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 Daviel D’Paz  

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 DIOS DESTRONADO POR EL LIBRE ALBEDRÍO
Juan 5:40; Hechos 18:27; 1Pedro 1:18-25

 

La herejía del libre albedrío destrona a Dios y entroniza al hombre. Los defensores del libre albedrío insisten que Dios sería injusto y tiránico en controlar la voluntad del hombre. Ellos no ven nada egoísta o Satánico en intentar encadenar y dirigir la voluntad de Dios. Estos hombres de mentes naturales suponen que sus propias voluntades necias no pueden ser gratificadas a menos que el Dios todo sabio permita abandonar Su voluntad. La doctrina del libre albedrío del hombre rasga las riendas del gobierno de las manos del Dios soberano. El carácter de Dios es difamado por toda persona que cree en el libre albedrío. Las naturalezas depravadas hacen a los hombres maldispuestos a someterse a sí mismos a la voluntad de Dios. Su incapacidad les impide venir a Jesucristo: “Y no queréis venir a mí para que tengáis vida” (Juan 5:40).

La teoría arminiana es politeísta en su concepto de la primera causa. Concede a la misma tentación de Satanás que Eva concedió en el jardín de Eden: “...y seréis como Dios...” (Gén. 3:5). El libre albedrío es atractivo a los hombres naturales porque apela a su orgullo. Impresiona sobre ellos el hecho que tienen poder sobrenatural que les da auto-determinación hacia Dios, justicia y santidad. ¡Es blasfemo pensar que un hombre tiene la capacidad dentro sí mismo de controlar la voluntad de Dios!

El concepto arminiano conduce a los hombres a creer que deben primero ascender a Dios antes que Dios descienda a ellos. Los ministros y los otros quienes siguen esta noción apelan a los hombres a venir a Cristo, diciéndoles que si vienen a Cristo, Cristo vendrá a ellos. Esto es contrario a la Escritura. El Señor ve la aflicción de Su pueblo y desciende para librarlos. Los Israelitas no ascendieron primero a Dios—el Dios soberano descendió para ayudar Su pueblo desamparado y elegido (Ex. 3:7, 8). El Señor Jesucristo salió del cielo y de toda su gloria para venir al mundo para salvar aquellos a quienes el Padre Le dio en el pacto de la redención: “Porque el Hijo del Hombre vino a buscar y a salvar lo que se había perdido” (Luc. 19:10).

Solo el Espíritu Santo tiene la prerrogativa de mandar la gente a venir a Jesucristo. El les da poder para venir por medio de la regeneración. Un ministro quien manda a sus oidores a dejar sus asientos y venir al frente, dando la impresión que ellos pueden venir a Jesucristo por su fe, asume la prerrogativa del Espíritu Santo. Ninguna persona puede usurpar la obra oficial del Espíritu Santo de llamar eficazmente a la gente a la salvación. Los ministros sólo pueden proclamar la Palabra de Dios, señalando a los hombres el Cordero de Dios (Juan 1:29). El hombre no tiene capacidad para llamar a otros de la oscuridad a la luz.

El enfoque arminiano es erróneo. El pecador no puede primero subir a Dios antes que el Señor descienda para ayudarle. Las dos verdades del Antiguo Testamento del orden de los vasos del tabernáculo (Ex. 25-40) y el orden de las ofrendas (Lev. 1-5) nos revelan que Dios toma la iniciativa. El arca del pacto con su propiciatorio representa el lugar donde Dios está. La descripción de Dios de los vasos comenzó con Sí Mismo y descendió con cada vaso—el incensario de oro, el candelabro, la mesa de los panes de la proposición, la fuente, y finalmente, el altar de bronce donde El se encontró con el pecador. El holocausto, que representa quien es Jesucristo a Dios, fue el primero en el orden. Siguió la ofrenda de harina, mostrando lo que El es en Su naturaleza humana e impecable; y después la ofrenda de paz, la ofrenda de pecado, y la ofrenda de expiación, donde Dios se encuentra con el pecador. Este orden divino es revertido por toda persona quien cree en el libre albedrío.

