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 Daviel D’Paz  

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  LA DEPRAVACIÓN DE LA VOLUNTAD
Santiago 1:14, 15

 

Hay un relato proverbial que dice que el pecado es un niño a quien nadie quiere reclamar. Ninguna persona en su estado de depravación quiere admitir que el niño es suyo. Los hombres están ansiosos por cometer pecado, pero ellos son reacios para admitir que lo concibieron o lo dieron a luz.

El apóstol Santiago trazó el pecado desde su propia fuente a su resultado final (Sant. 1:13-15). La tentación para pecar no es de Dios, sino de uno mismo. En cada sociedad, los hombres han comenzado muy temprano en la vida buscando echar fuera la carga del pecado de sí mismos a otro. “Se descarriaron hablando mentira desde que nacieron” (Sal. 58:3).

Santiago indicó el origen del pecado del hombre cuando dijo que todo hombre es tentado cuando de su propia concupiscencia es atraído y seducido. El apóstol no dijo que el hombre es atraído por Dios, las circunstancias, o Satanás. La palabra tentación es usada en dos maneras en la Escritura: (1) Significa prueba cuando es atribuida a Dios. Dios probó la fe de Abraham (Gn. 22:1-14). Por ser sobrenatural la fe de Abraham, él fue capaz de soportar la prueba. (2) Esta indica un empeño por la pretensión u otros medios para atraer a una persona en el pecado (Sant. 1:13-15). Esa tentación no es de Dios pero del corazón propio del hombre.

El hombre es tentado cuando es atraído por su propia concupiscencia. Aquí Santiago no sólo se estaba refiriendo a la impureza sexual. El hablaba de la corrupción que poseen todas las facultades respectivas del alma—el entendimiento, el afecto, y la voluntad.

Algunos han estado equivocados en tratar de determinar las causas del pecado. Los hombres han culpado a Dios Mismo por el pecado. El decreto de Dios no es una causa del pecado. La distinción apropiada debe ser hecha entre el decreto de Dios y la acción real que trajo el pecado a la existencia. El decreto de Dios no tiene influencia causal en la acción pecaminosa, puesto que un decreto no opera a efectuar la cosa decretada. El propósito de Dios es una cosa y Su hecho actual en traer a la existencia lo que ha propuesto es otra. El pecado entró en el mundo por la caída de Adán y no por la mano creativa de Dios.

Toda cosa decretada se llevará a cabo en el tiempo, pero la presciencia de Dios de una acción no hace necesaria la acción. Cualquier cosa que el hombre hace, buena o mala, la hace con tanta disposición como si estuviera realmente libre su voluntad. La presciencia de una acción no influye activamente a la acción en sí. Dios permanece omnisciente, y El sabe todas las cosas que el hombre hará. No obstante, debemos distinguir entre la presciencia de Dios de una cosa y la actividad de las cosas preconocidas.

Los hombres también han culpado a los cuerpos celestiales por la maldad sobre la tierra. Pero las estrellas y los planetas no influyen en nada sobre hombres ni los impelen a hacer el mal. La astrología es una ciencia falsa que profesa interpretar la influencia de los cuerpos celestiales en cuanto a los asuntos terrestres. La llamada ciencia de astrología es un ataque directo a Dios. El intercambio entre estrellas y un alma humana es imposible porque el intercambio entre objetos inanimados y animados es imposible. (El sol, la luna, y las estrellas influyen las cosas que tienen una naturaleza común con sí mismos.)

Los astrólogos no saben nada acerca de la gracia de Dios. La Biblia los condena, clasificándolos como magos y encantadores (Dan. 1:20; 2:2, 10, 27; 4:7; 5:7, 15). Isaías los llamó los que observan las estrellas y los que cuentan los meses para pronosticar (Isa. 47:13), y rogó a la gente que se libraran de ellos.

Ni son la providencia, los tiempos, la gente, y las circunstancias las causas del pecado. Solo son las ocasiones para pecar. Estos son medios indirectos por los cuales los hombres acusan a Dios con su propio pecado. Un hombre niega su responsabilidad hacia el pecado cuando le echa la culpa a algo o a alguien para su propio pecado. Los Cristianos rehúsan atribuir su pecado a Dios. Cuando la providencia de Dios puso a Betsabé ante los ojos de David, David no acusó a Dios con su pecado de adulterio. La providencia de Dios puso un barco a la disposición de Jonás, pero Jonás no acusó a Dios con su pecado de huir en el barco y de buscar evitar cumplir con la comisión que Dios le dio a él. La corrupción de los tiempos sólo sirven como una ocasión para traer a luz la manifestación de las voluntades depravadas de los hombres perdidos.

