La importancia práctica
de
la doctrina de la Predestinación
Por:
Lorraine Boettner
Edición
revisada y corregida por: Daviel D’Paz
Nota aclaratoria:
La siguiente obra es una exposición de la doctrina bíblica de la predestinación
y su importancia práctica desde una perspectiva Presbiteriana. Aunque nosotros
como cristianos Bautistas diferimos con nuestros hermanos Presbiterianos en
algunas enseñanzas y puntos doctrinales menores, no obstante, creemos que su
postura y enseñanza respecto a este tema es bíblica y digna de ser escuchada
por todos los que amamos la Palabra de Dios y la sana doctrina.
CONTENIDO
La influencia que ejerce la doctrina de la
predestinación en la vida diaria del creyente.
Una fuente de seguridad y valor.
El énfasis calvinista en la obra divina
en la salvación del hombre.
Sólo el calvinismo pasa por todas las
pruebas.
Las doctrinas calvinistas no son
irrazonables cuando son entendidas correctamente.
La Asamblea de Westminster y la Confesión
de Fe.
Estas doctrinas deben ser enseñadas y
predicadas públicamente.
Los votos de ordenación y la obligación
del ministro.
La iglesia presbiteriana mantiene una
posición abierta y tolerante.
Razones por las que el calvinismo se
encuentra parcialmente eclipsado en el presente.
1.
La influencia que ejerce la doctrina de la predestinación en la vida diaria del
creyente
Es totalmente falso que ésta sea una mera teoría,
fría, árida, y especulativa o un insensible sistema de extrañas doctrinas,
como muchos opinan. Este sistema es, al contrario, un relato vital e importante
de las relaciones de Dios con el hombre, y encierra en sí grandes verdades prácticas
que sirven, mediante la influencia del Espíritu Santo, para moldear los afectos
del corazón y dar dirección correcta a la conducta. Dice Calvino al respecto:
"Quisiera en primer lugar, exhortar a mis
lectores a que tengan presente esta admonición, que este gran tema no es,
como muchos se imaginan, una disputa intricada y contenciosa, ni una especulación
sin provecho que sólo sirve para cansar la mente de los hombres; sino, más
bien, un tema provechoso que redunda en beneficio de los creyentes. Ya que nos
edifica sólidamente en la fe, nos enseña a ser humildes, y nos mueve a admirar
la bondad infinita de Dios para con nosotros. Y no hay medio más eficaz para
edificar nuestra fe que el abrir nuestros oídos a la elección divina, la cual
el Espíritu de Dios sella en nuestros corazones mientras escuchamos, mostrándonos
que la elección procede de la eterna e inmutable buena voluntad de Dios para
con nosotros; y que, por tanto, no puede ser revocada ni alterada por ninguna
tormenta del mundo, por ningún ataque de Satanás, por ningún cambio ni
ninguna inconstancia o debilidad de la carne. Y cuan inmenso es el consuelo que
experimentamos cuando entendemos que la causa de ella se
halla exclusivamente en el seno de Dios". Creemos que estas son palabras
verdaderas y muy necesarias hoy día.
El creyente que atesora esta doctrina en su corazón
sabe que su rumbo en la vida es uno que le conducirá al cielo; que su camino
terrenal ha sido preordenado para él personalmente; y que, por tanto, es un
buen camino. Aunque no comprenda todos los detalles, puede mirar confiadamente
hacia el futuro aun en medio de las adversidades ya que sabe que su destino
eterno está asegurado y que su futuro es uno lleno de bendiciones; y que nada
ni nadie puede despojarle de este inestimable tesoro. Además, sabe que una vez
terminado su peregrinaje podrá mirar hacia atrás y ver que cada suceso de su
vida fue determinado por Dios con un propósito particular, y se sentirá
agradecido por haber sido conducido a través de todas sus experiencias
particulares. Una vez convencido de estas verdades, el creyente sabe que el día
vendrá cuando a todos los que le afligieron o persiguieron podrá decir, como
José dijo a sus hermanos, "Vosotros pensasteis mal contra mí, mas Dios
lo encaminó a bien". Este concepto glorioso de Dios como el Alto y
Sublime, que aun está interesado en los más mínimos sucesos, no deja lugar a
lo que los hombres únicamente llaman casualidad, suerte, o azar. Cuando una
persona se reconoce escogida del Señor y sabe que cada uno de sus actos tiene
un significado eterno, comprende con mayor claridad cuan seria es la vida y, por
consiguiente, siente una nueva y poderosa determinación de hacer grandes
cosas que redunden en la gloria de Dios.
2. Una fuente de seguridad y valor
"La doctrina de la providencia particular",
dice Rice, "es la que da a los creyentes seguridad en medio del peligro,
seguridad de que el camino del deber es el camino del bien y de la prosperidad.
Dicha doctrina, además, mueve a los creyentes a vivir vidas virtuosas, aun
cuando ello les exponga a grandes reproches y persecuciones. Cuan frecuentemente,
cuando nubes y oscuridad parecen posarse sobre los creyentes, ellos pueden
regocijarse en la seguridad que brindan las palabras del Salvador, 'Nunca os
dejaré, ni os abandonaré". La seguridad que esta
doctrina imparte al creyente en pruebas surge de la certeza que sus asuntos no
dependen de su propio poder o, mejor dicho, de su debilidad, sino de las
poderosas manos seguras del Padre Todopoderoso—que sobre él está la
bandera del amor y debajo de él están los brazos eternos. Además, el creyente
sabe que aun el diablo y hombres impíos, no importa cuantos males traten de
infligir, no sólo son refrenados por Dios sino compelidos a hacer la voluntad
de Dios. Eliseo, solitario y olvidado, consideró que eran más los que
estaban con él que los que estaban contra él, porque vio los carros y los
jinetes del Señor en las nubes. Los discípulos, sabiendo que sus nombres
estaban escritos en el cielo, estaban resueltos a padecer persecuciones, y en
cierta ocasión, al ser azotados y escarnecidos, "salieron de la presencia del concilio,
gozosos de haber sido tenidos por dignos de padecer afrenta por causa del Nombre"
(Hch. 5:41).
"La meditación piadosa sobre la predestinación
y nuestra elección en Cristo", dice el artículo diecisiete del credo de
la Iglesia Anglicana, "es fuente de dulce, grato, e inexpresable consuelo a
los creyentes". Pablo dijo, "Por nada estéis afanosos". Y es sólo
cuando sabemos que Dios verdaderamente reina desde el trono del universo y que
él ha ordenado que seamos sus hijos amados, que podemos tener esa paz interna
en nuestros corazones.
El Dr. Clarence E. Macartney, en un sermón sobre la
predestinación, dijo: "Las supuestas desdichas y adversidades de la vida
asumen un matiz distinto cuando las contemplamos a través del cristal de la
predestinación. Es triste oír a personas que tratan de vivir su vida otra vez
diciéndose a sí mismas: 'Si sólo hubiese escogido otra profesión', 'Si sólo
hubiese tomado otro camino en la encrucijada de la vida', 'Si sólo me hubiese
casado con otra persona'. Expresiones como estas demuestran gran debilidad y no
son cristianas. Es verdad que en un sentido hemos entretejido la red del destino
de nuestra vida con nuestras propias manos, pero también es cierto que Dios ha
tenido su parte en ello. Es la parte de Dios y no la nuestra la que nos da fe y
esperanza".
Blaise Pascal, en una maravillosa carta escrita a un
amigo angustiado por la muerte de un ser querido, en vez de repetir las
acostumbradas palabras de consuelo, le confortó con la doctrina de la
predestinación, diciendo, "Si consideramos este suceso, no como un
efecto de la casualidad, ni como una fatal necesidad de la naturaleza, sino como
resultado inevitable, justo, santo, de un decreto de la providencia divina,
concebido desde la eternidad, para ser ejecutado el año, día, hora, lugar y
manera en que ha acontecido, adoraremos en humilde silencio la sublimidad
impenetrable de los secretos del Señor; adoraremos la santidad de sus decretos;
bendeciremos las obras de su providencia, y uniendo nuestra voluntad con la de
Dios mismo, desearemos con él, en él y para él, lo que él ha decidido hacer
en nosotros y para nosotros desde la eternidad".
El calvinista genuino ve la mano y el propósito
sabio de Dios en todo, y sabe que aun sus sufrimientos, pesares, persecuciones,
derrotas, etc., no son los resultados de la casualidad ni accidentes, sino que
han sido previstos y preordenados, y que son maneras que Dios utiliza para
disciplinarle para su propio bien. El calvinista sabe que Dios no aflige a sus
hijos innecesariamente; sabe que en el plan divino todas sus aflicciones han
sido estrictamente ordenadas en cuanto a número, peso y medida; y que no
continuarán ni un solo instante más de lo que Dios considera necesario. En el
momento de pesar, su corazón, afianzado en estas verdades, instintivamente se
adhiere a esta fe, sintiendo que la aflicción fue enviada por razones sabias y
benignas, aunque desconocidas. No importa cuan dolorosas y desconcertantes las
aflicciones, un momento de reflexión le hace volver en sí nuevamente, y los
pesares y tribulaciones pierden en gran medida su punzante filo.