Los arminianos creen que la voluntad del hombre precede a la de Dios. Sin embargo, la voluntad de Dios no sólo planeó y proveyó la salvación sino que también la aplica. La aplicación de Dios de la salvación es resistida por el libre albedrío de los arminianos—la auto-voluntad es la esencia de las religiones anti-Cristianas. Su suposición de que Dios es un tirano al salvar a una persona contra su voluntad es un terrible malentendido de la salvación. Dios obra en una persona para hacerla dispuesta cuando El imparte la regeneración: “Tu pueblo se te ofrecerá voluntariamente en el día de tu poder...” (Sal. 110:3).

Los arminianos afirman que el libre albedrío pertenece tanto al hombre como a Dios. Sin embargo, solo la voluntad de Dios es absolutamente libre. Al momento que una persona acepta que el Creador es subordinado a la criatura, él ha juntado las fuerzas con todas las filosofías vanas del mundo. La religión del hombre le pone a él sobre el trono y subordina a Dios. Dios no vive para la humanidad—antes que Dios creara al hombre o a cualquier criatura, El vivió para Sí Mismo; y El continúa haciéndolo. Dios es inmutable, y El vivirá para Sí Mismo por siempre: “Porque de él, y por él, y para él, son todas las cosas. A él sea la gloria por los siglos...” (Rom. 11:36).

La teoría arminiana es contraria a la Escritura porque niega la depravación, indicando que la voluntad del pecador puede, aparte de la gracia, hacer una elección espiritual y tiene dentro de sí mismo el poder para volverse de la maldad. Los arminianos insisten que si una persona no salva estuviera contra Cristo, él no podría venir a Cristo, y puesto que él puede venir a Cristo, él no está  contra Cristo. Pero la Escritura dice que la voluntad depravada es contra el Señor Jesucristo: “El que no es conmigo, contra mí es...” (Mat. 12:30). Nótense que Cristo no dijo, “El que no es conmigo no es contra mí,” pero, “El que no es conmigo contra mí es.”

Sea Satanás o el Señor Jesucristo que domina a todo individuo bajo el cielo. Toda persona no salva es dominada por Satanás. El anda según la corriente de este mundo, conforme al príncipe de la potestad del aire. El es por naturaleza un hijo de ira (Ef. 2:1-3). Los hijos de Dios, por otra parte, son dominados por el Señor Jesucristo. Ellos han sido librados desde la esclavitud a Satanás y son hechos esclavos de Jesucristo (1Cor. 7:22, 23).

El Arminianismo está en contra de la doctrina de la elección divina. Sus seguidores piensan que su doctrina del libre albedrío destruye aquella verdad Bíblica. Pero deja lo que es llamado el libre albedrío hacer todo lo que puede—no puede evitar el pecado y asegurar el perdón si Dios retiene al Espíritu de regeneración. ¿Si el libre albedrío es lo mismo en todos los hombres, por qué logra la salvación en algunos y no en todos? Los arminianos no pueden contestar esta pregunta. La respuesta se encuentra en la libre gracia. “...Y creyeron todos los que estaban ordenados para la vida eterna” (Hechos 13:48). La gracia de Dios es lo que hace a los creyentes reaccionar en una manera diferente de los no creyentes.

La teoría arminiana rechaza la doctrina Bíblica de la reprobación. Sin embargo, la Escritura enseña que Dios negativamente y positivamente reprueba a los hombres por su propia condición pecaminosa. Hay por lo menos siete verdades que los arminianos no saben o voluntariamente rechazan en la cara de las evidencias Bíblicas:

PRIMERO: Los arminianos rechazan el hecho de que la voluntad no renovada está puesta contra la verdad de Dios. La voluntad no renovada del hombre no puede entender las cosas espirituales (1Cor. 2:14). El hombre natural aborrece la verdad divina (Juan 3:19-21). Tampoco busca al Señor (Rom. 3:11). Por lo tanto, el entendimiento, el afecto, y la voluntad del hombre son depravadas. Puesto que su entendimiento no comprende las cosas espirituales, él no tiene afecto para las cosas de Dios, y su voluntad no puede estar determinada para las cosas de Dios.

Puesto que el deseo para la verdad debe ser dado por el Señor, la verdad siempre es ofensiva al no regenerado. Los hombres naturales aman las tinieblas más que la luz porque sus almas con todas sus facultades son depravadas (Juan 3:19, 20). Aborrecen todo lo que pertenece a la justicia, la verdad, y Dios porque sus hechos son malos. La persuasión por cualquier medio no puede atraer a una persona a Cristo. Un individuo no puede efectuar dentro de sí mismo un deseo para remediar su condición. Es incapaz para ser dispuesto. El debe ser atraído por un poder fuera de sí mismo.

