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Serie:

“LAS CARACTERISTICAS DEL CRISTIANISMO AUTENTICO”

(Mensajes Expositivos de la primera epístola de Juan)

 

Por: Daviel D’Paz

 

Tema:

“La Manifestación del Verbo de Vida en Forma Humana”

(1a Juan 1:1-3)

Mensaje # 3

Domingo 2 de diciembre 2007

 

“Lo que era desde el principio, lo que hemos oído, lo que hemos visto con nuestros ojos, lo que hemos contemplado, y palparon nuestras manos tocante al Verbo de vida (porque la vida fue manifestada, y la hemos visto, y testificamos, y os anunciamos la vida eterna, la cual estaba con el Padre, y se nos manifestó); lo que hemos visto y oído, eso os anunciamos, para que también vosotros tengáis comunión con nosotros; y nuestra comunión verdaderamente es con el Padre, y con su Hijo Jesucristo” (1 Juan 1:1-3). 

 

Hemos estado hablando sobre el propósito del apóstol Juan al escribir esta su primera carta y estuvimos hablando en los mensajes anteriores cual fue el motivo del apóstol para escribir esta epístola. Estuvimos hablando sobre las falsas enseñanzas de un grupo conocido como los gnósticos que se encontraban esparciendo sus falsas enseñanzas en las iglesias de ese tiempo, afirmando que Jesucristo no era verdaderamente humano. El apóstol Juan preocupado por estas enseñanzas que se encontraban causando mucha confusión entre las iglesias, toma su pluma y comenzó a escribir inspirado por el Espíritu Santo esta hermosa epístola que tiene también relevancia para nosotros los cristianos en el día de hoy.

 

El apóstol Juan en su introducción a esta epístola nos habla de algo muy importante respecto a la Persona de Jesucristo. Y lo que él trata de enfatizar no es solo que Cristo es divino, pero también el hecho de que Jesucristo era verdaderamente un ser humano, debido a que los gnósticos se encontraban negando su humanidad. Los gnósticos negaban rotundamente que Jesucristo fuera verdaderamente un ser humano. Pero el apóstol Juan intenta demostrar en estos versículos, que Jesucristo era en realidad un ser humano por las siguientes razones:

 

·        Porque Juan afirma haberlo visto con sus propios ojos,

·        Porque afirma también haberlo palpado con sus propias manos,

·        Y porque afirma haberlo escuchado hablar con sus propios oídos.

 

 Al apóstol Juan le constaba que Jesucristo era verdaderamente un ser humano. Juan era el que se recostaba sobre el pecho de Jesús cuando se reunían para comer, por ejemplo. Juan estaba seguro que Jesucristo era verdaderamente un ser humano porque había sido un testigo ocular de la humanidad de Cristo: lo había visto dormir, lo había visto cansarse, lo había visto enojarse, lo había visto sudar, lo había visto comer, etc. Jesucristo era verdaderamente un ser humano. No había manera de que alguien le dijera al apóstol Juan lo contrario, debido a que él había sido un testigo presencial de la humanidad de Cristo.

 

Aunque los gnósticos afirmaban que Jesucristo era solo un espíritu, Juan insistía en que Jesucristo era verdaderamente un ser humano. Lo que el apóstol Pablo había escrito por ejemplo en términos teológicos acerca de Jesucristo en 1Timoteo 3:16, Juan lo describe en términos de experiencia personal en estos versículos.  El apóstol Pablo escribió lo siguiente en 1Timoteo 3:16,

 

“E indiscutiblemente, grande es el misterio de la piedad:
    Dios fue manifestado en carne,
    Justificado en el Espíritu,
    Visto de los ángeles,

Predicado a los gentiles,
    Creído en el mundo,
    Recibido arriba en gloria”.

 

El apóstol Pablo habla en este versículo que Cristo es Dios manifestado en carne. Aunque el apóstol Pablo no estuvo con Jesucristo durante su ministerio terrenal y no lo vio en los días de su carne, no obstante, Jesucristo se le manifestó y Pablo pudo darse cuenta que Jesucristo verdaderamente era Dios manifestado en carne y lo expresa en este versículo de manera irrefutable. Esto es prácticamente lo mismo que el apóstol Juan nos dice en la introducción de su primera carta. Juan nos dice que Jesucristo el Verbo de vida se había hecho carne, que el Verbo de vida se había manifestado.

