrar por el poder de Satanás, no
tenían aún el beneficio de la plenitud de la revelación de Dios en cuanto a
la verdadera identidad de Cristo. Estas acusaciones se hicieron antes de la
resurrección. Sin duda, los fariseos debieron haber reconocido a Cristo, pero
no lo hicieron. Las palabras de Jesús desde la cruz son importantes:
"Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen."
Cuando
Jesús hizo la advertencia y distinguió entre la blasfemia contra el Hijo del
Hombre y la blasfemia contra el Espíritu Santo era en un tiempo cuando El no se
había manifestado aún plenamente. Notamos que esta distinción tiende a
desaparecer tras la resurrección, Pentecostés y la ascensión. Notemos lo que
el autor de la carta a los Hebreos declara:
“Porque si pecáremos
voluntariamente después de haber recibido el conocimiento de la verdad, ya no
queda más sacrificio por los pecados, sino una horrenda expectación de juicio,
y de hervor de fuego que ha de devorar a los adversarios El que viola la ley de
Moisés, por el testimonio de dos y de tres testigos muere irremisiblemente. ¿Cuánto
mayor castigo pensáis que merecerá el que pisoteare al Hijo de Dios, y tuviere
por inmunda la sangre del pacto en la cual fue santificado e hiciere afrenta al
Espíritu de gracia?”
(He. 10:26-29.)
En este pasaje la distinción entre pecar contra Cristo y contra el Espíritu desaparece. Aquí, pecar contra Cristo es insultar al Espíritu de gracia. La clave está en el pecado voluntario después de haber recibido el conocimiento de la verdad. Si tomamos el primer renglón de este texto en sentido absoluto, ninguno de nosotros tiene esperanza en cuanto al cielo. Todos pecamos voluntariamente después de conocer la verdad. Aquí se considera un pecado específico, no todos y cada uno de los pecados. Estoy persuadido de que el pecado específico que se considera aquí es la blasfemia contra el Espíritu Santo.
Estoy
de acuerdo con los eruditos del Nuevo Testamento que llegan a la conclusión de
que el pecado imperdonable es blasfemar a Cristo y al Espíritu Santo diciendo
que Jesús es un diablo cuando se sabe que no lo es. Esto es, el pecado
imperdonable no puede cometerse por ignorancia. Si alguien sabe con certeza que
Jesús es el Hijo de Dios y luego declara con su boca que Jesús es del diablo,
esa persona ha cometido una blasfemia imperdonable.
¿Quién
comete tal pecado? Este es un pecado común a los demonios y a personas
totalmente degeneradas. El diablo sabía quién era Jesús. No podía argüir
ignorancia como excusa. Uno de los hechos fascinantes de la historia es la extraña
manera en que los incrédulos hablan de Jesús. La inmensa mayoría de los incrédulos
hablan de Jesús con gran respeto. Pueden atacar la Iglesia con gran hostilidad,
pero hablan aún de Jesús como un "gran hombre". Sólo una vez en mi
vida he oído a una persona decir en alta voz que Jesús era un diablo. Recibí
un susto al ver a un hombre de pie en medio de la calle sacudiendo el puño
contra el cielo y gritando con toda la fuerza de sus pulmones. Maldijo a Dios y
utilizó toda obscenidad que pudiera expresar para atacar a Jesús. Me asusté
igualmente sólo unas horas más tarde cuando vi al mismo hombre en una camilla
con el agujero de una bala en su pecho. Se había disparado a sí mismo. Murió
antes de la mañana.
Aquel
terrible espectáculo no me condujo a la conclusión de que el hombre hubiera
cometido realmente el pecado imperdonable. No tenía manera de saber si él
ignoraba la verdadera identidad de Cristo o no. Decir que Jesús es un diablo no
es algo que veamos hacer a la gente. Es, sin embargo, posible que la gente
conozca la verdad de Jesús y caiga tan bajo. No es necesario nacer de nuevo
para tener un conocimiento intelectual de la verdadera identidad de Jesús. Una
vez más, los demonios no regenerados saben quién es El.
¿Qué
de los cristianos? ¿Es posible que un cristiano cometa el pecado imperdonable y
por ello pierda su salvación? Creo que no. La gracia de Dios lo hace imposible.
En nosotros mismos somos capaces de cualquier pecado, incluyendo la blasfemia
contra el Espíritu Santo. Pero Dios nos preserva de este pecado. Nos preserva
de una caída final y plena, guardando nuestros labios de este horrible crimen.
