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VIDA CRISTIANA

 

LA VIDA DE ELÍAS

 

ARTHUR W. Pink

 

Revisión y Actualización de estilo por:

 Daviel D’Paz  

Introducción

 

1) La dramática aparición de Elías

2) El cielo cerrado

3) El arroyo de Querit

4) La prueba de la fe

5) El arroyo seco

6) Elías en Sarepta

7) Los apuros de una viuda

8) El Señor proveerá

9) Una Providencia oscura

10) Las mujeres recibieron sus muertos por resurrección

11) Frente al peligro

12) Frente a Acab

13) El alborotador de Israel

14) La llamada al  Carmelo

15) El   reto   de   Elías

16) Oídos que no oyen

17) La confianza de la fe

18) La   oración   eficaz

19) La   respuesta  por  fuego

20) El sonido de una grande lluvia

21) Perseverancia en la oración

22) La huida

23) En el  desierto

24) Abatido

25) Fortalecido

26) La cueva de Orbe

27) El silbo apacible y delicado

28) La   restauración   de   Elías

29) La viña de Nabot

30) El pecador descubierto

31) Un mensaje aterrador

32) La última misión de Elías

33) Un instrumento de juicio

34) La partida de Elías

35) El carro de fuego

 

 

INTRODUCCIÓN

 

Generación tras generación, los siervos del Señor han bus­cado la edificación de los creyentes en el estudio del relato del Antiguo Testamento. En estos casos, los comentarios a la vida de Elías han ocupado siempre lugar prominente. Su aparición repentina de la oscuridad más completa, sus intervenciones dra­máticas en la historia, nacional de Israel, sus milagros, su par­tida de la tierra en un carro de fuego, sirven para cautivar el pensamiento tanto del predicador como del escritor. El Nuevo Testamento apoya este interés. Si Jesucristo es el Profeta "como Moisés", también Elías tiene su paralelo en el Nuevo Testa­mento: Juan, el más grande de los profetas. Y, lo que es toda­vía más notable, Elías mismo reaparece de forma visible cuan­do con Moisés, en el monte de "la magnífica gloria", "habla de la contienda que ganó nuestra vida con el Hijo de Dios en­carnado". ¿Qué sublime honor fue éste! Moisés y Elías son los nombres que no sólo brillan con pareja grandeza en los ca­pítulos finales del Antiguo Testamento, sino que aparecen tam­bién como representantes vivientes de la hueste redimida del Señor —los resucitados y los traspuestos— en el "monte santo", donde conversan de la salida que su Señor y Salvador había de cumplir en el tiempo designado por el Padre.

 

Es el representante "transpuesto", la segunda de las mara­villosas excepciones en el Antiguo Testamento del reino uni­versal de la muerte, cuyo retrato se traza en las páginas que siguen. “Aparece, como la tempestad, desaparece como el torbellino” —dijo el Obispo Hall en el siglo XVII—; "lo primero que oímos de él es un juramento y una amenaza". Sus palabras, como rayos, parecen rasgar el firmamento de Israel. En una ocasión famosa, el Dios de Abraham, Isaac y Jacob respondió a éstas con fuego sobre el altar del holocausto. A lo largo de la carrera sorprendente de Elías el juicio y la misericordia es­tán entremezclados. Desde el momento en que aparece, "sin padre, sin madre", "como si fuera el hijo de la tierra"', hasta el día, cuando cayó su manto y cruzó el río de la muerte sin gustarla, ejerció un ministerio sólo comparable al de Moisés, su compañero en el monte. "Era", dice el Obispo Hall, "el pro­feta más eminente reservado para la época más corrupta".

 

Es conveniente, por lo tanto, que las lecciones que puedan derivarse legítimamente del ministerio de Elías sean presentadas de nuevo a nuestra propia generación. El hecho de que la profe­cía no tenga edad es un testimonio notable de su origen divino. Los profetas desaparecen, pero sus mensajes iluminan todas las edades posteriores. La historia se repite. La impiedad e ido­latría desenfrenadas del reinado de Acab viven todavía en las profanaciones y corrupciones groseras de nuestro siglo XX. La mundanalidad y la infidelidad de una Jezabel, con toda su te­rrible fealdad, no sólo se han introducido en la escena del día de hoy, sino que han penetrado en nuestros hogares y se han acomodado en nuestra vida pública.

 

A. W. Pink (1886-1952), autor de la presente vida de Elías, tuvo una amplia experiencia de las condiciones reinantes en el mundo de habla inglesa. Antes de fijar su residencia en la Gran Bretaña, alrededor del año mil novecientos treinta, había ejer­cido su ministerio en Australia y en los Estados Unidos de Amé­rica. Después se dedicó a la exposición bíblica, especialmente por medio de la revista que fundó. Su estudio de Elías es par­ticularmente apropiado a las necesidades de la hora presente. Nos toca vivir días en los que el alejamiento de los antiguos hitos del pueblo del Señor es vasto y profundo. Las verdades que eran preciosas a nuestros antepasados ahora son pisoteadas como fango de la calle. Muchos, ciertamente, pretenden predicar y promulgar otra vez la verdad con nuevo atavío, pero éste ha resultado ser la mortaja de la misma en vez de las "vestiduras hermosas" que los profetas conocían.

 

A. W. Pink se sintió llamado claramente a la obra de combatir la impiedad reinante con la vara del furor de Dios. Con este objeto acometió la exposición del ministerio de Elías, aplicán­dolo a la situación contemporánea. Tiene un mensaje para su propia nación, y también para el pueblo de Dios. Nos mues­tra que el reto antiguo: "¿Dónde está Jehová, el Dios de Elías?" no es una mera pregunta retórica. ¿Dónde ciertamente?. ¿He­mos perdido nuestra fe en Él? La oración ferviente y eficaz, ¿no tiene lugar en nuestros corazones? ¿No podemos aprender de la vida de un hombre sujeto a semejantes pasiones que nos­otros? Si poseemos la sabiduría que viene de lo alto diremos con Josías Conder:

 

"Nuestro corazón, Señor, con esta gracia inspira:

Responde a nuestro sacrificio con el juego,

y declara por tus obras poderosas

Que eres Tú el Dios que escucha el ruego."

 

Si tal es nuestro anhelo, la vida de Elías aventará la sa­grada llama. Si carecemos del tal, que el Señor use esta obra para traer convicción a nuestros espíritus indolentes, y para convencernos de que la prueba del Carmelo es todavía absoluta­mente válida: "El Dios que respondiere por fuego, ése sea Dios".

S.   M.  HOUGHTON.

 

Enero, 1963.

 

 

 

1

LA DRAMÁTICA APARICIÓN DE ELÍAS

 

 

Elías apareció en la escena de la acción pública durante una de las horas más oscuras de la triste historia de Israel. Se nos presenta al principio de 1 Reyes 17, y no tenemos que hacer mas que leer los capítulos precedentes para descubrir el estado deplorable en que se hallaba entonces el pueblo de Dios. Israel se había apartado flagrante y dolorosamente de Jehová y aquello que más se le oponía estaba establecido de modo público. Nunca había caído tan bajo la nación favorecida. Habían pa­sado cincuenta y ocho años desde que el reino fue dividido en dos, a la muerte de Salomón. Durante ese breve periodo, nada menos que siete reyes reinaron sobre las diez tribus y todos ellos, sin excepción, eran hombres malvados. Es en verdad do­loroso trazar sus tristes carreras y aun más trágico ver cómo ha habido una repetición de las mismas en la historia de la Cristiandad.

