DISCURSOS A MIS ESTUDIANTES
Por:
Charles Spurgeon
DISCURSO 3
La Oración Privada del Predicador
El
predicador se distingue por supuesto sobre todos los demás como hombre de
oración. Ora como un cristiano común, de lo contrario sería un hipócrita.
Ora más que los cristianos comunes, de lo contrario estarían incapacitados
para el desempeño de la tarea que ha emprendido. "Sería enteramente
monstruoso," dice Bernard, "que un hombre fuese superior en cargo, e
inferior en alma; el primero en posición y el último en su manera de vivir."
Sobre todas sus otras concernencias, la preeminencia de la responsabilidad del
pastor derrama la luz de un halo, y si es sincero para con su Señor, se hace
distinguir por su espíritu de oración en todas ellas. Como ciudadano, tiene en
él su país la ventaja de su intercesión; como vecino, todos aquellos a
quienes su sombra cobija son recordados en sus oraciones. Ora como marido y
como padre; se esfuerza en hacer de las devociones de su familia, un modelo que
presentar a su rebaño; y si el fuego propio del altar de Dios, tiene que bajar
de allí para arder en alguna otra parte, se halla bien atendido en la casa del
siervo escogido del Señor, porque él cuida de que tanto el sacrificio matutino
como el vespertino, santifiquen su morada. Pero hay entre sus oraciones, algunas
relacionadas con su cargo, y de éstas nos lleva a hablaros con especialidad,
el plan que nos hemos propuesto seguir en las
presentes pláticas. Ofrece oraciones particulares como
ministro y además aproxima a Dios en este respecto, todo lo referente a sus
otras concernencias.
Doy
por sentado que como ministro siempre está orando. Cada vez que su ánimo
vuelva al trabajo que le incumbe, ya sea que esté en él o fuera de él, eleva
una petición, enviando sus santos deseos, como saetas bien dirigidas a los
cielos. No está siempre en el acto de la oración, pero sí vive en el espíritu
de ella. Si su corazón está en el trabajo que le incumbe, no puede el pastor
comer o beber, tener asueto, acostarse o levantarse por la mañana, sin sentir
constantemente un fervor de deseo, un peso de ansiedad, y una simplicidad de
su dependencia de Dios; y de esta manera, en una forma u otra continúa su oración.
Si tiene que haber algún hombre bajo el cielo, obligado a cumplir con el
precepto de "Orad sin cesar," lo es sin duda el ministro cristiano.
Este tiene tentaciones especiales, pruebas particulares, dificultades singulares
y deberes notables; tiene que mantener con Dios relaciones reverentes, y que
estar ligado a los hombres por medio de misteriosos intereses; necesita de
consiguiente, mucha más gracia que los hombres comunes, y como él lo sabe así,
se ve obligado a clamar incesantemente pidiéndole fuerza al Fuerte, y a decir-
"Levantaré mis ojos a los montes, de donde viene mi socorro."
Aleine
escribió una vez a un amigo querido: "Aun cuando me hallo inclinado a
dejar mi puesto, rompiendo violentamente las cerraduras que me mantienen en él,
me parece, sin embargo, que estoy como un pájaro fuera de su nido, y no me
siento tranquilo sino hasta verme en mi antiguo camino de comunión con Dios,
pasándome lo que a la aguja de la brújula que no se pone en reposo sino hasta
que se halla vuelta al polo septentrional. Puedo decir, por la gracia divina,
con la iglesia: Con mi alma te he deseado por la noche, y con mi espíritu te he
buscado temprano dentro de mí. Mi corazón está temprano y tarde con Dios; es
la ocupación y el deleite de mi vida buscarle." Tal debe ser, oh hombres
de Dios, el constante tenor de vuestro proceder. Si como ministros no sois muy
dados a la oración, merecéis que mucho se os compadezca. Si en lo futuro, sois
llamados a ocupar pasturados, grandes o pequeños, si os mostráis remisos en la
oración secreta, no sólo vosotros necesitaréis que se os compadezca, sino
vuestras respectivas congregaciones también; y en adición a eso, seréis
vituperados, llegando el día en que os veáis avergonzados y confundidos.
Apenas
me parece necesario encareceros los gratos usos de la devoción privada, y sin
embargo, no puedo abstenerme de hacerlo. Para vosotros, como embajadores de Dios,
el propiciatorio tiene una virtud inestimable; mientras más familiarizados estéis
con el atrio del cielo, desempeñaréis mejor vuestra misión celestial. Entre
todas las influencias formativas que tienden a hacer a un hombre favorecido de
Dios en el ministerio, no conozco ninguna más eficaz que su familiaridad con el
propiciatorio. Todo lo que el curso de estudios en un colegio puede hacer por
un estudiante, es cosa vasta y externa en comparación con el refinamiento
espiritual y delicado obtenido mediante la comunión con Dios. Mientras el
ministro en cierne está dando vueltas a la rueda de la preparación, la oración
es el instrumento del gran alfarero, por medio del cual amolda la vasija.