Ni es la constitución y condición del cuerpo dl hombre una causa de pecado. La reacción a ciertos químicos en el cuerpo de una persona no le causa a pecar. El cuerpo fue hecho para servir, no para ordenar. La causa de la maldad se encuentra más profundo de lo que es revelado en el hecho del pecado mismo. Muchas irregularidades del cuerpo realmente vienen del corazón, y no viceversa: “Engañoso es el corazón más que todas las cosas, y perverso; ¿quién lo conocerá?” (Jer. 17:9). Toda maldad procede del corazón: “Pero lo que sale de boca, del corazón sale; y esto contamina al hombre. Porque del corazón salen los malos pensamientos, los homicidios, los adulterios, las fornicaciones, los hurtos, los falsos testimonios, las blasfemias: Estas cosas son las que contaminan al hombre...” (Mat. 15:18-20). El cometer los hechos de pecado no causa la culpabilidad de la persona por estos hechos. Más bien, la determinación de la voluntad del hombre lo hace ser un alcohólico, un adúltero, un ladrón, o un mentiroso: “Tienen los ojos llenos de adulterio, no se sacian de pecar, seducen a las almas inconstantes, tienen el corazón habituado a la codicia, y son hijos de maldición” (2Ped. 2:14). Una persona con ojos llenos de adulterio es uno quien es prendido totalmente y ocupado en la mente, el corazón, y la voluntad por mirar con deseo. Esto mismo es verdad con todo tipo de pecado.

Ni puede el hombre justamente acusar a Satanás por su pecado. Satanás es el tentador, y él es detenido como responsable por la tentación, pero aquellos quienes ceden a su tentación no tienen excusa. Un hombre puede planear un robo y encargarle a otro hombre efectuar sus planes, pero el segundo hombre no es libre de culpa. El también es responsable por el crimen. En la misma manera, los individuos quienes ceden a las tentaciones de Satanás son responsables por su consentimiento.

¿Cuál, entonces, es la causa del pecado? Se encuentra en la voluntad depravada del hombre. Jacobo Arminio declaró que todos los hombres no regenerados, por su libre albedrío, tienen el poder de resistir al Espíritu Santo, rechazar la gracia ofrecida por Dios, condenar el consejo de Dios concerniente a sí mismos, rechazar el evangelio de gracia, y rehusar abrir sus corazones a El quien toca. Esto es herejía. Un arminiano más reciente, siguiendo la enseñanza de Arminio, correctamente afirmó que el hombre es totalmente incapaz de salvarse a sí mismo, pero heréticamente afirmó que el hombre es capaz de ejercitar sus facultades de razonamiento, libertad de la voluntad y de elección.

El arminiano proclama, “¡libre albedrío!” como si la voluntad sola se hubiera escapado de la caída—como si el pecado de Adán no hubiera afectado aquella noble facultad virgen. Cuando un arminiano conservador y un liberal discuten el tema del libre albedrío de hombre, el arminiano afirmará que el hombre tiene un libre albedrío, y el liberal declarará que él tiene una chispa divina. Sin embargo, el libre albedrío y la chispa divina esencialmente no difieren. Los dos puntos de vista son erróneos.

El hombre es depravado—esclavizado al pecado. ¿Si el hombre tiene un libre albedrío para escoger lo bueno o lo malo, por qué universalmente los hombres escogen la maldad? La razón es que su depravación alcanza aún a sus voluntades: “Y no queréis venir a mí para que tengáis vida” (Juan 5:40). Los hombres aman las tinieblas porque sus obras son malas. Ellos aborrecen la luz y no vienen a la luz porque no quieren que sus obras sean expuestas (Juan 3:19-21).

Según los arminianos, el pecador posee el libre albedrío sólo mientras que es un pecador. Cuando uno llega a ser un hijo de Dios, él se sujeta a la voluntad de Dios. Los arminianos dicen que todos los hombres pueden creer, pero la Biblia enseña que ellos no pueden creer a menos que sean ovejas de Cristo (Juan 10:25-27). Los arminianos afirman que todos los hombres pueden venir a Cristo, pero la Biblia enseña “ninguno puede venir a mí, si el Padre que me envió no le trajere...” (Juan 6:44).

Los arminianos hacen el mayor subordinado al menor, pero la Biblia prueba que Dios es mayor que los hombres. Por lo tanto, no hay compatibilidad entre las filosofías de aquellos quienes creen en el libre albedrío y aquellos quienes creen en la libre gracia. Todos quienes han recibido la gracia del Dios soberano siguen la enseñanza de la Palabra de Dios acerca de la libre gracia.