SEGUNDO: Los arminianos rechazan el hecho de que la voluntad no renovada debe ser afectada por el poder divino. Si la voluntad de un hombre no regenerado nunca fue afectada a menos que por la persuasión moral, nunca hubiera sido sujeto al evangelio de Jesucristo. El hombre natural tiene la luz con la que fue nacido: “Aquella luz verdadera, que alumbra a todo hombre, venía a este mundo” (Juan 1:9). El es capaz de considerar ciertos asuntos. El tiene una conciencia que le acusa o le defiende: “...hacen por naturaleza lo que es de la ley, éstos, aunque no tengan ley, son ley para sí mismos, mostrando la obra de la ley escrita en sus corazones, dando testimonio su conciencia, y acusándoles o defendiéndoles sus razonamientos” (Rom. 2:14, 15).

La conciencia debe ser purificada por la sangre de Jesucristo para hacerla libre de la injuria (Heb. 9:12-14). Toda persona tiene dentro de sí mismo conocimiento intuitivo suficiente para culparle ante Dios. El tiene la capacidad para reconocer las evidencias que testifican de la existencia del Creador (Rom. 1:19, 20). Pero el hombre natural no puede tener luz espiritual hasta que el Dios soberano en Su beneplácito se la de. La Luz de vida (Juan 8:12) es poseída solamente por aquellos quienes han sido regenerados por el Espíritu de Dios (Rom. 8:1-4).

TERCERO: Los arminianos rechazan el hecho de que la impotencia natural de la voluntad no pueda ser curada por la persuasión moral. Esta es la actitud general entre el Cristianismo profesante; por lo tanto, los arminianos adoptan trucos y tácticas diferentes para atraer a la gente a sus lugares de adoración. La mayoría de ellos tolerarán alguna doctrina, mientras que ellos pueden tener una parte en un lugar en la operación del programa de la iglesia. Ellos consideran la doctrina secundaria porque sienten que están alcanzando a la gente con sus programas. Sin embargo, solamente la regeneración por el Espíritu de Dios persuade a los hombres para Cristo (1Ped. 1:20, 21).

CUARTO: Los arminianos rechazan el hecho de que la voluntad no renovada del hombre no desprecia a la verdad simplemente porque no la entiende. Algunos argumentan que el pecador recibirá el evangelio si se le es hecho claro a él. Esta es la razón por la cual los hombres recientemente han recopilado muchas versiones de la Biblia. Pero si la explicación por sí sola pudiera convencer a los hombres para Cristo, ellos amarían a la verdad y rechazarían el error—y este no es el caso.

Cualquiera que ha nacido de nuevo por el Espíritu de Dios puede entender la Biblia, pero aparte del nuevo nacimiento, él no puede entender la Palabra de Dios a pesar de su interpretación por el hombre. Un Cristiano tiene la mente de Cristo, y ha sido iluminado por el Espíritu Santo. Sus afectos son movidos por lo que oye con su mente iluminada. Su voluntad es inclinada y auto-determinada para aceptar lo que su entendimiento ha recibido y su afecto desea y ama.

El apóstol Pablo sabía que a menos que el Espíritu de Dios iluminara las mentes de aquellos quienes escucharon, ellos no hubieran podido entender, a pesar de la manera en que la Palabra haya sido proclamada. Esto es la razón que el apóstol nunca pidió oraciones para que el evangelio fuera simplemente declarado o expuesto en una manera que pudiera ser entendido por la gente no salva. Solo pidió oraciones para que él pudiera tener la libertad del Espíritu para proclamar la Palabra (2 Tes. 3:1).

