DISCURSOS A MIS ESTUDIANTES
Por:
Charles Spurgeon
DISCURSO 2
La Vocación al Ministerio
Cualquier
cristiano que posea la habilidad de difundir el Evangelio, tiene el derecho de
hacerlo; más aún, no sólo tiene el derecho, sino el deber de proceder así
mientras viva. (Apoc. 22:17). La propagación del Evangelio se ha dejado no a
unos cuantos, sino a todos los discípulos del Señor Jesucristo. Según la
medida de la gracia que haya recibido del Espíritu Santo, cada hombre está
obligado a ministrar la Palabra a sus contemporáneos, tanto en la Iglesia
como entre los incrédulos. Esta incumbencia, a la verdad, se extiende a más
allá de los hombres, e incluye a la totalidad del otro sexo, pues ya sean los
creyentes varones o mujeres, todos sin distinción están obligados, siendo
capaces de ello por la gracia divina, a esforzarse cuanto les sea posible a fin
de extender el conocimiento de nuestro Salvador. Nuestros trabajos en este
sentido, sin embargo, no es preciso que tomen la forma particular de una predicación;
y hay ciertamente casos en que no lo deben, como pasa por ejemplo respecto de
las mujeres cuyas enseñanzas públicas se hallan expresamente prohibidas. (I
Tim. 2:12; I Cor. 14:34).
Con
todo, si tenemos la habilidad de predicar, nos incumbe el deber de practicarla.
No quiero aludir en esta plática a la predicación ocasional o a otra forma
cualquiera del ministerio común a todos los santos, sino al trabajo y cargo
propio del pastorado, en que se incluye así la enseñanza como el gobierno de
la Iglesia, los cuales requieren la dedicación de la vida entera de un hombre
al trabajo espiritual, y su separación de todo asunto secular (2Tim. 2:4); y lo
autorizan a recurrir para la subvención de sus necesidades temporales, a la
Iglesia, puesto que emplea todo su tiempo, todas sus energías y empeño, en
promover el bien de aquellos sobre los cuales preside. (I
Cor. 9:11; I Tim. 5:18). A
un hombre semejante se dirige Pedro en las palabras siguientes: "Aceptad
la grey de Dios que está entre vosotros, teniendo cuidado de ella" (I Ped.
5:2). Ahora, no todos en una iglesia pueden apacentar o gobernar: debe haber
algunos que sean apacentados o gobernados; y nosotros creemos que el Espíritu
Santo designa en la Iglesia de Dios a algunos para que obren como apacentadores,
mientras a otros se les da la voluntad de ser apacentados para bien suyo. No
todos son llamados al trabajo de predicar o de enseñar, a ser ancianos, o a
desempeñar algún otro cargo de importancia; ni todos deben aspirar a
trabajos de esa naturaleza, puesto que las dotes necesarias para ello no se han
prometido en ninguna parte a todos; pero sí, deben entregarse a tan Importantes
tareas, los que como el apóstol, conozcan haber "recibido este
ministerio" (2 Cor. 4:1). Ninguno debe meterse en el aprisco de las ovejas
como pastor intruso, pues es preciso que no pierda de vista al Pastor principal
para estar pendiente de sus indicaciones y mandatos. Es decir, para que un
hombre salga a la palestra como embajador de Dios, necesita recibir de lo alto
su llamamiento para ello, pues si no lo hace así y se entra de rondón al sagrado
ministerio, el Señor dirá de él y de otros que se hallen en su caso: "Yo
no los envié, ni les mandé: y ningún provecho hicieron a este pueblo " (Jer.
23:32).
Consultando
el Antiguo Testamento, hallaréis que los mensajeros de la antigua dispensación
afirmaban haber recibido su comisión de Jehová. Isaías nos dice que uno de
los serafines le tocó los labios con un carbón encendido tomando del altar y
que la voz del Señor dijo: "¿A quién enviaré, y quién nos irá?"
(Isa. 6:8). Entonces contestó el profeta, "Heme aquí, envíame a mí."
No se apresuró a salir sino hasta después de haber sido visitado así de un
modo especial por el Señor, y hecho apto para su misión. "¿Cómo
predicarán si no son enviados?" Esta era una frase que no se había
pronunciado entonces todavía, pero cuyo significado era perfectamente
comprendido. Jeremías da los detalles de su llamamiento en su primer capítulo:
"Fue pues palabra de Jehová a mí, diciendo: Antes que te formase en el
vientre te conocí; y antes que salieses de la matriz te santifiqué, te di por
profeta a las gentes. Y yo dije: ¡Ah, ah, Señor Jehová! He aquí no sé
hablar, porque soy joven. Y díjome Jehová. No digas soy joven: porque a todo
lo que te enviaré irás tú, y dirás todo lo que te mandaré. No temas
delante de ellos, porque contigo soy para librarte, dice Jehová. Y extendió
Jehová su mano, y tocó sobre mi boca; y díjome Jehová: He aquí he puesto
mis palabras en tu boca: mira que te he puesto en este día sobre gentes y
sobre reinos, para arrancar y para destruir, y para arruinar, y para derribar,
y para edificar, y para plantar." Jer. 1:4-10.
Variando
algo en la forma, pero encaminada al mismo propósito, fue la comisión que
recibió Ezequiel. Este profeta se expresa así a su respecto. "Y díjome:
Hijo del hombre, está sobre tus pies, y hablaré contigo. Y entró espíritu
en mí luego que me habló, y afirmóme sobre mis pies, y oía al que me hablaba;
y díjome: Hijo del hombre, yo te envío a los hijos de Israel, a gentes
rebeldes que se rebelaron contra mi: ellos y sus
padres
que se rebelaron contra mí: ellos y sus padres se han rebelado contra mí
hasta este mismo día." Ezeq. 2:1-3. "Y díjome: Hijo del hombre, come
lo que hallares: come este envoltorio, y vé y habla a la casa de Israel. Y abrí
mi boca, e hízome comer aquel envoltorio. Y díjome: Hijo del hombre, haz a tu
vientre que coma, e hinche tus entrañas de este envoltorio que yo te doy. Y
comílo, y fue a mi boca dulce como miel. Díjome luego: Hijo del hombre, vé
y entra a la casa de Israel, y habla a ellos con mis palabras." Ezeq.
3:1-4.
El
llamamiento de Daniel a la profecía, aunque no se halla consignado, está abundantemente
atestiguado por las visiones que se le concedieron y el distinguido favor de que
gozó con el Señor tanto en sus meditaciones solitarias como en sus actos públicos.
No nos es menester pasar revista a los otros profetas, porque todos ellos
manifestaban su derecho a hablar, diciendo "así dice Jehová." En la
presente dispensación el pastorado es común a todos los santos; pero por lo
que hace a la profecía, o lo que es análogo a ella, es decir, el ser uno movido
por el Espíritu Santo para entregarse enteramente a la proclamación del
Evangelio, podemos asegurar que es, como asunto de hecho, el don y llamamiento
de sólo un número pequeño de individuos comparativamente, y no cabe duda
alguna en que éstos necesitan tener la certeza de la legalidad de su posición,
como la tuvieron los profetas; ¿y cómo podrán justificar su derecho al
cargo que desempeñan, si no es por un llamamiento semejante?
Mal
haría el que imaginara que tales llamamientos son meramente ilusorios, y que
no hay nadie en estos tiempos excluido de la obra especial de enseñar a la
Iglesia y de cuidarla, porque los nombres mismos dados a los ministros en el
Nuevo Testamento, implican un previo llamamiento a su trabajo.
Es cierto que el apóstol dice: "Ahora pues,
nosotros somos embajadores de Dios;" pero ¿no estriba acaso la esencia
misma de semejante cargo, en el nombramiento hecho por el monarca representado?
Un embajador que no hubiese sido enviado, sería objeto de risa. Los hombres
que se atreven a declararse embajadores de Cristo, deben estar persuadidos del
modo más solemne, que el Señor les ha encomendado la palabra de la
reconciliación. (2 Cor. 5:18, 19).