El hombre depravado se encuentra engolosinado y engañado voluntariamente, atraído por su propia concupiscencia. El está provocado desde su propia concupiscencia: “...la corrupción que hay en el mundo a causa de la concupiscencia” (2Ped. 1:4). El mundo es sólo el objeto, no la causa de su pecado. La concupiscencia significa el deseo para y la inclinación hacia las cosas ilícitas. El deseo por los placeres ilícitos es el vicio de la sensualidad. El deseo por las riquezas ilícitas es la fundación para el fraude. El pecado de la ambición causa a uno usar métodos corruptos. El deseo por la religión sin Cristo es la fundación de la idolatría y la superstición.

Satanás sabe que la sugerencia es impotente sin la concupiscencia. La llama es del diablo, pero la madera para el incendio está en el ser del hombre. El hombre tiene el poder para desear y hacer cosas naturales (mundanas), pero no tiene el poder hacer las cosas espirituales. Como una ramera, la concupiscencia atrae a su víctima en su abrazo y entonces concibe, o llegue a estar encinta. Todo hombre es atraído por su propia concupiscencia y seducido. La concupiscencia, después que ha concebido, da a luz el pecado. El pecado, siendo consumado, da a luz la muerte. La concepción es producida por la unión de la concupiscencia y la voluntad. El sugerir pasa a el propósito. El deseo pasa a la determinación.

El hombre depravado es peor que un títere o un robot. Un títere es guiado por la mano hábil del titiritero, pero el hombre no salvo es guiado por la depravación de su propia voluntad esclavizada. El hombre es agente libre en que él no es forzado desde fuera; pero él no tiene libre albedrío porque él está atado por dentro. La facultad de la voluntad del hombre fue afectada en la caída. El es capaz de razonar y entender las cosas naturales, pero no es capaz de entender las cosas espirituales: “Pero el hombre natural no percibe las cosas que son del Espíritu de Dios, porque para él son locura, y no las puede entender, porque se han de discernir espiritualmente” (1Cor. 2:14).

El hombre no puede determinar su voluntad hacia el bien; solo la gracia de Dios puede determinar esa dirección de la voluntad del hombre. Una voluntad enferma no puede proveer una cura espiritual—la cura debe venir de afuera del hombre. Semejanza produce semejanza; por lo tanto, una voluntad depravada produce una voluntad depravada.

Los defensores del libre albedrío creen que a menos que el hombre esté completamente libre, Dios no le puede mandar hacer lo que no puede. El pecado del hombre debe ser considerado en este punto. Dios no es la causa del pecado de hombre; ni es la causa de la condición caída del hombre.

Nosotros todos estaríamos de acuerdo en que una persona tiene el derecho de demandar el pago de un ladrón por las cosas robadas de su hogar—aunque el ladrón pueda o no pueda pagar. En este mismo sentido, Dios tiene el derecho de demandar la rectitud del hombre quien es incapaz de hacerlo por su propio pecado. Dios le ordenó al hombre que tenía una mano seca extenderla (Luc. 6:6-10). Aunque Lázaro había estado en la tumba cuatro días y apestaba, el Señor le ordenó venir fuera (Juan 11). Aunque el hombre está impotente, no obstante él es responsable. El es incapaz de arrepentirse y creer aparte de la gracia, pero Dios le manda hacer las dos cosas (Hechos 17:30; 20:21). Cuando aún éramos débiles, Cristo murió por los impíos (Rom. 5:6). El plan entero de gracia es construido sobre el hecho de que aunque todos los hombres son incapaces ellos son responsables, y entre ellos Jesucristo murió por los suyos.

La libertad de la coacción es una cosa, pero la libertad desde adentro es otra. El hombre caído es desprovisto de poder espiritual, y la muerte espiritual está escrita sobre toda persona. Como Nicodemo, el hombre está cerrado al nacimiento nuevo (Juan 3:1-18); y como el leproso, él está cerrado a la voluntad de Dios (Luc. 5:12). La Biblia detiene al hombre responsable, pero también quita de poder espiritual al hombre caído. Toda jactancia es excluida, y toda gloria es dada al Dios soberano (Rom. 3:26-28).

El hombre en su condición natural es incapaz de estar dispuesto o no dispuesto ser capaz a venir a Cristo. Su voluntad es totalmente depravada, que es el resultado de su condición caída. Debe ser hecho claro que la capacidad natural e la incapacidad espiritual difieren. La capacidad natural de una persona le capacita a asistir al lugar donde la Palabra de Dios es proclamada. La capacidad natural de Lidia le dio poder para ir al lugar donde oyó a Pablo exponiendo la palabra de Dios. Sin embargo, fue un hecho del Dios soberano el que abrió su corazón para entender la proclamación por Pablo (Hechos 16:13, 14). La capacidad natural de un individuo le hace responsable por su pecado, pero su depravación le hace espiritualmente incapaz de venir a Cristo. La depravación de la voluntad se debe al pecado, y el pecado es la causa de la concupiscencia del hombre. No hay esperanza para nadie aparte de la gracia de Dios.

 

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