La filosofía arminiana concerniente a la simplificación de la Palabra para el beneficio de los hombres es una negación de la verdad de que el hombre es depravado. La voluntad no renovada del hombre es puesta en contra a la verdad de Dios. Entre más clara sea puesta la verdad delante de él y la urgencia puesta sobre él,  más aumenta su odio. Esa reacción entre los hombres fue demostrada en la respuesta a las palabras del Señor Jesucristo mismo (Juan 6:41, 52, 60, 66). Ellos “contendían entre sí” (v. 52), y dijeron que las palabras del Señor fueron “duras” (v. 60), y “ya no andaban con él” (v. 66). Las palabras del Señor estaban llenas de compasión, del Espíritu y de verdad. Nunca ha existido un predicador mejor que El. No obstante, aquellos oidores no fueron persuadidos. Y viceversa, todos aquellos quienes han sido regenerados por el Espíritu de Dios responden a la palabra de Dios en el mismo sentido que lo hizo Pedro, el portavoz de los doce, cuando a él le fue hecha la pregunta por el Señor: “...¿Queréis acaso iros también vosotros? Le respondió Simón Pedro: Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna. Y nosotros hemos creído y conocemos que tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente” (Juan 6:67-69). Esta es la respuesta dada por toda persona que cree las doctrinas de la gracia.

QUINTO: Los arminianos rechazan el hecho de que la incapacidad del hombre para cumplir con la ley no proviene de la naturaleza de la ley sino de la corrupción de la voluntad del hombre. Sin embargo, no es posible que el hombre no regenerado pueda cumplir con la ley de Dios. El no puede amar al Señor con todo su corazón, alma, mente y fuerzas y a su prójimo como a sí mismo (Luc. 10:27). Nunca puede amar al Señor hasta que primero haya sido amado por el Señor. El amor es recíproco: “En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que él nos amó a nosotros, y envió a su Hijo en propiciación por nuestros pecados” (1Jn. 4:10). No obstante, Dios puede mandar al hombre hacer lo que por su propia condición pecaminosa no sea capaz de hacer (Hech. 17:30).

SEXTO: Los arminianos rechazan el hecho de que la voluntad no renovada del hombre está esclavizada al pecado y al ego. Pero la Escritura enseña que la voluntad del hombre está esclavizada al ego y por lo tanto está esclavizada al pecado. Un ranchero rico demostró esta verdad en Lucas 12:18-19. No tuvo suficiente lugar para almacenar sus frutos y demostró su voluntad egoísta diciendo, “...Esto haré: derribaré mis graneros, y los edificaré mayores, y allí guardaré todos mis frutos y mis bienes; y diré a mi alma....” Cuatro veces refirió a su propia voluntad. La voluntad de Dios no entró en sus pensamientos.

La mayoría de los Cristianos profesantes no tolerarán la enseñanza de que la voluntad del hombre se encuentra depravada porque no quieren creer que sus propias voluntades son depravadas. Ellos prefieren la felicidad hipócrita y no quieren estar turbados. Sin embargo, la dura verdad es que la voluntad del hombre no regenerado está espiritualmente muerta. Es hecha activa solamente por la obra de Dios en la regeneración.

Juan 1:12 es usado frecuentemente para sostener la teoría del libre albedrío. Sin embargo, su contexto prueba lo contrario. Las palabras “mas a todos...” implican una antítesis. Uno no puede probar la doctrina del libre albedrío de estos versículos en el primer capítulo de Juan. El poder, el privilegio, o el derecho de ser  hijos de Dios no es potencial sino real. El privilegio no indica ninguna facultad de medio—el privilegio es pleno y completo. El poder es dado a aquellos quienes han creído ya.

Los arminianos confunden la potencialidad indefinida con el resultado presente. Los hombres llegan a ser hijos de Dios (en el sentido familiar) por la regeneración, y llegan a ser hijos de Dios (en el sentido legal) por la adopción. Los que creen, es porque ya han sido regenerados. La fe fluye desde su fuente: la regeneración—y no viceversa. Cuando el Señor le concede la fe a un individuo, El lo regenera en una manera oculta y secreta no conocida a esa persona.

SÉPTIMO: Los arminianos rechazan el hecho de que el querer y el correr del hombre son los frutos de la gracia y la gracia no es el fruto del querer y el correr. Pero las ideas de la libre gracia y el libre albedrío están diametralmente opuestas. Todos aquellos quienes son los defensores estrictos para el libre albedrío son extraños a la gracia del Dios soberano. El querer y el correr son los frutos de la gracia: “Así que no depende del que quiere, ni del que corre, sino de Dios que tiene misericordia” (Rom. 9:16). Los hombres no obran ni se afanan por conseguir un boleto para ir al cielo. Esto fue provisto para los elegidos en la obra redentora de Jesucristo. Como un recipiente de la obra redentora de Cristo, uno vive y trabaja para Cristo. Un creyente está dispuesto morir a sí mismo diariamente (1Cor. 15:31).