 

El primero de esos siete reyes era Jeroboam. Acerca de él leemos que hizo dos becerros de oro, y dijo al pueblo: "Bastante habéis subido a Jerusalén; he aquí tus dioses, Oh Israel, que te hicieron subir de la tierra de Egipto. Y puso el uno en Betel, y el otro puso en Dan. Y esto fue ocasión de pecado; porque el pueblo iba a adorar delante del uno, hasta Dan. Hizo tam­bién casas sobre los lugares altos, e hizo sacerdotes de entre el pueblo, que no eran de los hijos de Leví. Entonces instituyó Jeroboam fiesta so­lemne en el mes octavo, a los quince del mes, conforme a la fiesta solemne que se celebraba en Judá; y sacrificó sobre un altar. Así hizo en Betel, ofreciendo sacrificios a los becerros que había hecho. Ordenó también en Betel sacerdotes de los altos que él había fabricado” (1 Reyes 12:28-32). Queda debidamente claro que la apostasía comenzó con la corrupción del sacerdocio, ¡al instalar en el servicio divino hombres que nunca habían sido llamados ni preparados por el Señor!

 

Del siguiente rey, Nadab, se dice que "hizo lo malo ante los ojos de Jehová, andando en el camino de su padre, y en sus pecados con que hizo pecar a Israel” (1 Reyes 15:26). Le sucedió en el trono el mismo hombre que le había asesinado, Baasa (1 Reyes 15:27). Siguió después Ela, un borracho, quien a su vez fue asesinado (1Reyes 16:8-10). Su sucesor, Zimri, fue culpable de “traición" (1 Reyes 16:20). Le sucedió un aventurero militar llamado Omri, del cual se nos dice que "hizo lo malo a los ojos de Jehová, e hizo peor que todos los que habían sido antes de él, pues anduvo en todos los caminos de Jeroboam hijo de Nabat, y en su pecado con que hizo pecar a Israel, provocando a ira a Jehová Dios de Israel con sus ídolos” (1 Reyes 16:25,26). El ciclo maligno fue completado con el hijo de Omri, ya que era aun más vil que todos los que le habían precedido.

 

"Y Acab hijo de Omri hizo lo malo a los ojos de Jehová sobre todos los que fueron antes de él; porque le fue ligera cosa andar en los pecados de Jeroboam hijo de Nabat, y tomó por mujer a Jezabel hija de Etbaal rey de los sidonios, y fue y sirvió a Baal, y lo adoró” (1 Reyes 16:30,31). Esta unión de Acab con una princesa pagana trajo consigo como bien podía esperarse (pues no podemos pisotear la ley de Dios impunemente), las más terribles consecuencias. Toda traza de adoración pura a Jehová desapareció en breve espacio de tiempo y en su lugar, la más grosera idolatría apareció en forma desenfrenada. Se adoraban a los becerros de oro en Dan y en Betel, se edificó un templo a Baal en Samaria, los “bosques” de Baal se multiplicaron y sus sacerdotes se hicieron cargo por completo de la vida religiosa de Israel.

 

Se declaraba llanamente que Baal vivía y que Jehová había cesado de existir. Cuán vergonzosa era la situación se ve claramente en las palabras que siguen: “Hizo también Acab un bosque; y añadió Acab haciendo provocar a ira a Jehová Dios de Israel, más que todos los reyes de Israel que antes de él habían sido” (1 Reyes 16:33). El desprecio a Jehová Dios y la impiedad más descarada habían alcanzado su punto culminante. Esto se hace más evidente aun en el v. 34. "En su tiempo Hiel de Betel reedificó a Jericó”. Ello era una afrenta tremenda, pues estaba escrito que «Josué les juramentó diciendo: Maldito delante de Jehová el hombre que se levantare y reedificare esta ciudad de Jericó. En su primogénito eche sus cimientos, y en su menor asiente sus puertas" (Josué 6:26). La reedificación de la maldita Jericó era un desafío abierto a Dios.

 

En medio de esta oscuridad espiritual y degradación moral, apareció en la escena de la vida pública con repentino dramatismo un testigo de Dios, solitario pero sorprendente. Un comentarista eminente comienza sus observaciones sobre 1Reyes 17 diciendo: "El profeta más ilustre, Elías, fue levantado durante el reinado del más impío de los reyes de Israel”. Este es un resumen, sucinto pero exacto, de la situación en Israel durante ese tiempo; y no sólo eso, sino que procura la clave de todo lo que sigue. Es en verdad triste contemplar las terribles condiciones prevalecientes. Toda luz había sido extinguida, toda voz de testimonio divino había sido callada. La muerte espiritual se extendía por doquier y parecía como si Satanás hubiera obtenido realmente el dominio de la situación.

 

«Entonces Elías tisbita, que era de los moradores de Galaad, dijo a Acab: Vive Jehová Dios de Israel, delante del cual estoy, que no habrá lluvia ni rocío en estos años, sino por mi palabra» (1 Reyes 17:1). Dios, con mano firme, levantó para sí un testigo poderoso. Elías aparece ante nuestros ojos de la manera más abrupta. Nada se nos dice sobre quiénes eran sus padres o cuál fue su vida anterior. Ni siquiera sabemos a que tribu pertenecía, aunque el hecho de que fuera «de los moradores de Galaad” parece indicar que pertenecía a Gad o a Manasés, toda vez que Galaad estaba dividido entre las dos. «Galaad se extendía al este del Jordán; era silvestre y despoblado; sus colinas cubiertas de bosques frondosos; su formidable soledad era sólo turbada por la incursión de los arroyos; sus valles eran guarida de bestias salvajes».

 

Como hemos observado con anterioridad, Elías se nos presenta de modo extraño en la narración divina, sin que se nos diga nada de su linaje ni de su vida pasada. Creemos que hay una razón típica por la cual el Espíritu no hace referencia alguna a la ascendencia de Elías. Como Melquisedec, el principio y el final de su historia están ocultos en sagrado misterio. Así como en el caso de Melquisedec, la ausencia de mención alguna acerca de su nacimiento y muerte fue determinada divinamente para simbolizar el sacerdocio y la realeza eternos de Cristo, así también el hecho de que no conozcamos nada acerca del padre y de la madre de Elías, y el hecho ulterior de que fuera transpuesto sobrenaturalmente de este mundo sin pasar por los portales de la muerte, le señalan como el precursor simbólico del Profeta eterno. De ahí que la omisión de tales detalles esbocen la eternidad de la función profética de Cristo.