Todas nuestras bibliotecas y estudios son meras vaciedades en comparación con
nuestros gabinetes de retiro. En estos crecemos, nos hacemos fuertes,
prevalecemos en la oración privada.
Las
oraciones que hagáis serán vuestros auxiliares
más
eficaces mientras vuestros discursos estén sobre el yunque todavía. Mientras
otros hombres como Esaú anden en busca de su porción, vosotros con el auxilio
de la oración hallaréis cerca de vuestra casa la carne delicada, y podréis
decir de razón lo que Jacob dijo sin ella, "el Señor me la trajo."
Si podéis mojar vuestras plumas en vuestro corazón, recurriendo a Dios con
toda sinceridad, escribiréis bien; y si arrodillados en la puerta del cielo
podéis reunir vuestros materiales, no dejaréis de hablar bien. La oración
como ejercicio mental, traerá muchos asuntos al entendimiento, y así ayudará
a la elección de un punto, a la vez que como práctica espiritual purificará
vuestra vista interior para que podáis ver la verdad a la luz de Dios. Los
textos rehusarán a menudo revelar sus tesoros hasta que los abráis con la
llave de la oración. ¡Cuan admirablemente fueron abiertos los libros a Daniel,
cuando estaba en oración! ¡Cuánto aprendió Pedro sobre el techo de una casa!
El gabinete de retiro es el mejor estudio. Los comentadores son buenos
instructores, pero el Autor mismo lo es mucho mejor, y la oración hace una
directa apelación a él y lo alista en nuestra causa. Es una gran cosa que uno
ore en el espíritu y sustancia de un texto, trabajando dentro de él para
convertirlo en alimento sagrado, a semejanza del gusano que se abre camino
por entre la almendra de una nuez. La oración suministra una palanca para
levantar verdades pesadas.
Se
asombra uno al pensar cómo pudieron haberse colocado en sus sitios las piedras
de Stonehenge, pero más asombro causa el inquirir de dónde han obtenido
algunos hombres un conocimiento tan admirable de doctrinas misteriosas: ¿no fue
la oración la poderosa máquina que obró tal maravilla? Sirviendo uno a Dios
se le tornan a menudo las tinieblas en luz. Una investigación perseverante de
los oráculos
sagrados, levanta el velo y da gracia para mirar el interior de las cosas de
Dios. Cierto teólogo puritano, en un debate, se observó que escribía con
frecuencia en un papel que tenía delante, por lo cual hubo algunos curiosos que
procuraron leer sus anotaciones, no encontrando en el papel más que las
palabras "Más luz, Señor;" "Más luz, Señor," repetidas
muchas veces: he ahí una oración muy a propósito para el estudiante de la
palabra cuando está preparando su discurso.
Vosotros
hallaréis frecuentemente corrientes frescas de pensamientos, surgiendo del
pasaje que tengáis a la vista, como si la roca hubiese sido golpeada por la
vara de Moisés; nuevas vetas de rico metal se presentarán a vuestras atónitas
miradas, si trabajáis como canteros en la Palabra de Dios, usando
diligentemente el martillo de la oración. Algunas veces sentiréis como si
estuvierais enteramente encerrados, más cuando menos lo penséis se os abrirá
un camino nuevo. El que tiene la llave de David abre, y nadie cierra.
Si
alguna vez habéis navegado en el Rin siguiendo su corriente, la escena que
presentan las aguas de ese majestuoso río, os habrá hecho la impresión de que
en su efecto tiene mucha semejanza con la que presentarían una sucesión de
lagos. Tanto por el lado de la popa, como por el de la proa del barco, aparece
éste rodeado de macizos muros de roca, o de terrados circulares cubiertos de viñedos,
hasta que de improviso dais vuelta a un ángulo, y veis el alegre y caudaloso río
continuar su curso con la fuerza que le es propia. Del mismo modo el estudiante
empeñoso va a dar con un texto; éste se le presenta sin ninguna salida, pero
la oración impele su barco dirigiendo su proa por aguas dulces, y entonces
contempla el río ancho y profundo de la verdad sagrada corriendo en su plenitud,
y llevándolo con
él. ¿No es ésta una razón convincente, para no dejar nunca la oración? Usad
la oración como un taladro, y fuentes de agua viva saltarán de las entrañas
de la Palabra. ¡Quién podrá conformarse con morirse de sed, pudiendo tener
aguas vivas con tanta facilidad!