Si
se dijere que esto se ha restringido a los apóstoles, yo contestaría a eso que
la epístola está escrita no en el nombre de Pablo solamente, sino también en
el de Timoteo, y por lo tanto se incluye a los otros ministros, además del
apostolado. En la primera epístola a los Corintios leemos "téngannos
los hombres por ministros de Cristo y dispensadores de los misterios de Dios,"
(I Cor. 4:1,) en donde la palabra nos se refiere a Pablo y a Sostenes. Es
evidente que el que dispensa o distribuye algo, debe recibir tal cargo del amo
No puede ser nadie despensero, solamente porque le agrada serlo, o es
considerado así por otros. Si a algunos de nosotros se nos ocurriese ser despenseros
o mayordomos de un secretario de Estado, y procediéramos a negociar con sus
propiedades, se nos haría ver en el momento del modo más convincente, que
habíamos incurrido en un error. Debe evidentemente estar autorizado un hombre
para ser legalmente obispo, es decir, "dispensador de Dios," (Tito
1:7) antes de asumir tal cargo.
El
título apocalíptico de ángel, (Apoc. 2:1), significa mensajero, y ¿cómo
han de ser los hombres heraldos de Cristo, si no es por la elección y ordenación
que de ellos haga el Señor? Si fuese cuestionada la referencia de la palabra
ángel al ministro, me complacería ver mostrado que podía referirse a otro
alguno. ¿A quién habría de escribir el Espíritu en la
Iglesia,
como representante de ella, sino a alguno que ocupara una posición análoga a
la del anciano que la presidiera?
A
Tito le fue mandado que hiciera una prueba concienzuda de los ministros que iba
a vigilar: luego habla algo en que debían sujetarse a prueba. Algunos son
"vasos para honra, santificados y útiles para los usos del Señor, y
aparejados para toda buena obra," 2 Tira. 2:21. Al amo no se le puede
negar el derecho que tiene de elegir los vasos que él usa, y dirá de ciertos
hombres lo que dijo de Saulo de Tarso: "vaso escogido me es éste para
que lleve mi nombre en presencia de los Gentiles," Hechos 9:15. Cuando nuestro
Señor ascendió a lo alto, concedió dones a los hombres apartados para
varios trabajos: "El mismo dio unos, ciertamente apóstoles; y otros
profetas; y otros, evangelistas; y otros, pastores y doctores," (Efes.
4:11); de lo cual es evidente que ciertos individuos son, como resultado de la
ascensión de nuestro Señor, otorgados a las Iglesias como pastores; son dados
por Dios, y en consecuencia, no elevados por sí mismos a su posición. Hermanos,
confío en que algún día podréis hablar del rebaño sobre el cual "el Espíritu
Santo os ha puesto como obispos," (Hechos 20:28), y deseo ardientemente que
cada uno de vosotros pueda decir con el apóstol de los gentiles, ni por
hombre, sino que lo ha recibido del Señor. (Gal. 1:1).
Ojalá
sea cumplida en vosotros la antigua promesa de "Yo os daré pastores, según
mi corazón," (Jar. 3:15); "pondré sobre las ovejas pastores que las
apacienten," (Jer. 23:4). Ojalá que el Señor realice en vuestras varias
personas esta su propia declaración: "He puesto vigilantes sobre tus
murallas, oh Jerusalén, que nunca descansarán ni de día ni de noche."
Ojalá que saquéis lo precioso de lo vil para que así seáis como la boca de
Dios. (Jer. 15:9). Ojalá que el Señor haga manifiesto por medio de vosotros,
el sabor del conocimiento de Jesús en todas partes, y haceros "bueno
olor de Cristo en los que se salvan, y en los que se pierden," 2 Cor. 2:15.
Teniendo un tesoro inestimable en vasos de tierra, ojalá que la excelencia
del poder divino esté en vosotros para que así podáis a la vez que glorificar
a Dios, limpiaros de la sangre de todos los hombres. Así como el Señor Jesús
subió al Monte, llamó a si a los que él quiso, y los envió en seguida a
predicar. (Mat. 3:13), que de igual modo os escoja, os llame a lo alto a
comunicaros con él, y os envié como sus siervos escogidos a bendecir tanto a
la Iglesia como al mundo.
¿Cómo
puede saber un joven si es llamado o no? Este es un punto de suma importancia, y
deseo tratarlo con toda seriedad. ¡Quiera Dios guiarme al hacerlo! El que
centenares han errado su camino y tropezado contra un pulpito, es un hecho
desconsolador pero evidente, que se deja ver en la esterilidad de los
ministerios, y en el decaimiento de las iglesias que nos rodean. Es una
calamidad espantosa para un joven errar su vocación; y por lo que hace a la
iglesia sobre la cual se impone, el conflicto en que su yerro la mete, es de
los más penosos que se puede imaginar.
Cuando
pienso en los males sin cuento que pueden resultar de un error en cuanto a
nuestra vocación para el pastorado cristiano, me siento abrumado por el
temor de que alguno de nosotros se muestre remiso en el examen de sus
respectivas credenciales; y preferirla que nos halláramos en grande duda y nos
examináramos muy a menudo, a que nos constituyéramos en estorbo de esa
profesión. No faltan muchos métodos exactos por los cuales puede un hombre
sujetar a prueba en sí mismo acerca de este punto. Una vez teniendo asegurada
su salvación personal, le
es menester investigar lo que haya sobre el asunto ulterior de su llamamiento a
este cargo: lo primero, tiene para él un interés vital como cristiano; lo segundo,
lo tiene igualmente vital para él como pastor. Es lo mismo profesar el
cristianismo, sin conversión, que ser pastor sin vocación. En ambos casos se
adopta un nombre, y nada más.
La
primera señal del llamamiento celestial, es un deseo intenso, que todo lo
absorba, de emprender esa obra. Para que sea verdadera la vocación al
ministerio, debe sentirse una sed irresistible, abrumadora, insaciable de
comunicar a los demás lo que Dios ha hecho en bien de nuestras almas; lo que yo
llamaría una especie de comezón, tal como la que tienen las aves por criar a
sus polluelos cuando llega la estación, tiempo en que la madre antes morirla
que abandonar su nido. Se decía de Alleine, por uno que lo conocía íntimamente,
que "sentía un hambre infinita e insaciable por la conversión de las
almas." Cuando pudo haber disfrutado una beca en la universidad, prefirió
una capellanía, porque "estaba movido por una impaciencia irreprimible de
que se le ocupara directamente en el trabajo ministerial." "No entréis
en el ministerio si podéis evitarlo," fue el consejo profundamente sabio
que dio cierto teólogo a uno que le consultaba su opinión. Si algún estudiante
de entre los que esto escuchan o leen, pudiese darse por satisfecho con ser
editor de un periódico, comerciante, agricultor, doctor, abogado, senador o
rey, en nombre del cielo y de la tierra, que siga su camino: no es el hombre
en quien mora el Espíritu de Dios en su plenitud; porque aquel que estuviera
lleno de Dios, sentiría suma repugnancia por todo lo que fuera aquello por lo
cual suspira en lo Intimo de su alma.
Si
por el contrario, podéis decir que ni por todas las riquezas de ambas Indias,
consentiríais ni osaríais
optar por empleo alguno que no fuera el de consagraros a la predicación del
Evangelio de Jesucristo, en ese caso, descansad en ello, si en lo demás obtenéis
resultados igualmente satisfactorios, pues tendréis las señales requeridas
para este apostolado. Debemos sentirnos llenos de inquietud si no predicamos
el Evangelio; la Palabra de Dios debe ser en nosotros como fuego en nuestros
huesos; de lo contrario, si emprendemos los trabajos ministeriales, seremos
desdichados al ocuparnos en ellos; careceremos de aptitud para armarnos de la
abnegación que debe acompañarlos, y serán de poca utilidad para aquellos
entre quienes trabajemos. Hablo de abnegación, y bien puedo hacerlo, porque
la obra del verdadero pastor está llena de ella, y sin amor a su vocación
pronto sucumbirá, o dejará por penosas las tareas que se ha impuesto, o las
proseguirá con disgusto, abrumado por una monotonía tan cansada como la del
caballo ciego que tira de la rueda de un molino.