De acuerdo con estas verdades las Escrituras declaran:
"A
los que aman a Dios todas las cosas les ayudan a bien"
(Ro. 8:28);
"Hijo mío, no menosprecies la disciplina del Señor,
ni desmayes cuando eres reprendido por él; porque el Señor al que ama,
disciplina, y azota a todo el que recibe por hijo" (Heb.
12:5, 6).
"Jehová
es; haga lo que bien le pareciere" (1S. 3:18); "Pues tengo por
cierto que las aflicciones del tiempo presente no son comparables con la gloria
venidera que en nosotros ha de manifestarse" (Ro. 8:18);
"Bienaventurados
sois cuando por mi causa os vituperen y os persigan, y digan toda clase de mal
contra vosotros, mintiendo. Gozaos y alegraos, porque vuestro galardón es
grande en los cielos; porque así persiguieron a los profetas que fueron antes
de vosotros" (Mr. 5:11, 12).
"Y
si sufrimos (con él), también reinaremos con él" (2 Ti. 2:12).
"Jehová dio, y Jehová quitó; sea el nombre de
Jehová bendito" (Job 1:21).
Y cuando alguien nos difame, al menos no nos
sentiremos tan ofendidos sino que con David podremos decir: "Dejadle
que maldiga, pues Jehová se lo ha dicho" (2 Samuel 16:11).
La predestinación es nuestra única garantía segura
de salvación. Otras cosas pueden darnos consuelo, pero sólo la predestinación
puede darnos seguridad. La predestinación da al evangelio su verdadero
significado, es decir, "buenas nuevas". Cualquier otro sistema que
sostenga que el sacrificio de Cristo en realidad no salvó a nadie sino que
meramente hizo posible la salvación de todos, siempre y cuando los hombres
cumplan con algunos requisitos, reduce el evangelio a nada más que un buen
consejo, y cualquier sistema que sólo lleva consigo una mera "posibilidad"
de salvación, también lleva, por necesidad lógica, una "posibilidad"
de perdición. ¡Cuán distinto es para el hombre caído si el evangelio es
buenas nuevas o meramente buenos consejos! El mundo está lleno de buenos
consejos; aun los libros de los filósofos paganos tienen muchos buenos consejos;
pero sólo el evangelio tiene las buenas nuevas de que Dios nos ha
redimido.
Este sistema, a pesar de lo lógico y severo que
aparenta ser, no infunde tristeza ni pasividad, sino valor y actividad. El
calvinista, reconociéndose inmortal hasta que su labor haya sido cumplida,
experimenta como resultado, gran valor. Smith describe muy bien al calvinista
en las siguientes palabras:
"Habiendo sido rescatado del terrible abismo y
colocado sobre la Roca eterna, su corazón rebosa de amorosa gratitud, su alma
está consciente de un amor divino que jamás le abandonará y de un poder
divino que en él y a través de él está cumpliendo los propósitos de eterno
bien, y se encuentra ceñido de fuerza invencible. En un sentido mucho más
noble de lo que Napoleón jamás soñó, se reconoce ser un 'hombre de destino'".
Y añade, "El calvinismo es al mismo tiempo el credo más satisfactorio y
el más estimulante".
Además de propiciar incentivos al valor, la doctrina
de la predestinación sirve de incentivo a la humildad y al agradecimiento. En
la presente etapa de su vida el creyente se considera a sí mismo como un tizón
sacado del fuego. Reconociendo que ha sido salvado no por mérito o sabiduría
propia, sino sólo por la gracia y misericordia de Dios, se siente profundamente
consciente de su dependencia de Dios y esto le sirve como el más grande incentivo
para vivir una vida recta. En fin, no hay manera más segura de llenar la mente
con reverencia, humildad, paciencia y gratitud que el impregnarla con esta
doctrina de la predestinación.
3. El énfasis calvinista en la obra divina en la salvación del hombre
El que desconozca estas verdades más profundas
sacadas a la luz por la doctrina de la predestinación podrá llegar a ser sólo
un creyente muy imperfecto. No podrá apreciar adecuadamente la gloria de Dios,
ni las riquezas de la gracia impartidas mediante la redención en Cristo; porque
en ninguna otra parte brilla tan refulgentemente la gloria de Dios, libre de
contaminación por obras humanas, que en la predestinación de los elegidos a
la vida. La predestinación nos enseña que todo lo que somos y todo lo de valor
que poseemos lo debemos a la gracia divina. Además, la predestinación reprende
el orgullo humano y exalta la misericordia divina; muestra que el hombre es nada
y que Dios es todo, y así preserva la verdadera relación entre la criatura y
el infinitamente exaltado Creador; exalta a un Soberano absoluto, quien es el
gobernador universal, y humilla ante él a todos los demás soberanos,
enfatizando de ese modo el hecho de que todos los hombres en sí mismos y aparte
del favor especial de Dios se encuentran en un mismo nivel; además, ha
defendido los derechos de la humanidad dondequiera que ha penetrado, sea en la
esfera del estado como en el de la iglesia.
La doctrina de la predestinación enfatiza el lado
divino de la salvación mientras que su sistema rival enfatiza el lado humano.
La doctrina de la predestinación graba en nosotros el hecho de que nuestra
salvación es puramente por gracia y que no somos mejores que los que han sido
abandonados a sufrir por sus pecados. Por consiguiente, nos mueve a ser más
caritativos y tolerantes para con los no salvos y a sentir eterno agradecimiento
a Dios por habernos salvado a nosotros. Nos enseña que en nuestro estado caído
nuestra sabiduría no es sino necedad, nuestra fortaleza debilidad, y nuestra
justicia meros trapos de inmundicia. Nos enseña además que nuestra confianza
está en Dios y que de él solo viene nuestra ayuda. Nos enseña la lección que
tantos ignoran para su propio perjuicio, es decir, la bendita lección de desesperar
de nosotros mismos.
Lutero dice que frecuentemente se sentía ofendido
por esta doctrina, porque le impulsó a desesperar de sí mismo; pero que más
tarde se dio cuenta de que este tipo de desesperanza le era provechosa y era
algo parecido a la gracia divina. Esta doctrina, ciertamente, brinda la
respuesta a más preguntas, envuelve menos dificultades, provee una base más sólida
a la fe y a la esperanza y exalta y glorifica a Dios más que cualquiera otra
doctrina que la contradiga. No es una exageración decir que esta doctrina es
fundamental a los conceptos religiosos de los escritores bíblicos, y el
erradicarla del Antiguo o del Nuevo Testamento sería alterar toda la revelación
bíblica. El Dr. J. Gresham Machen dijo al respecto, "El calvinista está
constreñido a considerar la teología arminiana como una seria depreciación de
la doctrina bíblica de la gracia divina; e igualmente seria es la idea que el
arminiano debe sostener en cuanto a las doctrinas de las iglesias reformadas".
Es evidente, pues, que sólo hay dos teorías que
aquellos que se llaman a sí mismos evangélicos pueden sostener en cuanto a
este importante tema. Todos los que han hecho algún estudio del tema y han
llegado a algunas conclusiones al respecto son o calvinistas o arminianos. No
existe otra posición que un "creyente" pueda asumir. Los que niegan
la naturaleza sacrificial de la muerte de Cristo adoptan un sistema de auto
salvación, un naturalismo, y por tanto no pueden ser considerados "creyentes"
en el sentido histórico y propio del término.
A manera de comparación podemos decir que la iglesia
luterana subraya el hecho de que la salvación es sólo por fe; la iglesia
bautista destaca la importancia de los sacramentos, en particular el bautismo, y
el derecho de los individuos y de las congregaciones a ejercer su criterio
personal en los asuntos religiosos; la iglesia metodista enfatiza el amor de
Dios para con los hombres y la responsabilidad del hombre para con Dios; la
iglesia congregacional destaca el derecho del criterio personal y de las
congregaciones locales a dirigir sus propios asuntos; la iglesia católico
romana enfatiza la unidad de la iglesia y la importancia de su vínculo con la
iglesia apostólica. Todos estos énfasis, aunque válidos en sí mismos,
pierden su importancia ante la gran doctrina de la soberanía y majestad de Dios
que se destaca en las iglesias presbiterianas y reformadas. Los principios
enfatizados por las otras iglesias son principios más o menos antropológicos;
el nuestro, en cambio, es un principio teológico y nos presenta un GRAN DIOS,
alto y sublime, que ocupa el trono del dominio universal.
El Dr. Warfield nos ha dado un excelente análisis de
los principios formativos de las iglesias luteranas y de las reformadas. Tras
afirmar que la distinción no es que los luteranos niegan la soberanía de
Dios, ni que los reformados niegan la salvación por fe solo, añade:
"El luteranismo, surgiendo a consecuencia de las
angustias de un alma apesadumbrada por el sentido de culpabilidad, busca la paz
con Dios y halla esta paz en la fe, y ahí se detiene.... Su mayor interés es
la paz del alma justificada. El calvinismo pregunta con la misma vehemencia la
gran pregunta: ¿Que haré para ser salvo?' y la contesta de la misma manera.