 

El que se nos diga que Elías "era de los moradores de Galaad” está registrado sin duda, para arrojar luz sobre su preparación natural, que siempre ejerce una influencia poderosa en la formación del carácter. Los habitantes de aquellas colinas reflejaban la naturaleza de su medio ambiente: eran bruscos y toscos, graves y austeros, habitaban en aldeas rústicas y subsistían de sus rebaños. Como hombre curtido por la vida al aire libre, siempre envuelto en su capa de pelo de camello, acostumbrado a pasar la mayor parte de su vida en la soledad y dotado de una resistencia que le permitía soportar grandes esfuerzos físicos, Elías seguramente reflejaba un marcado contraste con los habitantes de las ciudades de los valles y de modo especial con los cortesanos de vida holgada del palacio.

 

No tenemos manera de saber qué edad contaba Elías cuando el Señor le concedió por primera vez una revelación personal y salvadora de Sí mismo, ya que no poseemos noticias de su previa formación religiosa. Pero, en un capítulo posterior, hay una frase que permite formarnos una idea definida de la índole espiritual de este hombre: «He sentido un vivo celo por Jehová Dios de los ejércitos» (1 Reyes 19:10). Esas palabras no pueden tener otro significado, sino que él se tomaba la gloria de Dios muy en serio y que para él la honra de Su nombre significaba más que todas las demás cosas. En consecuencia, a medida que iba conociendo mejor el terrible carácter y el alcance de la apostasía de Israel, debió de sentirse profundamente afligido y lleno de una indignación santa.

 

No hay razón para que dudemos que Elías conocía las Escrituras perfectamente; de modo especial los primeros libros del Antiguo Testamento. Sabiendo cuánto había hecho el Señor por Israel y los señalados favores que les había conferido, debía anhelar con profundo deseo que le agradaran y le glorificaran. Pero cuando se enteró de que la realidad era muy distinta al llegar hasta él noticias de lo que estaba pasando al otro lado del Jordán, al ser informado de cómo Jezabel había destruido los altares de Dios y matado a sus siervos sustituyéndolos luego por sacerdotes idólatras del paganismo, su alma debió llenársele de horror y su sangre debió hervir de indignación, pues sentía «un vivo celo por Jehová Dios de los ejércitos». ¡Ojalá nos llenara a nosotros en la actualidad tal indignación justa!

 

Es probable que la pregunta que agitaba a Elías fuera: ¿Cómo debo obrar? ¿Qué podía hacer él, un hijo del desierto, rudo e inculto? Cuanto más lo meditaba, más difícil debía parecerle la situación; Satanás, sin duda, le susurraba al oído: «No puedes hacer nada, la situación es desesperante». Pero había una cosa que podía hacer: orar. Ese es el recurso de todas las almas probadas profundamente. Y así lo hizo tal como se nos dice en Santiago 5:17: «rogó con oración». Oró porque estaba seguro de que el Señor vive y lo gobierna todo. Oró porque se daba cuenta de que Dios es todopoderoso y que para Él todas las cosas son posibles. Oró porque sentía su propia debilidad e insuficiencia, y por lo tanto, se allegó a Aquél que está vestido de poder y que es infinito y suficiente en Sí mismo.

 

Pero, para ser eficaz la oración debe basarse en la Palabra de Dios, ya que sin fe es imposible agradarle, y la fe es por el oír; y el oír por la Palabra de Dios» (Romanos 10:17). Hay un pasaje en particular en los primeros libros de la Escritura que parece haber estado fijo en la atención de Elías: "Guardaos, pues, que vuestro corazón no se infatúe, y os apartéis y sirváis a dioses ajenos, y os inclinéis a ellos; y así se encienda el furor de Jehová sobre vosotros, y cierre los cielos, y no haya lluvia, ni la tierra dé su fruto» (Deuteronomio 11:16, 17). Este era exactamente el crimen del cual Israel era culpable: se había apartado y servía a dioses falsos. Supongamos, pues, que este juicio divinamente pronunciado no fuera ejecutado, ¿no parecería en verdad que Jehová era un mito, una tradición muerta? Y Elías era "muy celoso por Jehová Dios de los ejércitos", y por ello se nos dice que "rogó con oración que no lloviese» (Santiago 5:17). De ahí aprendemos una vez más lo que es la verdadera oración: es la fe que se acoge a la Palabra de Dios, y suplica ante ti diciendo: "Haz conforme a lo que has dicho" (2 Samuel 7:25).

 

"Rogó con oración que no lloviese". ¿Hay alguien que exclame: "¿Qué oración más terrible?” Si es así, preguntamos nosotros: ¿No era mucho más terrible que los favorecidos descendientes de Abraham, Isaac y Jacob despreciaran a Dios y se apartaran de Él, insultándole descaradamente al adorar a Baal? ¿Desearía que el Dios tres veces santo cerrara los ojos ante tales excesos? ¿Pueden pisotearse sus leyes impunemente? ¿Dejará el Señor de imponer el justo castigo? ¿Qué concepto del carácter divino se formarían los hombres si Dios hiciera caso omiso de las provocaciones? Las Escrituras contestan que "porque no se ejecuta luego sentencia sobre la mala obra, el corazón de los hijos de los hombres está en ellos lleno para hacer mal» (Eclesiastés 8:11). Y no sólo eso, sino que Dios declaró: “Estas cosas hiciste y Yo he callado; ¿Pensabas que de cierto sería Yo como tú?; Yo te argüiré, y las pondré delante de tus ojos" (Salmo 50:21).

 

¡Ah, amigo lector! Hay algo muchísimo más temible que las calamidades físicas y el sufrimiento: la delincuencia moral y la apostasía espiritual. Pero, ¡ay!, se comprende tan poco esto hoy en día. ¿Qué son los crímenes cometidos contra el hombre en comparación con los pecados arrogantes contra Dios? Asimismo, ¿qué son los reveses nacionales comparados con la perdida del favor divino? La verdad es que Elías tenía una escala de valores verdadera; sentía "un vivo celo por Jehová Dios de los ejércitos", y por lo tanto rogó que no lloviese. Las enfermedades desesperadas requieren medidas drásticas y al orar, Elías recibió la certeza de que su petición era concedida y que tenía que ir a comunicárselo a Acab. Cualesquiera que fueran los peligros personales a los que el profeta pudiera exponerse, tanto el rey como sus súbditos debían conocer la relación directa existente entre la terrible sequía que se avecinaba y los pecados que la habían ocasionado.

 

La tarea de Elías no era pequeña y requería muchísimo más que valentía común. Que un montañés inculto se presentara sin ser invitado ante un rey que desafiaba los cielos, era suficiente para asustar al más valiente; mucho más cuando su cónyuge pagana no dudaba en matar a cualquiera que se opusiera a su voluntad, y que, de hecho, ya había mandado ejecutar a muchos siervos de Dios. Siendo así, ¿qué probabilidad había de que ese galaadita solitario escapase con vida? "Mas el justo esta confiado, como un leoncillo" (Proverbios 28:1); a los que están bien con Dios no les desaniman las dificultades ni les arredran los peligros. “No temeré de diez millares de pueblos, que pusieren cerco contra mí" (Salmo 3:6); "Aunque se asiente campo contra mí, no temeré mi corazón" (Salmo 27:3); tal es la bendita serenidad de aquellos cuyas conciencias están limpias de delitos y cuya confianza descansa en el Dios viviente.