"Hay
un consuelo en la fuerza del amor; y éste hará soportable una cosa que de otra
manera, destrozaría el corazón."
Ceñidos
con ese amor, seréis intrépidos; desprovistos de ese cinturón más que mágico,
de irresistible vocación, desfalleceréis bajo el peso de la miseria mayor.
Este
deseo debe ser meditado. No basta que sea un impulso repentino que no vaya
acompañado de una ansiosa consideración. Es preciso que sea el fruto de
nuestro corazón en sus mejores momentos, el objeto de nuestras reverentes
aspiraciones, el sujeto de nuestras más fervorosas oraciones. Debe persistir en
nosotros aun cuando ofertas tentadoras de riquezas y comodidades vengan a
ponerse en conflicto con él, y permanecer como una resolución tomada con
calma y con la cabeza despejada, después que todo
haya sido estimado en su justo valor, y calculado concienzudamente su costo.
Cuando
siendo yo niño vivía en el campo en la casa de mi abuelo, vi una partida de
cazadores vestidos de casacas coloradas, corriendo a caballo a través de los
campos en persecución de un zorro. Mi corazón infantil se entusiasmó, y me
sentí dispuesto a seguir tras los sabuesos saltando setos y zanjas. Siempre he
sentido una inclinación natural por esa clase de ejercicios, y cuando de
muchacho se me preguntaba lo que yo quería ser, generalmente contestaba que iba
a ser cazador. ¡Hermosa profesión, a fe mía! Muchos jóvenes tienen de ser
pastores de almas, la misma idea que yo tenía de ser cazador. Los anima un
pensamiento meramente pueril de que les agradaría la casaca roja y el silbato
de cuerno, es decir, los honores, los respetos, las comodidades y son
probablemente bastante necios para pensar también en las riquezas del
ministerio. La fascinación que ejerce el cargo de predicador en los espíritus
débiles, es muy grande, y por lo mismo exhorto encarecidamente a todos los
jóvenes a que no confundan un capricho con la inspiración, y un antojo pueril
con el llamamiento del Espíritu Santo.
Fijaos
bien en que el deseo de que he hablado, debe ser profundamente desinteresado. Si
un hombre después de un cuidadoso examen de sí mismo, puede descubrir que
tiene un motivo diferente del de la gloria de Dios y el bien de las almas,
para optar por el pastorado, haría bien en volverse de él inmediatamente;
porque el Señor llevará a mal el ingreso de compradores y vendedores en su
templo: la introducción de cualquiera cosa mercenaria, aun en el menor
grado, será como la mosca en el bote de ungüento, y todo lo echará a perder.
Este deseo debe ser tal que persista en nosotros,
una
pasión que resista toda clase de pruebas; un anhelo del cual nos sea
imposible escapar, aunque hayamos procurado hacerlo; un deseo, en suma, que
crezca más intensamente con el transcurso de los años, hasta que llegue a
convertirse en ahínco, en vehemencia, en hambre de proclamar la Palabra.
Este
intenso deseo es una cosa tan noble y hermosa, que siempre que lo veo inflamar
el pecho de algún joven, me muestro siempre tardo en desanimarle, aun cuando
tenga mis dudas con respecto a su aptitud. Puede ser necesario, por razones que
después os expondré, amortiguar esa llama, pero eso debe hacerse con
repugnancia y prudencia. Tengo un respeto tan profundo por este "fuego en
los huesos," que si yo mismo no lo sintiese, dejaría en el acto el
ministerio. Si vosotros no sentís ese calor vivo y consagrado, os ruego que
volváis a vuestras casas y sirváis a Dios en la esfera que os sea propia; pero
si estáis asegurados que arden dentro de vosotros brasas de enebro, no las
sofoquéis, a menos que otras consideraciones de gran momento os prueben que ese
deseo no es un fuego de origen celestial.
En
segundo lugar, combinada con el vehemente deseo de hacerse pastor, debe
tenerse la aptitud de enseñar, y en cierto grado, las otras cualidades necesarias
para el desempeño del cargo de instructor público. Para cerciorarse un
hombre de su vocación, es menester que haga con buen éxito una prueba de ellas.
No por esto pretendo que las primeras veces que un hombre se pone a hablar,
predique tan bien como lo hacia Robert Hall en sus últimos días. Si no predica
peor de lo que ese grande hombre predicaba en un principio, no debe ser
condenado. Ya sabéis que Robert Hall se abatió completamente tres veces y
exclamó: "¡Si esto no me hace humilde, nada lo hará!" Algunos de
los más elocuentes oradores no
tenían
la mayor fluidez en su juventud. El mismo Cicerón en un principio sufría
debilidad de la voz y dificultad para pronunciar Con todo, no es preciso que un
hombre considere que está llamado a. predicar, hasta haberse cerciorado de
que puede hablar. Dios ciertamente no ha criado al hipopótamo para que vuele y
aunque el leviatán tuviese un fuerte deseo de remontarse con la alondra, sería
esa evidentemente una aspiración insensata, puesto que no está provisto de
alas. Si un hombre estuviese llamado a predicar, se hallará dotado con cierta
habilidad de locución que él cultivará y aumentará. Si no tuviese el don de
expresarse medianamente en un principio, no es probable que alguna vez se pueda
desarrollar en él.
He
oído hablar de un individuo que tenía un deseo muy intenso de predicar, y
asediaba con su solicitación a su ministro, hasta que después de una multitud
de desaires obtuvo permiso para predicar un sermón como prueba. Esta
oportunidad fue el fin de sus importunaciones, pues al anunciar su texto se halló
destituido de toda clase de ideas, con excepción de una que dio a conocer lleno
de sentimiento, dejando en seguida la tribuna: "Hermanos míos," dijo,
"si alguno de vosotros piensa que es cosa fácil predicar, le aconsejo
que suba aquí, y cambiará de modo de pensar." La prueba de vuestras
facultades os llevará hasta poneros de manifiesto vuestra incapacidad, si es
que carecéis de la aptitud necesaria. No ha llegado a mí noticia que haya otra
cosa mejor. Debemos nosotros mismos sujetarnos a inequívocas pruebas a este
respecto, pues de lo contrario no podemos tener la seguridad de si Dios nos ha
llamado o no; y mientras duren tales pruebas, debemos preguntarnos a menudo
si sobre todo, podemos abrigar la esperanza de edificar a otros con semejantes
discursos.
Debemos
sin embargo, hacer más que dejar eso a la decisión de nuestra propia
conciencia y juicio, porque somos jueces poco competentes. Cierta clase de
hermanos tienen gran dificultad para descubrir que han sido muy admirable y
divinamente auxiliados en sus declamaciones; yo les envidiaría su gloriosa
libertad y complacencia de si mismo, si hubiera algún fundamento para ello;
pero ¡ay! por lo que a mí toca, muy a menudo tengo que deplorar y lamentar
mi falta de éxito y los escasos frutos que obtengo como orador. No hay que
fiar mucho en nuestra propia opinión; pero puede aprenderse mucho de personas
juiciosas dotadas de ánimo espiritual. No es esta de ninguna manera una ley
obligatoria a toda clase de personas, pero es con todo una buena y antigua
costumbre en muchas de nuestras iglesias rurales, que el joven que aspira al
ministerio, predique ante la congregación en lo particular. Con dificultad será
esto alguna vez una ordalía muy agradable para la juventud aspirante, y en
muchos casos, apenas será un ejercicio muy edificante para el pueblo; pero sin
embargo, puede suceder que sea un acto muy provechoso de disciplina, y evite
la exposición oficial de una extrema ignorancia. El libro llevado en la iglesia
de Arnsby contiene el siguiente pasaje:
"El
dicho Robert Hall nació en Arnsby el 22 de mayo de 1764, y fue desde su niñez
no sólo serio y dado a la oración secreta aun antes de poder hablar claro,
sino enteramente inclinado a la obra del ministerio. Comenzó a componer
himnos antes de cumplir siete años de edad, y en ellos dio muestras de piedad,
de profundo pensamiento y de genio. Entre los ocho y los nueve años, hizo
varios himnos que fueron muy admirados por muchos, uno de los cuales fue impreso
en el "Cospel Magazine" (una revista evangélica) por ese tiempo.
