“…Pasa a Macedonia y ayúdanos”                 (Hechos 16:9)

 ©

Una Revista Interdenominacional para la edificación espiritual

 

Tulsa, OK. 1º de Febrero  2008 / Año 1, Revista No. 2

Nuestra Portada de este mes: El Teatro de Éfeso

 

 “Introducción a la Primera epístola de Juan”

(2ª Parte)

Por: Daviel D’Paz

 

 

En el primer número de esta revista estuvimos abordando el tema sobre el trasfondo histórico de esta primera carta del apóstol Juan. Vimos que una de las razones por las que Juan escribió esta epístola, fue no solo para confirmar a los creyentes en el evangelio que ellos habían recibido, sino también para advertirles de un peligro que existía en las iglesias de ese tiempo. El peligro que amenazaba a los creyentes como ya vimos, era una falsa enseñanza bastante peligrosa. Esa enseñanza se le conoce con el nombre de Gnosticismo. El Gnosticismo todavía no ha muerto, pues aún existe en formas distintas y variadas en la actualidad. La enseñanza gnóstica que ha sobrevivido hasta nuestros días ya no representa un peligro latente para la iglesia de Jesucristo en la actualidad, como lo fue en los primeros siglos.  Sin embargo, existen algunos grupos ajenos a la iglesia, que todavía se adhieren a los mismos principios gnósticos al igual que las personas de los tiempos del apóstol Juan, tales como las enseñanzas de la Nueva Era y la Ciencia Cristiana por mencionar solo dos ejemplos.

 

El gnosticismo de los primeros siglos usaba un lenguaje y terminología cristiana como si fuera parte de las doctrinas bíblicas y eso era precisamente lo que lo hacía ser tan peligroso. Los gnósticos usaban términos tales como “nacer de Dios”, “andar en la luz”, “conocer a Dios” y otras frases similares. Todas estas frases las usaban para convencer a las personas que ellos realmente conocían a Dios. Pero las evidencias decían todo lo contrario. Por esa razón, el apóstol Juan escribió que “el que dice que está en la luz, y aborrece a su hermano, está todavía en tinieblas” (2:9).

 

 

Todo lo que el apóstol Juan nos dice en esta carta que estaremos examinando versículo por versículo, es muy relevante también para nosotros hoy día, debido a que nos enfrentamos a los mismos peligros de falsas enseñanzas. Una de las claves para comprender esta epístola es el tener en mente el contexto histórico en el que Juan vivió y en el que escribió estas palabras. Por ejemplo, estuvimos viendo que uno de los propósitos que el apóstol Juan tenía en mente para escribir esta carta, fue para dar seguridad a los creyentes. Los maestros gnósticos se encontraban afirmando que los cristianos bíblicos no conocían la verdad y que ni aún los mismos apóstoles habían conocido toda la verdad, tal como los gnósticos la conocían.

 

 

Los gnósticos afirmaban que los creyentes en Jesucristo no poseían un evangelio completo. Afirmaban que solo ellos recibían revelaciones directas de parte de Dios, por lo tanto, solo ellos conocían las profundidades espirituales que los creyentes comunes no conocían.  Pero la verdad es que el creyente tiene en la Palabra de Dios todo lo que necesita saber para poder llegar a ser un hombre o mujer de Dios “…perfecto, enteramente preparado para toda buena obra” (1Timoteo 3:17).

 

 

Al igual que los creyentes de los tiempos del apóstol Juan, quizás nosotros también nos hemos sentido tentados a pensar que el evangelio que hemos conocido no es el verdadero, o que no se encuentra completo. Pero la verdad es que el evangelio que tenemos está completo y no necesitamos añadirle nada más. Los creyentes del tiempo de Juan se encontraban en una situación similar. Las falsas enseñanzas los hacían hasta dudar de lo genuino de su fe. Pero el apóstol les asegura que ellos “conocían al que es verdadero” y que no necesitaban ninguna supuesta “revelación” de aquellos que se autoproclamaban como los “verdaderamente iluminados” porque ellos tenían “la unción del Santo” (2:20), y conocían todas las cosas.