Los
hombres mejores y más santos han hecho siempre de la oración la parte más
importante de su preparación para el pulpito. De McCheyne se dice lo siguiente:
"Ansioso de dar a un pueblo el día del Señor, lo que algo le hubiera
costado, nunca sin una razón urgente, se presentaba ante él, sin haber meditado
y orado mucho con anterioridad. Su principio a este respecto, estaba encarnado
en una observación que nos hizo a algunos de nosotros que platicábamos acerca
de tal asunto. Preguntándole lo que opinaba con respecto a una preparación
diligente para el pulpito, nos hizo recordar a Ex. 27:20: "aceite molido;
aceite molido para las lámparas del Santuario." Y además de esto, su espíritu
de oración era mayor todavía. A la verdad, no podía descuidar su asociación
con Dios antes de entrar en la congregación. Necesitaba estar bañado en el
amor de Dios. Su ministerio era de tal manera el resultado de las ideas que
habían santificado primero su propia alma, que la salud adquirida por ésta le
era absolutamente necesaria para el vigor y eficacia de sus ministraciones.
"Para él el principio de todo trabajo consistía invariablemente en la
preparación de su propia alma. Las paredes de su aposento eran testigos de sus
oraciones constantes y de sus lágrimas, asi como de sus lamentos."
(Memoir
and Remains del Rev. Robert Murray M'Cheyne, pág. 61. Esta
es una de las obras mejores y más provechosas que se hayan publicado jamás.
Todos los ministros deberían leerla a menudo).
La
oración os auxiliará de un modo singular en la predicación de vuestro sermón;
nada, en efecto, puede poneros tan gloriosamente en aptitud de predicar, como
el que acabéis de bajar del monte de comunión con Dios, para hablar con los
hombres. Nadie es tan a propósito para exhortar a los hombres, como el que ha
estado luchando con Dios en favor de ellos. De Alleine se dice: "Derramaba
su corazón en ruegos y predicación. Sus súplicas y exhortaciones eran tan
amorosas, tan llenas de santo celo, de vida y de vigor, que vencían enteramente
a sus oyentes, por quienes se enternecía, en términos que deshelaba y
ablandaba, y a veces derretía los más duros corazones. No podría haber nada
de este derretimiento sagrado, si su espíritu no hubiese estado previamente
expuesto a los rayos tropicales del Sol de la Justicia, por medio de una
asociación privada con el Señor levantado de entre el mundo. Una predicación
verdaderamente patética en que no hay afectación sino mucha afección, puede
ser sólo el resultado de la oración. No hay retórica como la del corazón,
ni escuela para aprenderla fuera del pie de la cruz. Sería mejor que nunca
aprendieseis una regla de oratoria humana, sino que estuvierais llenos del poder
que dimana de un amor nacido del cielo, que el que hubieseis dominado a
Quintiliano, Cicerón y Aristóteles, permaneciendo desprovistos de la unción
apostólica.
La
oración no podrá haceros elocuentes según el modo humano, pero os hará
verdaderamente, porque hablaréis con el corazón; ¿y no es éste el significa
-'do de la palabra elocuencia? La oración hará descender fuego del cielo
sobre vuestros sacrificios, haciéndolo de ese modo aceptable al Señor. Así
como durante la preparación brotarán con frecuencia manantiales nuevos de
pensamientos, en respuesta a vuestra oración, así también pasará en la
predicación de vuestro sermón. Muchos de los predicadores sometidos al Espíritu
de Dios, os dirán que sus mejores y más vivos pensamientos, no son los que
fueron premeditados, sino los que expresaban las ideas que les venían volando
como en alas de los ángeles a tesoros inesperados traídos de improviso por
manos celestiales, semillas de las flores del paraíso, levantada por el aire de
los montes de mirra. Cuántas, cuántas veces al sentirme embarazado para
expresar mis pensamientos, o falto de éstos, los lamentos secretos de mi
corazón me han proporcionado alivio, y he disfrutado más libertad que la de
costumbre. ¡Mas cómo nos atreveremos a orar en la batalla, si no hemos clamado
nunca al Señor, al estarnos poniendo la armadura! El recuerdo de sus luchas en
la casa, alienta al predicador que se siente engrillado cuando ocupa el pulpito.
Dios no nos abandonará a menos que nosotros le hayamos abandonado. Vosotros,
hermanos, hallaréis que la oración os asegurará fuerza mientras viváis.
Así
como descendieron lenguas de fuego sobre los apóstoles, al estar ellos sentados
orando y vigilando, así también bajarán sobre vosotros. Os hallaréis, cuando
quizá tal vez hayáis flaqueado, levantados y sostenidos de improviso, como por
el poder de un serafín. Se pondrán ruedas de fuego a vuestro carro que había
comenzado a arrastrarse pesadamente, y corceles angélicos se uncirán en un
momento a vuestro carro de fuego, hasta que escaléis los cielos como Ellas, en
un rapto de ardiente inspiración.