 

Por ejemplo, cuando Juan escribió el evangelio que lleva su nombre, también habla sobre esto mismo en el capítulo 1, versículo 18, que dice lo siguiente:

“A Dios nadie le vio jamás; el unigénito Hijo, que está en el seno del Padre, él le ha dado a conocer”.

El apóstol Juan afirma que Jesucristo como el unigénito Hijo se encontraba en el seno del Padre y él había dado a conocer al Padre, porque a Dios nadie le ha visto jamás. En el Antiguo Testamento todo lo que se dice respecto a las personas que vieron a Dios, en realidad no fue al Padre al que vieron, sino al Hijo. Por ejemplo, cuando la Biblia dice que Moisés vio a Dios, no fue al Padre al que vio, sino al Hijo, a Jesucristo en su forma pre-encarnada. Antes que Jesucristo viniera a este mundo ya estaba con el Padre y todo lo que se escribió sobre las personas que vieron a Dios en el Antiguo Testamento, tales como el profeta Isaías quien vio al Señor “sentado sobre un trono alto y sublime, y sus faldas llenaban el templo” (Isa. 6:1), no fue al Padre a quien vio Isaías, sino a Jesucristo el Hijo de Dios porque “a Dios nadie le vio jamás; el unigénito Hijo, que está en el seno del Padre, él le ha dado a conocer” (Juan 1:18).

Desde el Antiguo Testamento, Jesucristo fue quien se apareció a Abraham, a Moisés y a muchos otros hombres de Dios y quien también hablaba con ellos. Pero llegó un momento cuando ese Verbo de vida se hizo carne en la persona de Cristo. Cuando llegó el cumplimiento del tiempo, “Dios envió a su Hijo, nacido de mujer y nacido bajo la ley”. Dios le plació enviar a la segunda Persona de la Trinidad, al Verbo de vida para que tomara forma de siervo, viviera en un cuerpo de carne y muriera en expiación por nuestros pecados. Esto es el evangelio.

Juan nos dice que la vida estaba con el Padre “y se nos manifestó”.  Esta frase significa literalmente en el original griego que Jesucristo estaba “cara a cara” con el Padre. Y esto nos habla de una comunión íntima. Por medio de esta expresión Juan intenta decirnos que el Hijo y el Padre gozaban de una relación personal desde el principio. Es por esa razón que Jesucristo nos dice en Juan 17:24 que el Padre lo amaba “aún desde antes de la fundación del mundo”:

“Padre, aquellos que me has dado, quiero que donde yo estoy, también ellos estén conmigo, para que vean mi gloria que me has dado; porque me has amado desde antes de la fundación del mundo”.

El Padre ama al Hijo y el Hijo ama al Padre. Entre ellos ha existido una comunión íntima e inseparable por toda la eternidad. Una comunión tan íntima que no había necesidad de crear al ser humano para poder experimentar lo que es la comunión. Hay muchos cristianos que creen que la razón por la que Dios creó al ser humano era porque se sentía solo y necesitaba de otras personas para tener comunión. Eso no es del todo cierto, porque Dios el Padre ya tenía comunión con Dios el Hijo y con Dios el Espíritu Santo.

El Padre, el Hijo y el Espíritu Santo ya tenían una comunión tan íntima por toda la eternidad, que no necesitaban crear a ninguna otra persona. El propósito de Dios al crear al ser humano, no fue principalmente para tener comunión con el hombre, sino para que el hombre pudiera traer más gloria a Dios. El ser humano fue creado para darle la gloria a Dios en todos los aspectos de su vida.

Mucho antes de que el ser humano fuera creado, las tres Personas divinas ya gozaban de una íntima comunión. Tanto en su evangelio como en su epístola, Juan afirma que él había visto, oído y aún tocado a Dios mismo en su expresión humana a través de Jesucristo. Los apóstoles reconocieron que la Palabra de vida que había estado en íntima comunión con el Padre por toda la eternidad, había entrado en el tiempo y el espacio para relacionarse con ellos en un cuerpo humano.

Una de las razones por las que ellos han dejado escrito sus testimonios a través del mensaje del evangelio por todo el mundo y a través de todas las edades, es para que podamos experimentar esa misma comunión que ellos experimentaron.

