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DISCURSOS A MIS ESTUDIANTES

Por: Charles Spurgeon

 

DISCURSO 4

 Nuestra Oración Pública

 Se han jactado algunas veces los episcopales de que los fieles van a sus iglesias a orar y a adorar a Dios, mientras que los miembros de otras no se reúnen sino para escuchar sermones meramente. Nuestra contestación a esto es, que sí bien puede haber algu­nos profesores que sean culpables de esta falta, no sucede lo mismo con respecto al pueblo de Dios entre nosotros, pues éste se forma de las únicas personas que siempre tendrían verdadera devoción en cualquie­ra iglesia. Nuestras congregaciones se reúnen con el fin de adorar a Dios, y aseguramos, teniendo en qué fundarnos para hacerlo así, que hay tanto de verdad y de oraciones aceptables ofrecidas en nuestros cul­tos ordinarios No conformistas, como puede haber­las en los mejores y más pomposos de la Iglesia de Inglaterra.

 

Además, si dicha observación lleva por objeto im­plicar que el escuchar sermones no es adorar a Dios, se apoya en un grande error, porque oír el Evangelio es en verdad, una de las partes más interesantes de la adoración tributada al Altísimo. Es un ejercicio mental, cuando se practica de un modo debido, en que se ponen en juego para actos devocionales, todas las facultades del hombre espiritual. El acto de es­cuchar reverentemente la Palabra ejercita nuestra humildad, ilustra nuestra fe, nos llena de radiante alegría, nos inflama de amor, nos inspira ardien­te celo y nos levanta el alma a la mansión celestial. Muchas veces un sermón ha sido una especie de escala de Jacob en la que hemos visto a los ángeles de Dios subir y bajar, y en cuya cima se halla el mis­mo Dios que ha celebrado pacto con nosotros. Con frecuencia hemos sentido cuando Dios ha hablado por medio de sus siervos las siguientes palabras a nuestras almas: "Esto no es otra cosa que la casa de Dios y la misma puerta del cielo." Hemos magni­ficado el nombre del Señor y alabándolo con toda la efusión de nuestro corazón, mientras ha estado ha­blándonos por medio de su Espíritu que ha comuni­cado a los hombres.

 

De aquí es que no existe la grande distinción entre la predicación y la oración, que algunos quisieran que admitiéramos, porque la una parte del culto, va por su naturaleza a dar a la otra, y el sermón con frecuencia inspira la oración y el himno. La verdadera predicación es una acep­table adoración de Dios, por la manifestación que se hace de sus divinos atributos. El testimonio que se da a su Evangelio que prominentemente le glo­rifica, y la obediencia con que se escucha la verdad revelada, son una forma aceptable de adoración al Altísimo, y quizá una de las más espirituales que el entendimiento humano puede ejecutar. Con todo, como el antiguo poeta romano nos dice, es convenien­te que recibamos lecciones de nuestros enemigos, y por tanto, bien puede ser que nuestros opositores en liturgia nos hayan indicado lo que es, en algunos ca­sos, un lado débil en nuestros cultos públicos. Es de temerse que nuestros ejercicios piadosos no estén siempre modelado en la mejor forma, o presentados de la manera más recomendable. Hay casas de reu­nión en que las oraciones que se hacen no son ni tan devotas ni tan cordiales como es de desearse; en otras, se halla la cordialidad tan aliada con la ignorancia, y la devoción tan adulterada como un lenguaje altisonante, que ningún creyente dotado de buena inteligencia puede asistir al culto con placer. Orar en el Espíritu Santo no es cosa muy general entre nosotros, no que todos oren tanto con el entendimiento como con el corazón. Hay algo que puede mejorarse, y en ciertos lugares, hay ur­gente necesidad de que esto se haga. Permitidme de consiguiente, amados hermanos, que encarecida­mente os recomiende tengáis la precaución de no ha­cer que desmerezcan vuestros cultos con vuestras oraciones; haceos la firme resolución de que todo lo que se relacione con el santuario, sea de la me­jor calidad.