 

El momento de llevar a cabo la dura tarea había llegado y Elías dejó su casa en Galaad para llevar a Acab el mensaje de juicio. Imaginadle en su largo y solitario viaje. ¿Cuáles eran sus pensamientos? ¿Se acordaría de la semejante misión encargada a Moisés cuando fue enviado por el Señor a pronunciar su ultimátum al soberbio monarca de Egipto? El mensaje que él llevaba no iba a agradarle más al rey degenerado de Israel. No obstante, tampoco tal recuerdo había de disuadirle o intimidarle, sino que el pensar en la secuela había de fortalecer su fe. Dios el Señor no abandonó a su siervo Moisés, sino que extendió Su brazo poderoso en su ayuda, y le concedió un completo éxito en su misión. Las maravillosas obras de Dios en el pasado deberían alentar siempre a sus siervos en el presente.

 

***

2

EL CIELO CERRADO

 

"Vendrá el enemigo como río, mas el espíritu de Jehová levantará bandera contra él» (Isaías 59:19). ¿Qué significa que el peligro vendrá "como río»? La figura aquí usada es gráfica y expresiva: es la de una inundación anormal que produce la anegación de la tierra, la puesta en peligro de la propiedad y la vida misma; una inundación que amenaza llevárselo todo consigo. Ésta es una figura apta para describir la experiencia moral del mundo en general y de secciones especialmente favo­recidas en particular, en diferentes períodos de la historia. Re­petidas veces la inundación del mal se ha desbordado alcan­zando dimensiones tan alarmantes que ha parecido como si Satanás fuera a tener éxito en sus esfuerzos por derrumbar toda cosa santa que encuentre a su paso, cuando ha parecido que la causa divina en la tierra estaba en peligro inmediato de ser arrastrada completamente por la inundación de idolatría, im­piedad e iniquidad.

 

"Vendrá el enemigo como río”. Sólo tenemos que mirar el contexto para descubrir lo que quiere decir tal lenguaje. "Es­peramos luz, y he aquí tinieblas; resplandores, y andamos en oscuridad. Palpamos la pared como ciegos, y andamos a tientas como sin ojos... Porque nuestras rebeliones se han multiplica­do delante de ti, y nuestros pecados han atestiguado contra nosotros... El prevaricar y mentir contra Jehová, y tornar de en pos de nuestro Dios; el hablar calumnia y rebelión, conce­bir y proferir de corazón palabras de mentira. Y el derecho se retiró, y la justicia se puso lejos; porque la verdad tropezó en la plaza, y la equidad no pudo venir. Y la verdad fue dete­nida; y el que se apartó del mal, fue puesto en presa» (Isaías 59:9‑45). No obstante, cuando el diablo ha inundado de erro­res mentirosos, y el desorden ha llegado a predominar, el Espí­ritu de Dios interviene y desbarata los propósitos de Satanás.

 

Los versículos solemnes que hemos leído más arriba des­criben fielmente las terribles condiciones que privaban en Is­rael bajo el reinado de Acab y su cónyuge pagana Jezabel. A causa de sus múltiples transgresiones, Dios había entregado el pueblo a la ceguera y las tinieblas y un espíritu de falsedad y locura poseía sus corazones. Por lo tanto, la verdad había tropezado en la plaza, pisoteada cruelmente por las masas. La idolatría se había convertido en la religión del estado; la adoración a Baal estaba a la orden del día: la impiedad se había desenfrenado por todas partes. Ciertamente el enemigo había venido como río, y parecía que no quedaba barrera alguna que pudiera oponerse a sus efectos devastadores. Fue entonces cuan­do el Espíritu del Señor levantó bandera contra él, haciendo pública demostración de que el Dios de Israel estaba grande­mente enojado contra los pecados del pueblo, e iba a visitar sus iniquidades sobre ellos. Esa bandera celestial y solitaria fue levantada por mano de Elías.

 

Dios nunca se dejó a Sí mismo sin testimonio en la tierra. En las épocas más oscuras de la historia humana el Señor ha levantado y mantenido un testimonio para sí. Ni la persecu­ción ni la corrupción han podido destruirlo enteramente. En los días antediluvianos cuando la tierra estaba llena de vio­lencia y toda carne habla corrompido sus caminos, Jehová te­nía un Enoc y un Noé para actuar como sus portavoces. Cuan­do los hebreos fueron reducidos a una esclavitud abyecta en Egipto, el Altísimo envió a Moisés y Aarón como embajadores suyos y en cada período subsiguiente de su historia les fue enviando un profeta tras otro. Así ha sido también durante el curso de la historia de la Cristiandad: en los días de Nerón, en tiempos de Carlomagno, e incluso en tiempos del oscuran­tismo ‑a pesar de la oposición incesante del papado‑ la lám­para de la verdad nunca se ha extinguido. Asimismo, en este texto de 1 Reyes 17 contemplamos de nuevo la fidelidad inmu­table de Dios a su pacto al sacar a escena a uno que era celoso de Su gloria y que no temía el denunciar a Sus enemigos.

 

Después de habernos detenido a considerar el significado de la misión particular que Elías ejerció y de haber contem­plado su misteriosa personalidad, pensemos ahora en el significado de su nombre. Es por demás sorprendente y revelador, ya que Elías puede traducirse por «mi Dios es Jehová», o «Je­hová es mi Dios». La nación apóstata había adoptado a Baal como su deidad, pero el nombre de nuestro profeta procla­maba al Dios verdadero de Israel. Podemos llegar a la con­clusión segura, por la analogía de las Escrituras, que fueron sus padres quienes le pusieron este nombre, probablemente bajo un impulso profético o como consecuencia de una comunica­ción divina. Los que están familiarizados con la Palabra de Dios, no considerarán ésta una idea caprichosa. Lamec llamó a su hijo Noé, "diciendo: Éste nos aliviará (o será un des­canso para nosotros) de nuestras obras» (Génesis 5:29) ‑Noé significa «descanso» o «consuelo»‑. José dio a sus hijos nom­bres expresivos de las diferentes provisiones de Dios (Géne­sis 41:51,52). El nombre que Ana dio a su hijo (1Samuel 1:20), y el que la mujer de Finees dio al suyo (1Samuel 4:19‑22), son otras tantas ilustraciones.

 

Observemos cómo el mismo principio se aplica también con referencia a muchos de los lugares que se mencionan en la Escritura: Babel (Génesis 11:9), Beerseba (Génesis 21:31), Ma­sah y Meriba (Éxodo 17:7), y Cabul (1 Reyes 9:13), son ejem­plos característicos; nadie por cierto que desee entender los es­critos sagrados puede permitirse el lujo de no prestar atención espe­cial a los nombres propios. La importancia de ello se confirma en el ejemplo de nuestro Señor cuando mandó al ciego lavarse en el estanque de Siloé, al añadirse inmediatamente: (que significa, si lo interpretares, “Enviado)" (Juan 9:7). También, cuando Mateo describía el mandato del ángel a José de que el Salvador había de llamarse Jesús, el Espíritu le llevó a añadir: "Todo esto aconteció para que se cumpliese lo que fue dicho por el Señor, por el profeta que dijo. He aquí la virgen concebirá y dará a luz un hijo, y llamarás su nombre Emmanuel, que traducido es: Con nosotros Dios» (1:22-23). Véanse también las palabras "que interpretado es” en Hechos 4-36; Hebreos 7.1, 2.