Nosotros no hemos visto a Jesucristo. Nosotros no hemos tenido el privilegio de verlo personalmente tal como lo vieron los apóstoles. Nosotros nunca lo hemos tocado, nunca lo hemos escuchado y nunca hemos palpado al Verbo de vida de manera literal. Pero Juan sí lo hizo. Y él escribió estas cosas para que nosotros podamos también ser participantes de la misma experiencia al creer en su testimonio. Y que a través de creer en Cristo como lo que realmente es, podamos tener  comunión con él y con los demás creyentes.

En otras palabras, el deseo y objetivo del apóstol Juan es que la experiencia que él tuvo, sea también nuestra experiencia no porque lo hayamos visto o tocado literalmente, sino porque por medio de la Palabra de Dios podemos creer que él en realidad vivió en un lugar determinado de Israel y que él murió en expiación por nuestros pecados. Así que, el testimonio de los apóstoles ha sido escrito con propósitos bien definidos: para que a través de ese testimonio nosotros podamos tener seguridad y comunión. Para que a través de su testimonio podamos darnos cuenta que la comunión con Dios es una realidad también para nosotros que estamos en Cristo.

Lo primero que el apóstol Juan nos habla en los primeros dos versículos es acerca de la humanidad de Cristo. Aunque también nos habla de su divinidad, el énfasis que el apóstol hace es en la humanidad de Cristo. Eso es lo primero que Juan intenta demostrar, que Cristo era verdaderamente un ser humano.

El Verbo de vida o la Palabra de vida, se refiere al Hijo de Dios como la expresión personal del Dios invisible y dador de la vida eterna a todos los que creen en El. Aunque nadie ha visto al Padre, sin embargo todo lo que el Padre es, lo podemos ver en Jesucristo. Todo lo que Dios el Padre es, Jesucristo lo ha manifestado y lo ha dado a conocer.

Es por eso que Cristo como la Palabra de vida, es el que ha dado a conocer al Dios invisible. Y cuando nosotros decimos que conocemos al Dios verdadero, no es porque lo hayamos visto, sino porque Jesucristo nos lo ha revelado. Y porque conocemos a Cristo, también conocemos al Padre. No hay manera de conocer al Dios verdadero si primero no conocemos a Jesucristo. Si no se tiene a Cristo, tampoco se tiene al Padre. Tal como Jesucristo lo dijo: “el que me ha visto a mi, ha visto al Padre”, porque él es la manifestación del Dios invisible.

Todo lo que podemos llegar a conocer del Padre, lo vamos a conocer en Jesucristo porque él es el Dios verdadero manifestado en carne.  El es el Verbo o Palabra de vida. Cuando el Hijo de Dios entró en el tiempo y el espacio, también su comunión con el Padre entró en el tiempo y el espacio. Es por eso que el haber oído hablar a Jesucristo, era lo mismo que el haber oído hablar al Padre por medio del Hijo. En Juan 14:10 y 24, se establece claramente esta verdad:

“¿No crees que yo soy en el Padre, y el Padre en mí? Las palabras que yo os hablo, no las hablo por mi propia cuenta, sino que el Padre que mora en mí, él hace las obras…El que no me ama, no guarda mis palabras; y la palabra que habéis oído no es mía, sino del Padre que me envió”.

Es por eso que los que estaban escuchando a Jesucristo era como si estuvieran escuchando al Padre. El escuchar a Cristo es equivalente a escuchar al Padre. Los discípulos entendieron esto, por eso estaban con él y le seguían, porque sabían que Jesucristo provenía del Padre. Porque sabían que Jesucristo era el Verbo de vida, era Dios manifestado en carne. En Juan 14:8-10, Jesucristo habla también de esta verdad con Felipe, quien todavía no la comprendía muy bien:

“Felipe le dijo: Señor, muéstranos el Padre, y nos basta. Jesús le dijo: ¿Tanto tiempo hace que estoy con vosotros, y no me has conocido, Felipe? El que me ha visto a mí, ha visto al Padre; ¿cómo, pues, dices tú: Muéstranos el Padre? ¿No crees que yo soy en el Padre, y el Padre en mí? Las palabras que yo os hablo, no las hablo por mi propia cuenta, sino que el Padre que mora en mí, él hace las obras”.