Realizamos otros pecados y otras clases de blasfemia, pero Dios en su gracia nos
refrena de cometer la blasfemia final.
¿Murió Cristo por todos?
Uno
de los puntos más controversiales de la teología reformada tiene que ver con
la L en TULIP. La L, significa expiación limitada. Ha sido tal problema
doctrinal que hay multitudes de cristianos que dicen abrazar la mayoría de las
doctrinas del calvinismo, pero que no están de acuerdo con esta. Se refieren a
sí mismos como calvinistas de "cuatro puntos". El punto que no pueden
tolerar es la expiación limitada.
He
pensado a menudo que para ser un calvinista de cuatro puntos hay que entender
mal, al menos, uno de los cinco puntos. Me resulta difícil imaginar que alguien
pueda entender los otros cuatro puntos del calvinismo y negar la expiación
limitada. Siempre existe la posibilidad, sin embargo, de la feliz inconsecuencia
por la cual la gente sostiene ideas incompatibles al mismo tiempo.
La
doctrina de la expiación limitada es tan compleja que tratarla adecuadamente
demanda un volumen entero. No le he dedicado ni siquiera un capítulo entero en
este libro porque un capítulo no puede hacerle justicia. He pensado no
mencionarlo en absoluto porque existe el peligro de que decir demasiado poco
acerca de ello es peor que no decir nada en absoluto. Pero creo que el lector
merece al menos un breve resumen de la doctrina y, por tanto, seguiré adelante:
con la advertencia de que el tema requiere un tratamiento mucho más profundo
del que puedo proveer aquí.
El
tema de la expiación limitada tiene que ver con la pregunta: "¿Por quiénes
murió Cristo? ¿Murió por todos o sólo por los elegidos?" Todos estamos
de acuerdo en que el valor de la expiación de Jesús fue lo suficientemente
grande como para cubrir los pecados de todo ser humano. También estamos de
acuerdo en que su expiación es verdaderamente ofrecida a todos los hombres.
Cualquier persona que pone su confianza en la muerte de Jesucristo recibirá con
toda certeza los beneficios plenos de esa expiación. Estamos también confiados
en que cualquiera que responda a la oferta universal del Evangelio será salvo.
La
cuestión es: "¿Para quiénes fue designada la expiación? ¿Envió Dios a
Jesús al mundo meramente para hacer la salvación posible para la gente? ¿O
tenía Dios algo más determinado en la mente? (Roger Nicole, el eminente teólogo
bautista, prefiere llamar la expiación limitada "Expiación Determinada",
estropeando el acróstico TULIP tanto como yo.)
Algunos
arguyen que lo único que significa la expiación limitada es que los beneficios
de la expiación están limitados a los creyentes que cumplen la necesaria
condición de la fe. Esto es, aunque la expiación de Cristo era suficiente para
cubrir los pecados de todos los hombres y satisfacer la justicia de Dios contra
todo pecado, sólo efectúa la salvación para los creyentes. La fórmula dice:
Suficiente para todos; eficiente para los elegidos solamente.
Esa
observación simplemente sirve para distinguirnos de los universalistas, que
creen que la expiación aseguró la salvación para todos. La doctrina de la
expiación limitada va más allá de eso. Tiene que ver con la cuestión más
profunda de la intención del Padre y el Hijo en la cruz. Declara que la misión
y muerte de Cristo estuvieron restringidas a un número limitado: a su pueblo, a
sus ovejas. Jesús fue llamado "Jesús" porque salvaría a su pueblo
de sus pecados (Mt. 1:21). El Buen Pastor pone su vida por las ovejas (Jn.
10:15). Tales pasajes se encuentran abundantemente en el Nuevo Testamento. La
misión de Cristo fue salvar a los elegidos. "Y
esta es la voluntad del Padre, el que me envió: Que de todo lo que me diere, no
pierda yo nada, sino que lo resucite en el día postrero" (Jn.
6:39). Si no hubiera habido un número fijo planeado por Dios cuando designó a
Cristo para morir, entonces los efectos de la muerte de Cristo habrían sido
inciertos. Sería posible que la misión de Cristo hubiera sido un fracaso
funesto y completo.
