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LA BASE EPISTEMOLÓGICA DE

LA FE CRISTIANA

 

Por: Stephen C. Perks

 Las Escrituras son la revelación de Dios, tanto de Sí mismo al hombre, como de Su voluntad para el hombre. Por lo tanto, ellas revelan no meramente la verdad, lo que el hombre ha de creer en lo concerniente a Dios,” sino también la palabra de mando de Dios, “el deber que Dios requiere del hombre” (Catecismo Menor de Westminster, P & R.). Por consiguiente, la tarea de la teología es doble: el teólogo se propone entender y comunicar efectivamente la verdad de la palabra de Dios, y segundo, aplicar la palabra de mando de Dios a la situación contemporánea, proveyendo así una base inteligible para la aplicación práctica de la fe Cristiana.

 

Esta definición de la tarea teológica presenta ciertas aseveraciones acerca de la relación entre la Escritura y la teología, concretamente, que las Escrituras son la base esencial y fundamental para nuestro entendimiento de Dios y de Sus obras de creación y providencia –en otras palabras, para nuestro entendimiento de todas las cosas– y de este modo que la Biblia habla con autoridad final sobre todos los tópicos con los cuales trata. Si abandonamos esta concepción de la tarea teológica cortamos el vínculo esencial entre la Escritura y la teología.

 

Esto ha sido confirmado por los desarrollos en la moderna teología Protestante, que ha rechazado cada vez más la concepción sola scriptura de la teología a favor de una aproximación más Deísta o racionalista. Ninguna denominación Protestante dominante, o grupo dentro de esas denominaciones, ha quedado sin ser afectado por esta tendencia moderna. El resultado ha sido que las Escrituras, como la fuente de la verdad última, y aún más como la palabra de mando de Dios, han sido empujadas hacia atrás del telón, y en el caso de lo último han sido casi totalmente abandonadas –en muchas partes incluso como la base para la enseñanza de la ética y de la moralidad personal. Ha desaparecido el vínculo esencial entre la Escritura y la teología, y se ha perdido porque ha sido abandonada la base epistemológica sobre la cual fue predicado.

 

El propósito de este capítulo es examinar la base epistemológica de la concepción sola scriptura de la fe Cristiana en contraste con la cosmovisión(1) del no-creyente, y luego proveer una breve aplicación de la teoría Cristiana del conocimiento a la filosofía de la educación. La necesidad e importancia de tratar hoy con esta materia es ocasionada por el hecho de que la epistemología es la preocupación primordial de la filosofía moderna, y por tanto, es únicamente sobre la base de un entendimiento apropiado de la materia que somos capaces de estructurar una apologética para la fe Cristiana que sea racionalmente consistente y al mismo tiempo fiel a la Escritura.

 

El centro último de la racionalidad

 

El economista y filósofo Austriaco Ludwig von Mises dijo que los hechos no hablan por sí mismos, se habla de ellos a partir de una teoría. Esta es una declaración típicamente post-Kantiana y citada así significa que los hechos de la realidad no tienen significado o propósito hasta que la mente creativa del hombre ordena esos hechos de manera lógica y de ese modo les da significado y propósito. En esta perspectiva el centro último de la racionalidad y la inteligibilidad es el hombre mismo. El hombre es la medida de todas las cosas más allá de quien no hay una autoridad superior. Sin embargo, para el Cristiano, es el acto creativo de Dios el que le da a todos los hechos de la realidad su propósito y significado. Su palabra es la palabra creativa original que trae a la existencia y ordena todos los hechos de la realidad. El hombre es capaz de entender el mundo en el que vive porque él también es una parte de esa creación racionalmente ordenada, creado a la imagen de Dios “en conocimiento, justicia y santidad, con dominio sobre las criaturas.”

 

Por lo tanto, lo que el no-creyente afirma acerca de los hechos de la realidad, se basa en una teoría particular del conocimiento humano que asume que la mente del hombre tiene el poder creativo original para definir y ordenar la información cruda de la realidad que le rodea sin referencia a alguna autoridad externa o principio interpretativo.(2) En otras palabras, se basa en ciertas presuposiciones acerca de la naturaleza del mundo en el que vive, es decir, que el mundo existe y puede ser entendido independientemente del Dios de la Escritura.

 

De igual manera, lo que el Cristiano afirma sobre los hechos de la realidad está basada en una presuposición particular sobre la naturaleza de la realidad, a saber, que es la creación ex nihilo del Dios de la Escritura. De este modo el Cristiano conoce todas las cosas por fe (Hebreos 11:3), es decir que él comienza su razonamiento con un acto de fe en el Dios de la Escritura y así postula la veracidad y la suficiencia de la revelación divina como el mismo fundamento de su entendimiento de todas las cosas. Al hacerlo así insiste en que la única interpretación válida de los hechos de la realidad es aquella que le ha dado su Creador y que esta interpretación autoritativa de la realidad ha sido establecida por Dios mismo en las Escrituras del Antiguo y el Nuevo Testamento. De esta forma, el Cristiano afirma que la única epistemología válida o teoría del conocimiento humano es aquella que está basada en la palabra revelada de Dios.