 

Vemos pues, que el ejemplo de los apóstoles nos autoriza a extraer enseñanzas de los nombres propios (ya que, sino todos, muchos de ellos encierran verdades importantes); ello debe hacerse modestamente y según la analogía de la Escritura, y no con dogmatismo o con el propósito de establecer una nueva doctrina. Fácilmente se deja ver con cuanta exactitud el nombre de Elías correspondía a la misión y al mensaje del profeta; y ¡cuánto estímulo debía proporcionarle la meditación del mismo! También podemos relacionar con su nombre sorprendente el hecho de que el Espíritu Santo designara a Elías “tisbita”, que significativamente denota el que es extranjero. Y debemos anotar, también, el detalle adicional de que fuera "de los moradores de “Galaad”, que significa rocoso debido a la naturaleza montañosa de aquella tierra. En la hora crítica, Dios siempre levanta y usa tales hombres: los que están dedicados completamente a Él, separados del mal religioso de su tiempo, que moran en las alturas; hombres que en medio de la decadencia más espantosa mantienen en sus corazones el testimonio de Dios.

 

“Entonces Elías tisbita, que era de los moradores de Galaad, dijo a Acab: Vive Jehová Dios de Israel, delante del cual estoy, que no habrá lluvia ni rocío en estos años, sino por mi palabra” (1 Reyes 17:1). Este suceso memorable ocurrió unos ochocientos sesenta años antes de Cristo. Pocos hechos en la historia sagrada pueden compararse a éste en dramatismo repentino, audacia extrema y en la sorprendente naturaleza del mismo. Un hombre sencillo, solo y vestido con humilde atavío, apareció sin ser anunciado ante el rey apóstata de Israel como mensajero de Jehová y heraldo de juicio terrible. Nadie en la corte debía saber demasiado de él, si acaso alguno le conocía, ya que acababa de surgir de la oscuridad de Galaad para comparecer ante Acab con las llaves del cielo en sus manos. Tales son a menudo, los testigos de su verdad que Dios usa. Aparecen y desaparecen a su mandato y no proceden de las filas de los influyentes o los instruidos. No son producto del sistema de este mundo, ni pone éste laurel en sus cabezas.

 

"Vive Jehová Dios de Israel, delante del cual estoy, que no habrá lluvia ni rocío en estos años, sino por mi palabra”. La frase "Vive Jehová Dios de Israel», encierra mucho más de lo que pueda parecer a primera vista. Nótese que no es simplemente "Vive Jehová Dios», sino «Jehová Dios de Israel", que ha de diferenciarse del término más amplio “Jehová de los ejércitos”. Hay ahí por lo menos tres significados. Primero, "Jehová Dios de Israel" hace énfasis especial en su relación particular con la nación favorecida: Jehová era su Rey, su Gobernante, Aquel al cual habían de dar cuentas, con el que tenían un pacto solemne. Segundo, se informaba a Acab que Dios vive. Este gran hecho, evidentemente, había sido puesto en entredicho. Durante el reinado de un rey tras otro, Israel había escarnecido y desafiado a Jehová sin que se hubieran producido consecuencias terribles; por ello, llegó a prevalecer la idea falsa de que el Señor no existía en realidad. Tercero, la afirmación "Vive Jehová Dios de Israel”, mostraba el notable contraste que existía con los ¡dolos sin vida, cuya impotencia iba a hacerse patente, incapaces de defender de la ira de Dios a sus engañados adoradores.

 

Aunque Dios por sus propias y sabias razones, «soportó con mucha paciencia los vasos de ira preparados para destrucción» (Romanos 9:22), no obstante da pruebas suficientes y claras a través del curso de la historia humana, de que Él es aún ahora el gobernador de los impíos y el vengador del pecado. A Israel le fue dada tal prueba entonces. A pesar de la paz y la prosperidad de que había disfrutado el reino por largo tiempo, el Señor estaba airado en gran manera por la forma grosera en que había sido insultado públicamente y había llegado la hora de que Dios castigara severamente a su pueblo descarriado. En consecuencia, envió a Elías a anunciar a Acab la naturaleza y duración del azote. Nótese debidamente que el profeta fue con su terrible mensaje, no al pueblo, sino al mismo rey, la cabeza responsable, el que tenía en su mano el poder de rectificar lo que estaba mal, proscribiendo los ídolos de sus dominios.

 

Elías fue llamado a comunicar el mensaje más desagradable al hombre más poderoso de todo Israel, pero consciente de que Dios estaba con él, no titubeó en su tarea. Enfrentándose súbitamente a Acab, Elías le hizo ver de manera clara que el hombre que tenía delante no le temía, por más que fuera el rey. Sus primeras palabras hicieron saber al degenerado monarca de Israel que tenía que vérselas con el Dios viviente. «Vive Jehová Dios de Israel», era una afirmación franca de la fe del profeta, y al mismo tiempo dirigía la atención de Acab hacia Aquél a quien había abandonado. «Delante del cual estoy» (es decir, del cual soy siervo; véase Deuteronomio 10:8; Lucas 1:19), en cuyo nombre vengo a ti, en cuya veracidad y poder incuestionable confío, de cuya presencia inefable soy consciente, y al cual he orado y me ha respondido.

 

«No habrá lluvia ni rocío en estos años, sino por mi palabra». ¡Qué perspectiva más aterradora! De la expresión «lluvia temprana y tardía» inferimos que, normalmente, Palestina experimentaba una estación seca de varios meses de duración; pero aunque no había lluvia, de noche descendía abundante rocío que refrescaba grandemente la vegetación. Pero que no cayera rocío ni lluvia por un período de años, era en verdad un juicio terrible. Esa tierra tan fértil y rica que mereció ser designada como "tierra que fluye leche y miel", se convertiría rápidamente en aridez y sequedad, acarreando hambre, pestilencia y muerte. Y cuando Dios retiene la lluvia, nadie puede crearla. «¿Hay entre las vanidades (falsos dioses) de las gentes quien haga llover?» (Jeremías 14:22). ¡Cómo revela esto la completa impotencia de los ídolos y la locura de los que les rinden homenaje!

 

La severa prueba con la que Elías se enfrentaba al comparecer ante Acab y pronunciar tal mensaje requería una fuerza moral poco común. Esta verdad se hace más evidente si prestamos atención a un detalle que parece haber escapado a los comentaristas y que sólo es evidente por medio de la comparación cuidadosa de las diversas partes de las Escrituras. Elías dijo al rey: «No habrá lluvia ni rocío en estos años», mientras que en 1 Reyes 18:1, la secuela de ello es que «pasados muchos días, fue palabra de Jehová a Elías en el tercer año, diciendo: Ve, muéstrate a Acab, y yo daré lluvia sobre la haz de la tierra». Por otra parte, Cristo declaró que "muchas viudas había en Israel en los días de Elías, cuando el cielo fue cerrado por tres años y seis meses, que hubo una grande hambre en toda la tierra” (Lucas 4:25). ¿Cómo podemos dar cuenta de esos seis meses? De la forma siguiente: cuando Elías visitó a Acab ya hacia seis meses que la sequía había comenzado; podemos imaginarnos perfectamente la furia del rey al anunciársele que la terrible plaga había de durar tres años más.

