DISCURSOS A MIS ESTUDIANTES
Por:
Charles Spurgeon
DISCURSO I
La Vigilancia que debe tener el ministro de
sí mismo.
“Ten
cuidado de ti mismo y de la doctrina.” —1 Ti.4: 16.
Todo
obrero sabe cuán necesario le es conservar su herramienta en buen estado,
porque "si los instrumentos se embotasen y no los afilara, tendría que
emplear más fuerzas." Si al obrero se le gastara el filo de su azuela,
sabe que se vería obligado a redoblar su esfuerzo, so pena de que su obra saldría
mal ejecutada. Miguel Ángel, el predilecto de las bellas artes, comprendía tan
bien el importante papel que desempeñaban los útiles que usaba, que hacía con
sus propias manos sus brochas y pinceles, ejemplificándonos de ese modo al Dios
de la Gracia que con especial cuidado se adapta a sí a todo ministro verdadero.
Es verdad que el Señor puede trabajar sin el auxilio de instrumento alguno,
conforme lo verifica a veces valiéndose de predicadores indoctos para la
conversión de las almas; y también lo es que puede obrar aun sin agentes, como
lo hace cuando salva a los hombres sin ninguna clase de predicadores, aplicando
la palabra directamente por medio de su Santo Espíritu; pero no podemos
considerar los actos soberanos y absolutos de Dios, como regla para normar los
nuestros.
Él
puede, debido a lo absoluto de su carácter, obrar como mejor le plazca. Pero
nosotros debemos hacerlo según nos lo preceptúan sus más claras
dispensaciones y uno de los hechos más palpables es que el Señor generalmente
adapta los medios a los fines. Por lo cual se nos da la lección de que es
natural que trabajemos con tanto mayor éxito, cuanto mejor sea nuestra condición
espiritual. En otras palabras: generalmente efectuaremos mejor la obra de
nuestro Señor cuando los dones y gracias que hemos recibido se hallen en buen
orden y lo haremos peor cuando no lo estén. Esta es una verdad práctica para
nuestra guía. Cuando el Señor hace excepciones, éstas no hacen más que probar la
exactitud de la regla que acabamos de establecer.
Nosotros
somos en cierto sentido, nuestros propios instrumentos y por lo tanto, debemos
conservarnos en buen estado. Si me es necesario predicar el Evangelio, no podré
hacer uso sino de mi propia voz y por lo tanto, debo educar mis órganos vocales.
No puedo pensar sino con mi propio cerebro, ni sentir sino con mi propio corazón
y en consecuencia, debo cultivar mis facultades intelectuales y emocionales. No
puedo llorar y sentirme desfallecer de ternura por las almas, sino en mi propia
naturaleza renovada, y por tanto, debo conservar cuidadosamente la ternura que
por ellas abrigaba Cristo Jesús. En vano me será surtir mi biblioteca,
organizar sociedades, o proyectar estos o aquellos planes, si me muestro
negligente en el cultivo de mí mismo, porque los libros, las agencias y los
sistemas son sólo remotamente los instrumentos de mi santa vocación: mi propio
espíritu, mi alma y mi cuerpo son la maquinaria que tengo más a la mano para
el servicio sagrado; mis facultades espirituales y mi vida interior son mi hacha
de armas y mis arreos guerreros. McCheyne, escribiendo a un ministro amigo suyo
que andaba viajando con la mira de perfeccionarse en el alemán, usó un
lenguaje idéntico al nuestro: "Sé que te aplicarás con todo empeño al
alemán, pero no te olvides del cultivo del hombre interior, quiero decir, del
corazón. Cuán diligentemente cuida el oficial de caballería de tener su sable
limpio y afilado, frotándole con el fin de borrar cualquier mancha con el mayor
cuidado. Recuerda que eres una espada de Dios, instrumento suyo, confío en ello
y un vaso de elección para llevar su nombre. En gran medida, según la pureza y
la perfección del instrumento, será el éxito. No bendice Dios los grandes
talentos tanto como la semejanza que se tiene con Jesús. Un ministro santo es
una arma poderosa en las manos de Dios."
Para
el heraldo del Evangelio, el estar espiritualmente desarreglado en su propia
persona, es tanto para él mismo como para su trabajo, una verdadera calamidad;
y con todo, hermanos míos, ¡cuán fácilmente se produce tal mal! ¡Cuánta
vigilancia, por lo mismo, se necesita para prevenirlo! Viajando un día por
expreso de Perth a Edinburgo, nos vimos repentinamente detenidos, como
consecuencia de haberse roto un pequeño tornillo de una de las dos bombas de
que constan las locomotoras empleadas en los ferrocarriles; y cuando de nuevo
nos pusimos en camino, tuvimos que avanzar al impulso de un solo émbolo que
funcionaba en lugar de los dos. Sólo un pequeño tornillo se había inutilizado,
y si ese hubiera estado en su lugar, el tren habría andado sin pararse todo el
camino; pero la falta de esa insignificante pieza de hierro desarregló todo lo
demás. Se dice que un tren se paró en uno de los ferrocarriles de los Estados
Unidos, con motivo de haberse llenado de moscas los depósitos de grasa de las
ruedas de los carros. La analogía es perfecta: un hombre que bajo todos los
conceptos posea las cualidades necesarias para ser útil, puede por algún pequeño
defecto que tenga, sentirse extraordinariamente entorpecido, o reducido a un
estado absoluto de incapacidad.
Semejante resultado es de sentirse en extremo, por estar
relacionado con el Evangelio que en el sentido más alto, está adaptado a
producir los mejores resultados. Es cosa terrible que un bálsamo curativo
pierda su eficacia debido a la impericia del que lo aplica. Todos ustedes
conocen los efectos perjudiciales que con frecuencia se producen en el agua que
corre por cañerías de plomo; pues de igual modo el Evangelio mismo al correr
por hombres espiritualmente dañados, puede perder su mérito hasta el grado de
hacerse perjudicial a sus oyentes. Es de temerse que la doctrina calvinista se
convierta en la peor enseñanza, si se predica por hombres de vida poco
edificantes, y se presenta como una capa que puede cubrir toda clase de vida
licenciosa; y el arminianismo, por otra parte, con su amplitud en ofrecer la
misericordia, puede causar un serio daño a las almas, si el tono ligero del
predicador da lugar a que sus oyentes crean que pueden arrepentirse
cuando les plazca, y que por lo tanto, no hay urgencia en acatar desde luego las
prescripciones del mensaje evangélico. Además, cuando un predicador es pobre
en gracia, cualquier bien duradero que pudiera ser el resultado de su ministerio,
será por lo general débil, y no guardará ninguna proporción con lo que sería
correcto esperar. Una siembra abundante será seguida por una cosecha escasa; el
interés producido por los talentos será pequeño en extremo. En dos o tres de
las batallas perdidas en la última guerra americana, se dice que las derrotas
se debieron a la mala calidad de la pólvora provista por ciertos contratistas
falsarios del ejército, pues eso fue motivo de que no se obtuviera el efecto
deseado por el cañoneo. Lo mismo puede sucedernos a nosotros. Podemos errar al
blanco, desviarnos del camino que intentamos seguir y desperdiciar nuestro
tiempo al no poseer verdadera fuerza vital dentro de nosotros mismos, o no
poseerla a tal grado que conforme a ella pueda el Señor bendecirnos. Cuídense
de ser predicadores falsarios.