Estos versículos son tan claros que solo los “ciegos” no pueden verlos. Jesucristo claramente nos dice que él es uno con el Padre. Las obras que él hacía no las hacía por su propia cuenta, sino que el Padre que moraba en él, era quien hacía las obras. Esto no significa que el Hijo sea el Padre. Jesucristo es el Hijo pero no es el Padre. Cristo hizo una clara distinción en el versículo 10, “¿No crees que yo soy en el padre y el padre en mi?” No dice, “¿No crees que yo soy el Padre?”.

Existe una diferencia bien marcada entre Padre e Hijo. El Padre no es el Hijo y el Hijo no es el Padre. Existe una clara distinción. Jesucristo como el Hijo, es el Verbo de vida, es la segunda Persona de la Trinidad. Pero como Hijo de Dios tiene la misma autoridad que tiene el Padre. “…Toda potestad me es dada en el cielo y en la tierra” (Mateo 28:18). Todo el poder y autoridad que el Padre ha ejercido, también la tiene el Hijo. Y es él quien también tiene la prerrogativa de salvar y de condenar. Cristo, el Hijo de Dios salva a quien él quiere (Juan 5:21).

En Juan 10:30,38 leemos lo siguiente: Yo y el Padre uno somos Mas si las hago, aunque no me creáis a mí, creed a las obras, para que conozcáis y creáis que el Padre está en mí, y yo en el Padre”.  

Una vez más, podemos ver la clara distinción entre el Padre y el Hijo. Primero vemos la afirmación de la unidad de Dios en el versículo 30, y en el versículo 38, vemos la distinción de las dos Personas. No puede haber algo más claro que esto al mostrarnos tanto la unidad como la distinción en las Personas del Padre y del Hijo.

Por eso decimos que Dios es uno, pero también afirmamos que son Tres Personas en un solo Dios verdadero, porque eso es lo que nos enseña la clara revelación de la Palabra de Dios. Las Personas de la Trinidad son distintas la una de la otra, pero al mismo tiempo es un solo Dios verdadero.

Y vemos a la Segunda Persona de la Trinidad manifestarse en forma humana, revelando al Dios invisible y verdadero. Revelando al Dios que ha existido por los siglos de los siglos. Y es por medio de esa revelación que nosotros podemos conocerle. No hay otra manera en la que podamos conocer al Dios verdadero, sino solamente a través de la revelación de Cristo. Cristo vino a revelarnos al Padre. La palabra original griega traducida como “Verbo” es la palabra Logos que algunas versiones la traducen como “Palabra”. Cuando Juan dice que sus manos tocaron al Verbo de vida, se estaba refiriendo no solamente al niño que nació en el establo de Belén en un tiempo determinado. También se estaba refiriendo al Logos, al Verbo de vida que no tiene principio ni tiene fin, al Dios verdadero que existe por los siglos de los siglos.

Es por eso que ese Logos, ese Verbo de vida es la perfecta expresión del Dios invisible; es la perfecta expresión  del Dios Todopoderoso que creó el universo y quien entró a este mundo en forma de hombre,  revestido de carne para salvar a una humanidad caída. Eso es lo que el apóstol Juan nos dice en este versículo respecto al Verbo de vida. Como Logos, Jesucristo vino a revelar la mente de Dios al ser humano. Como Logos es también la imagen del Dios invisible. En Colosenses 1:15, vemos esta verdad establecida:

“El cual nos ha librado de la potestad de las tinieblas, y trasladado al reino de su amado Hijo, en quien tenemos redención por su sangre, el perdón de pecados. El es la imagen del Dios invisible, el primogénito de toda creación”.

Cristo vino a dar a conocer al Dios invisible, al Padre. Y los que vieron literalmente a Cristo, fue como si hubieran visto a ese Dios invisible. Pero también Jesucristo es la sustancia o esencia del Dios invisible tal como lo dice Hebreos 1:1-3,

“Dios, habiendo hablado muchas veces y de muchas maneras en otro tiempo a los padres por los profetas, en estos postreros días nos ha hablado por el Hijo, a quien constituyó heredero de todo, y por quien asimismo hizo el universo; el cual, siendo el resplandor de su gloria, y la imagen misma de su sustancia, y quien sustenta todas las cosas con la palabra de su poder, habiendo efectuado la purificación de nuestros pecados por medio de sí mismo, se sentó a la diestra de la Majestad en las alturas”.