Pero no se detiene ahí. Le presiona una pregunta aun más profunda: '¿de dónde
proviene la fe por la cual soy justificado?.... El calvinista siente gran celo
por la salvación, pero más aun por el honor de Dios, y es esta la pregunta que
vivifica sus emociones y vitaliza sus esfuerzos. El calvinismo comienza, se
centra y termina con la visión de Dios en su gloria; y busca ante todas las
cosas dar a Dios la gloria que le pertenece en cada esfera de la vida". Y
añade: "El fundamento del pensamiento calvinista es en una palabra, la
visión de Dios en su majestad", y una vez el hombre ha captado esta visión,
queda "por un lado lleno de un sentido de su indignidad como criatura, y
mucho más como pecador ante la presencia de Dios, y por otro lado lleno de
indescriptible asombro de que no obstante este mismo Dios es uno que recibe a
pecadores". Toda dependencia de sí mismo desaparece, y depende únicamente
de la gracia de Dios. En la naturaleza, en la historia, en la gracia, en todo
lugar, de eternidad a eternidad, el calvinista ve la actividad del Dios que
todo lo llena.
Si Dios tiene un plan definido para la redención del
hombre, es de suma importancia que conozcamos este plan. La persona que
contempla una complicada máquina pero desconoce el propósito para lo cual ha
sido diseñada e ignora la relación entre sus distintas partes, no la podrá
entender ni usar de manera útil. De igual manera, si desconocemos el plan de
salvación, o el gran fin de dicho plan, o la relación entre las distintas
partes, o si las entendemos erróneamente, nuestras ideas serán confusas y
erróneas y no lo podremos aplicar debidamente a nosotros mismos o presentarlo
a otras personas. Dado que la doctrina de la predestinación nos revela tanto
respecto al camino de salvación, y dado que provee tan gran consuelo y
seguridad al creyente, ella es una gloriosa y bendita verdad.
No vacilamos en afirmar que este sistema de fe y
doctrina, revelado por inspiración del Espíritu Santo, es el sistema filosófico
verdadero y final. La teología estudia a Dios mismo, las ciencias físicas y
las artes liberales estudian sólo sus vestiduras. Por consiguiente, la teología
es la "reina de las ciencias". La filosofía, como ha sido estudiada
usualmente por las diferentes escuelas de pensamiento, es el fundamento y la
maestra de las ciencias meramente humanas, pero en sí es sólo una ciencia
auxiliar en el estudio de la teología.
La teología calvinista es el tema más glorioso que
jamás haya ocupado la mente del hombre. Su mismo punto de partida es una
profunda contemplación de la exaltación y perfección de Dios. Sus doctrinas
sublimes de la gracia soberana, del poder y de la gloria de Dios, lo elevan a
regiones mucho más exaltadas que cualquier otro sistema. El que lo escudriña
tiene que exclamar con el salmista, "Tal
conocimiento es demasiado maravilloso para mí; alto es, no lo puedo comprender";
o con el apóstol Pablo, "¡Oh
profundidad de las riquezas de la sabiduría y de la ciencia de Dios! ¡Cuan
insondables son sus juicios, e
inescrutables sus caminos!" (Sal.
139:6; Ro. 11:33). Este es un tema que ha desafiado el
intelecto de todos los grandes pensadores, y no nos sorprende que éstas son
cosas que los mismos ángeles anhelan contemplar. Pasar de otros sistemas a éste
es como pasar de la boca de un río a un gran océano; las superficialidades
quedan atrás y nos sentimos en un profundo y vasto mar.
4. Sólo el calvinismo pasa por todas
las pruebas
La armonía que existe entre todas las ramas de la
doctrina de la Escritura es tal que la verdad o el error en cuanto a cualquiera
de ellas casi inevitablemente produce verdad o error, a mayor o menor grado, en
todas las demás —lo que equivale a decir que sólo los calvinistas sostienen
ideas bíblicas en todos los respectos en cuanto a las principales doctrinas del
cristianismo. Esto no significa, sin embargo, que las partes esenciales de las
doctrinas más importantes, tales como la divinidad de Cristo, su muerte
sacrificial, su resurrección, la obra del Espíritu Santo, etc., no son también
sostenidas por otros, sino que la tendencia general de conceptos equivocados
respecto a las doctrinas distintivamente calvinistas es el alejarse más y más
de las demás doctrinas bíblicas. Los anti-calvinistas, por lo general,
empobrecen tan seriamente doctrinas tales como la de la expiación, la obra del
Espíritu Santo, la culpa e inhabilidad del hombre, la regeneración, etc., que
éstas a menudo quedan convertidas en nada más que conceptos huecos; y unido a
este empobrecimiento se manifiesta muchas veces la tendencia a pasarlas por alto
completamente. Los anti-calvinistas,
por lo general, no distinguen adecuadamente entre
la obra objetiva de Cristo por nosotros y la obra subjetiva
en nosotros; y por consiguiente, la expiación queda
reducida prácticamente a una mera exhibición y prueba del amor indiscriminado
de Dios para con los hombres, mediante el cual se manifiesta su disposición a
perdonarles. La tendencia en sistemas no calvinistas es el adoptar la teoría de
la "persuasión moral" de la expiación; el calvinismo, en cambio,
sostiene que el sufrimiento de Cristo satisfizo plenamente la justicia de Dios—que
los sufrimientos de Cristo fueron un equivalente pleno de los sufrimientos que
los escogidos merecían por sus pecados.
Vivimos en una época en que vemos a prácticamente
todas las iglesias protestantes históricas amenazadas desde adentro por el
escepticismo. Muchas de ellas ya han sucumbido; y la línea de descenso ha
sido invariablemente del calvinismo al arminianismo, y del arminianismo al
modernismo y al unitarismo; y esta última posición ha demostrado ser
autodestructiva. Creemos firmemente que el futuro del cristianismo está íntimamente
ligado al futuro del calvinismo. La historia del modernismo y del unitarismo en
América del Norte ha demostrado que estos sistemas son demasiado débiles como
para mantenerse. Donde los principios del calvinismo son abandonados, existe
una poderosa tendencia hacia el naturalismo. Algunos han expresado—y creemos
que correctamente—que no hay un punto medio consistente entre el calvinismo
y el ateísmo.
Estas distinciones que hemos presentado entre el
calvinismo y el arminianismo son amplias e importantes; y hasta que uno no
haya hecho un estudio especial de estas verdades, no se dará cuenta de cuanta
herejía ha sido incorporada en el sistema arminiano. Si un sistema es
verdadero, el otro es radicalmente falso. Como calvinistas firmes creemos que
nuestras doctrinas son la verdad final y que son eternamente verdaderas. Creemos
que este es el único sistema de verdad cristiana enseñado
en la Biblia y el único que se puede defender lógica y respetablemente ante el
mundo. Y ciertamente mucho más fácil es defender un tipo de cristianismo en
armonía con las Escrituras y con la razón de defender cualquier otro tipo.
Creemos que el calvinismo y un teísmo consistente no tienen puntos en común
meramente, sino que son idénticos y desviarse del calvinismo es lo mismo que
desviarse de una concepción verdaderamente teísta del universo. El Dr.
Warfield ha dicho que el calvinismo es "el verdadero teísmo", que
es "el evangelicalismo en su pura y única estable expresión", que es
"religión en su más alta concepción". Creemos que el futuro del
cristianismo—como ha sucedido en el pasado—dependerá del futuro del
calvinismo, y que según el cristianismo vaya avanzando en el mundo el sistema
de doctrina calvinista gradualmente ocupará el primer lugar.
El arminianismo, debido a su posición inconsistente
como sistema, ya que se encuentra en una posición intermedia entre una religión
de gracia y una religión de obras, no ha podido ofrecer sino muy poca
resistencia a las tendencias naturalistas de los últimos años. Prácticamente
todas las iglesias que profesaban ser arminianas han sido absorbidas por el
liberalismo actual.
"Si hemos no sólo de defender el cristianismo
de ataques modernistas", dice el Dr. S. G. Craig, "sino de presentarlo
como opción válida, debemos emprender dicha labor armados de una visión total
de la vida y del mundo, consistente y científica, basada en hechos y principios
cristianos.... Personalmente sostengo que dicha visión total cristiana de la
vida y del mundo la tenemos únicamente en el calvinismo y, por tanto, un
renacimiento del calvinismo es la necesidad imperante del momento, si es que
verdaderamente hemos de defender con éxito ante el foro del pensamiento mundial
aun aquello que llamamos simplemente cristianismo". El ya fallecido Enrique
B. Smith tenía razón, al menos en principio, al escribir, "Una cosa es
cierta —que la ciencia atea trastornará todas las cosas menos la verdadera
ortodoxia cristiana. Todas las débiles teorías, y las moluscas formaciones,
y los inmediatos purgatorios de especulación se irán por la borda. La lucha
será entre una firme y cabal ortodoxia y un firme y cabal paganismo. Será
Agustín o Comte, Atanasio o Hegel, Lutero o Schopenhauer, J. S. Mili o Juan
Calvino". La lucha es entre el naturalismo de la ciencia y el
sobrenaturalismo del cristianismo; todo sistema de avenencia está destinado al
fracaso.