Uno de Nuestros Principales Cuidados Debe Ser
el que Nosotros Mismos Seamos Salvos
El
que un predicador del Evangelio sea ante todo participante de él, es una verdad
simple, pero al mismo tiempo una regla de la mayor importancia. No vivimos entre
los que aceptan la sucesión apostólica de los jóvenes, tan sólo porque éstos
pretenden asumirla. Si la vida de colegio de los mismos, ha sido vivaz más bien
que espiritual; si los honores que allí han adquirido los deben a ejercicios
atléticos más bien que a sus trabajos por Cristo, nosotros necesitamos en tal
caso, pruebas de otro género de las que ellos pueden presentarnos. Por crecidos
que sean los honorarios que hayan pagado a los más sabios doctores, y por
grandes que sean los conocimientos que hayan recibido, en cambio, no tendremos
por eso una evidencia de que su vocación les ha venido de lo alto Una piedad
sincera y verdadera es necesaria como el primer requisito indispensable. Sea
cual fuere el "llamamiento" que alguien pretenda haber recibido, si no
ha sido llamado a la santidad, puede asegurarse que no lo ha sido al ministerio.
"Adórnate
primero a ti mismo y adorna después a tu hermano," dicen los rabinos.
"La mano que trata de limpiar algo," dice Gregorio, "es necesario
que esté limpia." Si tu sal no tiene sabor ¿cómo podrás sazonar con
ella? La conversión es una cosa sine qua non en un ministro. Ustedes los
aspirantes a nuestros púlpitos, es necesario que nazcan de nuevo. Ni es la
posesión de esta primera cualidad una cosa que pueda tenerse como concedida por
cualquiera, porque hay una muy gran posibilidad de que nos engañemos acerca de
si estamos convertidos o no. Créanme, no es juego de niños el que se aseguren
de su llamamiento y elección. El mundo está lleno de imitaciones, y abundan
los seductores que explotan la
presunción carnal y se agrupan alrededor de los ministros con la misma avidez
con que lo hacen los buitres alrededor de los cuerpos en putrefacción. Nuestro
corazón es engañoso, de manera que la verdad no se halla en la superficie,
sino debe ser sacada de su más profundo interior. Debemos examinarnos a
nosotros mismos muy afanosa y profundamente, no sea que por algún motivo después
de haber predicado a los demás, resulte que nos hallamos en la línea de los
reprobados.
¡Cuán
horrible es ser predicador del Evangelio y ni siquiera estar convertido! Que
cada uno se diga en secreto desde lo más recóndito de su alma: "¡Qué
cosa tan terrible será para mí el vivir ignorante del poder de la verdad que
me estoy preparando a proclamar!" Un ministro inconverso envuelve en sí
mismo la más patente contradicción. Un pastor destituido de gracia es
semejante a un ciego elegido para dar clases de óptica, quien va a filosofar
acerca de la luz y la visión, a disertar sobre ese asunto y tratar de hacer
distinguir a los demás las delicadas sombras y matices de los colores del
prisma, estando él sumergido en la más profunda oscuridad. Es un mudo nombrado
maestro de canto; un sordo a quien se le pide que juzgue sobre armonías. Es
como un topo que pretende educar aguiluchos o como un leopardo elegido
presidente de ángeles. A un supuesto de tal naturaleza se le podrían aplicar
las más absurdas metáforas, si el asunto de por sí no fuera tan solemne. Es
una posición espantosa en la que se coloca un hombre que emprende una obra para
la ejecución de la cual es entera y absolutamente inadecuado; pero su
incapacidad no lo exime de responsabilidades, puesto que deliberadamente las ha
querido asumir. Sean cuales sean sus talentos naturales y sus facultades
mentales, nunca será el ministro adecuado para una obra espiritual, si carece
de vida espiritual; y en ese caso es mejor renunciar a sus funciones
ministeriales mientras no adquiera la primera y más simple de las cualidades
que se requiere para realizar dicha tarea.
El
ministro inconverso asume un carácter igualmente horroroso en otro aspecto. Si
no ha recibido responsabilidad todavía, debe ser muy desgraciada la posición
que tenga que ocupar. ¿Qué podrá ver de lo que pase entre el pueblo que le dé
consuelo? ¿Qué será lo que va a sentir cuando oiga los lamentos de los
penitentes, o escuche sus ansiosas dudas y temores solemnes? Es natural que se
asombre al pensar que sus palabras debieron haberse apropiado para conseguir tal
fin. La palabra de un hombre inconverso puede ser bendecida para la conversión
de las almas, puesto que el Señor a la vez que desconoce a un hombre semejante,
honrará con todo su propia verdad. ¡Cuán perplejo debe sentirse un hombre así
al ser consultado respecto a las dificultades que se presenten a los cristianos
maduros! Debe hallarse muy alejado del sendero por el cual han caminado sus
oyentes regenerados. ¿Cómo podrá escuchar sus goces en el lecho de muerte o
unirse a ellos en sus regocijos entusiastas cuando se reúnen a la mesa de su Señor?
Muchas
veces ha sucedido que los jóvenes destinados a un oficio que no concuerda con
su carácter han huido al mar, prefiriendo eso a continuar en negocios para
ellos enfadosos; pero ¿a dónde huirá el que ha dedicado toda su vida a este
santo llamamiento y está sin embargo, totalmente desprovisto del poder de la
piedad? ¿Cómo podrá atraer diariamente los hombres a Cristo, si él mismo
desconoce el ardiente amor del Salvador? Oh, señores, esto debe ser seguramente
una perpetua esclavitud. Un hombre semejante tiene que odiar la vista del púlpito,
tanto como el sentenciado a las galeras
odia el remo. Y cuán inservible tiene que ser ese quídam. Está llamado
a instruir a otros siendo él mismo un necio. ¿Qué otra cosa puede ser sino
una nube sin agua y un árbol con hojas solamente? Lo que le sucede en el
desierto a una caravana en que todos los que la forman están sedientos y se
sienten morir bajo los rayos de un sol abrasador, y al llegar a un pozo
ardientemente deseado, ¡horror de los horrores! lo encuentran sin una sola gota
de agua. Eso mismo le sucede a las almas que sedientas de Dios van a dar con un
ministro que carece de gracia, pues están en gran riesgo de perecer por no
hallar en él el agua de la vida. Mejor es abolir los púlpitos, que ocuparlos
con hombres que no tienen un conocimiento experimental de lo que enseñan.