La expiación de Jesús y su intercesión son obras conjuntas de su sumo sacerdocio. El excluye explícitamente a los no elegidos de su gran oración sumo sacerdotal. "No ruego por el mundo, sino por los que me diste" (Jn. 17:9). ¿Murió Cristo por aquellos por los que no quiso orar?
La
cuestión esencial aquí tiene que ver con la naturaleza de la expiación. La
expiación de Jesús incluía tanto expiación como propiciación. Expiación
implica que Cristo quita nuestros pecados "de" (ex) nosotros.
Propiciación implica una satisfacción por el pecado "ante o en la
presencia de" (pro) Dios. El arminianismo tiene una expiación que está
limitada en valor. No cubre el pecado de la incredulidad. Si Jesús murió por
todos los pecados de todos los hombres, si expió todos nuestros pecados y
propició por todos nuestros pecados, entonces todos serían salvos. Una expiación
potencial no es una expiación real. Jesús realmente expió los pecados de sus
ovejas.
El
mayor problema de la expiación determinada o limitada se encuentra en los
pasajes que las Escrituras utilizan con respecto a la muerte de Cristo "por
todos" o por el "mundo entero". El mundo por quien Cristo murió
no puede significar toda la familia humana. Debe de referirse a la universalidad
de los elegidos (gente de toda tribu y nación) o a la inclusión de los
gentiles además del mundo de los judíos. Fue un judío quien escribió que Jesús
no murió meramente por nuestros pecados sino por los pecados del mundo entero.
¿Se refiere la palabra nuestros a los creyentes o a los judíos creyentes?
Debemos
recordar que uno de los puntos cardinales del Nuevo Testamento tiene que ver con
la inclusión de los gentiles en el plan divino de salvación. La salvación era
de los judíos, pero no estaba restringida a los judíos. Dondequiera que se
dice que Cristo murió por todos, debe añadirse alguna limitación, o la
conclusión sería el universalismo o una mera expiación potencial.
La expiación de Cristo fue real. Efectuó todo lo que Dios y Cristo se
proponían con ella. El designio de Dios no fue ni puede ser frustrado por la
incredulidad humana. El Dios soberano envió soberanamente a su Hijo para expiar
por su pueblo.
Nuestra
elección está en Cristo. Somos salvos por El, en El y para El. El motivo de
nuestra salvación no es meramente el amor que Dios nos tiene. Está
especialmente fundamentado en el amor que el Padre tiene por el Hijo. Dios
insiste que su Hijo vea el fruto de la aflicción de su alma y quede satisfecho.
Jamás ha habido la más mínima posibilidad de que Cristo pudiera haber muerto
en vano. Si el hombre está verdaderamente muerto en el pecado y en la
esclavitud al pecado, una mera expiación potencial o condicional no sólo puede
haber terminado en fracaso, sino con toda certeza habría terminado en fracaso.
Los arminianos no tienen una sana razón para creer que Jesús no murió en vano.
Se quedan con un Cristo que intentó salvar a todos, pero que realmente no salvó
a nadie.
¿Cómo afecta la predestinación a la
tarea de la evangelización?
Esta
cuestión suscita graves preocupaciones acerca de la misión de la Iglesia. Es
particularmente de peso para los cristianos evangélicos. Si la salvación
personal está decidida de antemano por un decreto divino inmutable, ¿qué
sentido o urgencia tiene la obra de la evangelización?
Nunca
olvidaré la terrible experiencia de ser interrogado sobre este punto por el Dr.
John Gerstner en una clase del seminario. Había unos veinte de nosotros
sentados en un semicírculo en la clase. El planteó la cuestión: "Muy
bien, caballeros, si Dios ha decretado soberanamente la elección y la reprobación
desde toda la eternidad, ¿por qué deberíamos preocuparnos acerca de la
evangelización?" Suspiré con alivio cuando Gerstner comenzó su
interrogatorio por el extremo izquierdo del semicírculo, puesto que yo estaba
sentado en el último asiento a la derecha. Me consolé con la esperanza de que
la pregunta nunca llegara hasta mí.
El
consuelo duró poco. El primer estudiante respondió a la pregunta de Gerstner:
"No lo sé, Señor. Esa cuestión siempre me ha importunado." El
segundo estudiante dijo: "Me doy por vencido." El tercero simplemente
meneó la cabeza y dirigió la mirada al suelo. En rápida sucesión, todos los
estudiantes se pasaban la pregunta. Las fichas del dominó estaban cayendo en
dirección a mí.