 

Había por lo menos tres resultados directos de esa falsa enseñanza gnóstica. El primer resultado era su negación de la encarnación de Jesucristo. Negaban la humanidad de Jesucristo. Negaban que Jesucristo hubiera sido un hombre real de carne y hueso. Pero el apóstol Juan escribe que él había visto personalmente a Jesucristo. Que él había sido un testigo ocular de su humanidad porque había visto con sus propios ojos al “Verbo de vida”. Lo había “contemplado”, lo había palpado con sus propias manos y por eso testificaba y anunciaba de esa vida eterna “que estaba con el Padre y se nos manifestó” (1:2).

 

Jesucristo, quien es el “Verbo de Dios” (Juan 1:1), el Verbo de vida como Juan lo llama en los primeros versículos de esta epístola, se hizo carne. Jesucristo se manifestó en forma humana. Nació como un niño revestido de carne humana con el propósito de vivir una vida perfecta y sin pecado y morir en nuestro lugar para que pudiéramos obtener el perdón de nuestros pecados.

 

El segundo resultado de las enseñanzas gnósticas era su desprecio por la ética cristiana. Ellos creían que no necesitaban vivir una vida de santidad y obediencia, sino que podían vivir de la manera que ellos quisieran, debido a que según ellos, el pecado no les afectaba. Para ellos, el pecado no les traía cual ninguna consecuencia a sus vidas porque enseñaban que su espíritu seguía siendo puro sin importar lo que hicieran con sus cuerpos. El apóstol Juan también derrumba ese falso argumento al escribir que todo aquel que dice conocerle “y no guarda sus mandamientos, el tal es mentiroso” (2:4).

 

Los gnósticos practicaban ese estilo de vida. Para ellos, cualquier persona podía afirmar conocer a Dios y vivir una vida de pecado sin tener que renunciar a ese estilo de vida que es contrario a los principios bíblicos. Pero el apóstol Juan nos dice que el pecado trae consecuencias y que todo aquel “que practica el pecado es del diablo” (3:8), y que esto es una evidencia de que tal persona “no le ha visto [a Dios] ni le ha conocido” (3:6).

 

El tercer resultado era que destruían la comunión en las iglesias. Esa clase de personas creían que ya habían logrado la liberación de su espíritu y como resultado, formaban parte de un grupo muy selecto en el cual supuestamente se encontraban fuera del alcance del pecado. Creían que habían logrado una cierta clase de “perfección” espiritual y eso los hacía sentirse superiores a aquellos que no se encontraban involucrados con tales enseñanzas y menospreciaban a las demás personas menos privilegiadas.

 

Tal actitud solo causaba divisiones en las iglesias. Pero el apóstol Juan también escribe en contra de esa falsedad cuando dice, “Si decimos que no tenemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos, y la verdad no está  en nosotros. Si confesamos nuestros pecados, el es fiel y justo para perdonar nuestros pecados y limpiarnos de toda maldad” (1:8).

 

El creyente en Jesucristo todavía peca, pero ya no vive una vida practicando el pecado y deleitándose en el. El verdadero creyente es un pecador que ha sido declarado justo, pero que todavía continúa luchando en contra del pecado. Pero aquellas personas creían que no tenían pecado. Ellos creían: 1) que el pecado no era una realidad en sus vidas; 2) que ya habían alcanzado un grado de perfección  espiritual que los dejaba fuera del alcance del pecado. Y que esa supuesta perfección espiritual que habían logrado, los hacía estar en un nivel completamente distinto al de las demás personas. El resultado de esa forma de pensar traía como resultado la arrogancia, el orgullo y la separación de los demás creyentes. Esto traía como consecuencia la pérdida de comunión con otros creyentes. Pero Juan dice claramente que eso no era cierto, que eso era un engaño, “si decimos que no tenemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos y la verdad no está en nosotros” (1:8).

 

El apóstol Juan comprendía claramente que aunque el cristiano ha sido lavado con la sangre de Jesucristo, aunque el cristiano ha sido perdonado y regenerado y el Espíritu Santo está en su vida, todavía peca y tiene que confesar sus pecados diariamente delante del trono de la gracia. Pero ese tipo de personas (los gnósticos), decían que ellos habían logrado la perfección espiritual debido a su gnosis y que ya no pecaban. Pero esa no es la enseñanza de las Escrituras.