¡Ay!
el pastor no regenerado se hace también terriblemente dañino, porque de todas
las causas que originan la infidelidad, los ministros faltos de piedad deben ser
contados entre las primeras. El otro día leí que ninguna fase del mal
presentaba un poder tan maravilloso de destrucción, como el ministro inconverso
de una parroquia que contaba con un órgano de gran valor, un coro de cantores
profanos y una congregación aristócrata. Era de opinión el escritor que no
podría haber un instrumento más eficaz que ese para la condenación. La gente
va al lugar donde tributa su culto, se sienta cómodamente, y se figura que
deben ser cristianos, siendo así que en lo único en que consiste su religión
es en escuchar a un orador a la vez que la música les halaga los oídos, y tal
vez distraen sus ojos los ademanes graciosos y de moda de los concurrentes. El
conjunto no es mejor de lo que oyen y ven en la ópera, y si no es tan bueno
quizás en punto a belleza estética, no es por eso ni en lo más mínimo más
espiritual. Son muchos los que se felicitan a sí mismos y aun bendicen a Dios
por tenerse como cristianos devotos, y al mismo tiempo viven alejados de Cristo
en un estado no regenerado, pues alardean de piedad en la forma, pero niegan el
poder de esa virtud. El que se apega a un sistema que no tiende a una cosa más
elevada que el formalismo, se constituye más en siervo del diablo que en
ministro de Dios.
Un
predicador formal puede alucinar en tanto que conserve su equilibrio exterior;
pero como carece de la balanza de la piedad para sostenerse en él, tarde o
temprano es casi seguro que dé un resbalón en su carácter moral, ¡y en qué
posición se coloca entonces! Cuán blasfemado es Dios y el Evangelio profanado!
Es cosa terrible considerar qué muerte debe esperar a un hombre tal, y cuál
tiene que ser su condición después de ella. El profeta pinta al rey de
Babilonia descendiendo al infierno, y a todos los reyes y príncipes a quienes
él había destruido, y cuyas capitales había devastado, levantándose de sus
lugares en confuso tropel, y saludando al tirano caído con este punzante
sarcasmo: "¿Te has hecho semejante a nosotros?" ¿Y no podéis
suponer a un hombre que ha sido ministro, pero que ha vivido sin Cristo en el
corazón, bajando al infierno, y a todos los espíritus aprisionados allí, que
antes le escuchaban, y a todos los impíos de su parroquia, saliéndole al
encuentro y diciéndole en acerbo todo: "¿Te has hecho tú también como
nosotros? Médico, ¿no te curaste a ti mismo? Tú que pretendías ser una luz
brillante, ¿has sido arrojado a las tinieblas por siempre?" ¡Oh! si
alguno tiene que perderse, que no sea de esta manera.
Perderse bajo la sombra de un púlpito, es cosa muy terrible
pero lo es mucho más perecer desde el púlpito mismo!
Hay
un pasaje pavoroso en el tratado de Juan Bunyan titulado "Suspiros del
Infierno," que a menudo repercute en mis oídos: "¡De cuántas almas,"
dice "no han sido los ministros ofuscados el medio de destrucción por su
ignorancia! La predicación de los tales no fue para las almas, mejor que el arsénico
para los cuerpos. Muchos de ellos, es de temerse que tengan que responder por
poblaciones enteras. ¡Ay amigo! te digo que al haber tomado por tarea predicar
al pueblo, tal vez has tomado la de hacer una cosa que no puedes decir qué es.
¿No te afligiría ver que toda tu parroquia marchara tras de ti para el
infierno, exclamando: "Esto tenemos que agradecerte, pues tuviste temor de
hablarnos de nuestros pecados para que no dejáramos de apresurarnos a ponerte
viandas en la boca? ¡Oh, malvado, maldito, que no te contentaste siendo un gula
ciego como eras, con caer en el hoyo tú mismo, sino que nos has conducido a él
también a nosotros contigo!"
Richard
Baxter en su "Pastor Reformado," entre otras muchas solemnes cosas,
escribe lo que sigue: "Tened cuidado de vosotros mismos, no sea que os halléis
faltos de esa gracia salvadora de Dios que ofrecéis a los demás, y seáis
extraños a la obra eficaz de ese Evangelio que predicáis; y no sea que a la
vez que proclamáis al mundo la necesidad de un Salvador, vuestros corazones le
vean con menosprecio, y carezcáis de interés en él y en sus salvadores
beneficios. Tened cuidado de vosotros mismos, repito, no sea que perezcáis a la
vez que exhortáis a otros a que se cuiden de perecer, y no sea que os muráis
de hambre, a la vez que les preparáis el alimento. Aunque se haga la promesa de
que brillarán como estrellas, a aquellos que vuelvan a muchos al camino de la
rectitud, (Dan. 12:3,) esto es en el supuesto de que los tales hayan vuelto
primero ellos mismos a él; y no podría ser de otra manera, porque semejantes
promesas se hacen coeterís paríbus, et sup posítís supponendis. Su
propia sinceridad en la fe, en la condición de su gloria, simplemente
considerada, si bien sus grandes trabajos ministeriales pueden ser una condición
de la promesa de su gloria mayor. Muchos hombres han amonestado a otros para que
no vayan al lugar de tormentos, al cual ellos mismos, sin embargo, se apresuran
a ir: se hallan ahora en el infierno muchos predicadores, que centenares de
veces han exhortado a sus oyentes a poner el mayor cuidado y una diligencia suma
en evitarlo.
¿Puede
racionalmente imaginarse que Dios salve a los hombres tan sólo porque éstos
ofrezcan la salvación a los demás, a la vez que la rehúsan para sí y porque
comuniquen a otros, aquellas verdades que por su parte han visto con descuido y
menosprecio? Andan vestidos de andrajos muchos sastres que hacen ricos trajes
para otros; y apenas pueden lamerse los dedos algunos cocineros que han
aderezado para los demás platillos suculentos. Creedlo, hermanos, Dios nunca ha
salvado a nadie porque haya sido predicador, ni porque haya tenido habilidad
para ello, sino porque ha sido un hombre justificado y santificado, y en
consecuencia, fiel en el trabajo de su Señor. Cuidad por tanto de ser primero,
aquello que persuadís a otros que sean; creed en lo que diariamente los persuadís
a que crean, y hospedad en el corazón al Cristo y al Espíritu que ofrecéis a
los demás. El que os mandó que amarais a vuestros prójimos como a vosotros
mismos, implicó en ese precepto el de que os amaseis a vosotros mismos, y no
odiaseis ni destruyeseis tanto a vuestras personas como a ellos."