 

Estad seguros de que la oración libre y, espontá­nea es la más bíblica, y debe ser la forma más ex­celente de las suplicas publicas.

 

Sí perdéis la fe en lo que estáis haciendo, nunca lo haréis bien; fijad en vuestra mente, por lo mis­mo, que en presencia del Señor estáis tributándole adoración de un modo garantizado por su divina Pa­labra y aceptado por Él. La expresión "oraciones leídas" a que estamos tan acostumbrados, no se ha­llan en las Santas Escrituras, ricas como son en pala­bras para dar dirección a los pensamientos religio­sos; y tal frase no se halla en ellas, porque la cosa misma no existía. ¿En qué parte de los escritos de los apóstoles podemos encontrarnos con la idea des­nuda de una liturgia? La oración en las congregacio­nes de los primitivos cristianos, no estaba restringida a ninguna forma de palabras. Tertuliano escribe: "Oramos sin admonitor, porque oramos de corazón." ("Denique sine monitore, quia de pectore oramus." -Tertulliani Apologet. c. 30). Justinoo mártir descri­be al ministro que presidía los cultos, como orando "según su habilidad." (Justin Martyr, Apol. 1. c. 68, p. 270. Ed. Otto). Sería difícil descubrir cómo y cuán­do tuvieron principio las liturgias; su introducción fue gradual, y según creemos, coextensiva con la de­cadencia de la pureza en la Iglesia. La admisión de ellas por los No conformistas, marcaría clara la era de nuestra decadencia y caída. La naturaleza de este asunto me tienta a extenderme más sobre él, pero no es el punto de que vengo tratando, y por lo mismo lo dejo en tal estado, no sin advertiros que ha­llaréis el expresado asunto de las liturgias hábil­mente tratado por el Dr. John Owen, a quien haréis bien en consultar. (Discourse concerning Liturgies and their Imposition. Vol. V. Owen's works, Goolds edition).

 

Tengamos especial cuidado en probar la superio­ridad de la oración improvisada y espontánea, ha­ciéndola más espiritual y fervorosa que la devoción litúrgica.

 

Es una gran lástima que un oyente se vea obliga­do a hacer la observación de que su ministro predica mejor de lo que ora. Esto no es tomar por mode­lo a nuestro Salvador que hablaba como nadie habló e impresionó con sus oraciones de tal manera a sus discípulos, que éstos decían Señor, enséñanos a orar." Todas nuestras facultades deben concentrar su energía, y todo nuestro ser debe elevarse a un punto más alto de vigor, al hacer la oración públi­ca, y mientras el Espíritu Santo bautizará el alma y el espíritu con su sagrada influencia; pero una pala­brería desaliñada, incoherente y sin vida, pronun­ciada a guisa de oración, sólo para llenar cierto es­pacio de tiempo en el culto, es cosa cansada para el hombre y abominable para Dios.

 

Si la oración libre hubiera sido siempre de un modo más elevado, nun­ca se habría pensado en la liturgia, y las formas de oración que hoy se usan no tienen otra disculpa que la debilidad de la devoción espontánea y de las ora­ciones improvisadas. Y esto consiste en que no so­mos tan realmente devotos de corazón como debe­ríamos ser. Debemos tener una comunión habitual con Dios, so pena de que nuestras oraciones públicas sean insípidas o de rutina. Si no se derritiera el hie­lo en las cuevas que se hallan en las cimas de las montañas, no bajarían de ellas arroyuelos bulliciosos a dar alegría a los valles. La oración privada es el medio más a propósito de que debemos valernos pa­ra disponemos a la práctica de nuestros ejercicios más públicos: no debemos, pues, ser negligentes en ella, si no queremos exponernos a fracasar cuando tengamos que orar ante la gente.

 

Nuestras oraciones nunca deben arrastrarse por la tierra; deben sublimarse y ascender. Necesitamos darle forma a nuestra mente en un molde celestial.