(Cabe señalar, sin embargo, que no estamos en contra
de la verdadera ciencia. Reconocemos el gran valor de la biología, la química,
la física, la astronomía, etc., y estamos de acuerdo en que mucho de nuestro
progreso del siglo veinte ha sido posible sólo mediante las contribuciones que
estas ciencias han hecho. Aceptamos la verdad no importa de qué fuente proceda,
y creemos que al fin y al cabo la verdad justificará el cristianismo. El
salmista declaró, "Los cielos cuentan la gloria de Dios,
y el firmamento anuncia la obra de sus manos" (Sal. 19:1);
y en otra parte dice, "Oh Jehová, Señor nuestro, cuan
glorioso es tu nombre en toda la tierra" (Sal. 8:1); y
ciertamente mientras más sepamos sobre estas ciencias mejor entenderemos a
Dios. Nuestra contención es más bien contra ciertos científicos incrédulos
que tratan de aplicar sus teorías anticristianas, y a menudo ateas, a las esferas
de la religión y de la filosofía, y profesan hablar con autoridad sobre temas
que desconocen).
Es interesante notar cómo, en la historia de la
iglesia, otros sistemas de teología han surgido y desaparecido mientras que
este sistema aun subsiste. El arminianismo, al menos en su forma presente, es de
origen comparativamente reciente. Desde la época de la Reforma hasta fines del
siglo XVIII fue rechazado por los sínodos y credos protestantes. Aun en la
iglesia católica no le ha ido bien. En el siglo IV Agustín logró que su
doctrina de la predestinación fuese reconocida como la verdadera doctrina
cristiana de la predestinación, y la iglesia católica nunca ha adoptado
consistente y oficialmente
las doctrinas arminianas. De igual manera ha sucedido con el nestorianismo, el
arrianismo, el pelagianismo, el semipelagianismo, el socinianismo, etc. Todos
estos sistemas han sido sostenidos por algunos, pero han desaparecido; mientras
que nuestro sistema, conocido en distintas épocas como el agustinianismo o el
calvinismo, ha perdurado fundamentalmente sin cambio en sus principios básicos.
¿No es ésta una prueba convincente de que éste es el sistema verdadero?
Respecto al calvinismo que presenta la Confesión de Westminster, el Dr. C. W.
Hodge ha dicho: "Las modificaciones más recientes del calvinismo han
pasado, y la forma pura y consistente del sobrenaturalismo y evangelicalismo se
mantiene como una impregnable barrera contra los torrentes naturalistas que
amenazan ahogar las iglesias cristianas".
La mente lógica y consistente halla descanso únicamente
en el calvinismo. Que ello es un sistema lógico es admitido aun por sus
opositores. Una persona que conoce lo que es el calvinismo, lo amará o lo
aborrecerá, pero aun si lo aborrece, no podrá sino hablar respetuosamente
de ello. A veces se oye la crítica de que el calvinismo pone demasiado énfasis
en la lógica y muy poco en la emoción. Es cierto que el calvinismo no arde en
llamas como la paja; pero, como el carbón, una vez encendido, produce un
intenso y continuo calor. "El calvinismo", dice el profesor H. H.
Meeter, "se distingue entre sistemas religiosos por ser altamente
intelectual. El calvinismo es conocido por su dialéctica. Los calvinistas son
reconocidos entre los teólogos como los legistas por excelencia. Oliverio
Wendell Holmes en su parodia: 'La obra maestra del diácono', satirizó este
aspecto del calvinismo. El antiguo coche de caballos, tan excelentemente
construido que cada tuerca y tornillo y eje y varilla tenía la misma fuerza
que los demás, y que se desplomó todo a la misma vez frente a la iglesia,
representaba para él la historia del calvinismo. El calvinismo como obra
maestra de la lógica había continuado por siglos, pero se consideraba haber
derrumbado cuando el trascendentalismo surgió como filosofía predominante en
Nueva Inglaterra".
La objeción de que el calvinismo sobre enfatiza la lógica,
sin embargo, no tiene base adecuada, como cualquiera que lo analice sin
prejuicios podrá ver. No obstante, si hemos de errar en uno de los dos lados,
probablemente será mejor errar en el lado del intelecto y no en el de las
emociones. Pero, ¿a quién jamás se le ocurrió descartar un sistema por ser
demasiado lógico? Más bien, los calvinistas nos gloriamos en la consistencia lógica
de nuestro sistema.
5. Las doctrinas calvinistas no son irrazonables cuando son entendidas correctamente
Quizá no haya otro sistema de pensamiento que haya
sido tergiversado tan seria y deplorablemente, y a veces hasta de forma
deliberada, como el calvinismo. Muchos de los que han criticado el sistema
calvinista lo han hecho sin haberlo estudiado adecuadamente, y puede decirse
que nuestros opositores en general conocen sólo lo que han captado de oídas y,
por tanto, sus ideas sobre el tema carecen de conexión y consistencia. La
doctrina de la predestinación en especial convierte a la sabiduría del mundo
en un hazmerreír; la sabiduría del mundo, en cambio, intenta presentar la
predestinación como un concepto ridículo. Si hay doctrina que a los judíos es
piedra de tropiezo y a los gentiles locura, ciertamente es ésta. Presentada
escuetamente, la doctrina de la predestinación parece ser paradójica y los que
sólo la conocen de manera superficial probablemente les sorprenda que dicha
doctrina haya sido sostenida por tantas mentes piadosas y brillantes. El carácter
paradójico de la doctrina desaparece en gran medida, sin embargo, si no es que
desaparece por completo, cuando examinamos detenidamente su fundamento y
construcción.
Por tal razón pedimos que se examine el sistema
calvinista desapasionadamente y que se lo estudie en sus relaciones y
consistencia lógica. Hemos visto anteriormente que este sistema está sólidamente
cimentado en la autoridad de las Escrituras; y cuando añadimos a esto la
evidencia que proviene de las leyes de la naturaleza y de los hechos de la vida
humana podemos ver cuan posible, probable y justo es dicho sistema. Visto bajo
esta luz, el sistema cesa de ser la doctrina arbitrariamente ilógica e
inmoral que los opositores se deleitan en caricaturizar, y se convierte en uno
que arroja grande gloria sobre la majestad divina. Las doctrinas calvinistas,
por supuesto, no son las que el hombre natural espera encontrar. La salvación
por obras es el sistema que con más naturalidad apela a la razón entenebrecida
del hombre. Si se permitiese al hombre elaborar un sistema de su propia
preferencia, no hay ni una probabilidad en mil que desarrollase un sistema en el
cual un redentor actuando en su capacidad representativa ganase estas
bendiciones y las confiriese a sus redimidos. Dice Zanchius "La mente
carnal siente horror al encararse a esta verdad; en cambio, la mente del hombre
espiritual la abrazará con afecto" (p. 152). "Si bien el arminianismo
es el sistema que más apela a nuestros sentimientos", dice Froude "el
calvinismo está más a tono con los hechos, pese a lo duro y amenazante que
parezcan ser esos hechos". Es evidente que el calvinismo apela a la
revelación divina en vez de a la razón humana, a los hechos en vez de a los
sentimientos; al conocimiento en vez de a la suposición; a la conciencia en vez
de a la emoción.
Como dijéramos anteriormente, muchas personas
consideran este sistema una necedad. Sin embargo, cuando las doctrinas de este
sistema se estudian cuidadosamente, encontramos que no son tan inciertas y difíciles
como algunos pretenden que son; la incertidumbre y dificultad de las mismas se
deben en gran medida al orgullo, al amor, al pecado, y a la ignorancia de la
verdadera condición de nuestro corazón. Los que llegan a abrazar este sistema,
sin embargo, se sienten como si estuviesen viviendo en un mundo distinto, tan
distinta es su visión de la vida. "Doquiera los hijos de Dios tornan su
vista", dice Calvino, "pueden observar ceguera, ignorancia,
insensibilidad, como para llenarles de horror; en cambio, ellos en medio de
dicha oscuridad han recibido iluminación divina, y lo saben y la sienten en sí
mismos".
Parafraseando las palabras de Pope pudiéramos decir
de este tema: "Un poco de la doctrina de la predestinación es algo
peligroso. Entonces, a beber profundamente, o no toque el manantial sagrado".
Aquí, como en algunos otros casos, los primeros sorbos confunden y perturban la
mente, pero sorbos más profundos vencen los efectos intoxicantes y restauran
nuestros sentidos.