 

Por tanto, aunque debemos rechazar rotundamente la armazón que dio pie a este pronunciamiento autoritativo –a saber, que los hechos no hablan por sí mismos sino que se habla de ellos a partir de una teoría– debemos, no obstante, reconocer al mismo tiempo que hay también una verdad importante en ella. En realidad, esta verdad es para el hombre la base fundamental de la epistemología. Pero para el humanista es la mente autónoma del hombre la que da sentido a los hechos de la realidad, la que habla la palabra definitiva de verdad acerca del ámbito de los fenómenos, mientras que para el Cristiano es Dios quien habla la palabra de verdad acerca de la realidad.(3)

 

Por lo tanto, para el Cristiano el centro último de la racionalidad e inteligibilidad es el Dios de la Escritura y así, el hombre, si ha de conocer algo verdaderamente debe, como criatura de Dios, creado a Su imagen, “pensar los pensamientos de Dios como Él lo hace,” para usar las palabras de Cornelius Van Til. Además, también el no-creyente, de acuerdo a la teoría Cristiana del conocimiento, es solamente capaz de arribar al verdadero conocimiento en la misma extensión y manera, aunque es inconsciente de que este es el caso. En la medida en que niegue esto y rehúse pensar los pensamientos de Dios a la manera de Él su conocimiento es falso, puesto que se basa en una teoría que no concuerda con la interpretación definitiva y autoritativa del Creador de los hechos de la realidad.

 

El ejemplo clásico de esto es, claro está, la evaluación de Eva de los hechos de la realidad en el Huerto de Edén. Habiendo asumido que tenía la habilidad de arribar a la verdad última concerniente a la naturaleza de la realidad sin referencia a la palabra autoritativa de Dios hizo un falso avalúo de los hechos con respecto al árbol del conocimiento del bien y del mal. Es este proceso de razonamiento autónomo, i.e., el rechazo de la palabra definitiva de Dios como el fundamento de todo conocimiento, lo que condujo a la caída y que constituye la esencia del pecado original.

 

Algunos problemas con la visión humanista de la racionalidad

 

El no creyente, como hemos visto, comienza su pensamiento con la premisa de que el mundo existe y puede ser entendido independientemente del Dios que lo creó y que lo sustenta continuamente por la palabra de Su poder. De ese modo formula una epistemología que él afirma ser neutral u objetiva, i.e., basada en los hechos de la realidad en lugar de en los hechos siendo interpretados por una fe religiosa. Esta alegación a la neutralidad es un mito. Es un mito porque al hacer esta suposición básica el no-creyente está siendo cualquier otra cosa menos neutral u objetivo. Está comenzando a partir de una teoría que por su misma naturaleza niega que el Dios de la Escritura pueda existir y por tanto que niega implícitamente la totalidad de la religión Bíblica.

 

De ese modo, su interpretación de los hechos de la realidad inevitablemente negará que el universo es lo que el Cristiano insiste que es, a saber, la obra de las manos de Dios. Dado su punto básico de partida el no creyente no puede, lógicamente, llegar a alguna otra conclusión. Se podría objetar aquí que aunque el no-creyente no asume la existencia del Dios de la Escritura en el principio tampoco lo niega, sino que simplemente lo deja abierto al cuestionamiento. El si Dios existe o no sería entonces determinado como resultado de la aplicación de principios autónomos racionales. De este modo, por sus propias habilidades racionales, el hombre se labraría su propio camino hacia el conocimiento de Dios. Sin embargo, el dios de tal teología natural no podría ser el Dios revelado en la Escritura, sino simplemente un dios de la propia hechura del hombre, según las modas religiosas de la época. Esto es así debido a que el Dios de la Escritura es el fundamento mismo de todas las cosas, la fuente de toda razón y por lo tanto, de la propia racionalidad del hombre.

 

Así, como ya se ha declarado, si el hombre ha de conocer cualquier cosa verdaderamente él debe pensar los pensamientos de Dios según Él lo hace, pues Él es el Uno en términos de quien deben entenderse y medirse todas las cosas, no la mente autónoma del hombre. El hacer la pregunta “¿existe Dios?” es afirmar, en el menor de los casos, que esa posibilidad yace detrás de Dios, lo cual es decir que el concepto de posibilidad gobierna la existencia de Dios. Tal dios no sería el Dios del que se habla en la Escritura pues el Dios de la Escritura es la fuente de toda posibilidad. La Biblia afirma que el Dios de quien ella habla no puede posiblemente no existir, y que todas las cosas dependen de Él para su existencia. De este modo, el Dios de la Escritura es la fuente de toda verdad, Aquel que determina qué es y qué no es, y así, es Aquel que define todas las cosas, incluyendo al hombre, por Su acción creativa. Asumir la racionalidad autónoma del hombre es negar la existencia de tal Dios.

 

Al afirmar el hombre que él determina por sí mismo si Dios existe o no es convertir al hombre en la fuente de la verdad última, aquel que determina lo que es y lo que no es, y así, en aquel que define a Dios según su propia imagen. Cualquier dios afirmado sobre tales fundamentos no puede ser el Dios de la Escritura sino meramente la proyección de un ídolo tomado de las Escrituras. De ese modo el cuestionar si Dios existe o no, es negar la existencia del Dios de la Escritura desde el principio.(4) Esto da pie a la mentira de la supuesta neutralidad del racionalista. La así llamada objetividad o doctrina de la neutralidad del hombre moderno es, de hecho, una presuposición religiosa negativa universal con respecto a la naturaleza de la realidad que es sostenida y defendida solamente por fe, pues la noción de que el mundo existe y que puede ser entendido independientemente del Dios de la Escritura no puede probarse objetivamente más de lo que puede probarse la existencia de Dios de manera objetiva; es un asunto de fe.