 

Nuestras solicitaciones al trono de la gracia necesi­tan ser solemnes y humildes, no petulantes y es­truendosas, o formales y hechas con dejadez. La forma coloquial del discurso es impropia ante el Se­ñor; debemos inclinárnosle con la más reverente y humilde sumisión. Es cierto que podemos hablar francamente con Dios, pero no olvidemos que El está en el cielo y nosotros en la tierra, y evitemos de consiguiente toda presunción. Al orar nos ponemos de un modo especial ante el trono del infinito; y así como el cortesano en el palacio del rey pone otro semblante y observa otros modales distintos de los que acostumbra ante los demás cortesanos sus com­pañeros, así también es preciso que pase con nos­otros. Hemos notado en las iglesias de Holanda, que tan luego como el ministro comienza a predicar todo el mundo se pone su sombrero; pero en el momento que comienza a orar, todos en el acto se lo quitan.

 

Esta fue la costumbre observada en las antiguas congregaciones puritanas de Inglaterra, y que por mucho tiempo se practicó entre los Bautistas: tenían los concurrentes puestas sus cachuchas durante a­quellas partes del culto que en su concepto no en­volvían una adoración directa, pero se descubrían tan luego había un directo acercamiento a Dios ya fuese en cánticos o en oración. Me parece que esa práctica es impropia y errónea la razón que para ella se tenga. He insistido en demostrar que la diferencia entre la oración y un sermón no es grande y estoy cierto de que nadie intentaría volver a esa antigua costumbre o a dar cabida a la opinión que la hizo establecer; pero con todo, hay alguna, y como quiera que en la oración estamos hablando directamente con Dios, más bien que buscando la edificación de nuestros semejantes, debemos quitarnos el calzado porque el lugar en que estamos es un terreno santo.

 

Que únicamente el Señor sea el objeto de vues­tras oraciones. Cuidaos de dirigir de algún modo la vista a los oyentes; cuidaos de haceros retóricos para agradar a los que escuchan. La oración no debe trasformarse en un sermón oblicuo. Hay algo de blasfemo en hacer de la piedad un motivo de os­tentación. Las oraciones pulidas son por lo gene­ral malas oraciones. En la presencia del Señor de los Ejércitos, cuadra mal a un predicador hacer gala de las plumas y oropeles de un sermón chaba­cano, con la mira de ganarse los aplausos de sus se­mejantes. Los hipócritas que se atreven a conducirse de ese modo, tendrán a no dudarlo su recompensa; pero recompensa que por cierto, no debemos envidiar. Una grave sentencia de condenación recayó sobre un ministro cuando lisonjeándole se decía que su ora­ción era la más elocuente de cuantas se habían o­frecido en una congregación de Boston. No se nos quita que procuremos excitar los sentimientos y las aspiraciones de los que oyen nuestra oración; pero cada una de las palabras y pensamientos de ella, deben elevarse a Dios, y sólo de ese modo im­presionan al auditorio para llevar a los que lo for­man, Juntamente con sus necesidades, a la presen­cia del Señor. No echéis en olvido a la gente en vues­tras oraciones, pero al dar a éstos forma, no llevéis la innoble mira de conquistar aplausos (mirad al cie­lo, miradlo sin cesar).

 

Evitad toda clase de vulgaridades en la oración. Tengo que confesar que he oído algunas, pero de na­da serviría que las trajera a colación, tanto menos, cuanto que cada día se hace más raro escucharlas. Pocas veces en efecto, sucede ahora que nos encon­tremos en la oración con esas vulgaridades que eran en un tiempo tan comunes en los cultos de oración celebrados por los Metodistas; más comunes pro­bablemente según lo que de ellos se decía, que lo que eran en realidad. La gente poco ilustrada debe, cuan­do lo hace de corazón, orar del modo que pueda, y quizá su lenguaje a veces no suene bien a los me­lindrosos y aun a los devotos; pero es menester vér­seles con indulgencia, y si su espíritu es evidente­mente sincero, no podremos menos que sentirnos inclinados a perdonarles sus expresiones inconve­nientes. Recuerdo que una vez oí en un culto de ora­ción, a un buen hombre orar de esta manera: "Se­ñor, vela por estos jóvenes durante el tiempo de las fiestas, pues bien sabes, Señor, que sus enemigos los asechan, como los gatos asechan los ratones." Hubo personas que ridiculizaron esa expresión, pe­ro a mí me pareció natural y expresiva, consideran­do qué clase de persona era la que la usaba.