Esta sublime filosofía de la soberanía de Dios y de
la libertad del hombre aparece en toda la Biblia. Sin embargo, no se hace una
tentativa de explicar cómo estas dos verdades están relacionadas. La suposición
invariable es que Dios es el gobernador soberano que gobierna inclusive los
pensamientos, sentimientos e impulsos íntimos de los hombres; por otro lado,
sin embargo, el hombre nunca es presentado sino como un ser inteligente, libre
y moral, responsable de sus actos. Las doctrinas de la preordenación, soberanía,
y control providencial van mano a mano con las de la libertad y responsabilidad
de las criaturas racionales. No afirmamos que la doctrina de la predestinación
esté libre de toda dificultad, pero sí afirmamos que el negarla conlleva más
y mayores dificultades que el sostenerla.
Que un ser de sabiduría, poder y bondad infinitos
creara un universo y luego lo dejara a la deriva como a un gran barco sin piloto
es una suposición que subvierte nuestras ideas básicas de Dios, contradice el
repetido testimonio de las Escrituras y es contraria a nuestra experiencia
diaria y a nuestro sentido común. Carlos Hodge, en su introducción a la
discusión del tema sobre Los Decretos de Dios, dice: "Debe
recordarse que la teología no es filosofía. La teología no pretende descubrir
verdades, o reconciliar lo que enseña como la verdad con todas las demás
verdades. Su esfera es simplemente la de declarar lo que Dios ha revelado en
su Palabra y vindicar esas declaraciones, hasta donde sea posible, de
interpretaciones erróneas y de objeciones. Es necesario tener en mente este
limitado y humilde oficio de la teología cuando hablamos de las obras y propósitos
de Dios.
“Nadie conoció las cosas de Dios, sino el Espíritu de Dios' (1 Co. 2:11). Al
discutir, por tanto, los decretos de Dios, todo lo que nos proponemos es
simplemente declarar lo que al Espíritu le ha placido revelar sobre dicho tema".
6. La Asamblea de Westminster y la
Confesión de fe
El sistema de teología comúnmente conocido como el
calvinismo o la fe reformada halló su más perfecta expresión en la Confesión
de Westminster. La Asamblea de Westminster fue llamada a sesión por el
parlamento inglés. Su trabajo se prolongó unos cinco años y medio y concluyó
en 1648. Dicha asamblea era un cuerpo representativo de ciento veintiún
ministros o teólogos, once Varones, veinte miembros de la Cámara de los
Comunes, de todos los condados de Inglaterra y de las universidades de Oxford y
Cambridge, y siete comisionados de Escocia. Y sea que lo juzguemos por el grado
y la habilidad de sus labores o por su influencia sobre generaciones
subsiguientes, mantiene la primacía entre los concilios protestantes. La más
importante producción de la asamblea fue la Confesión de Fe, un inigualable
compendio de verdad bíblica y el más noble logro del mejor período del
protestantismo británico. Dicha Confesión ha sido justamente llamada la obra
maestra teológica de los últimos cuatro siglos. El Dr. Warfield ha dicho que
la Confesión de Westminster es "la más completa, elaborada y
cuidadosamente redactada de todas las confesiones; la más perfecta y la más
vital expresión jamás escrita por mano de hombre, de todo lo que compone
aquello que llamamos la religión evangélica, y de todo lo que debe
salvaguardarse si es que la religión evangélica ha de perdurar en el mundo".
El Dr. F. W. Loetscher, en un discurso ante la
Asamblea General de la Iglesia Presbiteriana de los E.U., 1929, refiriéndose a
la Confesión de Westminster, empleó frases como las siguientes: "esa
incomparable obra de genio religioso y teológico"; "ese nobilísimo
producto del gran avivamiento religioso que llamamos la Reforma; ese inigualable
formulario que la cristiandad de habla inglesa, al menos, ha llegado a
considerar como la expresión más comprehensiva, precisa y adecuada del
evangelio puro de la gracia de Dios". Y en el mismo discurso dijo, "Estoy
consciente de que tal caracterización de estos venerables documentos parecerá
a muchos, aun a muchos a los cuales tengo el honor de dirigirme en esta ocasión,
como una exageración injustificada y quizá hasta como un verdadero anacronismo,
ya que la moda del día es la de minimizar la importancia de los credos. Y nuestra
confesión, como muchas otras, tiene que sufrir la dolorosa experiencia de ser
desacreditada aun en el hogar de los que profesan ser sus adherentes".
El Dr. Curry, quien por algún tiempo fue editor del
"Methodist Advocate" de Nueva York, en un editorial sobre credos,
calificó a la Confesión de Westminster como, "el más capaz, claro, y
comprehensivo sistema de doctrina cristiana jamás formulado —un maravilloso
monumento a la grandeza intelectual de sus redactores".
En esta Confesión tenemos la más sublime concepción
de verdad teológica que jamás haya penetrado en la mente del hombre. Como
sistema exhibe mucha más profundidad de visión teológica que cualquier otro,
y es justamente merecedor del elogio de los siglos. Es un sistema que produce
hombres de sólidas convicciones doctrinales. La persona que lo abraza posee
una base doctrinal de gran firmeza y no será "llevado por doquiera de todo
viento de doctrina, por estratagema de hombres, que para engañar emplean con
astucia las artimañas del error".
Pero, a pesar de que la Confesión de Westminster es
tan lógica, clara y comprehensiva en sus afirmaciones, desafortunadamente es
descuidada hoy día por los miembros y aun por los ministros mismos de las
iglesias presbiterianas y las reformadas. "La Confesión de Fe",
dice el Dr. Frank H. Stevenson, el primer presidente de la junta directiva del
Seminario Teológico de Westminster, "aunque es parte de la constitución
de la iglesia presbiteriana, se encuentra abandonada y casi olvidada, aunque
sin enmiendas ni alteraciones durante estos veinticinco años de confusión
doctrinal. La Confesión de Westminster es el credo de la iglesia y cada una de
sus líneas es un baluarte valeroso. No sólo por ser lo que es, sino porque da
todo el honor a Cristo, dicha Confesión es un digno estandarte bajo el cual
podemos continuar lo que Pablo proféticamente llamó 'la buena batalla de la fe'
".' Con estas palabras estamos totalmente de acuerdo.
7. Estas doctrinas deben ser enseñadas y predicadas públicamente
La doctrina de la predestinación soberana, al igual que las otras
doctrinas distintivas del sistema calvinista, deben enseñarse y predicarse públicamente
a fin de que los verdaderos creyentes se reconozcan como los objetos especiales
del amor y la misericordia de Dios, y que sean confirmados y fortalecidos
en la seguridad de su salvación. ¡Qué desgracia que una verdad que da tanta
gloria a su Autor y que es el fundamento mismo de la felicidad del creyente
sea suprimida o confinada meramente a aquellos que se están especializando en
teología! Esta doctrina es una de las más reconfortantes de todas las
Escrituras y, además, difícilmente exista una doctrina cristiana que pueda ser
predicada en su pureza y plenitud sin referencia a la predestinación. Todas
las doctrinas de este sistema están tan relacionadas y entretejidas las unas
con las otras que cualquiera de ellas siempre guarda alguna relación con las
demás; y es precisamente la doctrina de la predestinación la que une y
organiza a todas las demás. Desvinculadas de la doctrina de la predestinación,
las demás doctrinas no pueden ser entendidas de forma adecuada, ni apreciadas
en su importancia relativa.
Respecto a la posición que ocupa la doctrina de la
predestinación en el sistema cristiano, Zanchius dijo: "Todas las artes
tienen una especie de vínculo y conexión mutuos, y mediante una especie de
relación recíproca son unificadas y entrelazadas las unas con las otras. Lo
mismo puede decirse de esta importante doctrina; la predestinación es el vínculo
que une y sostiene todo el sistema cristiano y sin la cual este sistema se
desmoronaría. La doctrina de la predestinación es el cemento que mantiene al
edificio intacto; es el alma misma que anima el cuerpo entero. Esta doctrina está
tan entrelazada con todo el esquema de doctrina evangélica que de ser excluida
el sistema se muere desangrado".
Se nos manda a ir y predicar el evangelio; pero en la
medida en que cualquiera de las partes de evangelio sea excluida o pasada por
alto, estamos siendo infieles a ese mandato. Ningún ministro cristiano
tiene el derecho de tomar tijeras y quitar de la Biblia aquellos pasajes que no
le agraden. Sin embargo, ¿no es esto, prácticamente, lo que hacen algunos al
pasar deliberadamente por alto doctrinas importantes de las Escrituras? Pablo
dijo a los convertidos mediante su ministerio, "Nada
que fuese útil he rehuido de anunciaros y enseñaros";
y añade, "Yo os protesto en el día de hoy, que estoy
limpio de la sangre de todos; porque no he rehuido anunciaros todo el consejo de
Dios" (Hch. 20:20, 26, 27). Si el ministro cristiano quisiera
decir esas mismas palabras hoy, entonces que se cuide de no pasar por alto tan
importante verdad. Pablo en repetidas ocasiones hizo referencia a estas
doctrinas. Su carta a los romanos (cap. 8 al 11) y a los efesios (cap. 1 y 2)
son las más prominentes en este respecto. Al escribir a los romanos Pablo
estaba en efecto llevando al mundo entero estas doctrinas y, por ende, sellando
sobre ellas el imprimátur universal; y si él las consideró de tanta
importancia como para enseñarles a los creyentes de la recién fundada iglesia
de Roma, la cual ni aún había visitado, podemos estar seguros de que son
importantes para los creyentes hoy también.