Hermanos
míos, que estas importantes máximas causen en vosotros el efecto debido. No
puede haber necesidad, seguramente, de agregar nada más; pero permitidme os
ruegue que os examinéis vosotros mismos, para que así hagáis buen uso de lo
que sobre este particular os llevo dicho. Una vez fijado el primer punto de la
verdadera religión, sigue en importancia para el ministro el de que su
piedad sea vigorosa.
No
debe conformarse con caminar al mismo paso que las filas del común de los
cristianos; es preciso que sea un creyente maduro y avanzado, porque los
ministros de Cristo han sido llamados con toda propiedad "lo más escogido
de su escogimiento, lo selecto de su elección, la iglesia entresacada de la
iglesia." Si fuera llamado a ocupar una posición ordinaria y a desempeñar
un trabajo común, quizá con una gracia común podría satisfacerse, no
obstante que ni aun así pasaría de indolente su satisfacción; pero con el
hecho de haber sido electo para trabajos extraordinarios, y llamado a un lugar
rodeado de peligros nada comunes, debe sentirse ansioso de poseer aquella fuerza
superior, única, adecuada a su posición. El pulso de su piedad vital debe
latir de un modo fuerte y regular; el ojo de su fe debe ser perspicaz; el pie de
su resolución debe ser firme; la mano de su actividad debe ser pronta: todo su
hombre interior, en fin, debe hallarse en el más alto grado de salud. Se
dice que los egipcios escogían sus sacerdotes de entre los más instruidos de
sus filósofos, y luego estimaban tanto a sus sacerdotes, que de entre éstos
escogían sus reyes. Nosotros necesitamos que se tenga por ministro de Dios a la
flor y nata de las huestes cristianas, a hombres tales que si la nación
necesitara reyes, no pudiera hacer cosa mejor que elevarlos al trono. Nuestros
hombres de espíritu más débil, más tímidos, más carnales y peor
contrabalanceados, no son candidatos a propósito para el púlpito. Hay algunos
trabajos que nunca podríamos encomendar a los inválidos o deformes.
Un
hombre puede no tener las cualidades necesarias para trepar por altos edificios;
su cerebro quizá sea demasiado débil, y su trabajo en un lugar elevado lo
expondría a grandes peligros: si eso es así, dejadlo permanecer en el suelo y
que busque una ocupación útil en donde su cerebro fuerte es menos esencial.
Hay hermanos que tienen defectos análogos en lo espiritual, y no pueden ser
llamados al desempeño de un servicio conspicuo y elevado por ser sus cabezas
demasiado débiles. Si por casualidad obtuviesen buen éxito, se henchirían de
vanidad, defecto demasiado común entre los ministros, y que es de todos el que
menos cuadra con su carácter, y el que con más seguridad los hará caer. Si
nosotros como nación fuésemos llamados a la defensa de nuestros hogares, no
haríamos sin duda salir al encuentro del enemigo, a nuestros muchachos y
muchachas, armados de espadas y fusiles; pues tampoco la Iglesia debe enviar a
combatir por la fe a cualquier novicio charlatán, o entusiasta falto de
experiencia. El temor de Dios debe enseñar al joven la sabiduría, sino quiere
tener cerrada la puerta del pastorado. La gracia de Dios debe madurar su espíritu,
pues de lo contrario haría mejor en esperar hasta que el poder le fuese dado de
lo alto.
El
carácter moral más elevado, debe conservarse diligentemente. Hay muchos que no
son a propósito para desempeñar un cargo en la Iglesia, y que sin embargo, son
bastante buenos como simples miembros de ella. Tengo formada una opinión severa
con respecto a los cristianos que han incurrido en pecados graves: me complazco
en creer que pueden convertirse sinceramente, y con esta esperanza y las
precauciones debidas, ser recibidos de nuevo en la Iglesia; pero tengo duda,
grande duda, acerca de si un hombre caído en pecados groseros pueda ser fácilmente
restituido al púlpito. John Angell James observa, y con razón, que "cuando
un predicador de la justicia ha andado por el camino de los pecadores, no debe
nunca abrir de nuevo sus labios para hablar a una congregación antes de que su
arrepentimiento haya sido tan notorio como su falta." "Que aquellos
que han sido esquilados por los hijos de Ammón, se estén en Jericó hasta que
sus barbas crezcan;" esto que con frecuencia se ha dicho en son de mofa a
los mozuelos barbilampiños a quienes evidentemente es inaplicable, es una metáfora
bastante propia y que conviene a los hombres deshonrados y sin carácter, sea
cual fuere su edad. ¡Ay! una vez cortada la barba de la reputación, es
sumamente difícil que llegue de nuevo a crecer.
Una
inmoralidad descarada, en la mayoría de los casos, por profundo que sea el
arrepentimiento, es un signo fatal de que el carácter de quien así procedió,
nunca fue dotado de gracias ministeriales. La esposa del César no debe
exponerse a que de ella se sospeche; que no haya desfavorables rumores en cuanto
a la conducta inconsecuente de un ministro, pues de lo contrario deben abrigarse
pocas esperanzas de que sea de utilidad. A los caídos tiene que recibírseles
en la iglesia como penitentes, y en el ministerio pueden serlo si Dios los
coloca ahí; no consiste en esto mi duda, sino en si Dios les dio alguna vez
lugar en él. En mi concepto, pues, no debemos apresurarnos a ayudar a que suban
al púlpito de nuevo, a los que habiéndolo ocupado una vez, han mostrado que
carecen de la gracia necesaria para salir airosos en las pruebas a que sujeta la
vida ministerial.
Para
cierta clase de trabajos, no escogemos sino a los fuertes; y cuando Dios nos
llama a las labores ministeriales, debemos esforzarnos en adquirir gracia que
nos fortalezca y haga aptos para el desempeño de nuestra misión, y no ser
meros novicios llevados por las tentaciones de Satanás al punto de perjudicar a
la Iglesia y de labrar nuestra propia ruina. Tenemos que estar equipados con las
armas todas de Dios, dispuestos a efectuar proezas de valor no esperadas de
parte de los demás: para nosotros, la negación y el olvido de nuestras propias
personas, la perseverancia y la paciencia, deben ser virtudes cotidianas, y ¿quién
es por si mismo capaz de todas estas cosas? Nos es indispensable vivir muy cerca
de Dios si queremos aprobarnos en nuestra vocación.