 

Jesucristo es el mismo resplandor de la gloria de Dios. Es la imagen misma de su sustancia y quien sustenta todas las cosas con la palabra de su poder y quien ha efectuado la purificación de nuestros pecados y quien habiendo terminado esta obra de expiación, se ha sentado a la diestra de la Majestad en las alturas. 

 

Jesucristo no solo es el “Verbo o Palabra”, sino que es “el Verbo de vida” porque da vida a los muertos espirituales. Jesucristo es el Verbo de vida porque de El se desprende la vida a todos los seres vivientes. De él mana la vida; por él vivimos y por él nos movemos. Todos los seres humanos tenemos vida por medio de Jesucristo. Todos los seres vivientes tienen vida por causa de él. Pero también es él quien da vida a los muertos espirituales. El testimonio consistente de la Escritura es que el ser humano aunque está físicamente vivo, espiritualmente se encuentra muerto, tal como Pablo lo dice en Efesios 2:1,

 

“Y él os dio vida a vosotros, cuando estabais muertos en vuestros delitos y pecados

 

El ser humano sin Cristo, aunque tiene vida física se encuentra muerto espiritualmente. Aunque el ser humano está vivo físicamente hablando, espiritualmente no tiene vida. Pero Jesucristo como el Verbo de vida, imparte esa vida espiritual a todos los que se encuentran muertos en sus delitos y pecados. Por eso Pablo dice que fue él quien nos dio vida, nos dio vida cuando estábamos muertos.

 

Teníamos vida física, pero no teníamos vida espiritual. Éramos tan solo unos “muertos vivientes”. Éramos personas muertas que trabajaban, que caminaban por las calles, que tenían una familia, pero estábamos muertos. Solo éramos eso: muertos vivientes. Pero un día él nos dio vida, y esa vida espiritual se hizo una realidad gracias a que Jesucristo el Verbo de vida,  perdonó nuestros pecados y nos dio vida.

 

Jesucristo quien es el Verbo de vida puede dar no solo vida espiritual al pecador que no la merece, sino también puede darle vida eterna. Y este es el otro aspecto que Cristo hace también como el Verbo de vida. No solo nos da vida física cuando nacemos en este mundo, pero también nos da vida espiritual cuando le conocemos de manera personal. No solo eso, sino que también nos da vida eterna. Esa vida eterna que va a ser nuestra por toda la eternidad y que nunca terminará. Esa vida eterna que ya es nuestra, pero que se va a hacer una realidad visible cuando partamos de este mundo y estemos en la misma presencia de Dios.

 

A Dios le ha placido no solo el darnos vida espiritual, sino también darnos vida eterna. Personalmente creo que es mucho ya el que nos haya dado la vida física. No merecíamos tener vida física, como tampoco merecíamos tener vida espiritual, mucho menos merecemos tener la vida eterna.  Es solo por gracia la Gracia de Dios. Lo que nos ha sucedido es solo para aumentar la gloria de Dios y para manifestar las riquezas de su gracia. Esto es lo que hace el evangelio de la gracia de Dios: que las personas que solo merecen la condenación eterna, Jesucristo no les da lo que merecen, sino les da lo que no merecen, el perdón de sus pecados, la vida espiritual y la vida eterna. Tal vez algunos piensen que esto es demasiado bueno para ser verdad. Pero así es.

Esto nos habla que Jesucristo no tuvo su principio cuando nació en Belén de Judea, porque Jesucristo ya existía en gloria mucho antes de hacerse hombre.  Cuando Juan usa la frase “lo que era desde el principio”, no solo tenía en mente la encarnación de Cristo en un tiempo determinado de la historia  humana,   pero   también  tenía  en mente la eternidad en la que Jesucristo ha existido siempre. Jesucristo quien es el Verbo de vida no comenzó a existir en un punto determinado de la historia humana, él ya existía por toda la eternidad mucho antes de que comenzara el tiempo. Antes que Jesucristo se manifestara en este mundo, él ya existía por toda la eternidad. Juan 1:1,14 nos muestra esta verdad:

“En el principio era el Verbo, y el Verbo era con Dios, y el Verbo era Dios…”

Desde el mismo inicio de su evangelio, el apóstol Juan se asegura que podamos tener una comprensión correcta de quien es el Verbo. Nos dice que ese Verbo quien es Cristo, es Dios. Cristo mismo es Dios, la Palabra hecha carne. Y el versículo 14, dice:

 “Y aquel Verbo fue hecho carne, y habitó entre nosotros (y vimos su gloria, gloria como del unigénito del Padre), lleno de gracia y de verdad”.