Escribió sus pensamientos sobre varios asuntos religiosos y porciones selectas
de la Biblia. Estaba al mismo tiempo poseído de una intensa inclinación por la
instrucción, e hizo tales progresos, que el maestro de aldea bajo cuya dirección
estaba, no pudo enseñarle más. Fue enviado entonces a la escuela de internos
de Northampton, bajo el cuidado del Rev. John Ryland, en donde permaneció
como un año y medio, e hizo grandes progresos en latín y en griego. En
octubre de 1778, fue a la Academia de Bristol, bajo el cuidado del Rev. Mr.
Evans; y el 13 de agosto de 1780, fue enviado al ministerio por esta iglesia, no
teniendo entonces más que diez y siete años y tres meses de edad. La causa de
que la iglesia quedara satisfecha de sus aptitudes para la grande obra, fue su
manera de hablar cuando le llegaba su turno, en las juntas conferenciales,
sobre varias porciones de la Escritura, en las cuales y en la oración bahía
participado por más de cuatro años; y el haber de regreso a su casa, a petición
de la iglesia, predicado en las mañanas de los domingos, con gran satisfacción
de los fieles. Estos por lo mismo, pidieron encarecida y unánimemente, el que
fuese consagrado de una manera solemne para un empleo público.
En
consecuencia, en el día antes dicho, fue examinado por su padre delante de la
iglesia, respecto de sus inclinaciones, motivos y fines, en referencia al
ministerio, pidiéndosele a la vez hiciera una declaración de sus sentimientos
religiosos. Hecho todo lo cual a entera satisfacción de la iglesia, los
miembros de ésta lo consagraron levantando cada uno su mano derecha y
haciendo todos, una solemne oración. Su padre entonces predicó un sermón
tomando por texto a 2 Tim. 2:1. "Pues tú, hijo mío, esfuérzate en la
gracia que es en Cristo Jesús." Enviado de esta manera, predicó en la
tarde sobre 2 Tes. 1:7, 8. "Que el Señor le bendiga y le dé gran éxito."
(Apuntes biográficos del Rev. Robert Hall, por J. M. Morris, 1833).
Debe
darse una considerable importancia al juicio de los hombres y de las mujeres
que viven cerca de Dios, y en la mayor parte de los casos su veredicto no será
equívoco. Sin embargo, esta apelación no es final ni infalible, y tiene que
ser estimada sólo en proporción a la inteligencia y a la piedad de las gentes
consultadas. Recuerdo bien cuan encarecidamente me disuadía de predicar una
señora cristiana de las más piadosas que hayan existido jamás; yo procuré
apreciar el valor de su opinión con sinceridad y paciencia, pero fue de mayor
peso el juicio de personas de más vasta experiencia. Los jóvenes que se
hallen en duda, harán bien en llevar consigo a sus amigos más sensatos la próxima
vez que tengan que ir a la capilla o lugar de reunión del campo o de la aldea,
para ensayarse delante de ellos en la predicación de la Palabra. Yo he notado,
que vosotros, señores, como cuerpo de estudiantes, en el juicio que formáis
los unos de los otros, pocas veces o nunca os engañáis. Con dificultad podría
hallarse un caso en que la opinión general del colegio entero relativa a un
hermano, haya sido errónea. Los hombres no son tan incapaces para formarse una
opinión exacta unos de otros, como algunas veces se supone que lo son. Juntándoos
como lo hacéis en clase, en las reuniones de oración, en pláticas familiares
y en varios ejercicios religiosos, os aforáis entre vosotros; y un hombre
sensato no podrá fácilmente desatender el veredicto de sus compañeros.
No
completaría yo este punto si no agregase que la mera habilidad para edificar y
aptitud para enseñar, no son bastantes, pues son menester otros talentos para
completar el carácter pastoral. Un sano juicio y una sólida experiencia deben
instruiros; modales finos y afecciones cariñosas, caracterizaros, y la
firmeza y el valor manifestarse en vosotros, en quienes a la vez no debe faltar
ternura y simpatía por los demás. Dotes administrativos para gobernar bien,
son tan necesarios como dotes de erudición para enseñar bien. Debéis ser idóneos
para dirigir, estar preparados para afrontarlo todo, y tener fuerza para
perseverar. Con respecto a gracia debéis tener la cabeza y los hombros sobre
los demás, a fin de que podáis ser su padre y consejero. Leed atentamente cuáles
son las cualidades que necesita tener un obispo, en I Tim. 3:2-7, y en Tito
1:6-9. Si tales dotes y gracias no residen y abundan en vosotros, puede suceder
que tengáis éxito como evangelistas; pero como pastores, no podréis servir.
Para
que un hombre ponga más a prueba su vocación, después de haber ejercitado un
poco sus dotes tales como los de que he hablado ya, es preciso que vea algo que
indique que la obra de la conversión camina bajo sus esfuerzos, pues de lo
contrario, puede concluir que se ha equivocado, y por tanto, debe desistir del
mejor modo posible. No es de esperarse que en el primero, ni aun en el vigésimo
esfuerzo hecho en el público, podamos siempre notar un buen resultado; y un
hombre puede sujetarse mientras viva a la prueba de predicar, si se siente
llamado a hacerlo; pero me parece que como hombre consagrado al ministerio, su
comisión carecerá de sello hasta que las almas sean traídas por su medio al
conocimiento de Jesús. Como obrero, tiene que llevar adelante su trabajo tenga
o no buen éxito; pero como ministro no puede estar seguro de su vocación, sino
hasta que los resultados sean patentes. ¡Cómo me palpitó el corazón de alegría
cuando se me dio la noticia de mi primer convertido! Nunca pude sentirme
satisfecho sólo con una congregación numerosa, y las bondadosas
felicitaciones de mis amigos; deseaba ardientemente que los corazones se
conmoviesen, que las lágrimas se viesen correr de los ojos de los penitentes.
Me
regocijé tanto como oí que adquiere un valioso botín, con motivo de que la
esposa de un pobre labrador, confesó que sentía la culpa del pecado, y había
hallado al Salvador debido a mi sermón de un domingo en la tarde. Tengo en
este momento ante mi vista la choza en que ella vivía; creedme, siempre la
hallo pintoresca. Recuerdo perfectamente cuando la mujer fue recibida en la
iglesia, y cuando murió para ir a ocupar un celestial hogar. Fue el primer
sello de mi ministerio, y puedo aseguraros que un sello muy precioso, a la
verdad. Fui más feliz de lo que jamás haya podido serlo una madre a la vista
de su hijo primogénito. Entonces pude haber entonado el cántico de la virgen
María, porque mi alma magnificó al Señor por haberse acordado de la bajeza
de mi estado para concederme el alto honor de efectuar una obra por la cual
todas las generaciones me llamarían bendito, pues tanto así conceptué yo la
salvación de un alma.
Debe
haber algo de obra de conversión en vuestros trabajos irregulares, antes de
que podáis creer que la predicación tiene que ser el empleo de vuestra vida.
Recordad las palabras del Señor dichas por boca del profeta Jeremías; están
muy adecuadas a este asunto, y deben alarmar a todos los predicadores que no
obtienen buenos frutos: "No envié yo aquellos profetas, y ellos corrían:
yo no les hablé, y ellos profetizaban. Y si ellos hubieran estado en mi
secreto, también hubieran hecho oír mis palabras a mi pueblo, y les hubieran
hecho volver de su mal camino, y de la maldad de sus obras." Jer. 23:21,
22.