Cristo y los apóstoles predicaron estas verdades, no
sólo a unas pocas personas sino a las multitudes. A duras penas encontramos un
solo capítulo en el Evangelio de Juan que no mencione o haga alusión a la
elección o a la reprobación. Cuando una persona con sinceridad pregunta,
"¿Enseña la Biblia la predestinación?", no podemos sino responder
en el afirmativo—la predestinación es enseñada constantemente tanto en el
Antiguo como en el Nuevo Testamento. Además, la Confesión de Westminster lo
afirma explícitamente. Por tanto, debemos enseñarla y explicarla en la medida
en que nos sea posible. Pablo nos exhorta a que nos vistamos "de toda la
armadura de Dios"; sin embargo, la persona que desconoce esta gran doctrina
de la predestinación carece de gran parte de esa armadura.
Agustín censuró a aquellos que en su día hacían
caso omiso a la doctrina de la predestinación, y cuando en ocasiones se le acusó
de predicarla demasiado abiertamente, él refutó la acusación afirmando que
podemos seguir las Escrituras doquiera éstas nos dirijan. Lutero y
especialmente Calvino enfatizaron estas verdades, y Calvino las desarrolló tan
clara y convincentemente que el sistema desde entonces ha sido llamado "calvinismo".
Estas doctrinas no solamente fueron predicadas en los países donde la Reforma
tuvo su mayor impacto, sino también más tarde en Holanda, en Escocia, en
Inglaterra durante la época de la Asamblea de Westminster, y en América del
Norte en los comienzos de su historia, donde produjeron profundas convicciones
religiosas en toda clase de personas.
Calvino estaba convencido de que la doctrina de la
elección debía ser el centro mismo de la confesión de la iglesia, y sostuvo
que de no serlo la iglesia vería algún día esta maravillosa doctrina
sepultada y olvidada. Calvino tenía razón; los que no le dieron la importancia
y el énfasis debido, sea en Inglaterra, Escocia, Holanda, los Estados Unidos de
América, o Canadá, la han perdido casi por completo.
Aquel a quien le ha sido encomendado un mensaje del
Rey debe transmitirlo como lo ha recibido; y ciertamente el más grande de los
mensajes, el de la predestinación a vida, no debe ser pasado por alto. "Un
embajador", dice Zanchius, "debe transmitir el mensaje entero que le
ha sido encomendado. No debe omitir ninguna parte del mismo, sino declarar en
su totalidad y sin reservas el mensaje del soberano a quien representa. Debe
asegurarse de decir ni más ni menos que lo que las instrucciones de su
gobierno requieren, de otra manera se verá expuesto a la desaprobación o aun
a perder la cabeza. Que el ministro de Cristo considere esto seriamente"."
Estas son doctrinas que han sido expresamente dadas por revelación divina.
Redundan en la gloria de Dios, imparten consuelo y valor a los elegidos, y
dejan a los pecadores sin excusa.
Cierto, al hombre no le gusta que se le diga que es
pecador y que no puede ayudarse a sí mismo. Esta doctrina le resulta demasiado
humillante. Pero si verdaderamente está perdido sin Cristo, entonces mientras más
pronto lo sepa, mejor. El rehusar predicarla es ser infiel a nuestro Señor y
negligente en nuestro deber para con nuestro prójimo. Hacer caso omiso de
ella es actuar como el médico que rehúsa operar para salvar la vida de una
persona porque sabe que la operación ha de causar dolor al paciente. Si estas
verdades fuesen predicadas sin temor, el modernismo y el escepticismo no tendrían
cabida en nuestras iglesias. El número de cristianos profesantes sería quizá
más reducido, pero más leal y efectivo en sus labores cristianas.
La predicación de estas doctrinas, por supuesto,
suscitará algunas controversias. Pero la controversia no ha de considerarse
como un mal absoluto. Mientras exista el error debe haber controversia. Los
ataques de paganos y herejes contra las doctrinas de la iglesia durante los
primero siglos del cristianismo y durante la Edad Media forzaron a la iglesia
a reexaminar sus doctrinas, desarrollarlas, explicarlas, purificarlas, y
fortalecerlas. Estos ataques hicieron que se estudiase la Biblia más
minuciosamente. Brillantes estudiosos de la Biblia escribieron libros y artículos
sobre la fe cristiana, y como resultado la iglesia fue grandemente enriquecida
por los frutos intelectuales y espirituales así producidos.
Es un error decir que la gente ya no le interese
escuchar la predicación doctrinal. Si el ministro cree sus doctrinas y las
presenta con convicción y como asuntos de vital importancia, encontrará
oyentes interesados en escucharlas. Hoy vemos a miles de personas que rechazan
los sermones desde los pulpitos sobre los sucesos del momento, temas sociales,
asuntos políticos y cuestiones meramente éticas y tratan de llenar sus vidas
con filosofías ocultas y pueriles. La verdad es que en muchos aspectos
estamos más empobrecidos espiritualmente que lo que debiéramos estar, porque
en nuestra confusión y perplejidad teológica no hemos hecho justicia a estos
grandes principios doctrinales. Si se predican correctamente estas doctrinas,
son sumamente interesantes y útiles. La experiencia del autor como maestro de
la Biblia le ha demostrado que no hay temas que entusiasmen y cautiven más la
atención de los estudiantes que éstos.
Además, nos preguntamos, ¿qué excusa tiene la
iglesia presbiteriana para continuar como denominación particular si descarta
el calvinismo como no esencial? Mucha de nuestra debilidad presente se debe al
hecho de que los presbiterianos han recibido muy poca instrucción sobre estas
doctrinas distintivas del sistema presbiteriano, y esta falta de instrucción ha
llevado directamente al movimiento ecuménico en el cual se están haciendo
esfuerzos por unir iglesias muy distintas con sólo un mínimo de doctrina.
La doctrina de la predestinación es una doctrina
para creyentes genuinos. Se debe tomar mucha precaución al predicarla al
inconverso. Es casi imposible convencer a un no creyente de su verdad, y de
hecho el corazón del no regenerado por lo general siente gran aversión hacia
la misma. Si se enfatiza antes de que se comprendan las verdades más simples
del sistema cristiano, posiblemente será malentendida y en tal caso puede que sólo
conduzca a la persona a mayor desesperanza. Al predicar al no convertido o a
aquellos que apenas comienzan en la vida cristiana, debemos presentar y
enfatizar principalmente la parte del hombre en la obra de salvación—la fe,
el arrepentimiento, la reforma moral, etc. Estos son los pasos elementales con
respecto a la conciencia del individuo. En esta etapa temprana no es necesario
decir mucho acerca de las verdades más profundas que se refieren a la parte de
Dios en la salvación. Como en el estudio de la matemática no comenzamos con el
álgebra o el cálculo, sino con los problemas sencillos de la aritmética, así
también en este caso lo mejor es presentar primero las verdades más
elementales. Entonces después que la persona ha sido salva y ha recorrido
alguna distancia por la senda cristiana, se da cuenta de que en su salvación
la obra de Dios fue primaria y la suya secundaria, que fue salvo por gracia y no
por obras propias. Calvino dijo que la doctrina de la predestinación "no
es un asunto para niños pensar mucho en él"; y Strong dice, "Esta
doctrina es una de enseñanzas profundas de las Escrituras que requiere para ser
entendida una mente madura y una experiencia profunda. El principiante en la
vida cristiana puede que no vea su valor o aun su verdad, pero con el paso de
los años dicha doctrina se convertirá en un firme cayado que le servirá de
sostén". Y aunque es cierto que esta doctrina no puede ser apreciada
adecuadamente por el no convertido ni por aquellos que están comenzando en la
vida cristiana, no obstante debe ser propiedad común de todos los que han
caminado alguna distancia por esa senda.
Cabe señalar que al escribir su Institución Calvino
no trató la doctrina de la predestinación en los primeros capítulos. El
primero desarrolló las otras doctrinas del sistema cristiano y deliberadamente
pasó por alto esta doctrina, aun en ciertas partes donde hubiésemos esperado
que naturalmente la discutiera. No es sino en la última parte de su discusión
teológica que desarrolla a fondo la doctrina de la predestinación, haciéndola
en corona y gloria de todo el sistema.
Debemos añadir además que al predicar esta doctrina
se debe tener cuidado de no exagerar ninguna de sus partes, y se debe mostrar
también que la misma está fundamentada no en la voluntad arbitraria sino en la
sabiduría y el amor infinitos de Dios.