 

Así pues, la idea de que el conflicto entre el humanismo y el Cristianismo es uno que consiste de hecho versus fe, que ha sido promovido por la clase dirigente “científica” de nuestro día, es una mentira. El conflicto es, en verdad, uno de fe versus fe, pues no hay “hechos brutos” en el universo, solamente hay hechos interpretados, y en su interpretación de los hechos de la realidad el no-creyente asume la habilidad de conocer y entender independientemente de Dios un mundo que él cree que existe independientemente de Dios. Es esta presuposición la que gobierna el pensamiento del no-creyente, y por consiguiente, su valoración de los hechos en cualquier esfera. De ese modo, mira el mundo a su alrededor, y todas las cosas en él, en términos de una teoría que es pre-teórica – i.e., aún no demostrada, y que es improbable por su misma naturaleza. Por lo tanto, el no-creyente comienza su pensamiento con un acto de fe en sus propias presuposiciones acerca de la naturaleza autónoma de la realidad y en su propia habilidad como un pensador original creativo y conocedor del mundo; en otras palabras, mira todas las cosas desde una perspectiva religiosa la cual requiere fe como su fundamento.

 

Conocimiento, fe y revelación

 

Esto es evidente si consideramos que hay en realidad solamente dos posiciones últimas con respecto a la posesión del conocimiento, a saber, el conocimiento exhaustivo u omnisciencia, y la ignorancia completa. Si he de saber algo verdaderamente debo saberlo todo exhaustivamente, de otra manera lo que sé, o más bien lo que pienso que sé, puede ser afectado por lo que no sé, de una manera y en una medida que no puedo saber, y así mi “conocimiento” no es conocimiento en cualquier sentido apropiado sino meramente especulación. Si, como un ser finito que carece de conocimiento exhaustivo, he de saber algo verdaderamente, me debe ser revelado por uno que sí conoce todas las cosas exhaustivamente. Sobre la base de esta revelación, y en la medida en que mi razonamiento sea consistente con ella, soy entonces capaz de seguir adelante y edificar mi conocimiento y entendimiento del universo que me rodea. Pero mi conocimiento está necesariamente basado sobre la fe en la validez de esta revelación. Esto es así para el no-creyente y para aquellos que se consideran racionalistas no menos que para el Cristiano.

 

Todo conocimiento, científico o de cualquier otra índole, está basado en la revelación, es decir en un algo “dado” que es pre-teórico y es, de ese modo, recibido por fe. Tales cosas “dadas” con consideradas axiomáticas y asumidas de ese modo sin cuestionamiento. Ellas forman la base de todo conocimiento adicional, y por lo tanto, no son susceptibles de prueba racional, puesto que cuestionar su validez sería cuestionar la posibilidad del conocimiento. En otras palabras el conocimiento (la ciencia) pende de la fe, no la fe en el conocimiento. La única alternativa para los seres humanos finitos es la ignorancia total y el escepticismo.

 

El no-creyente acepta la naturaleza racional de la realidad como una verdad auto-evidente. Pero es una verdad auto-evidente para el hombre solo porque él mismo es creado, en primer lugar, a la imagen de Aquel que trajo a la existencia este cosmos racional. La naturaleza racional de la realidad es revelada en la creación; es claro que todos la pueden ver, pues esa es la manera como Dios la creó.(5) El no-creyente acepta la validez de esta revelación como algo “dado,” aunque niega a Aquel que hizo la revelación. Sin embargo, su aceptación de ella es esencialmente una creencia religiosa, i.e., una visión de la realidad que es recibida por fe. Sin embargo, el no-creyente más adelante acepta que el mundo existe y que puede ser entendido independientemente del Dios de la Escritura y que sus propias facultades racionales son suficientes para la tarea de entender ese mundo y es así capaz de dar orden y significado a los hechos de la realidad de una manera creativa original.

 

Estas también son creencias fundamentalmente religiosas, es decir, presuposiciones que gobiernan la estructura de la cosmovisión del no-creyente y que son recibidas solo por la fe. En la medida en que el no-creyente es consistente con lo primero (i.e., la naturaleza racional de la realidad), en esa medida es capaz de conocer el universo a su alrededor. Pero en la medida que asume lo último (i.e., la naturaleza autónoma de la realidad), en esa medida su conocimiento es corrupto, y de esa manera, falso. Es la mutua exclusividad de estas presuposiciones básicas sobre la naturaleza de la realidad lo que hace imposible en última instancia para el no-creyente construir una cosmovisión racionalmente consistente y significativa.