Es
para mí una maravilla el que haya hombres que se hallen a gusto predicando año
tras años sin tener una conversión. ¿No tienen entrañas que los muevan a
compadecerse de los demás? ¿Carecen del sentimiento de responsabilidad? ¿Se
atreven por una vana y falsa representación de la Soberanía Divina, a dejar
que caiga el vituperio sobre su Señor? ¿O tienen la creencia de que Pablo
planta, Apolos riega, y Dios no da aumento alguno? En vano son sus talentos,
su filosofía, su retórica y aun su ortodoxia, sin las señales que les deben
seguir. Profetas cuyas palabras carecen de poder, sembradores cuyas semillas
todas se secan, pescadores que no cogen peces, soldados que no combaten, ¿son
éstos hombres de Dios? Seguramente valdría más ser rastrillo de lodo, o escoba
de chimenea, antes que hallarse en el ministerio como un árbol enteramente
infecundo. La ocupación más baja proporciona algún beneficio a la humanidad;
pero el hombre miserable que ocupa un pulpito y no glorifica nunca a su Dios
haciendo conversiones, es un cero social, un borrón, un mal de ojos, una calamidad.
Es caro por la sal que se come, y mucho más por su pan; y si escribe a los periódicos
quejándose de la pequeñez de su salario, su conciencia, si tiene alguna,
podría bien contestarle: "ni aun lo que tienes mereces." Puede haber
tiempos de sequía, y ¡ay! años de amargura pueden consumir lo adquirido en
años anteriores, pero con todo, habrá frutos de que echar mano, y frutos para
la gloria de Dios; y en el entretanto, la esterilidad transitoria hallará al
alma presa de angustia indecible. Hermanos, si el Señor no os da celo por las
almas, dedicaos a cualquiera cosa que no sea el pulpito, tomad la piedra del
zapatero o la cuchara del albañil, por ejemplo, si es que estimáis en algo la
paz de vuestro corazón y vuestra futura salvación.
Un
paso más allá de todo esto, es, sin embargo, preciso en nuestra investigación.
La voluntad del Señor relativa a los pastores, se da a conocer por el juicio
suplicatorio de su iglesia. Es indispensable como una prueba de vuestra vocación
que vuestra predicación sea aceptable al pueblo de Dios. Dios comúnmente
abre las puertas de una buena expresión, a aquellos a quienes llama a que
hablen en su nombre. La impaciencia querría abrir la puerta empujándola, o
derribándola, pero la fe está a las órdenes del Señor, y a su debido tiempo
se le da su oportunidad. Al llegar ésta es cuando nos llega nuestra prueba.
Una vez ya predicando, nuestro espíritu será juzgado por el auditorio, y si
fuese condenado, o si como regla general, la iglesia no fuese edificada, no debe
ponerse en duda la conclusión de que no somos enviados de Dios. Las marcas y
señales de un verdadero obispo, se hallan asentadas en la Palabra para guía
de la Iglesia; y si al seguir tal guía, no ven los hermanos en nosotros esas
cualidades, y no nos eligen para tal cargo, es bastante claro que por bien que
evangelicemos, el oficio de pastor no es para nosotros.
No
todas las iglesias son sabias, ni todas juzgan influidas por el Espíritu Santo,
sino que muchas lo hacen según la carne; con todo, yo estaría más dispuesto
a aceptar la opinión de una congregación del pueblo del Señor, antes que la
mía, al tratarse de un asunto tan personal como el de mis dotes y mi gracia. De
todas maneras, ya sea que deis o no importancia al veredicto de la Iglesia, una
cosa es cierta, y es que ninguno de vosotros podrá ser pastor sin contar con
el afectuoso consentimiento del rebaño, y de consiguiente, esto será para
vosotros un indicador práctico aunque no sea enteramente
exacto. Si vuestro llamamiento por el Señor fuese
real, no guardaréis silencio largo tiempo. Tan cierto como es que el hombre
necesita su hora, lo es que la hora necesita su hombre. La Iglesia de Dios
siempre tiene urgente necesidad de buenos ministros: para ella un hombre es
siempre más precioso que el oro de Ofir. Los pastores puramente formales,
carecen de trabajo y sufren hambre, pero los ungidos del Señor nunca pueden
hallarse sin ocupación, porque siempre hay oídos prontos a escucharlos que los
conocerán por sus discursos, y corazones dispuestos a darles la bienvenida en
el lugar señalado. Sed idóneos para vuestro trabajo, y nunca estaréis fuera
de él. No corráis ofreciéndoos vosotros mismos para predicar aquí y allá;
dad más importancia a vuestra aptitud, que a vuestra oportunidad, y más aún
a andar en los caminos de Dios, que a ninguna otra cosa. Las ovejas conocerán
al pastor enviado de Dios; el portero del redil os abrirá, y el rebaño
conocerá vuestra voz.
Cuando
comencé esta plática, no había leído aún la admirable carta que John Newton
escribió a un amigo suyo sobre este asunto; se halla tan de acuerdo con mis
ideas, que a riesgo de que se me tenga por un copista, lo que ciertamente no soy
en esta ocasión, voy a leeros la carta:
"Vuestro
caso me trae a la memoria el mío; mis primeros deseos hacia el ministerio,
fueron acompañados de grandes incertidumbres y dificultades, y la perplejidad
de mi ánimo se aumentó por los diversos juicios de mis amigos, opuestos entre
sí. El consejo que tengo que ofrecer, es el resultado de una penosa experiencia,
y por esta razón, quizá no sea inaceptable para usted. Ruego lo haga útil
nuestro bondadoso Señor.
"Me
hallaba muy preocupado, como vos lo estáis, acerca de lo que fuera o no un llamamiento propio al ministerio. Ahora
me parece un punto de fácil solución; pero tal vez no lo sea así para vos,
hasta que el Señor os lo haga claro en vuestro propio caso. No cuento con
tiempo para decir tanto como podría. En resumen, creo que eso incluye
principalmente tres cosas:
1)
“Un ardiente y sincero deseo de ser empleado en este servicio. Concibo que el
hombre que una vez que es movido por el Espíritu de Dios para este trabajo,
lo preferirá, si está a su alcance, a un tesoro de oro o plata; de modo que,
aunque a veces se halle intimidado por la importancia y dificultades de tal
cargo, en vista de su grande insuficiencia (porque es de presumirse que un
llamamiento de esta naturaleza, si realmente viene de Dios, debe estar acompañado
de la humildad y menosprecio de sí mismo ) no pueda, con todo, abandonarlo.
Juzgo que es una buena regla investigar con relación a este punto, si el
deseo de predicar es más ferviente en nuestras más vivas y espirituales fantasías,
y cuando más nos hundimos en el polvo delante del Señor. Si es así, esta es
una buena señal. Pero si, como algunas veces acontece, una persona está muy
ansiosa de predicar a las demás, cuando se halla con poca hambre y poca sed de
gracia en su propia alma, es entonces de temerse que su celo dimane más bien de
un principio egoísta, que del Espíritu de Dios.
2)
“Además de este afectuoso deseo y buena disposición de predicar, debe en
su debido tiempo aparecer la competencia suficiente para ello en cuanto a
dotes, instrucción y modo de expresarse. Es seguro que si el Señor envía a un
hombre a predicar a los demás, cuidará de proveerlo de lo que ha menester.
Creo que han pensado en constituirse en predicadores, muchos que apenas
estaban en camino, o antes
de
su llamamiento a hacerlo. La principal diferencia entre un ministro y un
cristiano privado, parece que consiste en aquellas dotes ministeriales que se le
imparten no para su propio beneficio, sino para la edificación de los demás.