 

Una ligera y suave instrucción, y una o dos indicaciones, bastarán por regla general para evitar que se repita algo que pueda ser vituperable en tales casos; pero nosotros los que ocupamos el púlpito debemos cuidar mucho de vernos libres de toda culpa. El biógra­fo de aquel notable predicador americano metodista, Jacob Gruber, cita como un ejemplo de su viveza, que después de haber oído a un joven ministro cal­vinista atacar su credo de una manera violenta, se le pidió que concluyera con una oración, y entre otras peticiones, hizo al Señor la de que bendijera al joven que había estado predicando, y le concediera la gracia bastante para que "su corazón se hiciese tan blando como su cabeza." No diremos nada del mal gusto manifestado con esa animadversión pública hacia un ministro que se tiene por compañero; pero cualquier hombre sensato echará luego de ver que el trono del Altísimo no es el lugar a propósito para hacer ante él una crítica tan vulgar. Muy probable­mente merecía el joven orador un castigo por su falta de caridad; pero a la vez el de mayor edad, por su parte, pecó diez veces más por su falta de reverencia. Las palabras escogidas son para el Rey de reyes, y no las profanadas por una lengua im­prudente.

 

Otra falta que asimismo debe evitarse en la ora­ción es una profana y cansada superabundancia de expresiones patéticas.  Cuando los adjetivos "Queri­do Señor," y "Bendito Señor," y "Dulce Señor," se prodigan como vanas repeticiones, tienen que con­tarse entre las peores manchas. Confieso que no me repugnaría oír las palabras "Querido Jesús," siem­pre que vinieran de los labios de un Rutherford, de un Hanker o de un Herbert; pero cuando escucho pa­labras frívolas y familiares traídas a remolque por personas que de ninguna manera se distinguen por su espiritualidad, desearía de buena gana que los que tal hacen pudiesen de algún modo comprender mejor cuál es la verdadera relación que existe entre el hombre y Dios. La palabra "querido" en fuerza de tanto usarla se ha hecho tan común e insigni­ficante, y es en algunos casos un epíteto tan imper­tinente y afectado, usándolo mucho en, digámoslo así, nuestras oraciones, no es cosa que pueda edificar.

 

Puede también objetarse enérgicamente contra la constante repetición de la palabra "Señor," que ocurre en las primeras oraciones que pronuncian los jóvenes convertidos y aun en las de los estudiantes. Los adjetivos "¡Oh Señor! ¡Oh Señor! ¡Oh Señor!", nos cargan cuando los oímos tan constantemente repetidos. "No tomarás el nombre del Señor tu Dios en vano," es un gran mandamiento, y aunque la ley puede - ser trasgredida inadvertidamente, con toda su trasgresión es un pecado, y muy grave por cier­to. El nombre del Señor no es un cubre faltas de que debemos echar mano cuando nos faltan palabras. Cuidad, pues, de usar con la mayor reverencia el santo nombre del infinito Jehová. Los judíos en sus escritos sagrados, o dejaban un espacio para la pa­labra "Jehová," o escribían en lugar de ella la de "Adonai," por juzgar a aquel santo nombre dema­siado sagrado para el uso común; no necesitamos ser supersticiosos, pero bueno seria que fuéramos escru­pulosamente reverentes. Bien podemos pasárnosla sin una profusión de "¡ Ohs!" y otras interjecciones por el estilo, que los jóvenes oradores no tienen, a menudo, empacho en prodigar.