 

La naturaleza circular del razonamiento

 

De este modo, todo razonamiento es circular en el hecho que toma como ciertas algunas nociones fundamentales acerca de la naturaleza de la realidad que gobiernan el proceso de razonamiento. Estas presuposiciones gobiernan tanto el método usado para evaluar la información de la realidad como las conclusiones alcanzadas sobre esta información, puesto que es en términos de la validez de estas presuposiciones que toma lugar el proceso de razonamiento. Esto es así para el no-creyente no menos que para el Cristiano. La cosmovisión del no-creyente está así basado en la fe, es decir sobre la validez asumida de las presuposiciones que gobiernan su entendimiento de la naturaleza de la realidad. En otras palabras el no-creyente hace ciertas nociones acerca del mundo en el que vive que funcionan esencialmente como dogmas religiosos en términos de los cuales se busca el conocimiento y el entendimiento adicionales del cosmos. Cuando niega que esto es así y reclama objetividad o neutralidad solamente muestra de este modo el ser ignorante de la base epistemológica de su propio pensamiento. Está, en una palabra, engañado.

 

Premisas que se han tomado prestadas

 

Sin embargo, este no es el único punto en el cual el no-creyente está engañado. Si fuese intelectualmente honesto consigo mismo –ciertamente una cosa rara entre los así llamados pensadores científicos de nuestro día– tendría que admitir que piensa y razona continuamente en términos de principios totalmente inconsistentes. Él asume la existencia de un cosmos ordenado racionalmente, o al menos un cosmos que admite el ser ordenado racionalmente por la mente del hombre, que al final llega a la misma cosa puesto que si el cosmos no es ordenado racionalmente no tiene significado, y por lo tanto, es incapaz de ser ordenado racionalmente – de hecho, en tal universo no existe tal cosa como la racionalidad.

 

Pero entonces intenta construir una filosofía que está basada en un concepto diametralmente opuesto a esta noción, i.e., la evolución o casualidad total del universo, que significa que todo el cosmos, cada hecho y faceta de la realidad, incluyendo al hombre y por tanto también su racionalidad, son meras cosas inconexas las unas con las otras, meros sucesos, el resultado de la casualidad, sin significado con relación a otros sucesos casuales en el universo. En otras palabras, el no-creyente intenta argumentar racionalmente sobre un universo que es, por su misma naturaleza, irracional y por tanto incapaz de ser entendido, pues no hay base para su inteligibilidad.

 

Van Til ha descrito la tarea del no-creyente como la de enhebrar un número infinito de cuentas sin huecos en una cuerda infinitamente larga sin principio ni fin. Pero esto es, en efecto, precisamente en lo que el no-creyente afirma haber tenido éxito, puesto que él afirma ser capaz de entender el mundo en el que vive. Sin embargo, es capaz de hacer esto solamente en la medida en que es inconsistente consigo mismo. Para dar cualquier tipo de sentido al universo tiene que asumir principios operativos de racionalidad, ley e inteligibilidad que contradicen fundamentalmente su creencia de que el universo es el producto del caos y la casualidad. Estos principios asumidos son, de hecho, tomados prestados de un entendimiento de la realidad tal y como ha sido creada por Dios.

 

Así, en su uso de estos principios el no-creyente testifica de su continua dependencia de una concepción de la realidad que presupone que el cosmos es la creación del Dios de la Escritura. Por supuesto que él niega que esto sea así, puesto que admitirlo sería reconocer a Dios. Por lo tanto, reprime la verdad acerca de Dios e intenta continuamente negar la naturaleza de la realidad como creada por Dios. De ese modo, el no-creyente opera continuamente sobre premisas prestadas. Tiene que aceptar el universo como Dios lo creó, a saber, como un universo racional gobernado por la ley. Él es capaz de hacer esto, y eso sin estar consciente de ello, porque es creado a la imagen de Dios y por tanto posee una naturaleza racional. Pero, como criatura caída, niega y suprime la verdad acerca de Dios y por lo tanto intenta explicar la naturaleza de la realidad en términos de una teoría que presupone la existencia independiente del cosmos y la racionalidad autónoma del hombre.

 

El resultado es una epistemología inconsistente que conduce a muchas teorías ad hoc sobre el origen del universo y como este funciona. Pero, debido a que todas estas teorías y filosofías son lógicamente inconsistentes terminan en la irracionalidad. El hombre no puede encontrarle sentido al universo sin Dios. Sus intentos de hacer esto son inconsistentes consigo mismos porque están basados sobre principios irreconciliables. Sin embargo, debido a que el hombre es criatura de Dios, creado a la imagen de Dios para que pudiese pensar los pensamientos de Dios como Él lo hace, en otras palabras, debido a que es inconsistente y asume un mundo de racionalidad, es capaz de encontrar sentido en el mundo a su alrededor en alguna medida.

 

Pero hace eso a pesar de su negación de Dios y únicamente en la medida en que acepta, aunque sin darse cuenta, la naturaleza, creada por Dios y revelada por Dios, de la realidad –en otras palabras, en la medida en que piense los pensamientos de Dios como Él lo hace. Si fuese consistente con su negación de Dios tendría que concluir en que todas las cosas son sin sentido y que es imposible decir cualquier cosa inteligible sobre cualquier hecho o aspecto de la existencia en el universo casual que le rodea –de hecho, en tal universo el concepto de inteligibilidad es un absurdo. En alguna medida algunas escuelas de filosofía moderna han elaborado esta verdad más consistentemente que hasta ahora, y de ese modo tenemos el existencialismo y el nihilismo.