Contrario a la enseñanza arminiana que el hombre tiene la voluntad para creer, la Escritura afirma que él cree mediante la gracia: “...los hermanos le animaron, y escribieron a los discípulos que le [Apolos] recibiesen: y llegado él allá, fue de gran provecho a los que por la gracia habían creído” (Hech. 18:27). Algunos afirman que la palabra “gracia” en este versículo aplica al evangelio, y otros piensan que se refiere a la elocuencia de Apolos. Ninguna de estas interpretaciones permanecerán la prueba de la Escritura. El Dios de la naturaleza es también el Dios de la gracia. Su influencia en una dimensión corresponde fuertemente con Su agencia en la otra. Dios no sólo trae las criaturas al mundo de la naturaleza, sino que también provee para su sostenimiento.

La salvación genuina consiste más que un mero asentimiento mental a unas cuantas verdades: “Porque con el corazón se cree para justicia, pero con la boca se confiesa para salvación” (Rom. 10:10). Primero una persona cree con su corazón; después confiesa esa salvación con su boca. El estado de su corazón corresponde con su mente.

Un peligro de engaño proviene desde la muy parecida semejanza entre la fe falsa y la genuina. Con el tiempo una persona prueba si él solo ha dado un simple asentimiento mental a unas verdades históricas o si ha sido regenerado por la libre gracia. El individuo en cuyo corazón el Señor ha hecho una obra de gracia desea la Palabra de Dios por la cual puede crecer (1Ped. 2:2). Las obras buenas siguen a la purificación del corazón por la fe (Hech. 15:9; Sant. 2:17-26). La fe obra por el amor (Gál. 5:6).

Por lo general la gente impía da crédito a las Escrituras pero impide la verdad de Dios con injusticia (Rom. 1:18). Los hombres tienen una tendencia de ser satisfechos con un simple asentimiento de la mente pero que es vacío sin la obediencia del corazón (Rom. 6:17).

La fe salvadora es mediante la gracia (Ef. 2:8-10). Desde la fuente de gracia, el Objeto de fe viene como una revelación. El Señor Jesucristo, el Verbo Encarnado, es el Objeto de fe. La Palabra Escrita que revela el Verbo Encarnado es también un objeto de fe.

La fe salvadora es traída a la existencia por la producción divina. Cristo Mismo atribuyó su origen al Dios el Padre: “...no te lo reveló carne ni sangre, sino mi Padre que está en los cielos” (Mat. 16:17). El ejercicio de fe viene de aquella fuente divina. Entonces es ejercida en cada condición de la existencia de uno. Es manifestada durante la prosperidad, la adversidad, la salud, y la enfermedad, y en la devoción y servicio. Puesto que la fe dada por Dios es mantenida por la intercesión de Cristo, no puede ser perdida. El Señor Jesucristo oró por Pedro para que su fe no faltara (Luc. 22:32). La obra intercesora de Jesucristo garantiza el mantenimiento de la fe de uno.

Ninguna persona puede creer en el Señor Jesucristo sin la asistencia de la gracia de Dios (1Ped. 1:18-21). Primero debe ser regenerado por el Espíritu de Dios. Los creyentes no son los recipientes pasivos de la gracia de Dios. Su fe dada por Dios tiene un efecto purificador en sus vidas.

El creyente en Jesucristo necesita asistencia constante durante su peregrinación terrestre. Una persona puede cuestionar la realidad de su fe, pero los Cristianos nunca niegan la eficacia de la fe sobrenatural y divina. Puesto que la fe viene de la gracia de Dios, los hombres están equivocados al pensar que el hombre tiene la virtud, la capacidad, o el poder para ejercitar su propio libre albedrío y elección. Los Cristianos son lo que son por la gracia de Dios (1Cor. 15:10).

La gracia de Dios conduce a sus recipientes sentir sus deficiencias en el conocimiento, la santificación, y la competencia. Ellos no saben nada como lo deben de saber (1Cor. 8:2), pero Dios ha provisto asistencia para todos Sus hijos. El ordenó la iglesia con sus ancianos divinamente elegidos para instruir y guiarles para que no fueran llevados por doquiera (Ef. 4:11-16).

  

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