 

Evitad esa clase de oración a la que puede llamár­sele (aunque el asunto es tal que para su designa­ción no hallamos en el lenguaje vocablos adecua­dos), una especie de exigencia perentoria tenida pa­ra con Dios. Es muy hermoso el espectáculo que pre­senta un hombre que lucha con Dios diciéndole: "No te dejaré ir antes de que me bendigas;" pero eso debe decirse con la mayor mansedumbre, no con un espíritu de fanfarronería propio del que se cree con derecho merecido para exigir bendiciones al Señor de cuanto hay. No echéis en olvido que es un hom­bre el que lucha, por mas que eso le sea permitido, con el eterno “Yo soy” Jacob quedó con el muslo las­timado después del santo conflicto que tuvo aque­lla noche, para hacérsele ver así que Dios es terri­ble, y que la victoria que logró alcanzar no fue efec­to de una fuerza que existiese en él mismo. Se me ha enseñado a decir "Padre nuestro," pero es con todo, "Padre nuestro que estás en los cielos. Puede haber familiaridad, pero una santa familiaridad; intrepidez, pero esa intrepidez que nace de la gracia y es obra del Espíritu Santo; no la audacia del rebelde que yer­gue una frente impúdica en la presencia de su rey ofendido, sino la confianza de un niño que teme a su padre porque le ama, y le ama porque le teme. Nunca adoptéis, pues, un estilo de oración lleno de amor propio y de impudencia. Dios no debe ser asaltado como antagonista, sino suplicado como nuestro Señor y Dios. Seamos humildes de corazón y oremos así.

 

Orad cuando hagáis profesión de hacerlo, y no per­dáis el tiempo hablando sobre la oración.

 

Los hombres de negocios dicen: "Un lugar para cada cosa, y cada cosa en su propio lugar;" así, predicad en el sermón, y orad en la oración. Los preámbulos sobre nuestra necesidad de auxilio en la oración, no constituyen la oración. ¿Por qué no comienzan desde luego los hombres a orar? ¿Por qué tardan y titubean? En vez de decir lo que deben hacer y quieren hacer ¿por qué no empiezan en el nombre de Dios a hacerlo? Dirigíos a la intercesión enérgicamente, y poned vues­tro rostro hacia el Señor. Pedid la satisfacción de las necesidades grandes y constantes de la iglesia, y no dejéis de presentar con el fervor más devoto las exigencias especiales del tiempo en que estéis y del au­ditorio que tengáis. Haced mención de los enfermos, de los pobres, de los moribundos, de los paganos, de los judíos y de toda clase de hombres necesitados, tanto cuanto todos ellos os afecten el corazón.

 

Rogad por nuestro pueblo como compuesto de santos y de pecadores, y no como si todos fueran santos. Haced mención de los jóvenes y de los ancianos; de los serios y de los indiferentes; de los devotos y de los que están apostatando. Nunca os apartéis a diestra ni a siniestra, sino seguid el camino de oración ferviente. Sean verdaderas y prácticas vuestras confesiones del pecado y acciones de gracias; y sean ofrecidas vues­tras peticiones como si creyereis en Dios y no pusie­rais en duda la eficacia de la oración; digo esto, porque las oraciones de muchos son tan formales que los oyentes no pueden menos de concluir que en su concepto la oración es una práctica muy de­cente, pero que no va seguida de ningún resultado provechoso al hombre. Rogad como los que han tenido ocasión de probar a Dios y que por esto vie­nen con toda confianza a hacer otras peticiones; y os suplico que no dejéis de rogar a Dios en todo el curso de vuestras oraciones, no mezclando nunca con ellas pláticas o predicaciones, ni mucho menos, se­gún lo hacen algunos, reprensiones y murmuracio­nes.

 

Por regla general dirigid la oración principal vosotros mismos siempre que seáis llamados a predicar; y si fueseis estimados mucho en el ministerio, resul­tado que pido a Dios, procurad con toda cortesía, pe­ro con igual firmeza, resistir la práctica de solicitar a hombres que ofrezcan la oración, a fin de honrarlos dándoles algo que hacer. Nuestras devociones Bíblicas nunca se deben degradar aprovechando opor­tunidades, para hacer cumplidos. He oído llamarse algunas veces a la oración y al canto, "los servicios preliminares," como si fueran sólo prefacio del sermón; yo creo que esto es raro entre nosotros; si fuera común, sería un defecto muy grave. Yo procu­ro invariablemente dirigir todo el culto por mi propio bien, y creo que también que por conseguir el de la congregación. A mi modo de ver, no es verdad que cualquiera persona puede dirigir la oración. No, se­ñores, tengo la convicción solemne de que la oración es una de las partes del culto más importante, más provechosa y más honorable, y que se debe consi­derar aún más que el sermón. No debemos pedir a cualquiera que dirija la oración, y después elegir al hermano más capaz como predicador.