 

Tienes tu pastel... pues cómetelo

 

Así pues, la perspectiva general del no-creyente está distorsionada, aunque es capaz de obtener entendimiento y verdades individuales. Sin embargo, este entendimiento y estas verdades no pueden relacionarse consistentemente unos con otros ni con las presuposiciones antibíblicas que gobiernan su entendimiento del universo. En particular, el no-creyente quiere desesperadamente mantener unidos y bajo su control ciertos aspectos de la realidad, especialmente cualidades y facetas de la personalidad humana que él sabe instintivamente que son esenciales para su propia humanidad, pero que es incapaz de explicar sobre la base de su propia filosofía.

 

Esto ha dado pie al surgimiento de sistemas dualistas de pensamiento que han intentado explicar la naturaleza de la realidad en términos de la supuesta racionalidad autónoma del hombre, es decir, el esquema de forma-materia del antiguo período Griego, el esquema de naturaleza-gracia del escolasticismo medieval, y el esquema naturaleza-libertad del período del Renacimiento y la Ilustración hasta nuestros tiempos.(6) Todas esa filosofías son simplemente un intento de preparar uno su propio pastel y después comerlo. Debido a que son el producto de una epistemología inconsistente están distorsionados y son, en última instancia, irracionales, es decir, que fracasan en producir una interpretación racionalmente consistente del universo. De ese modo, el no-creyente está fuera de contacto con la realidad, aunque no se da cuenta de ello, y por tanto, la “esquizofrenia intelectual,” para usar el término de R. J. Rushdoony, se manifiesta continuamente en su pensamiento.

 

La visión Cristiana de la realidad

 

La posición Cristiana, por otro lado, es consistente dentro de sus propias presuposiciones; es decir que cumple en proveer una interpretación racionalmente consistente de los hechos de la realidad. No es esquizofrénico, sino que es capaz de armonizar todo el cosmos en una cosmovisión unificada que está basada en principios auto-consistentes. El Cristiano, por tanto, a diferencia del no-creyente, cree verdaderamente en un universo, es decir, en un cosmos que es una entidad unificada porque encuentra su significado y propósito en el acto creativo del Dios de la Escritura el cual es, por tanto, inteligible y explicable en términos sólo de Su palabra. Además, es únicamente en términos de la teoría Cristiana del conocimiento que el hombre es capaz de arribar a un entendimiento consistente y unificado de la realidad.

 

Puede que al no-creyente no le guste el Dios que encuentra en el centro de esta teoría Cristiana del conocimiento ni la naturaleza de la cosmovisión que esta genera, pero no puede, si es intelectualmente honesto, negar su racionalidad última. Claro está que el no-creyente nunca admitirá esto porque es un pecador, un rebelde en enemistad con Dios. Por lo tanto, no puede aceptar que la naturaleza de la realidad es una naturaleza centrada en Dios. Antes creerá una mentira que inclinarse ante el Dios de la Escritura. La depravación ética se manifiesta en cada área de su vida, y por consiguiente, en su entendimiento de cada aspecto y hecho de la realidad. Lo que se ha dicho antes no tiene la intención de implicar, no obstante, que el Cristiano nunca puede estar equivocado o que no cometa errores en sus intentos por llegar a un entendimiento apropiado de los hechos de la realidad. Obviamente, el Cristiano sí comete errores y llega a conclusiones incorrectas acerca del mundo en el que vive. Pero hace esto a pesar de no debido a sus presuposiciones básicas acerca de la naturaleza de la realidad creada por Dios.

 

La diferencia entre el creyente y el no-creyente es esta: dadas sus presuposiciones básicas sobre el origen y naturaleza de la realidad es imposible para el no-creyente, en principio, hablar inteligiblemente acerca de algún hecho en el universo. Sin embargo, debido a que es inconsistente con sus presuposiciones, y a que asume que el universo es ordenado racionalmente –en otras palabras, debido a que realiza su pensamiento en términos de conceptos pre-teóricos que son tomados en préstamo del entendimiento Cristiano de la realidad– es capaz de arribar a un entendimiento correcto de muchos aspectos del mundo a su alrededor. Pero no puede, en última instancia, arreglar estas verdades en una cosmovisión racionalmente consistente y significativa debido a que su negación de Dios necesariamente le separa del único principio interpretativo que es capaz de proveer un fundamento racional para tal cosmovisión, a saber, la creación ex nihilo de todo el cosmos por el Dios de la Escritura. El Cristiano, sin embargo, aunque es capaz de cometer errores en su entendimiento de algunos de los hechos que se hallan delante de él, es, no obstante, capaz de arribar a un correcto entendimiento de la naturaleza y significado de la realidad como un todo. Su cosmovisión es, en principio, consistente consigo misma y con el mundo a su alrededor.

 

Aplicación de la teoría Cristiana del conocimiento a la filosofía de la educación

 

El principio de sola scriptura implica que la totalidad de la vida debe estar sujeta a la voluntad de Dios tal y como se revela en las Escrituras, y al menos en teoría, aquellos que se adhieren a ella siempre han sostenido que esto es así. Cuando llegamos a la aplicación práctica de este principio se vuelve claro que las implicaciones de la epistemología sobre la cual descansa son de gran alcance. Hoy, en ninguna otra parte esto es más cierto, y en más urgente necesidad de nuestra atención, que en el campo de la filosofía de la educación. Generalmente hablando –aunque quizá con la excepción del “conocimiento religioso”– el no-creyente enseñará los mismos temas y los mismos hechos que el Cristiano enseña, pero intentará ajustarlos en una visión de la realidad que niega la existencia del Dios de la Escritura y que busca explicar todas las cosas en términos de esa cosmovisión.