Pero digo que estos tienen que aparecer a su debido tiempo; no deben esperarse
instantáneamente, sino por grados, en el uso de los medios adecuados. Son
necesarios para el desempeño del ministerio, pero no lo son como requisito
previo para sancionar nuestras aspiraciones a él. Por lo que a vos hace, sois
joven y tenéis tiempo ante vos, por tanto, creo que no debéis preocuparos con
la investigación de si ya tenéis tales dotes. Basta que vuestro deseo se
haya fijado y que tengáis voluntad en el camino de la oración y de la
diligencia, de estar a las órdenes del Señor que las concede. Por ahora no los
necesitáis.
3)
“Lo que finalmente evidencia un llamamiento propio, es que tenga un principio
providencial, por una reunión de circunstancias que gradualmente indiquen los
medios, el tiempo y el lugar para emprender los trabajos. Y hasta que esta
coincidencia no se verifique, no debéis esperar ver vuestro espíritu libre
siempre de toda vacilación. La principal precaución que debe tomarse a este
respecto, es no dejarse llevar por las primeras apariencias. Si la voluntad
del Señor fuese traeros al ministerio, ya os tiene designados vuestro lugar y
vuestro servicio, y aunque no sepáis cuales son todavía, lo sabréis en su
oportunidad. No teniendo los talentos de un ángel podrías hacer nada bueno
con ellos hasta que os llegue la hora prefijada por Dios, y él os conduzca a la
gente. Nosotros
titubearíamos en hablar precisamente de esta manera. Los dotes deben
manifestarse de alguna manera antes de que el deseo sea estimulado. Con todo, en
lo esencial estoy de acuerdo con el Sr. Newton
a quien haya determinado bendecir por vuestro medio.
Es
muy difícil que nos restrinjamos aquí dentro de los límites de la prudencia,
cuando nuestro celo es ardiente: al afectar a nuestro corazón un sentimiento
de amor a Cristo, y de tierna compasión por los pobres pecadores, es natural
que nos veamos impulsados a comenzar cuanto antes; pero el que cree no debe
apresurarse. Yo duré cinco años bajo esta compulsión, pensando algunas
veces que debía predicar aun cuando fuera en las calles. Prestaba atención a
todo lo que me parecía plausible, y a muchas cosas que no las juzgaba así;
pero el Señor bondadosamente, y de un modo insensible, por decirlo así,
obstruyó mi camino con espinas: a no haber sido esto, y abandonado yo a mis
propios sentimientos, habría puesto fuera de mi posibilidad el haber sido
colocado en una esfera de utilidad tal como a la que él en su debido tiempo
se ha servido conducirme. Y ahora puedo ver con claridad que en el tiempo en
que yo habría querido salir a la palestra, aunque mi intención haya sido
buena en el fondo, como quiero creerlo, con todo, me estimaba yo en más de lo
que valía, y carecía del juicio espiritual y de la experiencia que son
requisitos indispensables para un trabajo de tan gran importancia."
Lo
dicho hasta aquí podría bastaros, pero puedo presentar a vuestra consideración
el mismo asunto si os pormenorizo algo de la experiencia que he adquirido en
mi trato con los aspirantes al ministerio. Tengo que llenar constantemente el
deber que caía en suerte a ciertos empleados de Cromwell llamados Triers o
probadores. Tengo que formar una opinión en cuanto a la cordura de ayudar a
ciertos hombres en sus tentativas para hacerse pastores. Este es un deber de
suma responsabilidad, y el desempeño del cual requiere un cuidado nada común
No me constituyo, por supuesto, en juez para fallar si un hombre debe ingresar
o no al pastorado; sino que mi examen lleva meramente por mira contestar a la
pregunta de si esta institución tiene que ayudarle o que abandonarle a sus
propios esfuerzos. Algunos de nuestros caritativos vecinos nos acusan de tener
aquí una fábrica de pastores, pero semejante cargo no es cierto
absolutamente. Nunca hemos tratado de hacer un ministro, y fracasaríamos si tal
pretendiéramos: no recibimos en el Colegio sino a los que profesan el ser
ministros ya. Se acercarían más a la verdad los que me llamaran destructor de
pastores, porque un buen número de principiantes han sido desahuciados por mí,
y tengo enteramente tranquila la conciencia al reflexionar en lo que así he
hecho. Ha sido siempre para mí una tarea penosa el desanimar a un hermano
joven y lleno de esperanza que ha solicitado su admisión al Colegio.
Mi
corazón se ha inclinado siempre al lado de la condescendencia, pero mi deber
para con las iglesias me ha obligado a juzgar con toda imparcialidad. Después
de oír lo que el candidato ha tenido que decir, de leer sus excusas, y de hacerme
cargo de sus respuestas a mis preguntas, si ha entrado en mi ánimo la convicción
de que el Señor no lo había llamado, me he visto precisado a manifestárselo
así. Algunos de esos casos pueden ser tipos de todos. Se presentan algunos jóvenes
que ardientemente desean entrar al ministerio, pero con pena se ve trasparentárseles
el motivo principal que a ello los impele, que no es otro que el deseo de
brillar entre los hombres. A hombres de esta clase, considerados desde un
punto común de vista, hay que recomendárseles por su aspiración; pero es de
tenerse en cuenta que el pulpito no debe ser la escalera por la cual tenga que
encaramarse la ambición. Si hombres así hubieran entrado al ejército, nunca
habrían estado
satisfechos sino hasta haber llegado al rango superior, vista su determinación
de seguir adelante en su camino, lo cual hasta cierto punto merece ser encomiado;
pero están alucinados con la idea de que si ingresaran al ministerio, se
distinguirían en gran manera: han sentido brotar en ellos los pimpollos del
genio, y se han considerado superiores a las personas ordinarias, y por lo mismo,
miran al ministerio como una plataforma donde desplegar sus supuestas
habilidades. Siempre que esto ha sido visible, no he podido menos que dejar al
hombre "to gang his ain gate" (ir por su propio camino) como
los escoceses dicen: persuadido de que tales espíritus llegan siempre a
nulificarse si entran al servicio del Señor. Hablamos que no tenemos nada de qué
gloriarnos, y si algo tuviéramos, el peor lugar para exhibirlo sería un
pulpito, pues allí somos llevados diariamente a sentir nuestra propia
insignificancia y nulidad.
A
hombres que desde su conversión han mostrado gran debilidad de espíritu, y
pueden ser inducidos con facilidad a abrazar doctrinas extrañas, o a frecuentar
malas compañías y a caer en pecados groseros, nunca me dictará el corazón
que los anime a entrar en el ministerio, sea cual fuere su palabra. Que se
mantengan, si verdaderamente se han arrepentido, en la retaguardia de las
filas. Inestables como el agua, no podrán sobresalir.
De
la propia manera, a los que no pueden soportar un trabajo pesado, sino son de
los que gastan guantes de cabritilla, yo los remitiría a otra parte cualquiera.
Necesitamos soldados, no petimetres; obreros empeñosos, no apuestos haraganes.
Los hombres que nada han hecho hasta el tiempo de su ingreso al colegio, se dice
que ganan sus espuelas antes de haber sido probados públicamente como
caballeros. Los amantes fervorosos
de las almas, no esperan hasta ser amaestrados, sino que desde luego sirven a
su Señor.
Acuden
a mí ciertos hombres bonachones que se distinguen por lo extremo de su
vehemencia y de su celo, tanto como por la carencia absoluta de todo seso:
hermanos son éstos que hablan y hablan sin decir nada; que machacan y cascan la
Biblia, y no sacan nada de toda ella; que son enérgicos, oh sí, terriblemente
enérgicos, montes enfermos de parto, de la clase más lastimosa, que nada dan
a luz, ni siquiera el ridículo ratón. Hay predicadores fanáticos que no son
capaces de concebir o de expresar cinco pensamientos consecutivos, cuya
capacidad es tan estrecha, cuanto ancha su presunción, y éstos bien pueden martillar,
y gritar, y delirar, y desgarrarse, y rabiar, y todo *el ruido que armen será
como el que sale del hueco de un tambor. Yo concibo que estos hermanos harán lo
mismo con educación que sin ella, y por lo mismo, he rehusado generalmente
acceder a su petición.