 

 

Debido a que somos descendientes de Adán y Eva, la tendencia hacia el pecado es todavía una realidad en nuestra vida. Aunque hemos sido lavados con la sangre de Cristo, todavía tenemos la necesidad de confesar nuestros pecados diariamente. Si no ofendemos al Señor de hecho, lo ofendemos de palabra o de pensamiento. O le ofendemos al no hacer lo que deberíamos hacer y esto se le conoce como “los pecados de omisión”.

 

No solo están los pecados de comisión, pero también están los pecados de omisión. Por ejemplo, el Señor nos manda a amarle con todo nuestro corazón, amar a nuestro prójimo como a nosotros mismos, pero nos damos cuenta que no lo hacemos. Y debido a eso somos culpables. Tenemos que reconocerlo y pedir perdón al Señor por esos pecados. Son pecados reales. Si no somos culpables de los pecados de comisión, somos culpables de los pecados de omisión. Como dice Santiago 4:17 “y al que sabe hacer lo bueno y no lo hace, le es pecado”. Y cuando sabemos lo que es bueno y no lo hacemos, estamos pecando. Es por eso que Juan nos dice que “Si decimos que no tenemos pecado nos engañamos a nosotros mismos y la verdad no está en nosotros”.

 

 

Debido a lo peligroso de las enseñanzas gnósticas, el apóstol Juan se vio en la necesidad de manifestar de la manera más directa posible, que solo existen dos alternativas cuando se trata de las cosas espirituales: o somos de la luz, o somos de las tinieblas. Para el apóstol Juan no existían las áreas grises cuando se trataba de la verdad. O se es un hijo de Dios, o un hijo del diablo. O tenemos vida, o no la tenemos. Para el apóstol Juan no existía una tercera alternativa. El apóstol Juan claramente menciona dos alternativas: los que no son hijos de Dios, entonces son hijos del diablo. Los que no están en la luz, entonces están en tinieblas. Pero no existen las áreas grises en la epístola de Juan. Hoy día, desafortunadamente muchos cristianos creen que sí hay lugar para las áreas grises, áreas que supuestamente no están claramente definidas en la Palabra de Dios. Áreas en donde se puede aceptar el aborto y el homosexualismo como algo legítimo, por mencionar solo dos ejemplos. Y muchos creyentes sinceramente creen que esas son áreas grises en donde la Palabra de Dios guarda silencio o que no habla muy claramente.

 

Los errores de la “Iglesia Emergente”.

 

Uno de los ejemplos más claros que vemos en la actualidad sobre esta falacia de que la Biblia no habla muy claramente, es el movimiento actual conocido como “La Iglesia Emergente”. Este movimiento se encuentra creciendo con una rapidez asombrosa, pero al mismo tiempo, es uno de los movimientos que más confusión espiritual se encuentra creando entre los creyentes evangélicos de la actualidad. Entre otras cosas, los adherentes a este movimiento aseguran que no podemos saber con plena certeza cual es la verdad. Por esa razón, según ellos, todas las personas pueden tener la verdad sin importar la religión que tengan. Uno de los principales proponentes y defensores de este movimiento es Brian Mclaren quien ha escrito varios libros, entre ellos el libro titulado “A Generous Orthodoxy”. En este libro Mclaren deja al descubierto la terrible confusión espiritual que hay en su vida, pues aboga por una mezcla de enseñanzas aún cuando dichas enseñanzas son totalmente incompatibles entre ellas.

 

 

                         

 

Por ejemplo, la tesis de su libro “A Generous Orthodoxy” es que un creyente sincero puede ser tanto liberal como conservador, tanto católico romano como Protestante, tanto Arminiano como Calvinista, tanto Metodista como Anglicano, etc. En otras palabras, ya no importa lo que creas, pues al fin y al cabo no puedes saber con absoluta certeza cual es la verdad. Esta forma de pensar no solo es un ataque directo a la enseñanza bíblica sobre la claridad de las Escrituras, sino que además es en realidad un reflejo del engaño satánico iniciado en el jardín del Edén para minar la autoridad y veracidad de la Palabra de Dios:

 

“Pero la serpiente era astuta, mas que todos los animales del campo que Jehová Dios había hecho, la cual dijo a la mujer: ¿Conque Dios os ha dicho: No comáis de todo árbol del huerto?”.

 

En este texto podemos darnos cuenta de por lo menos dos cosas:

 

1)     Satanás intentó sembrar la duda en la mente de Eva que lo que Dios había dicho no era muy claro y por lo tanto, sus palabras no eran dignas de confianza.