 

En tal perspectiva la fe Cristiana es meramente el producto de una cosmovisión anticuada y anticientífica, y es, de ese modo, un sistema irracional de creencia en la era científica de hoy. Pero la fe Cristiana es irracional a la vista del no-creyente porque se opone a sus propias presuposiciones religiosas acerca de la naturaleza de la realidad. Para el Cristiano la situación es exactamente al revés. El entendimiento Cristiano de la vida se centra en Dios, y por lo tanto, busca entender e interpretar todas las cosas en términos del propósito creativo del Dios de la Escritura y la palabra que Él dado para gobernar la vida del hombre. Debido a que Él es el Creador y sustentador de todas las cosas el universo encuentra su propósito y significado únicamente en Él. De este modo, la negación de Dios es un salto a la irracionalidad y un suicidio intelectual. Esto ubica el tema de la educación en su contexto filosófico. Estas dos posiciones son mutuamente exclusivas. Nunca pueden estar de acuerdo fundamentalmente en la interpretación de los hechos de la realidad en ningún punto si son consistentes con sus presuposiciones.

 

Por lo tanto, para el Cristiano y para el humanista no puede haber un terreno común.(7) Esta verdad ha sido entendida más por los humanistas hasta aquí, que por los Cristianos. Es la mutua exclusividad de estas dos posiciones lo que hace esencial la provisión de una educación específicamente Cristiana para nuestros hijos, y que el enviar nuestros hijos a las escuelas estatales para ser educados por los humanistas sea una negación implícita de la fe. Esta verdad –que es la naturaleza de nuestras presuposiciones religiosas básicas la que gobierna nuestro entendimiento de todas las cosas– es pues, la base fundamental detrás de una filosofía y práctica, específicamente Cristianas, de la educación, puesto que si es verdad que la única interpretación válida del mundo en el que vivimos es aquella que está basada en la palabra revelada de Dios, entonces la educación que demos a nuestros hijos debe estar basada en esa palabra en todos los puntos. Por lo tanto, una educación Cristiana es una que capacita al estudiante a pensar los pensamientos de Dios como Él lo hace en cada disciplina y área de la vida; en otras palabras, una que le provee tanto el marco conceptual basado en y consistente con la interpretación definitiva de la realidad establecida en la palabra de Dios y las herramientas intelectuales para asimilar la información de la realidad en ese marco.

 

Solamente tal educación capacitará al estudiante para encontrar el sentido último del mundo en el que vive y le equipará para cumplir su mandato cultural de traer todas las cosas a la obediencia de Cristo. Además, debido a que el Cristiano cree que todas las cosas fueron creadas por Dios, y por lo tanto, que los hechos de la realidad solamente pueden ser entendidos apropiadamente en términos del propósito creativo de Dios, la filosofía Cristiana de la educación niega enfáticamente que cualquier disciplina o campo de estudio, cualquier método científico, o los hallazgos y conclusiones de la investigación de alguna y cualquier faceta del cosmos, pueda ser neutral con respecto a las presuposiciones fundamentales de la epistemología sobre la cual está basada. Es el acto creativo de Dios el que da significado a los datos de la realidad, y así, la única teoría que puede hablar con autoridad acerca de esta información, o encontrar su sentido último, es aquella que presupone al Dios de la Escritura como el principio fundamental de interpretación de todas las cosas: “porque de él, por él y para él son todas las cosas” (Rom. 11:36) y “Él es antes que todas las cosas, y todas las cosas en Él subsisten” (Col. 1:17). Esta verdad es el principio de todo conocimiento, pues solamente en términos de esta verdad es posible el verdadero conocimiento.

 

De este modo, “el principio de la sabiduría es el temor de Jehová” (Prov. 1:7). Por tanto, es traición contra Dios entregar nuestros hijos a los no-creyentes para la formación de su perspectiva intelectual y su filosofía de la vida –pues eso es lo que se le da al niño en la escuela, a saber, una cosmovisión total, no simplemente información especializada o técnica sobre ciertas materias que sus padres son incapaces de proveer; de hecho, lo que la mayor parte de educadores se sienten orgullosos de proveer es precisamente una filosofía completa de la vida. Cualquiera que suponga que puede mantener el control sobre el tipo de cosmovisión del que beben sus hijos mientras los envía a una escuela estatal o humanista está engañado. Es imposible deshacer cinco días de instrucción sistemática en la cosmovisión humanista con una mañana de escuela Dominical, que es generalmente todo lo que los hijos de los Cristianos obtienen a manera de una educación específicamente Cristiana– e incluso esta es generalmente de una calidad muy pobre y limitada a la “educación religiosa” en el sentido limitado. Estamos negando la fe cuando entregamos nuestros hijos para ser educados por nuestros enemigos, para ser instruidos y estimulados a mirar el mundo, y todas las cosas en él, en términos de las categorías impías del pensamiento humano. Hacer eso es dedicar nuestros hijos a otro dios. Es idolatría y traición, todo puesto en un solo paquete.