"Bien,
Sr. Sproul, ¿cómo respondería usted?" Quería desvanecerme en el aire o
encontrar un escondite en las tablas del suelo, pero no había escapatoria.
Tartamudeé y susurré una respuesta. El Dr. Gerstner dijo: "¡Hable en voz
alta!" Con palabras tentativas dije: "Bien, Dr. Gerstner, sé que ésta
no es la respuesta que está usted buscando, pero una pequeña razón por la que
debiéramos aún preocuparnos acerca de la evangelización es que, bien, eh,
sabe usted, después de todo, Cristo nos manda evangelizar."
Los ojos de Gerstner comenzaron a relampaguear. Dijo: "Ah, ya veo, Sr. Sproul, una pequeña razón es que su Salvador, el Señor de gloria, el Rey de reyes lo ha mandado así. ¿Una pequeña razón, Sr. Sproul? ¿Le resulta apenas significativo que el mismo Dios soberano que decreta soberanamente su elección también mande soberanamente su implicación en la tarea de la evangelización?" ¡Oh, como desee no haber usado jamás la palabra pequeña. Entendí lo que Gerstner quería decir.
La
evangelización es nuestro deber. Dios ha mandado que lo hagamos. Esto debería
ser suficiente para concluir el asunto. Pero hay más. La evangelización no es
sólo un deber; es también un privilegio. Dios nos permite participar en la
mayor obra en la historia humana, la obra de la redención. Oigamos lo que Pablo
dice acerca de la misma. El añade un capítulo 10 a su famoso capítulo 9 de
Romanos:
“Porque todo
aquel que invocare el nombre del Señor, será salvo. ¿Cómo pues, invocarán a
aquel en el cual no han creído? ¿Y cómo creerán en aquel de quien no han oído?
¿Y cómo oirán sin haber quién les predique? ¿Y cómo predicarán si no
fueren enviados? Como está escrito: ¡Cuan hermosos son los pies de los que
anuncian la paz, de los que anuncian buenas nuevas”
(Ro. 10:13-15.)
Notamos
la lógica de la progresión de Pablo aquí. El hace una relación de las
condiciones necesarias para que la gente se salve. Sin enviar, no hay
predicadores. Sin predicadores, no hay predicación. Sin predicación, no se oye
el Evangelio. Sin oír el Evangelio, no se cree el Evangelio. Sin creer el
Evangelio, no se invoca a Dios para ser salvo. Sin invocar a Dios para ser
salvo, no hay salvación.
Dios no sólo preordena el fin de la salvación para los elegidos; también preordena los medios para ese fin. Dios ha escogido la locura de la predicación como el medio para llevar a cabo la redención. Supongo que El podría haber llevado a cabo su propósito divino sin nosotros. El podría publicar el Evangelio en las nubes utilizando su santo dedo para escribir en el cielo. El podría predicar el Evangelio por sí mismo, con su propia voz, gritándolo desde el cielo. Pero no es esa su elección.
Es
un privilegio maravilloso ser utilizado por Dios en el plan de la redención.
Pablo apela a un pasaje del Antiguo Testamento cuando habla de la hermosura de
los pies de aquellos que traen alegres nuevas y anuncian la paz. “¡Cuan
hermosos son sobre los montes los pies del que trae alegres nuevas, del que
anuncia la paz, del que trae nuevas del bien, del que publica salvación, del
que dice a Sion: ¡Tu Dios reina! ¡Voz de tus atalayas! Alzarán la voz,
juntamente darán voces de júbilo ¡porque ojo a ojo verán que el Señor
vuelve atraerá Sion Cantad alabanzas, alegraos juntamente, soledades de Jerusalén;
porque el Señor ha consolado a su pueblo, a Jerusalén ha redimido” (Is.
52:7-9).
En
el mundo antiguo, las noticias de las batallas y de otros acontecimientos
cruciales eran llevadas por corredores. La moderna carrera del maratón recibe
su nombre de la batalla de Maratón debido a la resistencia del mensajero que
llevó las noticias del resultado a su pueblo. Se situaban atalayas para
observar a los mensajeros que se acercaban. Sus ojos eran agudos y estaban
adiestrados para observar los sutiles matices de las zancadas de los corredores
que se acercaban. Los que traían malas noticias se acercaban con pies pesados.