Después
del sermón, ¿cómo daría un predicador concienzudo desahogo a sus
sentimientos, y hallaría solaz para su alma, si le estuviese negado el acceso
al propiciatorio? Elevados al más alto grado de excitación, ¿Cómo podremos
dar alivio a nuestras almas
si
no es por medio de peticiones continuas? Oprimidos por el temor de un fracaso,
¿cómo seremos alentados sino quejándonos de nuestras cuitas ante nuestro
Dios ¡Cuántas veces nos hemos agitado algunos de nosotros de aquí para allá
en nuestro lecho, por el conocimiento que tenemos de cuan pocos son los frutos
obtenidos por nosotros que pueden presentarse en nuestro testimonio! ¡Con cuánta
frecuencia nos hemos sentido ansiosos de volver corriendo al pulpito para
decir de nuevo con más vehemencia, lo que hemos expresado de una manera tan fría!
¡Dónde podemos hallar descanso para nuestro espíritu, sino en la confesión
de nuestros pecados, y en la súplica tierna que nuestra flaqueza o necedad, no
puedan de modo alguno alejar de nosotros el Espíritu de Dios!
No
es posible en una reunión pública derramar el amor de nuestro corazón en
nuestro rebaño. Como José, buscará el ministro amoroso donde llorar; sus
emociones, por mucha que sea la libertad con que se exprese, tendrán que ser
refrenadas en el pulpito, y sólo en la oración privada podrá quitarles la
presa que las detiene, y dejarlas correr en libertad. Si no podemos prevalecer
con los hombres por Dios, podremos al menos esforzarnos en prevalecer con Dios
por los hombres. No podemos salvarlos, ni aun persuadirlo de que sean salvos,
pero podemos al menos deplorar su necedad, y pedir en nuestras súplicas la
mediación del Señor. Como Jeremías, podemos hacernos esta resolución:
"Si vosotros no queréis oírlo, mi alma llorará en secretos lugares por
vuestro orgullo, y mis ojos llorarán doloridos derramando lágrimas." A
unas apelaciones tan patéticas, el corazón del Señor no puede ser
indiferente; en su debido tiempo, el intercesor que llora se tornará en
placentero ganador de almas.
Hay
una distinta conexión entre las súplicas tiernas e incesantes y el verdadero
éxito, como la hay entre el parto y el nacimiento, entre la siembra que se
hace con lágrimas y la cosecha que se levanta con alegría. "¿De qué
depende que tu semilla nazca tan pronto?" preguntó un jardinero a otro.
"De que la empapo," fue la contestación. Debemos empapar todas
nuestras enseñanzas en lágrimas, "cuando nadie más que Dios se halla
cerca," y su crecimiento nos sorprenderá y deleitará. A nadie causará
admiración el buen éxito alcanzado por Brainerd, cuando sepa que en su libro
de notas se hallan algunas al tenor de ésta:
"Día
del Señor, abril 25. —Esta mañana empleé cerca de dos horas en sagrados
deberes, y me vi en aptitud más que de ordinario de rogar hasta desfallecer
por las almas inmortales; aunque era en la mañana temprano, y apenas se
dejaba ver la luz del sol, tenía con todo, el cuerpo enteramente bañado en
sudor." El secreto del poder de Lutero reconocía el mismo origen. Hablando
de él se expresa así Teodoro: "Le escuché cuando estaba en oración;
pero ¡Dios mío! con qué animación y espíritu lo hacía! Oraba con tanta
reverencia como si le estuviera hablando a Dios; y con tanta confianza, como
si estuviera hablando con su amigo." Hermanos míos, permitidme que os
ruegue que seáis hombres de oración. Quizá no tengáis jamás grandes
talentos, pero lo haréis bastante bien aun sin ellos, si abundáis en intercesión.
Si
no oráis pidiendo por lo que habéis sembrado, es posible que la soberanía de
Dios determine otorgar una bendición, pero no tenéis derecho a esperarlo así,
y aun cuando eso sea, no os traerá tal gracia consuelo a vuestro corazón. Ayer
estaba yo leyendo un libro del padre Taber, del Oratorio de Brompton, mezcla
maravillosa de error y de verdad. En él refiere una leyenda sobre este mismo
asunto. Dice que cierto predicador cuyos sermones convertían a los hombres
por docenas, recibió una
revelación del Cielo, de que ninguna de esas conversiones era debida a sus
talentos o elocuencia, sino todas a las oraciones de un hermano lego iliterato
que se sentaba en los escalones del pulpito a rogar sin descanso por el buen éxito
del sermón. Lo mismo puede pasarnos a nosotros en el día en que todo se revele.