No
olvidéis, como ministros, que vuestra vida toda, y muy especialmente vuestra
vida toda pastoral, debe estar afectada por el vigor de vuestra piedad. Si
vuestro celo languidece, no oraréis bien en el púlpito; lo haréis peor en
familia, y detestablemente a solas en vuestro estudio. Al enflaquecer vuestra
alma, vuestros oyentes sin saber cómo o por qué, hallarán que vuestras
oraciones en público les son poco edificantes, y conocerán vuestra tibieza
quizás antes que vos mismo la notéis. Vuestros discursos pondrán después en
relieve vuestro decaimiento espiritual. Bien podréis valeros de frases tan
escogidas y períodos tan correctos como en un tiempo lo hacíais; a pesar de
todo, se os echará de ver una pérdida notable de fuerza espiritual. Haréis
Impulsos como en otras veces, tan vigorosos cual los del mismo Sansón, pero
hallaréis que vuestra grande fuerza se ha acabado.
En
vuestra comunicación diaria con vuestro pueblo, no tardará éste en percibir
el menoscabo de vuestra gracia que en todo se hará patente. Ojos perspicaces
verán los cabellos canos aquí y allá, mucho antes que vos lo hagáis. Que un
hombre se vea hecho víctima de una enfermedad del corazón, y cuantos males hay
que irán envueltos en ella: del estómago, de los pulmones, de las entrañas,
de los músculos, de los nervios, de todo en fin, padecerá; de la misma manera,
que se le debilite a un hombre el corazón en cosas espirituales, y muy en breve
su vida entera caerá bajo la marchitadora influencia de ese mal. Además, como
resultado de vuestros oyentes tendrá más o menos que sufrir: los más
vigorosos de entre ellos podrán quizá sobreponerse a esa tendencia depresiva,
pero los más débiles se verán seriamente perjudicados.
Sucede
con nosotros y nuestros oyentes, lo que con los relojes de bolsillo y el reloj público:
si el de nuestro propio uso anduviese mal, con excepción de su respectivo dueño,
pocos se engañarían por su causa; pero si el de un edificio público tenido
como cronómetro llegare a desarreglarse, una buena parte de su vecindario
desatinaría en la medida del tiempo. No es otra cosa lo que pasa con el
ministro: él es el reloj de su congregación; muchos regulan su tiempo por las
indicaciones que él hace, y si fuere inexacto, cual más, cual menos, todos se
extraviarían, siendo él en gran manera responsable de los pecados a que haya
dado ocasión. No podemos soportar el pensar en esto, hermanos míos. No
tendremos al hacerlo, ni un solo momento de consuelo; más sin embargo, no
debemos omitirlo a fin de estar en guardia contra semejante mal.
Debéis
tener presente también, que nos es menester una piedad muy vigorosa, porque el
peligro que corremos es mucho mayor que el de los demás. Sobre todo, no hay
ningún lugar tan asaltado por la tentación, como el ministerio. A pesar de la
idea popular de que está en nuestro carácter retirarnos prudentemente de una
tentación, no es menos cierto que nuestros peligros son más frecuentes y
envidiosos que los del común de los cristianos. El lugar que ocupamos puede ser
ventajoso por su altura, pero esa misma altura es peligrosa, y para muchos no ha
sido el ministerio sino una roca de tropiezo. Si nos preguntaseis cuáles son
esas tentaciones, podría faltarnos tiempo para particularizároslas; pero os
diremos que entre otras se hallan las más groseras y las más refinadas: a las
primeras pertenecen la indulgencia con que nos juzgamos al aceptar y hacer los
honores a una buena mesa, a lo cual nos vemos muy a menudo invitados entre un
pueblo hospitalario; y las tentaciones de la carne, que sin cesar acometen a los
jóvenes solteros enaltecidos y admirados por el bello sexo.
Más
creo haber dicho bastante: vuestras propias observaciones os revelarán bien
pronto miles de celadas, a menos que vuestros ojos se hayan cerrado a la luz.
Hay lazos más secretos que éstos de los cuales menos fácilmente podemos
escapar, y de ellos el peor es la tentación al ministerialismo, es decir, la
tendencia a leer nuestras Biblias como ministros, a orar como ministros, a dar,
en suma, en hacer todo lo concerniente a nuestra religión como sí eso no
incumbiera a nuestras personas sino de un modo puramente relativo. Perder la
personalidad en el arrepentimiento y en la fe, es por cierto, perder mucho.
"Nadie," dice John Owen, "predica su sermón bien a otros, si no
se lo predica primero a su propio corazón." Hermanos, es sumamente difícil
observar esta máxima. El cargo que desempeñamos en vez de avivar nuestra
piedad, como algunos aseguran, se convierte, debido a la maldad inherente a
nuestra naturaleza carnal, en uno de sus más serios estorbos; al menos, así lo
juzgo por experiencia.
¡Cómo
debate uno y lucha contra el oficialismo, y sin embargo, cuán fácilmente nos
acosa! Es como una larga vestidura que se enreda en los pies de uno que va a
correr, y le impide hacerlo. Precaveos, queridos hermanos, de ésta y de todas
las otras seducciones de vuestra vocación; y si lo habéis hecho así hasta
ahora, continuad en vigilancia hasta la última hora de la vida.
Hemos
hecho notar uno de los peligros; pero a la verdad, hay de ellos una legión. El
gran enemigo de las almas toma el mayor empeño en no dejar ni una piedra sin
voltear para la ruina del predicador. "Tened cuidado de vosotros mismos,"
dice Baxter, "porque el tentador hará su primera y más furiosa embestida
contra vosotros. Si sois los gulas que le salís al frente, no dejará de
acometeros sino en los casos que Dios no se lo permita. Os pone las mayores
asechanzas, porque tenéis por misión causarle el daño mayor. Como él odia a
Cristo más que a ninguno de nosotros, por ser Jesús el general del campo y el
"Capitán de nuestra salvación," y quien hace más que el mundo
entero contra el reino de las tinieblas, es esta la razón que tiene para
fijarse en los caudillos que militan bajo las banderas del Salvador, más que en
el común de los soldados que igualmente lo hacen según su proporción. Sabe
cuanta confusión puede introducir en el ejército, si los jefes caen ante su
vista. Ha procurado siempre la manera de combatir contra éstos, y no
precisamente contra los muy grandes o muy pequeños, comparativamente; y la de
herir a los pastores para poder dispersar el rebaño. Y es tan grande el éxito
que ha alcanzado de este modo, que seguirá su táctica hasta donde pueda.