 

Puede suce­der que por debilidad corporal o en alguna ocasión especial, el ministro necesite el auxilio de un her­mano y le pida que ofrezca la oración; pero si el Se­ñor os ha hecho amar vuestro trabajo, no cumpliréis a menudo ni prontamente con esta parte de él en la persona de otro. Si a veces delegáis el servicio a otra persona, que sea una en cuya espiritualidad y aptitud actual tengáis la confianza más amplia; pe­ro designar repentinamente a un hermano des­prevenido a insistir que dirija las devociones, me parece vergonzoso. ¿Serviremos al cielo con un respeto menos que con el que nos ministramos a nos­otros mismos, siendo como somos tan poco dignos? Pedid al hombre más capaz que ore, y dejad que se pase ligeramente el sermón, antes que el acceso a Dios se menosprecie. Sirvamos a Jehová lo mejor que podamos: que se considere con mucho cuidado, y se presente con toda la fuerza de un corazón des­pierto y de un entendimiento espiritual, la oración que sea dirigida a la Majestad Divina.

 

 El que se ha preparado a predicar, comunicándose con Dios, or­dinariamente tiene la mayor aptitud para dirigir la oración y formar un programa que pone a otro her­mano en su lugar, trastorna los servicios, defrauda al predicador un ejercicio que le fortalecería para pre­sentar su sermón, y muchas veces puede sugerir com­paraciones entre las diferentes partes del culto, cosa que nunca se debe tolerar. Si hermanos despreve­nidos son enviados por mi al púlpito para que me sir­van con sus oraciones cuando yo tengo que predi­car, no puedo entender por qué no me sea permitido orar, y entonces retirarme y dejar a estos hermanos que prediquen. No puedo ver ninguna razón bastante para quitarme el ejercicio más santo, precioso y provechoso que mi Señor me ha concedido; si pue­do elegir, cederé el sermón antes que la oración. He dicho todo esto para inculcaros la persuasión de que debéis estimar de un modo especial la oración pública, y pedir al Señor los dones y las gracias nece­sarias para que podamos cumplir con este deber fiel­mente. Los que menosprecian toda clase de oraciones espontáneas, sin duda harán uso de lo que he dicho en contra de ellas; pero puedo asegurarles que las faltas referidas no son comunes entre nosotros, y a la verdad se han extinguido a la vez que el escán­dalo causado por ellas, que nunca fue ni aun en su peor forma, tan grande como el causado por el modo con que se hace muchas veces el servicio litúrgico.

 

Con demasiada frecuencia el culto de la iglesia se pre­cipita de un modo tan indevoto, como si fuera la can­ción de un cantor de jácaras. Se repiten las palabras sin la más mínima apreciación de su significado, de suerte que sucede no raras veces sino frecuentemen­te en los templos episcopales, que podéis ver los ojos de la congregación y de los coristas, y aun los del ministro mismo, vagar en todas direcciones, mien­tras que según el tono mismo de la lectura, es evi­dente que no hay sentimiento alguno de simpatía con lo que se ha leído. Es simplemente justo admi­tir y lo hago con mucho gusto, que en estos últimos años esta falta ha disminuido más y más. He asisti­do a los cultos fúnebres cuando el oficio de difuntos de la Iglesia de Inglaterra se ha hecho a la ligera y de una manera tan indecorosa, que me fue ne­cesaria toda la gracia que poseía para reprimirme y no tirar un banquillo a la cabeza del que funcionaba; me sentí tan molesto que no supe qué hacer, al oír, en presencia de los dolientes cuyos corazones esta­ban derramando sangre, a un hombre que repetía el oficio como si recibiera una cantidad por cada culto, y por lo tanto quisiera acabar éste lo más pron­to posible para comenzar otro. No puedo figurarme qué efecto esperaba producir, o qué resultado efec­tuar, por palabras forzadas y proferidas  con ven­ganza y vehemencia. Es triste a la verdad pensar en el modo con que se mata y se hace abominación ese oficio de difuntos tan admirable, por el modo con que se lee frecuentemente. Hago mención de esto, sólo para indicar que si los episcopales critican con demasiada severidad nuestras oraciones espontáneas podemos hacerles callar presentando esta recrimina­ción formidable. Pero sin duda alguna seria mucho mejor enmendar nuestras costumbres que criticar las de otros.