8. Los votos de ordenación y la
obligación del ministro
Todo ministro y anciano ordenado en la iglesia
presbiteriana y en la reformada solemnemente afirma ante Dios y los hombres
que acepta y adopta sinceramente la confesión de fe de su iglesia como la que
contiene el sistema de doctrina de las Sagradas Escrituras, (Iglesia
Presbiteriana Unida, véase forma de gobierno, XIII: IV; XV; XII). Dado que
estas confesiones son enteramente calvinistas, esto significa que nadie que no
sea calvinista puede honesta y concienzudamente aceptar esta ordenación. Un
arminiano no tiene ni el más mínimo derecho de ser ministro de una iglesia
calvinista, y el arminiano que llega a ser ministro de una iglesia calvinista
carece de buena moralidad así como de buena teología. Declarar una cosa y
creer otra es inconsistente con el carácter de un hombre honesto. Sin
embargo, a pesar de que nuestros votos de ordenación son totalmente calvinistas,
¡cuan pocos ministros proclaman estas doctrinas! Al oír los sermones desde los
pulpitos de las iglesias nominalmente calvinistas, sería difícil determinar
cuales son las doctrinas esenciales de la fe reformada.
Nuestros pulpitos, así como las publicaciones de
nuestras iglesias, y nuestras escuelas y seminarios están saturados de las
doctrinas arminianas del mérito y del libre albedrío.
Las iglesias presbiterianas y las reformadas de hoy día parecen no tener
un concepto adecuado de la importancia fundamental de su gran herencia
doctrinal. Los escritos de Calvino y Lutero, los de los grandes teólogos
puritanos, y los de todos los grandes teólogos desde ese entonces debieran ser
mejor conocidos por nuestros jóvenes teólogos. Es posible que la forma escolástica
y el estilo un tanto intricado de estas obras haya disuadido a muchos de
estudiarlas a fondo, pero debemos recordar que el estudio de la teología no es
con el propósito de disfrutar meramente del placer que pueda brindar. Las
profundas obras de los grandes maestros de teología no son novelas aventurescas.
Muchos jóvenes entran al ministerio sin estar
realmente familiarizados con la doctrina de la iglesia que se proponen servir, y
cuando oyen a algunos que predican las normas de Westminster, los consideran
"predicadores de doctrinas extrañas". La gran necesidad de la iglesia
hoy es de hombres de firmes convicciones y mentes afianzadas en la verdad, y no
de modernistas o liberales latitudinarios que oscilan de un lado a otro gloriándose
de no tener opiniones dogmáticas ni preferencias teológicas. Todo parece
indicar que la mayoría de nuestros ministros ya no creen en las doctrinas
calvinistas y muchos, contrario a sus votos solemnes de ordenación, están
haciendo todo lo posible, mediante métodos artificiosos y deshonestos, para
destruir la fe que una vez solemnemente profesaron defender con la ayuda del Espíritu
Santo.
Si estas doctrinas son verdaderas, entonces deben ser
enseñadas y defendidas clara y positivamente en nuestras iglesias, seminarios y
universidades. Si no son verdaderas, entonces deben ser eliminadas de la
Confesión de Fe. La honestidad es tan importante en la teología como en el
negocio o en el comercio, y tan importante en una denominación religiosa como
en un partido político. El ministro presbiteriano es uno que se ha comprometido
a un sistema de doctrina. Los que niegan las doctrinas calvinistas desde los
pulpitos presbiterianos, por tanto, están siendo falsos a sus votos de ordenación
y deben irse a otras denominaciones que sostienen sus opiniones. Ningún oficial
de la iglesia tiene el derecho de aceptar los honores y remuneraciones que
recibe por la aceptación externa de un credo que él no cree ni enseña.
"El credo de una iglesia", dice Shedd,
"es un solemne contrato entre los miembros de la
iglesia: y lo es aun más que la plataforma de un partido político entre políticos.
Algunas personas parecen no percibir la inmoralidad que envuelve violar un
contrato cuando concierne a una denominación religiosa; en cambio, cuando es un
partido político la organización afectada por la disolución del compromiso,
estas mismas personas son las primeras en percibir y denunciar con gran
vehemencia la perfidia. Si un grupo de personas dentro del partido republicano,
por ejemplo, tratara de cambiar la plataforma de ese partido mientras aún
continúan ejerciendo los cargos y recibiendo los salarios que recibieron al
profesar total fidelidad al partido y al prometer someterse a los principios
fundamentales sobre los cuales el partido está fundado y en base a los cuales
dicho partido se diferencia de otros partidos políticos, muy pronto la acusación
de deshonestidad política repercutiría a través de toda la organización
republicana. Y si tras el despido de dichos violadores de sus cargos o, quizá,
tras su expulsión de la organización política, algunos protestaran las
medidas disciplinarias impugnándolas como injustas, sin lugar a duda la prensa
republicana ignoraría por completo tan ridícula protesta. A los políticos
deshonestos que demandan tolerancia usando como pretexto lo que los denominan
una política más 'liberal' que la que el partido favorece, y que reciben
salarios pagados por el partido mientras abogan por ideas distintas a las de
la mayoría de los partidarios del partido, se les advierte sin vacilación
que nadie está obligado a unirse al partido republicano o a permanecer en él,
pero si alguno se une al mismo o permanece en él, está bajo la obligación de
someterse al credo del partido y no tratar, secreta o abiertamente, de alterarlo.
Que el credo de los republicanos es para republicanos y no para otros, es algo
en lo que todos parecen estar de acuerdo; pero que un credo calvinista es para
calvinistas y no para otros, parece ser puesto en tela de juicio por algunos.
"Si dentro del partido demócrata surgiese una
facción que demandase el derecho, mientras permanece dentro del partido, de
adoptar los principios republicanos, le sería dicho que el lugar apropiado para
tal proyecto es fuera del partido demócrata y no dentro. No se le negaría el
derecho a la facción a sus propias opiniones, pero sí el derecho de sostener y
propagar sus opiniones con fondos e influencia del partido demócrata. Se le diría
sencillamente a los inconformes, 'No podemos impedir que tengan sus ideas
particulares y jamás lo impediremos, pero no tienen derecho alguno de ventilarlas
dentro de nuestra organización' ”.
A veces se acusa a las iglesias calvinistas de
intolerancia o de persecución cuando en base a desviaciones del credo de la
iglesia se lleva a cabo algunas investigaciones judiciales. Sostenemos, sin
embargo, que dicha acusación es injusta y que toda iglesia tiene el derecho de
exigir de sus ministros y maestros que sus predicaciones y enseñanzas se
conformen a las normas de la denominación.
Estas consideraciones dejan ver claramente porqué
muchos de nosotros sentimos tan poco entusiasmo por los movimientos ecuménicos
que quieren unir grupos que sostienen sistemas doctrinales totalmente diferentes.
Creemos
que el sistema calvinista es el único enseñado en las Escrituras y vindicado
por la razón y, por consiguiente, es el más estable y el de mayor influencia
en el fomento de la justicia. No obstante, respetamos el derecho de todos los
que difieren de nosotros a su criterio personal, y nos regocijamos sinceramente
en el bien que puedan lograr. Nos regocijamos en que otros sistemas de teología
se aproximen al nuestro; sin embargo, no podemos consentir al empobrecimiento de
nuestro mensaje al proclamar menos de lo que encontramos enseñado en las
Escrituras. Si pudiera consumarse una unión en la cual el calvinismo fuese
aceptado como el sistema de verdad enseñado en la Biblia, gustosamente accederíamos
a tal unión; pero creemos que el aceptar algo menos que eso sería abandonar la
verdad vital; además, no valdría la pena propagar una posición lo
suficientemente vaga como para abrazar al calvinismo y otros sistemas de
doctrina a la misma vez.
Creemos que la ventaja superficial de números
adicionales que resultaría de tal unión importaría muy poco al compararse con
la desarmonía espiritual que inevitablemente habría de surgir. Deseamos, por
tanto, permanecer siendo presbiterianos hasta que las doctrinas de la fe
reformada, que no son sino las doctrinas de la Palabra de Dios, se conviertan en
las doctrinas de la iglesia universal. Estas doctrinas, ahora tan descuidadas o
desconocidas y hasta muchas veces combatidas abiertamente, fueron universalmente
sostenidas y predicadas por los reformadores, y después de la Reforma fueron
incorporadas en los credos, catecismos o artículos de todas las iglesias
protestantes. Cualquiera que compare los sermones pronunciados en nuestros días
con los de los reformadores, no tendrá dificultad en percibir cuan
contradictorios e irreconciliables son los unos a los otros.
9. La Iglesia Presbiteriana mantiene una posición abierta y tolerante
Aunque la Iglesia Presbiteriana es preeminentemente una iglesia
doctrinal, nunca exige la total aceptación de sus normas de ningún solicitante
a admisión en la misma. Una aceptable profesión de fe en Cristo es su única
condición de membresía. Sí exige que sus ministros y ancianos sean
calvinistas; pero no lo exige de sus miembros laicos. Como calvinistas
gozosamente reconocemos como hermano en la fe a todo el que confía en Cristo
para la salvación, no importa cuan inconsistentes sean sus otras creencias. Creemos,
sin embargo, que el calvinismo es el único sistema verdadero, y aunque se
puede ser creyente sin creer toda la Biblia, el cristianismo de cada persona será
imperfecto en proporción a la medida de divergencia del sistema de doctrina bíblica.