 

Si la desagradable tarea que Elías tenía ante sí requería resolución y valentía sin igual; y bien podemos preguntar: ¿Cuál era el secreto de su gran coraje y cómo podemos explicarnos su fortaleza? Algunos rabíes judíos han mantenido que era un ángel, pero esto no es posible porque en el Nuevo Testamento se nos dice claramente que "Elías era hombre sujeto a semejantes pasiones a las nuestras» (Santiago 5:17). Sí, era sólo «un hombre»; sin embargo, no tembló en presencia de un monarca. Aunque hombre, tenía poder para cerrar las ventanas del cielo y secar los arroyos de la tierra. Pero la pregunta surge de nuevo ante nosotros: ¿Cómo explicar la plena certidumbre con que predijo la prolongada sequía y su confianza en que todo sería según su palabra? ¿Cómo fue que alguien tan débil en sí mismo vino a ser poderoso en Dios para la destrucción de fortalezas?

 

Puede haber tres razones del secreto del poder de Elías. Primera: la oración. "Elías era hombre sujeto a semejantes pasiones que nosotros, y rogó con oración que no lloviese, y no llovió sobre la tierra en tres años y seis meses" (Santiago 5:17). Obsérvese que el profeta no comenzó sus fervientes súplicas después de comparecer ante Acab, sino ¡seis meses antes! Ahí está la explicación de su certidumbre y resolución ante el rey. La oración en privado era el manantial de su poder en público. Podía mantenerse con audacia en la presencia del monarca impío porque se había arrodillado humildemente ante Dios. Pero obsérvese también que el profeta "rogó con oración” (fervientemente); la suya no era una devoción formal y carente de espíritu que nada conseguía, sino de todo corazón, ferviente y eficaz.

 

Segunda, su conocimiento de Dios. Ello se puede ver claramente en sus palabras a Acab: "Vive Jehová Dios de Israel". Para él, Jehová era una realidad viva. El abierto reconocimiento de Dios había desaparecido en todas partes: por lo que se refiere a las apariencias externas, no había un alma en Israel que creyese en su existencia. Pero ni la opinión pública ni la práctica general podían influir en el ánimo de Elías. No podía ser de otro modo, cuando en su propio pecho tenía la experiencia que le permitía decir con Job: "Yo sé que mi redentor vive”. La infidelidad y el ateísmo de los demás no pueden hacer vacilar la fe del que ha comprendido por sí mismo a Dios. Ello explica el valor de Elías, como en una ocasión posterior explicó la fidelidad insobornable de Daniel y sus tres compañeros hebreos. El que conoce de verdad a Dios se esforzará, (Daniel 11:32), y no temerá al hombre.

 

Tercera, su conocimiento de la presencia divina. "Vive Jehová Dios de Israel, delante del cual estoy”. Elías no sólo estaba seguro de la realidad de la existencia de Jehová, sino que también era consciente de estar en su presencia. El profeta sabía que, aunque aparecía ante la persona de Acab, estaba en la presencia de Uno infinitamente mayor que todos los monarcas de la tierra; Aquél delante del cual aun los más ilustres ángeles se inclinan en adoraci6n. El mismo Gabriel no podía hacer una confesión más grande (Lucas 1:19). ¡Ah, lector!, tal certeza bendita nos eleva por encima de todo temor. Si el Todopoderoso estaba con él, ¿cómo podía el profeta temer ante un gusano de la tierra? "Vive el Señor Dios de Israel, delante del cual estoy» revela claramente el fundamento sobre el que su alma reposaba mientras llevaba a cabo su desagradable tarea.

 

***

 

3

EL ARROYO DE QUERIT

 

«Elías era hombre sujeto a semejantes pasiones que nos­otros, y rogó con oración que no lloviese, y no llovió sobre la tierra en tres años y seis meses» (Santiago 5:17). Aquí se nos presenta a Elías como ejemplo de lo que la sincera oración del «justo» puede conseguir (v. 16). Nota, querido lector, el adjetivo calificativo, porque no todos los hombres, ni siquiera todos los cristianos, reciben contestación definida a sus oracio­nes. Ni muchísimo menos. El «justo» es el que está bien con Dios de una manera práctica; cuya conducta es agradable a sus ojos; que guarda sus vestiduras sin mancha de este mun­do; que está apartado del mal religioso, porque no hay en la tierra mal que tanto deshonre (véase Lucas 10:12‑15; Apocalip­sis 11:8). Los oídos del cielo están atentos a la voz del tal, por­que no hay barrera alguna entre su alma y el Dios que odia el pecado. «Y cualquier cosa que pidiéremos, la recibiremos de Él, porque guardamos sus mandamientos, y hacemos las co­sas que son agradables delante de Él» (1Juan 3:22).

 

«Rogó con oración que no lloviese». ¡Qué petición más te­rrible para presentar delante de la Majestad en las alturas! ¡Qué de privaciones y sufrimiento incalculable‑ iba a produ­cir la concesión de semejante suplica! La hermosa tierra de Palestina se convertiría en un desierto abrasador y estéril, y sus habitantes serían consumidos por una prolongada sequía con todos los horrores consiguientes. Así pues, ¿era este profeta estoico, frío e insensible, vacío de todo afecto natu­ral? ¡No, por cierto! El Espíritu Santo ha cuidado de decirnos en este mismo versículo que era "hombre sujeto a semejantes pasiones que nosotros”, y esto se menciona inmediatamente antes del relato de su tremenda petición. Y, ¿qué significa esa descripción en tal contexto? Que aunque Elías estaba adorna­do de tierna sensibilidad y cálida consideración para con sus semejantes, en sus oraciones se elevaba por encima de todo sentimentalismo carnal.

 

¿Por qué rogó Elías «que no lloviese»? No es que fuera insensible al sufrimiento humano, ni que se deleitara malva­damente presenciando la miseria de sus vecinos, sino que puso la gloria de Dios por encima de todo lo demás, incluso de sus sentimientos naturales. Recordad lo que en un capítulo previo se dice de la condición espiritual reinante en Israel. No sola­mente no había reconocimiento público alguno de Dios en toda la extensión del país, sino que por todas partes los adorado­res de Baal le desafiaban e insultaban. La marea maligna su­bía más y más cada día hasta arrastrarlo prácticamente todo. Y Elías «sentía un vivo celo por Jehová Dios de los ejércitos» (1Reyes 19:10), y deseaba ver Su gran nombre vindicado, y Su pueblo apóstata restaurado. Así pues, la gloria de Dios y el amor verdadero a Israel fue lo que le movió a presentar su petición.