Tal vez descubramos después de haber trabajado larga y afanosamente en la
predicación, que toda la honra corresponde a otro constructor cuyas
oraciones eran oro, plata y piedras preciosas, mientras nuestros sermones, al
no ir acompañados de la oración, no pasaban de ser paja y rastrojo.
Cuando
hayamos concluido de predicar, si somos verdaderos ministros de Dios, no
concluiremos de orar, porque la Iglesia entera, con multitud de lenguas, estará
clamando en oración, en el lenguaje del macedonio: "Ven a prestarnos
auxilio." Si estáis en aptitud de prevalecer en la oración, tendréis muchas
súplicas que presentar en nombre de otros que en tropel se os dirigirán pidiéndoos
los tengáis presentes en vuestras intercesiones, y de ese modo os hallaréis
comisionados con mensajes para el propiciatorio, por amigos y oyentes en
general. Tal es siempre la suerte que me cabe, y me siento gozoso al tener que
presentar semejantes súplicas a mi Señor. Nunca os mostréis parcos en asuntos
para la oración aun cuando no os los sugiriera nadie.
Pasad
revista a vuestra congregación. Siempre hay ovejas enfermas en el rebaño, y
muchas más que lo están en lo moral. Algunas no están salvas, otras están
buscando y aún no pueden hallar. Muchas se sienten desesperanzadas, y no
pocas creyentes están expuestas a resbalar o se hallan en aflicción. Hay lágrimas
de viudas y suspiros de huérfanos que echar en nuestra redoma para irla luego
a vaciar ante el trono del Señor. Si sois ministros verdaderos de Dios, estaréis
como los sacerdotes ante Jehová, llevando puestos espiritualmente el efod y el
pectoral con los nombres inscritos de los hijos de Israel, rogando por ellos
dentro del velo. He conocido a hermanos que han acostumbrado llevar una lista de
las personas por quienes se sentían movidos a orar de una manera especial, y no
pongo en duda que semejante registro les haya traído a la memoria con
frecuencia, lo que de otro modo habrían quizás olvidado. Ni debéis
concretaros tan sólo a vuestra gente: la nación y el mundo reclaman también
su parte. El hombre perseverante en la oración, será un muro de fuego alrededor
de su país, su ángel guardián y su escudo.
Todos
nosotros hemos oído decir cómo los enemigos de la causa protestante temían a
las oraciones de Knox, más que a ejércitos de diez mil hombres. El famoso
galés era también un gran intercesor por su país. Acostumbraba decir que se
admiraba de que un cristiano pudiese permanecer acostado toda la noche en su
lecho, sin levantarse a orar. Cuando su esposa temiendo que se resfriara le
siguió al cuarto donde él se había retirado, oyó que decía en frases
entrecortadas: "¿Señor, no me concederás a Escocia?" ¡Ojalá que
nosotros pudiéramos ser vistos a media noche luchando de esa manera y
exclamando: "¿Señor, no nos concederás las almas de nuestros oyentes?"
El
ministro que no ora fervientemente por su obra, es preciso que sea un hombre
vano y presuntuoso. Se porta como si se juzgase suficiente por sí mismo, y
sin necesidad por lo tanto, de recurrir a Dios. ¡Y qué orgullo tan infundado
se muestra al concebir que nuestra predicación puede ser por sí misma alguna
vez tan poderosa que haga volver a los hombres de sus pecados, y traerlos a Dios
sin la operación del Espíritu Santo! Si verdaderamente somos humildes de corazón,
no nos aventuraremos a presentarnos en la pelea, sino hasta que el Señor de los
ejércitos nos haya revestido de todo poder, y dichones: "Anda en esta tu
fuerza."
El
predicador que descuida la práctica de orar mucho, es menester que sea muy
negligente en cuanto a su ministerio. No puede haber comprendido bien su
llamamiento, computado el valor de una alma, o estimado lo que significa la voz
eternidad. Es preciso que sea un mero empleado, tentado a ocupar un pulpito
porque el pedazo de pan que pertenece al cargo del ministro le es muy
necesario, o un hipócrita detestable que aspira a las alabanzas de los hombres
y no se cuida de merecer las alabanzas de Dios. El que así procede llegará a
ser con seguridad un orador puramente superficial, bien aceptado donde la
gracia sea lo que menos se valorice, y una vana ostentación lo que más se
admire. No puede ser de aquellos que aran bien la tierra para obtener una
abundante cosecha. Es un mero holgazán, no un trabajador. Como predicador
tiene un nombre para vivir, pero está muerto. Da traspiés en su vida como el
hombre cojo de quien se habla en los proverbios, cuyas piernas no eran iguales,
porque su oración es más corta que su predicación.