 

Conclusión

 

Inicié este capítulo afirmando que la teología Protestante moderna ha abandonado la base de la sola scriptura sobre la que fue originalmente fundada, y esto ha ocurrido porque la base epistemológica sobre la cual descansaba ha sido abandonada. Sin embargo, esto no ha sido hecho de manera auto-consciente, y esto es porque, en lo general, la base epistemológica de la concepción sola scriptura de la teología no fue sostenida auto-conscientemente por aquellos que se adhirieron al principio de la sola scriptura. De allí que Van Til criticara a aquellos que sostenían el principio de la sola scriptura pero quienes, no obstante, intentaban construir una apologética que se basaba en una epistemología racionalista de terreno común –por ejemplo, Hodge, Warfield y los antiguos Princetonianos. Esto, según Van Til, es entregar demasiado; de hecho, rinde todo en principio al enemigo.

 

Con el surgimiento del humanismo racionalista y su afirmación de derecho al método científico, etc., muchos han concluido que el evangelio ya no es defendible intelectualmente –al menos el tipo de evangelio sostenido por los Reformadores con su creencia en las Escrituras como la infalible palabra del Dios viviente y la autoridad suprema y obligatoria en todas los asuntos de fe y conducta. De este modo, sin terreno seguro en el que permanecer cuando se ve forzada a defender la fe, la iglesia Protestante, incluyendo el ala evangélica, ha roto filas y ha huido ante un enemigo cuya fortaleza yace únicamente en una ilusión de racionalidad.

 

Algunos, avergonzados por las afirmaciones de la Escritura y no dispuestos a sacrificar la respetabilidad intelectual en un mundo académicamente hostil a la verdad bíblica, han buscado frenéticamente encontrar maneras de mostrar que las Escrituras realmente quisieron decir todo el tiempo lo que los racionalistas ‘científicos’ de hoy están diciendo –observe la teoría de la brecha en la creación y la idea de la evolución teísta, que fue desarrollada para que concordara con una teoría que no solamente es antibíblica sino también indefendible en términos de cualquier concepción auténtica del método científico. Sin embargo, en este proceso de acomodamiento, la teología Protestante ha dejado de ser esencialmente escritural en algún sentido honesto y significativo, y se ha movido hacia una forma de teología natural que es más aceptable en el clima intelectual y académico contemporáneo.

 

Otros, deseosos de afirmar su adherencia a la fe bíblica y no dispuestos a adoptar una teología racionalista, han escapado inconscientemente hacia la misma jaula que los racionalistas han construido para ellos, a saber, una dicotomía de fe-razón entre la religión Cristiana y la así llamada verdad científica o empírica. Ambas tendencias son el resultado de dar demasiada credibilidad a las afirmaciones ilegítimas de la filosofía racionalista. En resumen, la iglesia Protestante hoy está sufriendo de un ataque severo de cobardía intelectual ante el enemigo. Si la iglesia ha de recuperarse de esta condición y reclamar el terreno perdido debe deshacerse de su esclavitud intelectual a la perspectiva racionalista de la filosofía y la teología moderna y retornar nuevamente a la concepción sola scriptura de la fe Cristiana.

 

Nuestra tarea, entonces, es reedificar una teología consistente en términos de ese principio y desarrollar una hermenéutica que sea capaz de aplicar la Escritura al mundo contemporáneo, liberando así la palabra de mando de Dios enviándola hacia la vida de la iglesia y al mundo, el cual hemos sido comisionados para traer a la disciplina de Cristo. Sin embargo, si hemos de comunicar la verdad bíblica efectivamente nuestra apologética debe basarse en una epistemología que sea racionalmente consistente consigo misma y con nuestro entendimiento de la Escritura como la revelación infalible y autoritativa de Dios y de Su voluntad para el hombre. Sobre tal base podemos desafiar confiadamente todas las filosofías y sistemas racionalistas de pensamiento desplegados contra la religión Cristiana en nuestro día.

 

No obstante, al hacerlo de este modo, debemos hacer claro que la epistemología Cristiana sobre la cual edificamos no es meramente un fundamento racional para la verdad que proclamamos, sino que es el único fundamento racional para cualquier afirmación de verdad. Es la base no solamente de la verdad escritural, sino de toda la verdad, sea esta concebida religiosa o científicamente, pues las afirmaciones de la verdad bíblica son globales, lo abarcan todo. Solamente sobre la base de tal epistemología estamos en posición de revelar la idolatría intelectual de la incredulidad y exponerle al no-creyente la irracionalidad de su propia posición.

 

 

© Stephen C. Perks 1992

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ISBN 0-9518899-0-7 La traducción y publicación de este artículo – que corresponde al capítulo Uno del libro La Filosofía Cristiana de la Educación Explicada – cuenta con la aprobación expresa del autor. No se puede distribuir sin el debido consentimiento del autor. El libro está disponible en su versión completa (en Inglés) en el sitio web

www.goodtheology.com

 

Notas:

 

1 Por mucho de lo que tengo que decir aquí sobre la epistemología, y por mi entendimiento en lo general de este tema, estoy en deuda con los escritos de Cornelius Van Til. Sin embargo, debido a que sus libros no están indexados – y aún cuando hay un índice generalmente no es exhaustivo – he sido incapaz de dar referencias específicas de sus escritos para algunas de las ideas que he expresado, y por lo tanto, este reconocimiento general debe ser suficiente. Para aquellos que deseen investigar este tema con mayor detalle los siguientes tres libros de Cornelius Van Til son excelentes puntos de inicio: Un Estudio de la Epistemología Cristiana, La Defensa de la Fe y Una Teoría Cristiana del Conocimiento, todos publicados por Presbyterian & Reformed Publishing Company.