 

Aquí tenemos, pues, la señal prominente del «justo» cuyas oraciones prevalecen ante Dios: aunque de tierna sensibilidad, pone la honra de Dios antes que cualquier otra consideración. Y Dios ha prometido: «Honraré a los que me honran» (1Sa­muel 2:30). Cuán a menudo se puede decir de nosotros: «Pedís, y no recibís, porque pedís mal, para gastar en vuestros de­leites (Santiago 4:3). “Pedimos mal” cuando los sentimientos naturales nos dominan, cuando nos mueven motivos carnales, cuando nos inspiran consideraciones egoístas. Pero, ¡qué dife­rente era el caso de Elías! A él le movían profundamente las indignidades terribles contra su Señor, y suspiraba por verle de nuevo en el lugar que le correspondía en Israel. "Y no llovió sobre la tierra en tres años y seis meses”. El profeta no fracasó en su objetivo. Dios nunca se niega a actuar cuando la fe se dirige a Él sobre la base de Su propia gloria; y era so­bre esta base que Elías suplicaba.

 

«Acerquémonos, pues, confiadamente al trono de la gracia, para alcanzar misericordia, y hallar gracia para el oportuno socorro» (Hebreos 4:16). Fue allí, en ese bendito trono, que Elías obtuvo la fortaleza que tan penosamente necesitaba. No sólo se requería de él que guardase sus vestiduras sin mancha de este mundo, sino que era llamado a ejercer una influencia santa sobre otros, a actuar para Dios en una era degenerada, a esforzarse seriamente por llevar al pueblo de nuevo al Dios de sus padres. Cuán esencial era, pues, que habitase al abrigo del Altísimo para obtener de él la gracia que le capacitara para su difícil y peligrosa tarea; sólo así podía ser librado del mal, y sólo así podía esperar ser un instrumento en la liberación de otros. Equipado de este modo para la lucha, emprendió la senda de servicio lleno de poder divino.

 

Consciente de la aprobación del Señor, seguro de la res­puesta a su petición, sintiendo que la presencia del Todopode­roso estaba con él, Elías se enfrentó intrépidamente al impío Acab, y le anunció el juicio divino sobre su reino. Pero, deten­gámonos por un momento para que nuestras mentes puedan comprender la importancia de este hecho, ya que explica el coraje sobrehumano desplegado por los siervos de Dios en to­das las épocas. ¿Qué fue lo que hizo a Moisés ser tan audaz ante Faraón? ¿Qué fue lo que capacitó al joven David para ir al en­cuentro del poderoso Goliat? ¿Qué fue lo que dio a Pablo tanto poder para testificar como lo hizo ante Agripa? ¿De dónde sacó Lutero la resolución para seguir su cometido “aun­que cada teja de cada tejado fuera un demonio". La contes­tación es la misma en todos los casos: la fortaleza sobrenatural provenía de un manantial sobrenatural; sólo así podemos ser vigorizados para luchar contra los principados y las potestades del mal.

 

 "Él da esfuerzo al cansado, y multiplica las fuerzas al que no tiene ningunas. Los jóvenes se fatigan y se cansan, los mo­zos flaquean y caen; mas los que esperan a Jehová tendrán nuevas fuerzas; levantarán las alas como águilas; correrán y no se cansarán; caminarán y no se fatigarán» (Isaías 40:29­31). Pero, ¿dónde había aprendido Elías esta importantísima lección? No fue en un seminario, ni tampoco en una escuela bíblica, porque si hubiera habido alguna de éstas escuelas en aquellos tiempos, es­taría como algunas en nuestra propia era degenerada, en ma­nos de los enemigos del Señor. Por otra parte, las escuelas de ortodoxia no pueden impartir tales secretos; ni siquiera los hombres piadosos pueden enseñarse a sí mismos esta lección y mucho menos impartirla a otros. Amigo lector, así como fue "detrás del desierto» (Éxodo 3:1) donde el Señor se le apa­reció a Moisés y le encargó la obra que había de realizar, fue en las soledades de Galaad donde Elías tuvo comunión con Jehová, quien le entrenó para sus arduas tareas; allí "esperó" al Señor, y allí obtuvo "fortaleza” para su trabajo.

 

Nadie sino el Dios viviente puede decir eficazmente a su sier­vo: "No temas, que yo soy contigo; no desmayes, que yo soy tu Dios que te esfuerzo; siempre te ayudaré, siempre te sus­tentaré con la diestra de mi justicia» (Isaías 41:10). Con esta conciencia de la presencia de Dios, su siervo salió «valiente como un león», no temiendo al hombre, con perfecta calma en medio de las circunstancias más duras. En este espíritu, el tisbita se enfrentó a Acab: «Vive Jehová Dios de Israel, de­lante del cual estoy». Mas, ¡cuán poco sabía el monarca após­tata de los ejercicios del alma del profeta antes de presentarse ante él, y dirigirse a su conciencia! «No habrá lluvia ni rocío en estos años, sino por mi palabra». Sorprendente y bendita cosa es ésta. El profeta habló con la máxima seguridad y auto­ridad porque estaba dando el mensaje de Dios, el siervo identificándose con el Señor. Esta tendría que ser siempre la com­postura del ministro de Cristo: «Lo que sabemos hablamos, y lo que hemos visto testificamos».

 

"Y fue a él palabra de Jehová” (v. 2). ¡Qué bendito! Sin embargo, no es probable que lo percibamos a menos que lo me­ditemos a la luz de lo que precede. Por el versículo anterior sa­bemos que Elías había cumplido su misión fielmente y aquí encontramos al Señor hablando a su siervo; de ahí que consi­deremos esto como una recompensa de gracia de aquello. Así son los caminos del Señor; se deleita en la comunión con aque­llos que se deleitan haciendo Su voluntad. Es un sistema de es­tudio muy provechoso ir buscando esta expresión por toda la Biblia. Dios no concede nuevas revelaciones hasta que se han obedecido las recibidas anteriormente; esta verdad queda ilus­trada en el caso de Abraham al principio de su vida. «Jehová había dicho a Abram: Vete... a la tierra que te mostraré» (Génesis 12:1); empero, fue sólo la mitad del camino y se asentó en Harán (11:31), y no fue hasta que partió de allí y obedeció completamente que el Señor se le apareció de nuevo (12:4‑7).

 

"Y fue a él palabra de Jehová, diciendo: Apártate de aquí, y vuélvete al oriente, y escóndete en el arroyo de Querit” (v. 2,3). Aquí se ejemplifica una verdad práctica impor­tante. Dios dirige a su pueblo paso a paso. Y ello no puede ser de otro modo porque el camino que somos llamados a se­guir es el de la fe, y la fe es lo contrario de la vista y la inde­pendencia. El sistema del Señor no es revelarnos todo el tra­yecto a recorrer, sino restringirnos su luz de manera que alum­bre sólo un paso tras otro, para que nuestra dependencia de Él sea constante. Esta lección es en extremo saludable, pero la carne está lejos de agradecerla, especialmente en el caso de los que son de naturaleza activa y fervorosa. Antes de salir de Galaad e ir a Samaria a pronunciar su solemne mensaje, el pro­feta sin duda debió de preguntarse qué hacer una vez cumpli­da su misión. Pero eso no era cosa suya, por el momento había de obedecer la orden divina, y dejar que Dios le revelara qué había de hacer después.