Es importante comprender que Jesucristo no tuvo su origen en el establo de Belén de Judea. Es importante entender que la vida de Jesucristo no tuvo su principio cuando nació en ese establo, porque como el Logos o Verbo, él ya existía por toda la eternidad.  Juan usa una frase interesante: “En el principio” y es bueno preguntarnos, ¿A qué  principio se refiere el apóstol?

Podemos pensar en millones y millones de años antes del nacimiento de Cristo y Cristo quien es el Verbo de Vida, ya existía. El Verbo ya estaba con el Padre. Jesucristo ya era Dios cuando estaba con el Padre en el cielo. Pero ese Dios, ese Verbo que estaba con el Padre hizo algo extraordinario: se nos manifestó. Tomó forma humana, se revistió de carne al nacer en este mundo y vivió en esta tierra con un propósito. Y ese propósito fue el de vivir una vida perfecta y sin pecado, morir en la cruz por nuestros pecados y que a través de su muerte pudiéramos tener el perdón y la redención de nuestros pecados, acercarnos a Dios y tener comunión íntima con El.

Esa comunión que se había perdido en el jardín del Edén. Esa comunión que perdió Adán y Eva por causa de su desobediencia, Cristo el Logos, el Verbo de vida vino a restaurarla. Y ahora a través de él podemos tener esa comunión íntima que tenían Adán y Eva en el principio. Esa comunión que se había perdido, es restaurada una vez más a través del Verbo de vida. Y ahora podemos entrar a la misma presencia del Padre y adorarle, orarle a El y exaltarle, deleitarnos en El por medio de esa comunión.

Como ser humano, Jesucristo sí tuvo su principio dentro del tiempo y del espacio. Cuando Juan nos dice que él había visto, palpado y contemplado al Verbo de vida, desea enfatizar principalmente la verdadera humanidad de Jesucristo. Este énfasis que hace el apóstol Juan de la humanidad de Cristo, fue para contrarrestar las falsas afirmaciones de los gnósticos de que Cristo no era humano. El apóstol Juan dice que Jesucristo el Verbo de vida fue tan humano como nosotros porque lo había visto, lo había palpado y contemplado. Así que, Cristo como el Logos no tiene principio ni tiene fin, pero Cristo como el niño que nació en Belén de Judea, sí tuvo un principio. Pues él nació en un tiempo determinado en esa aldea de Belén. Pero como Dios, Jesucristo no tiene principio ni tiene fin. Jesucristo es el Dios Todopoderoso que ha existido siempre. Pero como ser humano, tuvo su inicio en un tiempo determinado de la historia humana.

Lo último que quiero mencionar rápidamente es que la verdadera comunión espiritual es el resultado de conocer estas verdades. El conocer las verdades de la Palabra de Dios trae como resultado la comunión entre los creyentes, pues no puede haber comunión con aquellos que no creen estas cosas. No podemos tener comunión con aquellos que niegan estas importantes verdades de la Palabra de Dios. Tenemos que creer que Cristo es Dios. Tenemos que creer que él es el Verbo de vida. Que él es quien murió en la cruz por nuestros pecados. Si alguien no cree esto, entonces no podemos tener verdadera comunión con esa persona. No importa que tan religiosa sea esa persona, si no cree esto no podemos tener comunión con ella.

Los gnósticos eran un grupo de personas muy religiosas, pero no creían estas verdades. El apóstol Juan escribe precisamente para refutar las falsas enseñanzas de los gnósticos diciendo que lo que había visto y oído, eso nos anunciaba. ¿Para qué? “…para que también vosotros tengáis comunión con nosotros; y nuestra comunión verdaderamente es con el Padre, y con su Hijo Jesucristo”.