Tened
cuidado, por tanto, hermanos míos, porque el enemigo os mira con especial
atención. Seréis objeto de sus más sutiles insinuaciones, incesantes
solicitaciones y violentos asaltos. Por sabios y eruditos que seáis tened
cuidado de vosotros mismos, no sea que supere el ingenio que pensáis tener. El
diablo es más instruido que vosotros, y más diestro disputador; puede
trasformarse en un ángel de luz para engañaros. Se introducirá en vosotros y
os echará la zancadilla antes que os pongáis en guardia; hará de juglar con
vosotros sin descubrirse; os persuadirá de vuestra fe o inocencia, y no sabréis
que las habéis perdido. Más aún, os hará creer que las poseéis en mayor
grado, cuando ya no las tengáis. No veréis ni el gancho ni el sedal, mucho
menos el mismo sutil pescador, cuando él os ofrezca en cebo incitador. Y sus añagazas
serán tan adecuadas a vuestro temperamento y disposición, que llevará por
seguro hallar auxiliares suyos en vosotros mismos, y hacer que vuestros propios
principios e inclinaciones os traicionen; de esa manera, siempre que os arruine,
os hará el instrumento de vuestra propia ruina.
¡Oh!
Que conquista pensará haber hecho, si puede volver a un ministro perezoso e
infiel; si puede inducirlo a la codicia y al escándalo! Se gloriará contra la
iglesia y dirá: "Estos son vuestros santos predicadores: ved cuál es su
gravedad afectada, y adónde ésta los llevará." Se gloriará también
contra el mismo Jesucristo y dirá: "¡Estos son tus campeones! Puedo hacer
que los principales de entre tus siervos se mofen de ti; puedo hacer infieles a
los mayordomos de tu casa." Si él así insultó a Dios partiendo de un
juicio falso, diciéndole que podría hacer que Job le blasfemara en su rostro,
(Job 2:5,) ¿qué no haría si él de hecho prevaleciese contra nosotros? Y por
último, le serviríais de irrisión por haber podido arrastraros a ser falsos
respecto del gran depósito que se os había confiado, a manchar vuestra santa
profesión, y a prestar un positivo servicio a vuestro mayor enemigo. ¡Oh! no
complazcáis de ese modo a Satanás; no le prestéis un auxilio tan eficaz; no
permitáis que os trate como los filisteos trataron a Sansón, es decir, que
primero os prive de vuestra fuerza para haceros después objeto de su triunfo e
irrisión."
Una
vez más. Debemos cultivar el mayor grado de piedad, porque la naturaleza de
nuestro trabajo así lo requiere imperativamente. La obra del ministerio
cristiano es bien ejecutada en exacta proporción con el vigor de nuestra
naturaleza renovada. Nuestro trabajo está bien hecho solamente cuando así lo
está con nosotros mismos. Cual es el obrero, tal será su obra. Hacer frente a
los enemigos de la verdad; defender los baluartes de la fe; gobernar bien en la
casa de Dios; consolar a los que sufren; edificar a los santos; guiar a los
irresolutos; sobrellevar a los díscolos; ganar y nutrir las almas: todos estos
trabajos y otros mil más, no son para ser ejecutados por una persona débil de
espíritu o dispuesta a hacer alto en su camino, sino están reservados para las
dotadas de un gran corazón a quienes el Señor ha hecho fuertes para él mismo.
Buscad, pues, fuerza en el Fuerte por excelencia; sabiduría, en la fuente del
Saber; en suma, buscadlo todo en quien es Dios de cuanto hay.
En
tercer lugar, es menester que el ministro tenga cuidado de que su carácter
personal concuerde en todos respectos con su ministerio.
Todos nosotros hemos oído referir la historia del hombre que predicaba tan bien, y vivía tan mal, que cuando estaba en el púlpito no había quien no dijera que nunca debía salir de él, y cuando lo dejaba, todos a una declaraban que no debía volverlo a ocupar jamás. ¡Que Dios nos libre de imitar a semejante Jano! No seamos nunca ministros del Señor en el altar, e hijos de Belial fuera de la puerta del tabernáculo; por el contrario, seamos como Nazianceno dice de Basilio: "Rayo en nuestra doctrina, y relámpago en nuestra conversación." No podemos confiar en los que tienen dos caras, ni los hombres creerán nunca en aquellos cuyos testimonios verbales y prácticos son contradictorios entre sí. Así como los hechos según el proverbio, hablan más alto que las palabras, así también una vida mala sofocará, a no dudarlo, la voz del ministro más elocuente. Sobre todo, nuestros edificios más seguros deben ser fabricados por nuestras propias manos; nuestros caracteres deben ser más persuasivos que nuestros discursos.
Aquí
desearía yo amonestaros no sólo contra los pecados de comisión, sino también
contra los de omisión. Demasiados predicadores se olvidan de servir a Dios
cuando están fuera del púlpito, siendo así su vida negativamente
inconsecuente. Lejos de nosotros, queridos hermanos, el pensamiento de ser
ministros automáticos, es decir, de esos que se mueven no por tener en
si mismos la virtud de hacerlo, sino porque los ponen en movimiento fuerzas
transitorias; de esas que solamente son ministros a intervalos, bajo la compulsión
del toque de la hora que los llama a sus trabajos, y que dejan de serlo tan
luego como bajan los escalones del púlpito. Los verdaderos ministros nunca
pierden su carácter. Muchos predicadores se parecen a esos juguetitos movidos
por arena que compramos para nuestros niños y en los cuales volvéis para
arriba la parte inferior del depósito, y el pequeño acróbata da vueltas y más
vueltas, hasta que toda la arena ha bajado, quedando entonces colgado sin
movimiento alguno. Hacemos esta comparación, porque hay muchos que perseveran
en las ministraciones de la verdad tanto tiempo cuanto es el que hay una
necesidad oficial de su trabajo, pero después, no hay paga, no hay
paternoster; no hay salario, no hay sermón.