 

2)   Satanás mintió deliberadamente al tergiversar lo que Dios claramente les había dicho a Adán y Eva. Dios no les había prohibido comer de todo árbol del huerto sino solo de uno: del árbol de la ciencia del bien y del mal. Pero Satanás astutamente intentó atrapar a Eva haciéndole una pregunta cuya intención era no solo hacerla dudar de la claridad del mandamiento de Dios, sino también hacerla dudar de la bondad y el amor de Dios.

 

Este mismo ataque se sigue repitiendo vez tras vez por movimientos religiosos liberales que no solamente niegan que Dios hable claramente en su Palabra, sino que además intentan confundir y oscurecer el claro mensaje de las Escrituras, argumentando que las Escrituras no son lo suficientemente claras y por tanto, no pueden ser comprendidas o que nadie puede saber con seguridad cual es la verdad absoluta. Esto está trayendo como resultado que miles de personas menosprecien las enseñanzas bíblicas de la fe cristiana examinadas de manera objetiva y en su lugar, se inclinen por una especie de subjetivismo místico que apela a los sentidos en donde el incienso y aún las imágenes juegan un papel importante en su respectiva devoción espiritual.

 

Los temas más sobresalientes que encontramos en esta epístola, son cinco y los mencionaré de la siguiente manera:

 

1)  La confirmación del evangelio antiguo.

 

Lo primero que Juan menciona es la veracidad del evangelio antiguo que los apóstoles habían predicado y que dicho mensaje era completamente opuesto a las enseñanzas que los gnósticos estaban esparciendo por todas las iglesias, creando una terrible amenaza al verdadero evangelio. Igual que el gnosticismo, hoy día también existen muchas enseñanzas nuevas, enseñanzas modernas que tuercen la Palabra de Dios. Y no quiero decir con esto que lo nuevo sea algo malo en sí mismo, sino mas bien, el problema es que muchas veces lo nuevo se aparta de la verdad de las Escrituras y es entonces cuando comienzan los problemas.  No hay nada malo en querer tener algo nuevo en la asamblea local. El problema viene cuando esa “novedad” se aparta de las claras enseñanzas de la Palabra de Dios. El gnosticismo era una enseñanza relativamente nueva que se encontraba totalmente en contra de las enseñanzas de las Escrituras.

 

 

 

 

 

 

2)  La confirmación del Cristo histórico.

 


 

Si alguien no cree en la verdad del Cristo histórico y su obra redentora, entonces no puede tener salvación. Si Jesucristo no fue Dios y hombre al mismo tiempo, si él no murió por nuestros pecados en la cruz, si no resucitó de entre los muertos y si no se fue al cielo, entonces el cristianismo es despojado de sus doctrinas esenciales y no puede ofrecer ninguna esperanza de vida después de la muerte.

 

Y los gnósticos negaban estas enseñanzas. Los gnósticos negaban que Jesucristo fuera un verdadero ser humano y otro grupo de ellos tampoco creía que Jesucristo fuera Dios manifestado en carne. Así que, si Jesucristo no fue un ser humano y Dios al mismo tiempo, entonces no podía haber muerto en nuestro lugar y por nuestros pecados. Tampoco pudo haber resucitado de los muertos y como resultado de esto, nosotros todavía nos encontraríamos sin esperanza, muertos en nuestros delitos y pecados.

 

El apóstol Juan claramente defiende la postura bíblica de que Jesucristo fue verdaderamente un ser humano como también fue Dios. Y como Dios y hombre al mismo tiempo, fue capaz de morir en la cruz y derramar su sangre por nuestros pecados para nuestra salvación. Este es el mensaje del evangelio bíblico que transforma vidas. Pero los gnósticos despojaban al mensaje bíblico de todo su poder al negar estas verdades esenciales de la fe cristiana. Como resultado de eso, nadie podía ser salvo con las enseñanzas gnósticas.

 

3)  La confirmación de nuestra seguridad.

 


 

Debido a que vivimos en un mundo inseguro e inestable, Juan aborda el tema de la seguridad que debe tener el verdadero creyente en Jesucristo. En esta carta, el apóstol Juan nos habla de una doble seguridad. Primero, podemos saber que el mensaje del evangelio es verdad. Esto es lo que encontramos una y otra vez a través de toda la epístola.  Segundo, podemos saber con seguridad que estamos en Cristo. Esto también lo encontramos claramente establecido en toda la epístola.