Otra
clase de hombres sumamente numerosa, buscan el pulpito sin saber por qué. No
pueden enseñar ni quieren aprender, y con todo, quieren a todo trance ser
ministros. Semejantes al hombre que durmió en el Parnaso, y desde entonces se
figuró que era poeta, han tenido la imprudencia bastante para lanzar alguna
vez un sermón sobre un auditorio, y no pueden después vivir sin predicar.
Tienen tanta prisa por desprenderse de vestiduras cosidas, que harán un rasgón
en la iglesia de la cual son miembros por salirse con la suya. El mostrador de
una tienda tiene poca gracia, mientras que el cojín del pulpito está lleno
de atractivos; están cansados de las balanzas y de las pesas, y necesitan
ejercitar sus manos en las balanzas del santuario. Tales hombres, como las olas
agitadas del océano, forman espuma por lo general con su propia vergüenza, y
somos felices cuando nos despedimos de ellos para no verlos más.
Los
defectos físicos dan lugar a la duda acerca de la vocación de algunos hombres
excelentes. Yo no pretendo, como Eustenes, juzgar a los hombres por su aspecto,
pero su físico general puede servir para formar un criterio de no pequeño
peso. Un pecho angosto no indica a un hombre formado para discursos públicos.
Podrán pareceres extravagancia, pero con todo, me siento bien persuadido de que
cuando un hombre tiene un pecho contraído, sin distancia entre sus hombros, el
Creador sapientísimo no se propuso que contrajera el hábito de predicar. Si
hubiera llevado la mira de que hablara, le habría dado cierta anchura de
pecho suficiente para contener la cantidad necesaria de fuerza pulmonar.
Cuando el Señor se propone que una criatura corra, le da piernas ligeras, y
si se propone que otra criatura predique, le dará pulmones a propósito para
ello. Un hermano que tenga que pararse en la mitad de una frase, para dar aire
a sus órganos respiratorios, debe preguntarse a sí mismo, si no hay alguna
otra ocupación que le sea más adecuada. Un hombre que apenas puede terminar
una sentencia sin molestia, con dificultad puede ser llamado a "clamar en
voz alta sin cesar." Puede haber excepciones; pero ¿no es de peso la
regla general? Los hermanos que tienen bocas defectuosas y una articulación
imperfecta, no están por lo común llamados a predicar el Evangelio. Esto mismo
se aplica a los hermanos que carecen de paladar o de un perfecto tono.
Se
recibió una solicitud hace poco tiempo, de parte de un joven que tenía una
especie de acción rotatoria de quijadas, que causaba un lamentable efecto
en el que lo veía. Su pastor le recomendó como un joven muy santo, que había
sido instrumento para traer algunos a Cristo, y expresaba la esperanza de que yo
lo recibiría, pero no pude ver el fundamento de ella. No me habría sido
posible verlo predicar, sin soltar la carcajada, aun cuando me hubieran dado
todo el oro de Tarsis por no hacerlo, y es muy probable que a las nueve décimas
partes de sus oyentes, les habría costado más trabajo reprimirse que a mí. A
un hombre de lengua tan gruesa que le llenaba toda la boca impidiéndole
articular con claridad; a otro sin dientes; a otro que tartamudeaba; a uno más
que no podía pronunciar todo el alfabeto, he tenido aunque con pena, que
desecharlos, fundándome en que Dios no les había dado aquellas cualidades físicas
que son, como un devocionario diría, "generalmente necesarias."
He
tropezado por ahí con un hermano ¿uno digo? con diez, con veinte, con cien,
que han alegado que estaban ciertos, enteramente ciertos de que eran llamados al
ministerio, y esta certeza absoluta, les venía de haber fracasado en todo lo
demás. He aquí una historieta que pinta a lo vivo a esta clase de pretendientes:
"Señor, fui puesto en el despacho de un abogado, pero no pude soportar
el encierro, no pude estar en mi elemento estudiando leyes; se vio claramente
que la Providencia había obstruido mi camino, porque perdí mi colocación."—"¿Y
qué hizo usted entonces?" —"Pues, señor, me vi inducido a abrir
una tienda de abarrotes."—"¿E hizo usted buen negocio?"—"No
del todo, señor, pues no pienso que mi destino haya sido nunca el comercio, y
pareció que el Señor me cerraba también este camino, porque fracasé y me
hallé envuelto en grandes dificultades. Desde entonces he trabajado un poco
como agente de una compañía de seguros de vida, y he procurado conseguir una
escuela, además de vender té; pero siempre he encontrado obstáculos en lo
que hacía, y algo dentro de mí me hace sentir que yo debo ser ministro."
Yo
por lo general les doy esta respuesta: "Bien, lo entiendo, usted ha
fracasado en todo, y por lo mismo, juzga que el Señor le ha concedido dotes
especiales para su servicio; pero temo que se haya usted olvidado de que el
ministerio necesita formarse de la flor y nata de los hombres, y no de los que
no sirven para nada. Un hombre que alcanzara buen éxito como predicador, lo
alcanzaría probablemente también como comerciante, abogado u otra cosa
cualquiera. Un ministro realmente estimable, habría podido distinguirse en
todo. Apenas habrá cosa imposible para un hombre que puede conservar una
congregación unida por años enteros, y ser instrumento de su edificación
durante centenares consecutivos de días consagrados al Señor; debe ser
poseedor de algunas habilidades, y de ninguna manera un necio o bueno para
nada. Jesucristo merece que los mejores hombres prediquen su cruz, y no los
casquivanos o descamisados."
Un
joven con cuya presencia fui honrado una vez, dejó en mi ánimo fotografiada su
refinada presunción. Su semblante mismo parecía la portada de un torno
entero de petulancia y falsedad. Me envió un recado a mi despacho un domingo en
la mañana, diciéndome que necesitaba verme en el acto. Su audacia le abrió
la puerta, y cuando lo tuve enfrente, me dijo: "Señor, necesito entrar en
el colegio de usted y desearla hacerlo inmediatamente."—"Bien, señor,"
le contesté, "temo que no tengamos lugar para usted por ahora, pero tomaré
en consideración el caso de usted"—"Pero mi caso es muy notable,
señor; probablemente usted no ha de haber recibido nunca una solicitud como la
mía."—"Muy bien, nos fijaremos en ella; mi secretario dará a
usted uno de los formularios usados para las solicitudes, y usted puede verme el
lunes." Volvió, en efecto, ese día, trayéndome las preguntas contestadas
del modo más extraordinario. En cuanto a libros, pretendió haber leído toda
clase de literatura antigua y moderna, y después de haber dado una inmensa
lista de obras, agregó: "no he hecho más que escoger algo; he hecho
estudios más extensos en todos estos ramos." Por lo que hacía a su
predicación, podía producir los más altos testimonios, pero apenas creía que
eso le fuera menester, puesto que una entrevista suya personal conmigo, me
convencería en el acto de su habilidad. Su sorpresa fue grande cuando le dije:
"Señor, me veo obligado a decirle a usted que no puedo recibirlo."
—"¿Por qué no, señor?"—"Se lo diré a usted con franqueza.
Es usted tan estupendamente sabio, que me resistiría yo a inferirle la ofensa
de recibirlo en nuestro colegio, en donde no tenemos más que hombres comunes
y corrientes: el presidente, los directores y estudiantes, son personas todas
ellas de medianos alcances, y usted tendría que usar mucha condescendencia
para ingresar a nuestro seno." El me miró severamente y me dijo con
dignidad: "¿Es decir que porque tengo un genio poco común, y he producido
en mí mismo un espíritu tan gigantesco como por rareza puede verse, se me
rehúsa la admisión en el colegio de usted?"—"Sí," repliqué
con toda la calma que me fue posible, considerando el reverente y subyugador
temor que su genio inspiraba, "por esa misma razón."—"Entonces,
señor, usted debe permitirme el que ponga a prueba mis aptitudes oratorias:
escójame usted el texto que le agrade, o sugiérame el asunto que le parezca, y
aquí, en este mismo sitio, hablaré o predicaré sobre él sin la menor
deliberación, y usted se sorprenderá."—"No, gracias, prefiero
no tomarme la molestia de escuchar a usted."— "¡Molestia! señor;
le aseguro a usted que sería el mayor placer posible que usted pudiera
disfrutar." Le dije que bien podría ser, pero que me sentía indigno de
ese privilegio, y de consiguiente le di una larga despedida. El individuo me era
desconocido en ese tiempo, pero desde entonces ha figurado en los anales de la
policía, quizá por su extremada habilidad.