Los corredores que traían buenas noticias se acercaban rápidamente, corriendo
con sus pies a través del polvo. Sus zancadas revelaban su emoción. Para los
atalayas, la escena de un corredor aproximándose rápidamente en la distancia,
deslizándose con sus pies sobre la montaña, era una magnífica visión que
contemplar.
Así
también, la Biblia habla de la hermosura de los pies de aquellos que nos traen
buenas noticias. Cuando nació mi hija y el médico vino a la sala de espera
para anunciarlo, quise abrazarle. Nos sentimos inclinados favorablemente hacia
aquellos que nos traen buenas noticias. Siempre tendré un lugar especial en mis
afectos hacia el hombre que me habló primero de Cristo. Sé que fue Dios quien
me salvó y no aquel hombre, pero aún aprecio el papel de aquel hombre en mi
salvación.
Conducir
a la gente a Cristo es una de las mayores bendiciones personales que podemos
disfrutar jamás. Ser calvinista no quita ningún gozo a esa experiencia. Históricamente,
los calvinistas han estado fuertemente activos en la evangelización y la misión
mundial. Sólo necesitamos señalar a Edwards y Whitefield y el Gran
Despertamiento para ilustrar este punto. Tenemos un papel muy significativo que
jugar en la evangelización. Predicamos y proclamamos el Evangelio. Ese es
nuestro deber y privilegio. Pero es Dios el que da el crecimiento. El no nos
necesita para llevar a cabo su propósito, pero le agrada utilizamos en la tarea.
En
cierta ocasión conocí a un evangelista itinerante que me dijo: "Dame a
cualquier hombre sólo por quince minutos, y obtendré una decisión por Cristo."
Tristemente, aquel hombre creía realmente sus propias palabras. Estaba
convencido de que el poder de la conversión descansaba solamente en su poder de
persuasión. No dudo que aquel hombre basaba su pretensión en su experiencia
pasada. Era tan imperioso que estoy seguro de que había multitudes que tomaban
decisiones por Cristo después de quince minutos de estar a solas con él. Sin
duda, el podía cumplir su promesa de producir una decisión en quince minutos.
Lo que él no podía garantizar era una conversión en quince minutos. La gente
tomaría decisiones simplemente para librarse de él.
Nunca
debemos subestimar la importancia de nuestro papel en la evangelización.
Tampoco debemos sobrestimarlo. Predicamos. Damos testimonio. Aportamos el
llamamiento externo. Pero sólo Dios tiene el poder para llamar a una persona a
sí internamente. No me siento defraudado por eso. Por el contrario, me siento
confortado. Debemos realizar nuestra labor, confiando en que Dios hará la suya.
Conclusión
Al
principio de este libro relaté un poco de mi propia peregrinación personal con
respecto a la doctrina de la predestinación. Mencioné el conflicto ferviente y
duradero que implicó. Mencioné que fui finalmente llevado a someterme a la
doctrina a regañadientes. Fui primero llevado a una convicción de la verdad
del asunto antes de deleitarme en ella.
Permítaseme
terminar este libro mencionando que, poco después de despertar a la verdad de
la predestinación, comencé a ver su hermosura y a gustar su dulzura. Mi amor
por esta doctrina ha crecido. Es muy reconfortante. Subraya el extremo al que ha
llegado Dios en nuestro favor. Es una teología que comienza y termina con la
gracia. Comienza y termina con una doxología. Alabamos a Dios, que nos levantó
de nuestra muerte espiritual y nos hace andar en lugares celestiales.
Encontramos
a un Dios que está "por nosotros", dándonos ánimo para resistir a
los que puedan estar contra nosotros. Hace que nuestras almas se regocijen de
conocer que todas las cosas están cooperando para nuestro bien. Nos deleitamos
en nuestro Salvador que verdaderamente nos salva y preserva e intercede por
nosotros. Nos maravillamos de su obra de arte y en lo que ha realizado. Saltamos
de gozo cuando descubrimos su promesa de acabar lo que ha comenzado en nosotros.
Consideramos los misterios y nos inclinamos ante ellos, pero no sin una doxología
por las riquezas de gracia que ha revelado:
¡Oh profundidad de las riquezas de la sabiduría y de la ciencia de Dios... porque de El, y por El, y para El, son todas las cosas A El sea la gloria por los siglos. Amén (Rom. 11:33,36).
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