 

«Fíate de Jehová de todo tu corazón, y no te apoyes en tu propia prudencia. Reconócelo en todos tus caminos, y Él enderezará tus veredas» (Proverbios 3:5,6). Amigo lector, si Elías se hubiera apoyado en su propia prudencia, podemos estar seguros que la última cosa que hubiera hecho hubiera sido esconderse en el arro­yo de Querit. Si hubiera seguido sus propios instintos, más aún, si hubiera hecho lo que considerase que glorificaría más a Dios, ¿no hubiera emprendido un viaje predicando por todas las ciudades y aldeas de Samaria? ¿No hubiera consi­derado que su obligación ineludible era hacer todo lo que es­taba en su poder para despertar la conciencia adormecida del pueblo, a fin de que todos los súbditos ‑horrorizados de la idolatría prevaleciente‑ obligaran a Acab a poner fin a la misma? Sin embargo, eso era lo que Dios no quería que hicie­se; así pues, ¿qué valor tienen el razonamiento y las inclina­ciones naturales en relación con las cosas divinas? Ninguno en absoluto.

 

"Fue a él palabra de Jehová”. Obsérvese que no dice: le fue revelada la voluntad del Señor", o "se le reveló la mente del Señor”. Queremos hacer especial énfasis en este detalle, por­que es un punto sobre el cual hay no poca confusión hoy en día. Hay muchos que se confunden a sí mismos y a los demás hablando muchísimo acerca de "alcanzar la mente del Señor” y "descubrir la voluntad de Dios” para ellos, lo cual, analizado con cuidado, resulta no ser nada más que una vaga incertidum­bre o un impulso personal. "La mente” y "la voluntad” de Dios, lector, se dan a conocer en su Palabra y Él nunca «quiere» nada para nosotros que choque en lo más mínimo con su Ley ce­lestial. Nota que, cambiando el énfasis, «fue a él palabra de Jehová»: ¡no tuvo necesidad de ir a buscarla! (Véase Deutero­nomio 30:11‑14).

 

Y, ¡qué «palabra» la que fue a Elías! "Apártate de aquí, y vuélvete al oriente, y escóndete en el arroyo de Querit, que está delante del Jordán” (v.3). En verdad, los pensa­mientos y los caminos de Dios son completamente diferentes a los nuestros; sí, y sólo Él nos los puede notificar (Salmo 103:7). Casi da risa ver la manera cómo muchos comentaristas se han desviado completamente en este punto, ya que casi todos ellos interpretan el mandamiento del Señor como dado con el pro­pósito de proteger a su siervo. A medida que la sequía mortal continuó, la turbación de Acab aumentó más y más y al re­cordar el lenguaje del profeta al decir que no habría rocío ni lluvia sino por su palabra, su rabia debió ser sin límite. Así pues, si Elías había de conservar la vida, debía de proveér­sele de un refugio. Sin embargo, cuando volvieron a encon­trarse, Acab ¡no hizo nada para matarle! (1Reyes 18:17‑20). Quizá se nos dirá que "fue porque la mano de Dios estaba so­bre el rey refrenándole”, en lo que estamos de acuerdo, pero, ¿no podía Dios refrenarle durante este intervalo?

 

No, la razón de la orden del Señor a su siervo debe bus­carse en otro lugar y con toda seguridad, no estamos lejos de descubrirla. Si reconocemos que aparte de la Palabra y del Espíritu Santo para aplicarla, el don más valioso que Dios concede a pueblo alguno es el envío de Sus propios y califica­dos siervos y que la calamidad más grande que puede caer so­bre cualquier nación consiste en que Dios retire a los que ha designado para ministrar a las necesidades del alma, entonces no queda lugar a dudas. La sequía en el reino de Acab era un azote divino y siguiendo esta línea de conducta, el Señor orde­nó a su profeta: "Apártate de aquí”. La retirada de los ministros de su verdad es una señal cierta del desagrado de Dios, una indicación de que envía el juicio al pueblo que ha provo­cado su furor.

 

Ha de tenerse en cuenta que el verbo «esconder» (1Re­yes 17:3), es completamente distinto del que aparece en Jo­sué 6:17,25 (cuando Rahab escondió a los espías) y en 1Re­yes 18:4-13. La palabra usada en relación a Elías podría muy bien traducirse "vuélvete al oriente y apártate», como en Génesis 31:49. El salmista preguntó: «¿Por qué, oh Dios, nos has desechado para siempre? ¿Por qué se ha encendido tu furor con­tra las ovejas de tu prado?» (74:1). Y, ¿qué fue lo que le mo­vió a hacer estas doloridas preguntas? ¿Qué era lo que le hacía darse cuenta de que el furor de Dios ardía contra Israel? Era lo que sigue: "Han puesto a fuego tus santuarios... han quemado todas las sinagogas de Dios en la tierra. No vemos ya nuestras señales; no hay más profeta» (vs. 7‑9). Fue el abandono de los medios públicos de gracia la señal más segura del des­agrado de Dios.

 

Lector, aunque en nuestros días esté casi olvidado, no hay prueba más segura y solemne de que Dios esconde su rostro de un pueblo o nación que el privarles de las bendiciones inesti­mables de los que ministran su Palabra Santa, porque de la ma­nera que las mercedes celestiales sobrepujan las terrenales, así también las calamidades espirituales son mucho más terribles que las materiales. El Señor declaró por boca de Moisés: "Go­teará como la lluvia mi doctrina; destilará como el rocío mi razonamiento; como la llovizna sobre la grama, y como las gotas sobre la hierba” (Deuteronomio 32:2). Y ahora, todo ro­cío y toda lluvia iban a ser retirados de la tierra de Acab, no sólo literal, sino también espiritualmente. Los que ministraban su Palabra fueron quitados de la actividad y la vida públicas (1Reyes 18:4).

 

Si se requieren más pruebas bíblicas de esta interpretación (1Reyes 17:3), nos remitimos a Isaías 30:20, donde leemos: "Bien que os dará el Señor pan de congoja y agua de angus­tia, con todo, tus maestros nunca más te serán quitados, sino que tus ojos verán a tus maestros”. ¿Qué otra cosa puede ser más cla­ra que esto? La pérdida más sensible que el pueblo podía su­frir era la retirada por parte del Señor, de sus maestros, por­que aquí les dice que Su ira será mitigada por Su misericordia; que aunque les diera pan de congoja y agua de angustia, no les privaría de nuevo de los que ministraban a las necesidades de sus almas. Finalmente, recordamos al lector la afirmación que Cristo hizo de que había «una grande hambre» en el país en tiempos de Elías (Lucas 4:25), a lo que añadimos: «He aquí vienen días, dice el Señor Jehová, en los cuales enviaré ham­bre a la tierra, no hambre de pan, ni sed de agua, sino de oír palabra de Jehová. E irán errantes de mar a mar; desde el norte hasta el oriente discurrirán buscando palabra de Jehová, y no la hallarán» (Amós 8:11,12).

 

 

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