El apóstol Juan escribe que uno de los propósitos que tenía al escribir esta epístola era para que por medio del mensaje dado en ella, los creyentes pudieran mantener la comunión  que tenían en Cristo y para que continuaran en esa comunión. La palabra “comunión” aparece 20 veces en el Nuevo Testamento y 4 de ellas se encuentran en esta primera epístola de Juan. Esto nos dice mucho sobre la importancia que esto significaba para el apóstol: que la vida cristiana no puede vivirse al estilo llanero solitario. Que la vida cristiana es una vida que nos es común a todos los creyentes y por lo tanto, debe ser compartida por todos. La vida cristiana debe ser una vida de comunión. La vida cristiana no es para vivirla aislada de los demás creyentes.

Hoy día debido a la tecnología que tenemos a nuestro alrededor, esta enseñanza bíblica de la comunión tal parece que está siendo descuidada e ignorada. Muchos creyentes creen que la vida cristiana puede vivirse sin una comunión con los demás creyentes. Muchos creen que no necesitan asistir a una iglesia a escuchar el mensaje o la predicación de la Palabra de Dios, debido a que en sus hogares pueden escuchar y hasta ver un servicio completo y no necesitan ir a la iglesia.

Muchos dicen, “Bueno, creo que no necesito reunirme con los demás hermanos ya que puedo escuchar el mensaje o la predicación de la Palabra en la televisión y la Internet”. Pero este argumento jamás será aceptado porque el apóstol Juan claramente nos dice que la comunión es indispensable entre los verdaderos creyentes. Si un verdadero creyente tiene nueva vida va a desear reunirse con los demás hermanos. Va a desear tener comunión con los demás cristianos. No hay lugar en la vida cristiana para los “llaneros solitarios”.

La vida cristiana debe ser una vida de comunión. La vida cristiana debe ser una vida de dependencia mutua, así como los miembros de nuestro cuerpo dependen uno del otro, viviendo en unidad y en comunión.

Es cierto que las iglesias locales se encuentran en distintos lugares y como miembros de esas iglesias locales no estamos todos en un mismo lugar o asamblea local. Existen iglesias locales en todo el mundo, pero aún así, los verdaderos creyentes podemos tener comunión con otros creyentes que se encuentran en distintas partes del mundo. Pero la comunión de la iglesia local es algo sumamente indispensable y que siempre debe tenerse en cuenta. Debido a que los gnósticos se encontraban destruyendo la comunión entre los creyentes de las iglesias, Juan sintió la necesidad de hacer énfasis en este aspecto de la vida cristiana.

Como conclusión, solo quiero decir que nuestra verdadera comunión trasciende la iglesia local e incluye a todos aquellos que han sido regenerados por el Espíritu Santo y que son miembros del Cuerpo de Cristo aún en otras congregaciones. La verdadera comunión trasciende el tiempo y el espacio y solo se obtiene por medio del nuevo nacimiento en la familia de Dios. Como cristianos verdaderos tenemos comunión con los demás creyentes verdaderos en otras congregaciones, aunque no sepamos quienes son, ni como se llaman.

Debido a que no conocemos el corazón de las personas como tampoco sabemos quien verdaderamente ha nacido de nuevo, no podemos conocer a todos nuestros hermanos y hermanas en Cristo. Pero lo que sí sabemos es que esa comunión existe y que es una realidad, aún con aquellos hermanos que se encuentran en otras partes del mundo, en iglesias que no conocemos, y con quienes hasta tenemos diferencias doctrinales. La verdad es que dondequiera que haya cristianos regenerados por el Espíritu Santo, ahí tenemos hermanos y hermanas en Cristo y ahí tenemos también verdadera comunión.

SOLI DEO GLORIA

 

 

© Daviel D’Paz, Derechos reservados, Tulsa, OK.   2008

 

Las siguientes obras han sido de gran ayuda para la elaboración de esta serie de mensajes a través de la Primera epístola del apóstol Juan. Las obras marcadas con un asterisco (*), son las que consideramos como las mejores y que nos parecen más importantes como obras de referencia. Se han dejado en su título original en inglés debido a que la mayoría de ellas no se encuentran traducidas al español. 

 

 

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