A
veces hemos tenido solicitudes de las que quizá os sorprenderíais, de
hombres que evidentemente tienen bastante fluidez, y que contestan todas nuestras
preguntas muy bien, excepto las relativas a sus opiniones doctrinales, a las
cuales en repetidas ocasiones hemos tenido esta respuesta: "¡El señor
Fulano de tal está dispuesto a recibir las doctrinas del colegio, sean éstas
cuales fueren!" En semejantes casos nunca titubeamos ni un momento, dando
en el acto una contestación negativa. Hago mención de esto para poner así de
bulto nuestra convicción de que no están llamados al ministerio los hombres
que carecen de conocimientos religiosos y de creencias bien definidas. Cuando se
presentan individuos jóvenes que dicen que no han fijado definitivamente sus
ideas en cuanto a teología, debe hacérseles volver a la escuela dominical
hasta que lo hagan. Porque un hombre que viene con vacilaciones o engañifas al
colegio, pretendiendo que tiene su espíritu abierto para acoger cualquiera
forma de verdad, y que es eminentemente receptivo, pero que no ha fijado en su
ánimo cosas tales como si Dios tiene o no una elección de gracia, o si él
ama a su pueblo hasta el fin, me parece que es una perfecta monstruosidad.
"No un novicio," dice el apóstol; y un hombre que vacila acerca de
puntos como éstos, no es otra cosa que un egregio y manifiesto novicio, y debe
ser relegado a la clase de catecismo hasta que haya aprendido las primeras
verdades del Evangelio.
Sobre
todo, señores, tendremos que probar nuestro llamamiento por la prueba práctica
de nuestro ministerio en el transcurso de nuestra vida, y será para nosotros
una cosa lamentable emprender la carrera sin el examen debido, pues que haciéndolo
así, nos exponemos a tener que dejarlo con ignominia. Por último, la
experiencia será nuestra prueba más segura, y si Dios nos sostiene de año en
año, y nos da su bendición, no necesitamos otra señal de nuestro llamamiento.
Nuestra aptitud moral y espiritual será patentizada por la obra de nuestro
ministerio, y esta es la prueba más fidedigna de todas. No recuerdo a quién
le oí hablar en una conversación, de un plan adoptado por Matthew Wilks,
para examinar a un joven que quería ser misionero. El designio, si no el asunto
de la prueba, se recomienda a mi juicio aunque no a mi gusto. El joven deseaba
ir a la India como misionero, en conexión con la Sociedad Misionera Londinense.
El señor Wilks fue designado para juzgar de su aptitud para tal puesto. Con
este motivo le escribió al joven diciéndole que fuera a verlo la mañana
siguiente a las seis. El hermano vivía a muchas millas de allí, pero estuvo en
la casa a las seis en punto. El señor Wilks no entró, sin embargo, en la
pieza, sino hasta horas después. El hermano esperó sorprendido de la tardanza,
pero con paciencia. Por fin llegó el señor Wilks, y se dirigió al candidato
del modo siguiente en el tono gangoso que le era habitual: "¿Conque usted,
joven, quiere ser misionero?"—"Sí, señor."—"¿Ama
usted al Señor Jesucristo?"—"Espero que sí."—"¿Y ha
recibido usted alguna educación?"—"Alguna, señor,"—"Bien.
Pasemos
ahora a examinar a usted. ¿Sabe usted deletrear la palabra gato?" “El
joven pareció confuso y apenas sabía qué contestación dar a una pregunta
tan descabellada. Su ánimo vaciló evidentemente entre la indignación y la
sumisión, pero dominándose respondió al momento con firmeza: "g, a, ga;
t, o, to: gato."—"Muy bien," dijo el señor Wilks, "ahora
deletree usted perro." Nuestro joven mártir titubeó, pero el señor Wilks
le dijo del modo más frío: "Oh, no se preocupe usted, no sea tímido;
usted deletreó la otra palabra con tanta propiedad, que apostaría a que usted
podría deletrear ésta; convengo a que la cosa es dificililla, pero no en tan
alto grado que no pueda usted hacerla sin ponerse colorado." El joven Job
replicó: "p, e, pe; rr, o, rro: perro."—"Perfectamente. Veo
que sabe usted deletrear. Ahora veamos qué tal está usted en aritmética:
¿cuántas son dos veces dos?" No sé como el señor Wilks no recibió
dos veces dos mojicones, pero el sufrido joven le dio la respuesta debida, y
quedó concluido el acto.
El
señor Matthew Wilks dijo en la junta del Comité: Yo recomiendo cordialmente a
ese joven. He examinado debidamente sus certificados y su carácter, y además
lo he sujetado a una prueba personal de tal naturaleza que pocos la habrían
podido soportar. Probé su abnegación, haciéndole levantarse muy temprano en
la mañana; probé su carácter, y probé su humildad. El puede deletrear gato y
perro, y sabe decir que dos veces dos son cuatro, de lo cual deduzco que será
un excelente misionero." Ahora, lo que el anciano caballero se dice que
hizo con tan pésimo gusto, podemos nosotros hacerlo con mucha propiedad con
nosotros mismos. Debemos probar si podemos soportar el ser mirados con desdén,
el cansancio, la denigración, el escarnio, los trabajos molestos; y si podemos
consentir en ser hechos la basura de cuanto hay, y en ser tratados como
estropajo, todo por el amor de Jesucristo. Si podemos sufrir todo esto, tenemos
algunos de los puntos que indican la posesión de las raras cualidades que
deben hallarse en un verdadero siervo de nuestro Señor.
Tengo dudas serias acerca de si algunos de nosotros, cuando tengamos nuestros buques caminando lejos de la playa, podamos hallarlos tan dignos del mar como los hemos juzgado. Oh, hermanos míos, construidlo de la manera más sólida mientras estáis en este retiro y trabajad diligentemente en haceros idóneos para vuestra alta vocación. Os veréis sujetos a bastantes pruebas, y ¡ay de vosotros si no andáis cubiertos de pies a cabeza, con una armadura que pueda resistirlas! Tendréis que correr con la caballería, para que la infantería no os canse mientras estáis en vuestros estudios preliminares. El diablo se halla afuera, y le acompañan muchos. Probaos a vosotros mismos, y ojalá que el Señor os prepare para el crisol y el horno que seguramente os esperan. Vuestra tribulación no puede en todos respectos ser tan severa como la de Pablo y sus compañeros, pero debéis estar dispuestos a una ordalía semejante. Permitidme que os lea sus palabras memorables, y que os ruegue le pidáis a Dios, mientras las escucháis, que su Santo Espíritu os dé fuerza para cumplir con todo lo que aquí se os presenta: "No dando a nadie ningún escándalo, porque el ministerio nuestro no sea vituperado: antes habiéndonos en todas cosas como ministros de Dios, en mucha paciencia, en tribulaciones, en necesidades, en angustias, en azotes, en cárceles, en alborotos, en trabajos, en vigilias, en ayunos, en castidad, en ciencia, en longanimidad, en bondad, en Espíritu Santo, en amor no fingido, en palabra de verdad, en potencia de Dios, en armas de justicia a diestro y a siniestro, por honra y por deshonra, por infamia y por buena fama; como engañados, mas hombres de verdad; como ignorados, mas conocidos; como muriendo, mas he aquí vivimos; como castigados, mas no muertos; como doloridos, mas siempre gozosos; como pobres, enriqueciendo a muchos; como no teniendo nada, mas poseyéndolo todo."
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