 

Para que una oración pública sea lo que debe ser, es preciso que dimane del corazón. Un hombre debe ser realmente sincero en sus súplicas. La oración debe ser verdadera, y si lo es, cubrirá como la cari­dad, una muchedumbre de pecados. Podéis perdonar las familiaridades de un hombre y también sus vul­garidades, si veis claramente que de lo más íntimo de su corazón está hablando a su Creador, y que sus faltas son debidas sólo a los defectos de su educa­ción y no a vicios morales o espirituales de su corazón. El que ora públicamente debe ser ardiente, por­que no puede haber peor preparación para un ser­món, que una oración soporífera. ¿Qué cosa puede fastidiar a los hombres de la casa de Dios, más que una oración inerte? Poned toda vuestra alma en tal ejercicio. Si toda vuestra energía puede interesarse en una cosa, que lo sea en acercarse a Dios pública­mente. Rogad de tal manera que podáis, por un atrac­tivo divino llevar a toda la congregación con vosotros hasta el trono de Dios. Orad de tal modo que por el poder del Espíritu Santo, descansando sobre vosotros expreséis los deseos y los pensamientos de todo el auditorio, y os constituyáis en una voz ardiente de fervor delante del trono de Dios, intercediendo por los centenares de corazones palpitantes al sentirlo.

 

Además de esto, nuestras oraciones deben ser a propósito. No quiero decir que debemos entrar en cada detalle minucioso, de las circunstancias de la congregación. Como he dicho antes, no hay necesi­dad de hacer mención en la oración pública de to­dos los sucesos de la semana, ni de conmemorar to­dos los nacimientos, muertes y matrimonios de vues­tros feligreses, pero el corazón cuidadoso del mi­nistro debe notar todos los movimientos generales que han acontecido en la congregación; debe re­cordar tanto los gozos como las tristezas de su congregación delante del trono de gracia, y pedir que la bendición divina descanse sobre su rebaño en todos sus movimientos, sus ejercicios, quehaceres y em­presas santas, y que el perdón de Dios se extienda a sus cortos alcances y pecados innumerables. Ade­más, por vía de precepto negativo, os aconsejaría que no fueseis prolijos en la oración. Me parece que Juan Macdonald fue el que decía: "Si estáis en el espíritu de la oración, no os extendáis demasiado, porque puede haber muchos que hallen dificultad en seguiros en tal espiritualidad; y si no estáis en él, no os extendáis tampoco, porque entonces podéis es­tar ciertos de que fatigaréis al auditorio."

 

Livingstone dice respecto de Roberto Bruce de Edinburgh, el contemporáneo famoso de Andrés Melville: "Ningún otro hombre de su tiempo manifestó tanta convicción y energía como las que a él confiriera el Espíritu San­to. Ningún otro tuvo tantas pruebas de conversión de las almas, y muchos de sus oyentes hasta pensa­ban que nadie desde el tiempo de los apóstoles, ha­bía hablado con tanto poder como él. Cuando otros estaban presentes, ofrecía oraciones muy breves; pero cada una de sus sentencias era como un rayo lanzado a los cielos. Le oí decir que se fastidiaba cuando otros ofrecían oraciones largas; pero que es­tando solo, empleaba mucho tiempo orando, si se quiere, con importunidad." Un hombre puede, en ocasiones especiales, si se afecta en extremo y se transporta fuera de si mismo, ocupar veinte minu­tos en la oración principal de la mañana; pero esto no debe suceder con frecuencia.