Mucho
me temo que, en mayor o menor grado, una gran parte de nosotros necesitemos
examinarnos interiormente en cuanto a este asunto. Si alguno de los que están
aquí se aventurase a decir que ora tanto como debe, en su calidad de estudiante,
pondría yo en grande duda su dicho; y si hay presente un ministro, diácono o
anciano, que pueda asegurar que en su creencia está ocupado con Dios en la oración
tanto cuanto debe estarlo, me agradaría conocerle. Yo por mi parte sé decir
que si se juzga con derecho a esta excelencia, me deja muy atrás, porque
yo
no tengo esta pretensión: ojalá y pudiera. Hago esta confesión con no poca
vergüenza y confusión, pero me veo obligado a hacerla. Si no somos más negligentes
que otros, eso no puede servirnos de consuelo: los cortos alcances de los demás
no son para nosotros una excusa. ¡Cuan pocos de nosotros podemos compararnos
con el Sr. Joseph Alleine cuyo carácter antes he pintado! "Cuando él
disfrutaba de salud," escribe su esposa, "se levantaba constantemente
a las cuatro de la mañana o antes, y se sentía muy apenado cuando oía a los
herreros o a otros artesanos en sus respectivos talleres, antes de que él
estuviese en comunión con Dios, diciéndome con frecuencia: 'Cómo me avergüenza
ese ruido. ¿No merece mi amo más que el amo de ellos? Desde las cuatro
hasta los ocho pasaba el tiempo en oración, en santa contemplación y en cánticos
de Salmos, cosas en que se deleitaba sobremanera y practicaba diariamente
solo, tanto como en familia. A veces suspendía la rutina de sus tareas
parroquiales, y dedicaba días enteros a estos ejercicios secretos, para lo
cual procuraba hallarse solo en una casa vacía, o en algún lugar escondido de
los valles. Allí se entregaba a la oración, y a la meditación en Dios y el
cielo."
¿Podríamos
leer sin ruborizarnos la descripción que Jonathan Edwards hace de David
Brainerd? "Su vida," dice Edwards: "muestra el camino que debe
seguirse para tener buen éxito en los trabajos ministeriales. El lo buscaba
como el soldado resuelto busca la victoria en un sitio o una batalla; o como
un hombre que toma parte en una carrera aspirando al premio principal. Animado
por el amor a Cristo, y a las almas, con qué fervor trabajaba siempre, no sólo
en
sus palabras y doctrinas, pública y privadamente, sino en sus oraciones día
y noche 'luchando con Dios' en secreto, con inexplicable afán, y con indecibles
gemidos y agonías, hasta ver a Cristo formado en los corazones del pueblo al
cual había sido enviado! ¡Cuan sediento estaba de una bendición para su
ministerio, y cómo velaba por las almas, como el que tiene que dar cuenta de
ellas algún día! ¡Cómo iba adelante en la fuerza del Señor Dios, buscando y
descansando en la influencia especial del Espíritu, para que le auxiliase y le
hiciese prosperar! ¡Y cuál fue el fruto feliz, al fin, después de una larga
espera, y de muchas apariencias oscuras y desalentadoras: como un verdadero hijo
de Jacob, persevera luchando por todas las tinieblas de la noche, hasta ver
aparecer la luz del día!"
No
puede menos que avergonzarnos el diario de Martyn, en donde hallamos consignadas
súplicas como las que siguen: "Septiembre 24. —La determinación que
tenía yo al irme a acostar anoche, de dedicar este día a la oración y al
ayuno, pude por fortuna ponerla en práctica. En mi primera oración porque se
nos librara de pensamientos mundanales, contando con el poder y las promesas
de Dios para fijar mi alma mientras yo oraba, me vi auxiliado para abstenerme
casi enteramente del mundo, por cerca de una hora. En seguida leí la historia
de Abraham para ver cuan familiarmente se había revelado Dios a los mortales
en la antigüedad. Después orando por mi propia santificación, mi alma
respiró libre y ardientemente en la atmósfera de la Santidad de Dios, y ésta
fue para mí la mejor hora del día."
Quizá
nos sintamos unidos más cordialmente con él, al oír sus lamentos después del
primer año de su ministerio en que "él juzgaba que había dedicado
demasiado tiempo a las ministraciones públicas, y muy poco a la comunión
privada con Dios."
Apenas
podremos hacernos cargo de cuántas son las bendiciones que hemos perdido por
habernos mostrado remisos en la oración, y ninguno de nosotros podría
calcular cuan pobres somos en comparación de lo rico en gracia que podríamos
haber sido si hubiésemos vivido habitualmente más cerca de Dios por medio de
la oración. De ninguna utilidad nos serán el vano arrepentimiento, y
aprensiones falsas que tengamos, pero sí nos servirá de gran provecho una
sincera determinación de indemnizarnos de lo que hemos perdido, en lo futuro.