El Profesor F. E. Hamilton dice al respecto:
"Una persona ciega, sorda y muda puede, es
cierto, conocer algo del mundo que le rodea a través de los sentidos que le
restan, pero su conocimiento será muy imperfecto y probablemente impreciso. De
manera similar, una persona que nunca conozca o que nunca acepte las más
profundas enseñanzas de la Biblia incorporadas en el calvinismo, puede que sea
creyente, pero será un creyente muy imperfecto, y el deber de los que conocen
toda la verdad debe ser conducir a dicha persona al único depósito que
contiene las riquezas plenas del cristianismo verdadero". "El
calvinista", dice el Dr. Craig, "no difiere de otros creyentes en
clase, sino sólo en grado, así como ejemplares más o menos buenos de alguna
cosa difieren de ejemplares más o menos malos". En nuestro camino al
cielo no todos somos calvinistas pero todos lo seremos al llegar allá.
Creemos que cada uno de los redimidos en el cielo será un firme calvinista. Al
menos no se puede negar que cuando "todos lleguemos a la unidad
de la fe" (Ef. 4:13), y conozcamos toda la verdad, seremos o
todos calvinistas o todos arminianos.
Debe siempre tenerse presente que el calvinismo
incluye mucho más que las doctrinas particulares que lo distinguen del
arminianismo. El calvinismo enseña firmemente las grandes doctrinas de la
trinidad, la divinidad de Cristo, los milagros, la expiación, la resurrección,
la inspiración de las Escrituras, etc., que son parte de la fe común de la
cristiandad evangélica.
Respecto a la naturaleza abierta y tolerante de la
Iglesia Presbiteriana, tomaremos ahora el privilegio de citar extensamente del
pequeño libro admirable del Dr. E. W. Smith, The Creed of Presbyterians—del
cual más de sesenta y cinco mil copias ya se han distribuido:
"La catolicidad del presbiterianismo, su
liberalidad de pensamiento y de sentimiento, y su espíritu ajeno a todo
sectarismo e intolerancia, es una de sus sublimes características....La
catolicidad del presbiterianismo no es mero sentimiento. No es un asunto de
profesión individual o de oratoria desde el pulpito. La catolicidad del
presbiterianismo está fundada en nuestro credo, es enseñada por nuestras
normas y es parte integral de nuestra doctrina de la iglesia. 'La iglesia
visible', dice nuestra confesión, 'consiste de todos aquellos a través del
mundo que profesan la verdadera religión junto con sus hijos' (Conf. de F.
XXV:2). Repudiamos formal y públicamente el concepto de 'la' iglesia y
afirmamos sólo que somos una iglesia de Jesucristo. Nuestras normas no sólo
están libres de denunciaciones contra creencias de iglesias evangélicas
hermanas contrarias a las nuestras, sino que son reconocidas como las únicas
normas eclesiásticas que reconocen explícita y oficialmente a otras iglesias
evangélicas como ramas verdaderas de la iglesia de Jesucristo (Book of
Church Order—Libro del Orden eclesiástico —cap. II,
par.
II). Nuestra
confesión le dedica un capítulo entero a la doctrina de la 'Comunión de los
Santos'. Dicho capítulo enseña que 'la santa confraternidad y comunión' en
los dones y virtudes personales de cada uno y en adoración y mutuo servicio de
amor, 'debe extenderse a todos los que en todas partes invocan el nombre del Señor
Jesús' (XXVI: 2).
"La catolicidad de nuestras normas halla bella
expresión en la actitud presbiteriana hacia todas las iglesias evangélicas
hermanas. Aunque algunas iglesias de la cristiandad evangélica excluyen a las
demás denominaciones hermanas, el sentir y la práctica presbiteriana es ajena
a tal actitud. En la iglesia presbiteriana tratamos a los miembros y ministros
de otras iglesias evangélicas como miembros verdaderos y ministros igualmente
con nosotros de la iglesia de Cristo.
"Aun cuando algunas iglesias evangélicas rehúsan
dar cartas de traslado a fieles de su congregación que desean establecerse en
otras comuniones, nosotros no tenemos tal costumbre. No rehusamos dar cartas
de traslado a miembros que desean unirse a congregaciones bautistas, episcopales,
u otra denominación cristiana; más bien, les despedimos a todos de la misma
manera y con la misma afectuosa confianza como si se trasladaran a otra iglesia
de nuestra misma denominación.
"Algunas denominaciones evangélicas niegan la
validez de las ordenanzas practicadas por iglesias hermanas, y cuando un
ministro o miembro de una denominación hermana desea unirse a ella se le exige
al ministro ser reordenado y el miembro ser rebautizado. Tal práctica es
totalmente contraria al espíritu y costumbre de los presbiterianos. En la
iglesia presbiteriana nunca repetimos estos ritos. Aceptamos la validez de las
ordenanzas de una iglesia hermana como las administradas por nosotros mismos.
"Aunque muchas iglesias evangélicas excluyen a
ministros de iglesias hermanas predicar en sus pulpitos o co-oficiar en algunas
de sus ceremonias, la iglesia presbiteriana no acostumbra proceder de tal manera.
Tal práctica es ajena al corazón y proceder presbiteriano. Sentimos la misma
libertad y cordialidad al extender la invitación a ministros episcopales, o
bautistas, o de otras denominaciones evangélicas, a ocupar nuestros pulpitos, o
a ayudarnos en la administración de la Santa Cena, que sentimos al extender la
invitación a nuestros propios pastores.
"Los presbiterianos no excluimos de nuestras
congregaciones a ningún creyente verdadero. No rechazamos ninguna ordenación
ministerial de otra iglesia evangélica. No repudiamos ningún sacramento bíblico
administrado por iglesias hermanas. Devolviendo bien por mal, reconocemos a
nuestro co-ministro de la iglesia anglicana como verdadero ministro de Cristo,
ya todo hermano que ha sido bautizado por inmersión como válidamente bautizado.
Respondemos con todo el corazón al 'amén' de los metodistas; entonamos junto
con nuestros hermanos todo salmo que ponga la corona en la frente de Cristo; y
con sincero amor invitamos a nuestros hermanos en la fe, no importa el nombre o
la denominación, a compartir con nosotros de los elementos que representan el
cuerpo partido y la sangre derramada del Salvador. No tenemos prejuicio alguno,
ni exclusividad, ni capricho de índole alguna, que restrinja nuestros afectos
cristianos y que cause una brecha entre nosotros y otros siervos de nuestro Señor.
Nuestra catolicidad es tan amplia como la cristiandad evangélica" (pp.
189-193).
Y nuevamente dice, "La catolicidad de la iglesia
presbiteriana se deja ver además en su única condición de membresía. Ella
demanda como único requisito de admisión una confesión respaldada por la
vida de fe en el Señor Jesucristo. Al solicitante no se le pide que se suscriba
a nuestras normas o que abrace nuestra teología. No se le requiere que sea
calvinista, sino sólo creyente en Cristo. No se le somete a ninguna prueba para
determinar si es ortodoxo o no, sólo se espera de él una profesión de 'fe en
Cristo y obediencia a él'. (Confesión de Fe, 28:4). Puede que el creyente
tenga ideas imperfectas sobre la trinidad y la expiación; puede que no esté
totalmente de acuerdo con nuestras doctrinas sobre el bautismo de niños, la
elección, y la perseverancia final; pero si confía y obedece a Cristo como su
Salvador y Señor personal, las puertas de la iglesia presbiteriana están
abiertas a él y todos los privilegios de su comunión están a su disposición.
"Cuando las iglesias prescriben otras
condiciones de membresía no se atienen a la simple condición de salvación
establecida en las Escrituras, ellas hacen más difícil la entrada a la iglesia
que al cielo. La iglesia presbiteriana se contrasta marcadamente con tal tiranía
y exclusividad eclesiástica. Sus normas declaran que una simple fe en Cristo
nos hace miembros de la familia de Dios; aquellos que han hecho profesión de
fe en Cristo puede participar de todos los derechos y privilegios de la
iglesia" (Libro del Orden Eclesiástico, III,
3).
Con amplia y maravillosa catolicidad las puertas del cielo, para recibir a todo
hijo de Dios" (pp. 199, 200).
Tras declarar que la familia de las iglesias presbiterianas y las reformadas constituyen la más numerosa familia evangélica en el mundo, el Dr. Smith, con gran elocuencia, da el siguiente magnífico resumen de los logros misioneros de estas iglesias: "Aun más católico e imponente que el número de feligreses que compone la iglesia presbiteriana es la extensión mundial del imperio presbiteriano. Mientras que los adherentes de otras comuniones evangélicas se encuentran más o menos establecidos en países particulares, los luteranos en Alemania, los episcopales en Inglaterra, los metodistas en los Estados Unidos de Norte América, el ejército presbiteriano se encuentra esparcido a través de tod