Es
una cosa horrible ser ministro inconsecuente. Se dice que nuestro Señor fue
como Moisés, por la razón de haber sido un "profeta poderoso en palabras
y en obras." El hombre de Dios debe imitar a su Señor en esto: es preciso
que sea poderoso tanto en la predicación de su doctrina, como en el ejemplo que
dé con sus obras, teniendo si es posible, en esto último, mucho mayor cuidado
todavía. Es de llamar la atención que la única historia eclesiástica que
tengamos, sea lo de "Los Hechos de los Apóstoles." El Espíritu Santo
no tuvo por conveniente conservarnos los sermones de éstos. Deben haber sido
magníficos, mucho mejores que los que nosotros podamos nunca predicar, y con
todo, el Espíritu Santo ha tomado solamente nota de sus "hechos." No
tenemos libros en que consten las resoluciones de los apóstoles. Cuando
nosotros verificamos un registro de nuestras minutas y resoluciones, pero el Espíritu
Santo sólo consigna los "hechos." Nuestros hechos deben ser tales que
merezcan ser registrados, ya que de todas maneras lo han de ser. Debemos vivir,
por tanto, como cumple hacerlo al que se halla bajo la inmediata mirada de Dios,
y envuelto en la brillante luz del gran día que todo lo revela.
La
santidad en un ministro es su necesidad principal a la vez que su más piadoso
ornamento. Una mera excelencia moral no es suficiente; debe haber la virtud más
elevada; es preciso que haya un carácter consecuente, pero éste necesita estar
ungido con el óleo sagrado de la consagración, pues de lo contrario
careceremos de lo que nos hace más fragrantes para Dios y para el hombre. El
anciano John Stoughton, en un tratado titulado "Dignidad y Deber del
Predicador," insiste sobre la santidad del ministro, en razones llenas de
peso. "Si Uzza debió morir por tocar el arca de Dios, y eso que lo
hizo por sostenerla cuando estuvo próxima a caer; si los hombres de Bethsemes
perecieron por mirar adentro de ella; si las bestias que no hicieron otra
cosa que acercarse al Monte Santo, fueron amenazadas, entonces ¿qué clase de
personas deben ser admitidas a conversar familiarmente con Dios; a estar ante él
como los ángeles lo hacen, y contemplar su faz continuamente; a cargar el arca
sobre sus hombros; a llevar su nombre entre los Gentiles; en una palabra, a ser
sus embajadores? La santidad es propia de tu casa, Oh Señor: ¿y no sería una
cosa ridícula pensar o imaginar que los vasos deben ser santos, las vestiduras
deben ser santas, todo en fin, debe ser santo, con la sola excepción de aquel
sobre cuyas mismas vestiduras debe estar escrito santidad al Señor? ¿Qué, las
campanillas de los caballos debían tener una inscripción, en Zacarías, y las
campanas de los santos, las campanas de Aarón, no deben estar santificadas? No;
los ministros deben ser luces ardientes y brillantes, pues de lo contrario su
influencia despedirá alguna maligna cualidad; deben rumiar el alimento y tener
dividido el casco, o son inmundos; deben distribuir la palabra rectamente, y
andar también rectamente en su vida, y unificar así su vida y su enseñanza.
Si carecen de santidad los embajadores, deshonran al país de donde vienen, y al
príncipe de parte de quien vienen; y este Amasa muerto, esta doctrina muerta,
no animada con una buena vida, yaciendo en el camino, detiene al pueblo del Señor,
impidiéndole que prosiga alegremente en su lucha espiritual."
La
vida del predicador debe ser un imán que atraiga los hombres a Cristo, y es
cosa triste a la verdad, que los mantenga separados de él. La santidad de los
ministros es un llamamiento expresivo al arrepentimiento que se hace a los
pecadores, y cuando va acompañada de una jovialidad piadosa, se hace atractiva
de un modo irresistible. Jeremy Taylor en el rico lenguaje que le es propio, nos
dice: "Las palomas de Herodes nunca habrían inducido a tantas compañeras
suyas forasteras a entrar a su palomar, si no hubiesen sido untadas con opobálsamo.
Por eso dice Didymus: 'perfumad vuestros pichones, y ellos atraerán parvadas
enteras'; de igual modo, si vuestra vida fuese excelente, si vuestras virtudes
fuesen como un precioso ungüento, pronto haríais que los que están a vuestro
cargo corriesen in odorem un guentorum, 'tras vuestro grato perfume;'
pero debéis ser excelente no 'tanquam unus de populo,' sino 'tanquam
homo Dei; debéis ser un hombre de Dios, no según la manera común
de los hombres, sino 'según el propio corazón de Dios;' y los hombres se
esforzarán en ser como vosotros, si vosotros os esforzáis en ser como Dios.
Pero
sí os estáis en la puerta de la virtud en otro objeto que el de mantener el
pecado fuera de ella, no atraeréis al rebaño de Cristo a nadie sino a aquellos
a quienes el temor arrastre a él. 'Ad majorem Dei gloriam,' 'hacer lo
que más glorifique a Dios,' es la línea de conducta que os debéis trazar:
porque no hacer otra cosa fuera de aquello que todos los hombres necesitan hacer,
es proceder con servilismo más bien que con el afecto de hijos; y mal podréis
ser padres del pueblo si no os comportáis siquiera como los hijos de Dios:
porque una linterna sorda aunque haya una débil brillantez en uno de sus lados,
apenas alumbrará a uno; y mucho menos conducirá a una multitud o atraerá a
muchos de los que la sigan, por el brillo dc su alma.
Otro
teólogo episcopal igualmente admirable, el obispo Reynolds, ha dicho enérgicamente
y con razón: "La estrella que condujo a los sabios a Cristo, la columna de
fuego que condujo a los hijos de Israel a Canaán, no solamente brillaba, sino
iba delante de ellos. Mat. 2:9; Ex. 13:21. La voz de Jacob no se tendrá mucho
en cuenta si las manos son las de Esaú. En la ley, ninguna persona que
estuviese manchada podía ofrecer oblaciones al Señor, (Lev. 21:17-20); Enseñándonos
el Señor así qué gracias debería haber en sus ministros. El sacerdote tenía
que llevar en su túnica, campanillas y granadas: las unas como figura de una
sana doctrina, y las otras de una vida fructífera, (Exo. 28:33, 34). El Señor
será santificado en todos aquellos que se le acerquen, (Isa. 52:11) porque los
pecados de los sacerdotes hacen al pueblo menospreciar los sacrificios del Señor,
(1 Sam. 2:17); sus vidas malvadas hacen que sus doctrinas se avergüencen; Passionem
Christi annunciant profitendo, male agendo exhonorant como dice San Agustín:
con su doctrina edifican bien, y con su vida destruyen.
Concluyo
este punto, con aquel saludable pasaje de Hierom ad Nepotianum: "No
dejes," dijo él, "que tus obras avergüencen tu doctrina, no sea que
los que te oyen en la iglesia contesten tácitamente: '¿por qué no haces tú
aquello que enseñas a los demás?' No deja de ser demasiado estrambótico el
maestro que con la barriga llena trata de persuadir a otros a que ayunen. Un
ladrón puede acusar codicia. Sacerdotis Christi os, mens, manus que
concordent; en un ministro de Cristo deben estar en armonía su lengua, su
corazón y su mano."