No sólo debemos orar más, sino estamos estrictamente obligados a ello. Es un
hecho innegable que el secreto de todo buen éxito ministerial, estriba en
nuestra constancia en acercarnos al trono de la Misericordia.
La
gloriosa bendición que la oración privada atrae sobre el ministerio, es algo
indescriptible e inimitable que mejor se entiende que se explica; es un rocío
que viene del Señor, una presencia divina que reconoceréis en el acto cuando
os digo que es '•una unción del Santísimo." ¿Y esto qué es? No sé cuánto
tiempo tendríamos que devanarnos los sesos antes de expresar por medio de
palabras, con la conveniente claridad, lo que se significa con la frase de
predicar con unción; con todo; el que predica conoce la presencia de ella; y el
que oye advierte pronto su ausencia. Samaria, presa del hambre, tipifica un
discurso sin unción; Jerusalén con sus festines hechos de animales cebados
llenos de gordura, puede representar un sermón enriquecido con ella.
Todo
el
mundo sabe lo que es la frescura de la mañana cuando se ostentan multitud de
perlas orientales en cada una de las hojas de las yerbas; pero ¿quién puede
describirla, ni mucho menos hacer que se produzca por si misma? Semejante a este
es el misterio de la unción espiritual: nosotros lo conocemos, pero no
podemos decir a los demás lo que es. Es una cosa tan fácil como necia el
contrahacerla como acostumbran algunos empleando expresiones que llevan por
objeto mostrar un ferviente amor, pero que muy a menudo indican un
sentimentalismo enfermizo o mera jerigonza, tales son: "¡Querido Señor!
¡Dulce Jesús!" etc.-, vertidas por mayor, al grado de fastidiar.
Estas
familiaridades pueden haber sido no sólo tolerables, sino aun hermosas, al ser
vertidas por los labios de un santo de Dios que hablaba, por decirlo así,
como salido de la misma gloria; pero cuando se repiten petulantemente, son no sólo
intolerables, sino indecentes, si es que no profanas. Algunos se han esforzado
en simular unción, dando a su voz un tono afectado y quejumbroso, volteando en
blanco los ojos, y levantando las manos del modo más ridículo. Otros
hermanos hay que llaman la inspiración haciendo contorsiones y lanzando gritos,
pero no por eso les viene. A algunos hemos conocido también que interrumpen su
discurso y exclaman: "Dios os bendiga;" y a otros, por último, que
gesticulan grotescamente, y se clavan las uñas en las palmas de las manos
como si estuvieran sufriendo convulsiones de celestial ardor. ¡Bah! Todo eso no
pasa de ser pura ficción. Tratar de avivar el fervor en el auditorio por el
fingimiento de él de parte del predicador, es en éste un defecto repugnante
que debe ser evitado por todo hombre de bien. "Afectar sentimiento,"
dice Richard Cecil, "es cosa nauseabunda y que pronto se descubre; pero
poseerlo realmente es el camino más expedito para llegar al corazón de los demás."
La unción es una cosa que no se puede manufacturar, y sus falsificaciones no
sirven para nada; con todo, es en sí misma de un precio inestimable y de todo
punto necesario, si es que deseamos edificar a los creyentes y llevar los
pecadores a Jesús.
Al
que en secreto se pone en comunicación con Dios, se le hace poseedor de este
secreto: cae sobre él el rocío del Señor, y en su torno se esparce el perfume
que alegra el corazón. Si la unción que usamos no nos viene del Señor de los
ejércitos, somos impostores, y puesto que sólo por medio de la oración podemos
obtenerla, persistamos sin cesar en súplicas fervientes. Que vuestro vellón
permanezca en la era de la oración, hasta que sea mojado con el rocío de los
cielos. No vayáis a ministrar en el templo, hasta que os hayáis purificado en
el lavacro. No penséis en llevar un mensaje de gracia a los demás, antes de
haber visto al Dios de la gracia vosotros mismos, y de haber recibido la palabra
de sus labios.
El
tiempo empleado en quieta postración del alma ante el Señor, es lo que más
vigoriza. David "se sentaba ante el Señor;" es una gran cosa asirse
de estos sagrados asientos, por ser el entendimiento receptivo como una flor
abierta que absorbe los rayos del sol, o como la lámina sensitiva fotográfica
en que se retrata la imagen que se le pone enfrente. La quietud que algunos
hombres no pueden soportar porque revela su pobreza interior, es como un palacio
de cedro para los sabios, porque a lo largo de sus atrios santificados, el rey
en su hermosura se digna ir a pasear.
¡Silencio santo! tú eres con razón
Compuerta del más hondo corazón;
Dulce fuente de origen celestial,
Que si la boca al imponente, hielas,
el alma en cambio, deshielas del mortal.