 

Juan se interesaba en que sus lectores tuvieran seguridad debido a que las enseñanzas gnósticas estaban atacando la base y el fundamento de la seguridad del creyente. Hoy día necesitamos también esta misma seguridad. Y debido a tantas falsas enseñanzas que abundan a nuestra alrededor, la seguridad de nuestra salvación debe ser algo prioritario en nuestra vida. Si un creyente en Cristo no está seguro de su salvación y cree que solo cuando llegue a la presencia de Dios va a estar seguro de cual es el lugar donde va vivir por toda la eternidad, no está siguiendo la enseñanza bíblica, ni está siendo fiel a las Escrituras.

 

El apóstol Juan escribió esta epístola para darnos seguridad (1 Juan 5:13). En este versículo, Juan nos habla de una verdadera seguridad. El verdadero creyente posee la salvación aquí y ahora, aún mientras vive en este mundo. Y si algún creyente en Jesucristo no tiene esa seguridad, es necesario que comprenda el mensaje de la primera epístola de Juan. A lo largo de toda esta epístola, nos daremos cuenta de manera muy clara que la seguridad del creyente no es un lujo, sino es más bien, una necesidad.

 

Debido a que vivimos en un mundo inseguro y manchado por el pecado, suceden cosas que a veces nos hacen dudar. Y es en esos momentos de dificultades, de desánimo y desaliento, que la seguridad que tenemos en Cristo, de que hemos creído en el verdadero evangelio y de que estamos en el verdadero, en su Hijo Jesucristo quien es “el verdadero Dios y la vida eterna” (1Juan 5:20), nos da la fortaleza necesaria para seguir adelante, aún en contra de las más severas adversidades.

 

 

4)  La confirmación de una vida de obediencia.

 


 

Juan nos dice que la obediencia debe caracterizar la vida de aquellos que afirman ser cristianos. Si una persona dice que conoce a Dios y que tiene comunión con Él, pero continúa viviendo en pecado de manera deliberada, lo más probable es que se está engañando a sí mismo. Como hemos visto, el apóstol Juan no dudó en mencionar esto y ahora nos dice lo siguiente: “el que guarda sus mandamientos permanece en Dios y Dios en él y en esto sabemos que él permanece en nosotros, por el Espíritu que nos ha dado” (3:24).

 

El apóstol Juan aborda este tema porque para los gnósticos no había cual ningún problema en vivir una vida pecaminosa. Para el gnóstico el pecado era una virtud. Practicar el pecado lo veían como algo bueno y hasta deseable. Pensaban que el pecado no les afectaba debido a que sus espíritus ya habían logrado la liberación de la esclavitud de sus cuerpos. Decían: “De todas maneras el cuerpo es malo y no podemos mejorarlo. Por eso, no importa que el cuerpo haga lo que desea hacer, mi espíritu sigue siendo puro y santo”. Y como resultado de esto, la mayoría de ellos vivían vidas desenfrenadas y licenciosas, vidas completamente abominables.

 

El creyente que verdaderamente conoce a Jesucristo debe caracterizarse por una vida de obediencia a los mandamientos de Dios. Juan exhorta a los creyentes a vivir en santidad y obediencia. El apóstol nos desafía en esta carta a que nos enfrentemos con las evidencias que muestra nuestro estilo de vida. ¿Muestra nuestra vida las evidencias de la verdadera conversión? ¿Muestra nuestra vida que verdaderamente hemos sido regenerados o muestra todo lo contrario?

 

La evidencia que se manifiesta en el verdadero creyente no es tanto lo que dice, sino lo que hace. No es tanto lo que habla, sino como vive. ¿Cómo vivimos? ¿Cuál es nuestro estilo de vida? ¿Vivimos como vive el mundo? O ¿Puede el mundo decir que somos diferentes? ¿Cómo vivimos la vida cristiana? Para el apóstol Juan esto no era algo sin importancia, era algo que llegaba hasta el mismo corazón del cristianismo auténtico. Por eso nos exhorta una y otra vez a que seamos consistentes con lo que decimos que somos. Si somos luz, entonces debemos vivir como hijos de luz. Si somos luz, entonces no podemos ser tinieblas.

 

 

5)   La confirmación de una vida caracterizada por el amor.