Muy
propio y expresivo es también el lenguaje de Tomás Playfere en su "Di
bien, haz bien." "Había un actor ridículo," dice, "en la
ciudad de Esmirna, que al pronunciar ¡O coelum! ¡Oh cielo! señalaba
con el dedo hacia el suelo; al ver esto Polemo, que era el personaje principal
de aquel lugar, no pudo permanecer indiferente más tiempo, y se salió
apresuradamente de la compañía diciendo: ‘este bárbaro ha cometido un
solecismo con la mano, pues ha hablado un latín espurio con el dedo.’
Semejantes a éste son los que enseñan bien y hacen mal, que
aunque tengan el cielo en la punta de la lengua, tienen con todo la tierra en la
punta del dedo; los que no sólo hablan un latín espurio con la lengua, sino
una teología espuria con las manos; los que no viven, en fin, según su
predicación. Pero el que tiene su asiento en el cielo se reirá de ellos desdeñándolos,
y los echará a silbidos del teatro si no enmiendan su modo de actuar.
Aun
en las cosas pequeñas debe cuidar el ministro de que su vida sea consecuente
con su ministerio. Es preciso que cuide con especialidad, de no dejar de
corresponder a lo que de su palabra haya lugar a esperar. Esto debe llevarse
hasta la escrupulosidad: la verdad no solamente debe estar en nosotros, sino
sacar su brillo de nosotros. Un célebre doctor de teología en Londres, que
ahora debe estar en el cielo, no lo dudo, hombre excelente y piadoso, anunció
un domingo que se proponía visitar a todos los miembros de su congregación, y
dijo que para poder en sus excursiones hacerles a ellos y a sus familias una
visita en el año, iba a seguir el orden de sus respectivos domicilios. Una
persona muy conocida mía que era entonces pobre, se sintió complacido por la
idea de que el ministro iría a su casa a verlo, y como una o dos semanas antes
del día en que según sus cálculos le llegaría su turno, su esposa tomó todo
empeño en limpiar el hogar y asear la casa, y el hombre volvía corriendo de su
trabajo esperando cada noche encontrase con el doctor. La cosa siguió así por
mucho tiempo. Y ya fuera porque el doctor olvidara su promesa, porque le
fastidiara cumplirla, o por cualquiera otra razón, el caso es que nunca llegó
a ir a la casa de este pobre, dando eso por resultado que el hombre perdiere la
confianza en todos los predicadores y dijese: "ellos cuidan de los ricos,
pero no de nosotros los que somos pobres." Nunca volvió a concurrir a ningún
lugar de culto por muchos años, hasta que al fin fue a dar a Exeter Hall, y
fue oyente mío durante todo el resto de su vida. No fue pequeña tarea la de
convencerle de que cualquier ministro podía ser hombre honrado, y amar
imparcialmente tanto a los ricos como a los pobres. Evitemos el incurrir en tal
falta, siendo exactos en cuanto al cumplimiento de nuestra palabra.
Debemos
recordar que se fija mucho en nosotros la atención. Los hombres apenas se
atreven a quebrantar la ley ante la vista abierta de sus semejantes, pues bien,
en una publicidad así nosotros vivimos y nos movemos. Somos vigilados por miles
de ojos perspicaces como de águila; comportémonos de manera que nos tenga sin
cuidado el que los cielos todos, la tierra y el infierno llenen la lista de
nuestros espectadores. La posición pública que ocupamos será para nosotros
una gran ganancia si podemos mostrar los frutos del Espíritu Santo en nuestra
vida: cuidad mucho, hermanos míos, de no desperdiciar esa ventaja.
Cuando
os decimos, queridos hermanos, que cuidéis de vuestra vida, os damos a entender
que lo hagáis aun de las cosas al parecer más insignificantes de vuestro carácter.
Evitad el contraer deudas ni aun pequeñas, toda falta de formalidad, el
inmiscuiros en chismografías, el entablar disputas, el poner apodos, todos
aquellos defectos, en fin que son otras tantas moscas que llenan y echan a
perder el aceite. La indulgencia con que uno se juzga a sí mismo, y que ha
ocasionado el menoscabo de la reputación de muchos, es una cosa que no debéis
nunca permitiros. Ciertas familiaridades que dan lugar a que se sospeche del que
las gasta, deben evitarse, procediendo en todo con el mayor decoro y castidad.
La aspereza de carácter que hace a algunos temibles y repelentes, y las
chocarrerías que hacen a otros despreciables, son defectos de que debemos huir
a todo trance. Estamos expuestos a correr grandes riesgos si nos disimulamos
ciertas cosas tenidas como pequeñas. Debemos ser nimiamente escrupulosos en
obrar, en todo normándonos a la regla de "no inferir la menor ofensa en
nada, a fin de que el ministerio no sea nunca censurado."
Entiéndase,
sin embargo, que no queremos decir por esto que estemos obligados a sujetarnos a
cualquiera moda o capricho de la sociedad en que vivimos. Por regla general, me
disgustan las modas de sociedad y detesto el convencionalismo, y si me pareciera
mejor pasar por sobre una ley impuesta por una vana etiqueta, no tendría escrúpulo
en hacerlo. No, somos hombres libres y no esclavos, y no tenemos necesidad de
postergar nuestra libertad varonil para convertirnos en lacayos de los que
afectan donosura o blasonan de elegancia. A lo que me contraigo, hermanos, es a
que debemos huir como de una víbora, de todo lo que muestre falta de buena
crianza o grosería, por ser esto cosa que se acerca mucho al pecado. Las reglas
de Chesterfield nos parecen ridículas, pero no así el ejemplo de Cristo; y el
Salvador nunca fue grosero, bajo, descortés o mal educado.
Aun
en vuestras recreaciones, no echéis en olvido que sois ministros. Aun cuando
estéis fuera de la acción sois,
sin embargo, oficiales en el ejército de Cristo, y debéis conduciros como
tales. Y si respecto de las cosas pequeñas es preciso que seáis tan cuidadosos,
¡cuánto no tendréis que serlo tratándose de los grandes asuntos de moralidad,
honestidad e integridad! En esto el ministro no debe nunca faltar. Su vida
privada tiene que estar siempre en armonía con la santidad de su ministerio, o
éste llegará pronto para él a su ocaso y mientras más en breve se retire de
él será mejor, porque la continuación en su cargo no hará más que deshonrar
la causa de Dios y labrar su propia ruina.
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