 

2 Escribiendo sobre la secularización de la ciencia Herman Dooyeweerd declara: “El nuevo ideal de la ciencia secularizó el motivo bíblico de la creación. El poder creativo le fue atribuido al pensamiento teórico, al que le fue dada la tarea de demoler metódicamente las estructuras de la realidad tal y como son dadas en el orden divino de la creación, con el propósito de crearlas otra vez teóricamente según su propia imagen. “La arrogante declaración de Descartes, repetida por Kant, ‘Dadnos materiales y les construiremos un mundo,’ y la declaración de Thomas Hobbes, que el pensamiento teórico puede crear así como el mismo Dios, están ambas inspiradas por el mismo motivo humanista, el motivo de la libertad creativa del hombre concentrada en el pensamiento científico.” (La Secularización de la Ciencia [Memphis, TN: Christian Studies Centre, 1954], p. 19.)

 

3 La diferencia entre estos dos enfoques quizá puede ser resumida diciendo que esta verdad es para el Cristiano el punto de partida próximo en el acto de conocer, mientras que para el humanista es el punto de partida último.

 

4 Por ejemplo, Van Til declara: “En contraposición a este tipo de dios que brota del principio del hombre autónomo se halla el Dios de la Escritura. Él se presenta a Sí mismo en la Escritura como Aquel en términos de quien el hombre mismo ha de abandonar su autonomía y permitir que él mismo sea interpretado por Dios. En otras palabras, la Escritura presenta a Dios como final. Por consiguiente, la Escritura se presenta a sí misma como el principio final por el cual todas las cosas deben ser medidas. Los dioses producidos por el pensamiento del hombre, aparte de la Escritura, son ídolos. Aferrarse a cualquier dios de ese tipo es quebrantar el primer mandamiento del Dios de la Escritura.” (Una Teoría Cristiana del Conocimiento [Nutley, New Jersey: Presbyterian and Reformed Publishing Company, 1969], p. 224.)

 

5 Van Til declara el caso de esta manera: “Según la Escritura, Dios ha creado el ‘universo.’ Dios ha creado el tiempo y el espacio. Dios ha creado todos los ‘hechos’ de la ciencia. Dios ha creado la mente humana. En esta mente humana Dios ha depositado las leyes del pensamiento según las cuales ha de operar. En los hechos de la ciencia Dios ha depositado las leyes del ser según las cuales funcionan. En otras palabras, la impresión del plan de Dios se halla sobre toda la creación. “Podemos caracterizar toda esta situación diciendo que la creación de Dios es una revelación de Dios. Dios se reveló Él mismo en la naturaleza y Dios también se reveló a Sí mismo en la mente del hombre. Así, es imposible para la mente del hombre funcionar excepto en una atmósfera de revelación. Y todo pensamiento del hombre, cuando ha funcionado normalmente en esta atmósfera de revelación, va a expresar la verdad como esta ha sido depositada en la creación por Dios. Por tanto, podemos llamarle a la epistemología Cristiana una epistemología revelacional.” (Un Estudio de la Epistemología Cristiana [Phillipsburg, New Jersey: Presbyterian and Reformed Publishing Company], p. 1.)

 

6 Estas ideas filosóficas han sido descritas por Herman Dooyeweerd en Una Nueva Crítica del Pensamiento Teórico (Presbyterian and Reformed Publishing Company, 1969), En el Ocaso del Pensamiento Occidental, Estudios sobre la Pretendida Automomía del Pensamiento Filosófico (Nutley, New Jersey: The Craig Press, 1980), y La Secularización de la Ciencia, citada antes.

 

7 El terreno común no debe ser confundido con la gracia común. Debido a la gracia común de Dios hacia la humanidad el no-creyente entiende en un grado el mundo en el que vive y es capaz de arribar a la verdad con respecto a muchos aspectos de la realidad. Pero, como he argumentado antes, esto ocurre a pesar de más bien que debido a las presuposiciones básicas que gobiernan su pensamiento. En otras palabras, el no creyente es inconsistente con su propia epistemología, y la razón para esto es que él es creado a la imagen de Dios y es incapaz de negar o desfigurar esa imagen totalmente. De hecho, es solamente debido a su creación a la imagen de Dios que el no-creyente es capaz de funcionar como un ser humano racional, aún cuando use todos sus poderes como ser racional para negar la existencia del Dios de la Escritura. El hecho de que la imagen de Dios en el hombre no ha sido totalmente destruida por la caída, y por tanto, el hecho de que el no-creyente aún es capaz de arribar a un grado de verdad en lo que concierne al mundo en el que vive, es un aspecto de la gracia común de Dios a la humanidad, pero esto no significa que haya, en términos de una epistemología consistente proveniente de cualquier parte, algún terreno común entre el creyente y el no creyente con respecto a algún aspecto o hecho de la realidad. 

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