—Flecknoe
Por
inestimable que sea el don de la expresión, puede decirse que el silencio bajo
algunos aspectos le es muy superior. ¿Me tenéis acaso por un cuáquero?
Hacedlo si queréis. Sigo en esta máxima a Jorge Fox con toda voluntad, porque
estoy persuadido de que la mayor parte de nosotros nos preocupamos mucho en
cuanto a los discursos, que no son después de todo, sino la corteza del
pensamiento. Una quieta contemplación, una adoración silenciosa, un
arrobamiento mudo, son cosas mías, cuando mis joyas más valiosas se ostentan
ante mí. Hermanos, no privéis a vuestro corazón de las más puras alegrías
que hay en el fondo del mal, por el prurito de hablar entre las conchas
quebradas y las agitadas ondas de la playa.
Con
toda seriedad quisiera recomendaros que cuando os halléis establecidos en el
ministerio, os consagréis de tiempo en tiempo exclusivamente a la devoción. Si
vuestras ordinarias oraciones no mantienen en buen estado la frescura y el
vigor de vuestras almas, y os sentís flaquear, separaos del bullicio por
una semana, o aun por un mes si posible fuere. Tenemos en ocasiones días de
asueto, ¿por qué más a menudo no hemos de tener días de santidad? Sabemos
que algunos de nuestros hermanos más ricos se proporcionan tiempo para emprender
un viaje a Jerusalén, ¿no podríamos nosotros economizar alguno para emprender
otro menos difícil y mucho más provechoso a la ciudad celestial?
Isaac
Ambrose que en un tiempo fue pastor en Preston, y que escribió el famoso libro
titulado "Mirando a Jesús," acostumbraba retirarse a la soledad un
mes al año, encerrándose en una choza en un bosque de Garstand. No hay que
admirarse de que haya sido un teólogo tan esclarecido, puesto que podía pasar
con regularidad tiempo tan largo en el monte en
comunión con
el Señor.
Veo
que los
católicos tienen la costumbre de disponer lo que ellos llaman "retiros
o ejercicios" a donde cierto número de sacerdotes se retiran por algún
tiempo con el fin de permanecer en perfecta quietud, no empleando todas sus
horas sino en la práctica de la abstinencia y de la oración, para inflamar de
ese modo sus almas de santo ardor. Podemos tomar esta lección de nuestros
adversarios. Sería magnífico que de vez en cuando se reuniesen algunos
hermanos verdaderamente espirituales a efecto de pasar uno o dos días en
oración fervorosa. Los pastores solos gozarían de mucha mayor libertad que
estando en una sociedad mixta. Los tiempos que a la humillación y a las súplicas
destina la Iglesia toda, nos aprovecharán también, si tomamos parte en ellas
de buena voluntad. Nuestras temporadas de ayuno y de oración en el Tabernáculo,
han sido días gloriosos en verdad: nunca han estado las puertas del cielo
abiertas más que entonces de par en par; jamás nuestros corazones han estado más
cerca que entonces, de la gloria central. Pienso en nuestro mes dedicado a una
devoción especial, como los marinos piensan en la tierra a donde se proponen
arribar. Aun cuando nuestros trabajos públicos los dejáramos a un lado a fin
de proporcionarnos tiempo suficiente para la oración especial, tendrían con
eso una gran ganancia nuestras iglesias. Nuestro silencio podría ser mejor que
nuestras voces, si nuestra soledad la empleásemos con Dios.
Es
de elogiarse lo que hizo
el viejo Jerónimo cuando dejó a un lado todos los compromisos de urgencia que
tenía para llevar a cabo un propósito que él consideraba como inspirado del
cielo. Tenía una numerosa congregación, tan numerosa como cualquiera de
nosotros la quisiera tener, pero les dijo a sus gentes: "Ahora es de necesidad
que sea traducido el Nuevo Testamento, y debéis buscar otro predicador: la
traducción es menester que se haga. Voy a irme al desierto y no volveré
hasta que mi tarea quede terminada." Se fue en seguida con sus manuscritos,
y oró y trabajó y produjo una obra—La Vulgata Latina—que durará tanto
como el mundo, y que es una admirable versión de la Santa Escritura. Como el
retiro consagrado al estudio y a la oración juntamente, pudo producir una obra
inmortal, si nosotros de igual modo dijéramos a nuestra gente al sentirnos
movidos para ello: "Queridos amigos, no podemos abstenernos de irnos por
una corta temporada, a refrescar nuestras almas en la soledad," el provecho
que saquemos pronto se echaría de ver, y si no escribíamos Vulgatas Latinas,
haríamos sin embargo una obra inmortal al grado que ni el mismo fuego la podría
consumir.
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