 


 

Juan hace un énfasis especial en este aspecto de nuestra vida, debido a que el amor es una de las marcas del verdadero creyente.  Podemos tener la doctrina correcta, pero si no se encuentra acompañada de amor, tal doctrina solo será una agria ortodoxia. Juan no solo hace énfasis en la sana doctrina, sino también en el aspecto práctico que trae como resultado la sana doctrina: que debemos amarnos los unos a los otros. Juan nos dice que “el amor es de Dios” (4:7), y que si no tenemos amor en nuestra vida, no importa que tan correcta sea nuestra doctrina, no podemos agradar a Dios.

 

La Palabra de Dios contiene todo lo que necesitamos conocer debido a que en ella existe un balance perfecto. Por un lado encontramos al apóstol Pablo luchando y defendiendo la sana doctrina, pero también demostrando un amor práctico por las personas. Por otro lado, encontramos al apóstol Juan quien es llamado “el apóstol del amor”, no solo mostrando un verdadero amor por sus hermanos en la fe, sino también mostrando un verdadero celo por la sana doctrina, al refutar una y otra vez el error de los falsos maestros. Cuando mostramos amor, demostramos que nuestra conversión es genuina y que lo que nos ha sucedido es algo real y verdadero. Que nuestra salvación no es algo ficticio o simulado, ni que la estamos fabricando por nosotros mismos.

 

En conclusión, esta epístola nos habla de tres ingredientes indispensables en la vida de todo verdadero creyente. Primero, el verdadero creyente debe tener un conocimiento de la verdad. Segundo, todo verdadero creyente debe sentir un deseo por obedecer esa verdad. No basta solo con conocer la verdad y tenerla en la mente. Debe existir algo más. Debe existir un deseo por obedecer esa verdad, de lo contrario, tal conocimiento no servirá de nada. Si no existe un deseo por practicar la Palabra de Dios, por comprender los preceptos bíblicos y practicarlos en nuestra vida cotidiana, de muy poco nos servirá conocer esa verdad.

 

Tercero, debemos sentir un verdadero deseo por mostrar amor no solo hacia nuestros hermanos en la fe, sino también hacia aquellos que aún no conocen a Jesucristo. Ese verdadero amor que caracterizó no solamente a Jesucristo, sino también a los apóstoles es el que estuvo dispuesto a sacrificar todo lo que tenían con tal de llevar el mensaje del evangelio a aquellos que no lo conocían.

 

El verdadero amor se demuestra a través de caminar una milla extra si es posible, cuando le damos al necesitado y extendemos nuestra ayuda al que no tiene ninguna. Un amor práctico es el que el apóstol Juan nos enseña a través de toda su carta. Igual que al apóstol Santiago cuando dice que todo aquel que tiene fe, debe mostrar su fe por sus obras. Nuestra vida es una vida de aprendizaje a lo largo del camino, pero debe ser también una vida caracterizada por la práctica de todo lo que aprendemos. No solo conocer la verdad, sino también practicar esa verdad.

 

SOLI DEO GLORIA

 


 

© Daviel D’Paz, Derechos reservados, Tulsa, OK.   2008

 

Nota: Este material es una breve adaptación del mensaje predicado en el C. C. E. el 25 de Noviembre 2007, y es para su uso personal exclusivamente y no puede ser distribuido con fines de lucro sin la debida autorización de su autor. Si usted ha sido edificado por medio de este material y desea que alguien más lo reciba, puede usted mismo distribuirlo gratuitamente o enviarnos la dirección electrónica de la persona o personas que desea que lo reciban.

 

Todas las citas bíblicas han sido tomadas de la Biblia Versión Reina-Valera, Revisión 1960 (Sociedades Bíblicas Unidas).

 

Pastor Daviel D'Paz

Centro Cristiano Eben-Ezer

7216 E. Admiral Pl.

Tulsa, OK. 74115

www.soloporgracia.org

 

Las siguientes obras han sido de gran ayuda para la elaboración de esta serie de mensajes a través de la Primera epístola del apóstol Juan. Las obras marcadas con un asterisco (*), son las que consideramos como las mejores y que nos parecen más importantes como obras de referencia. Se han dejado en su título original en inglés debido a que la mayoría de ellas no se encuentran traducidas al español. 

 

 

MENU PRINCIPAL