 

Mi amigo el Dr. Carlos Brown de Edinburgo, dice como resultado de su juicio meditado, que una oración pública no se debe extender más de diez minutos. Nuestros antepa­sados solían orar por tres cuartos de hora cuando menos; pero debéis recordar que no podían estar seguros de tener otra oportunidad para hacerlo ante una reunión, y por tanto oraban hasta saciarse. Además, en aquellos tiempos, la congregación no se in­clinaba a quejarse de la duración de las oraciones o de los sermones, tanto como algunos lo hacen aho­ra. No podéis orar demasiado tiempo en secreto, por mucho que lo hagáis. No os limitamos cuando hagáis esto, a diez minutos ni a diez horas, ni aun a diez semanas. Cuanto más os pongáis de rodillas solos, tanto mejor será el efecto que obtengáis así para vosotros como para vuestras congregaciones. Estamos hablando ahora de las oraciones públicas que vienen antes del sermón o después de él, y para éstas, diez minutos son mejor límite que quince. Sólo una persona entre mil, se quejará de vosotros con motivo de que vuestras oraciones son demasiado breves, pero muchas murmurarán de la duración fastidiosa de ellas.

 

Dijo Jorge Whitfield una vez hablando de un predicador: "Excitó en mi un buen estado de espíritu por su oración, y si hubiera parado entonces, ha­bría sido un bien, pero me quitó tal estado al seguir orando más tiempo." La suma tolerancia del Señor se ha hecho patente al no infligir un castigo a al­gunos predicadores que han pecado en gran mane­ra en cuanto a este respecto. Han hecho mucho mal a la piedad del pueblo de Dios con sus dilatadas y fú­tiles oraciones, y con todo, el Señor en su misericor­dia les ha permitido que continúen oficiando en el santuario. ¡Desgraciados de aquellos que tienen que escuchar a un pastor muy cerca de media hora, des­pués de cuyo tiempo suplican a Dios excuse su in­voluntario laconismo. No os extendáis demasiado por varias razones: en primer lugar, porque al fatigaros fatigaréis a la gente; y en segundo, porque con la du­ración de vuestras oraciones, haréis que el auditorio se distraiga de sus meditaciones para prestar oídos al sermón. Todas esas áridas, pesadas y prolijas plá­ticas en la oración, no hacen más que embotar la atención de los oyentes cuyos oídos, digámoslo así, se saturan de palabras. Nadie teniendo por objeto asaltar la puerta del oído, la obstruiría con lodo y piedras. No, quitad de la puerta toda clase de obs­trucciones, para que el ariete del Evangelio produz­ca su propio efecto cuando llegue el tiempo de usar­lo.

 

Las oraciones largas consisten en repeticiones o en explicaciones superfluas que Dios no requiere, o degeneran en puras predicaciones, de suerte que no hay diferencia alguna entre la oración y la predica­ción, excepto que en aquella el ministro tiene sus ojos cerrados, y en ésta los mantiene abiertos. No es necesario repasar en nuestras oraciones el Cate­cismo de Westminster, ni repetir la experiencia de todo el pueblo presente, ni aun la vuestra. No se nos exige que nuestras oraciones consistan en una serie de textos bíblicos, ni que citemos a David y Daniel y Job y Pablo y Pedro y todos los demás bajo el titulo de "tu siervo antiguo." Es necesario que en vuestras oraciones os acerquéis a Dios, pero no se os exige que multipliquéis vuestras palabras hasta que todos los oyentes deseen oír el "Amén." No puedo menos de daros otro consejo pequeño, y es que nunca cau­séis la impresión de que estáis para concluir vues­tra oración, y entonces continuéis orando por otros cinco minutos. Cuando el auditorio supone que es­táis para terminar, no puede repentinamente proce­der con un espíritu devoto. He asistido a cultos en que los predicadores nos han atormentado con la esperanza de que estaban concluyendo, y entonces comenzaron de nuevo dos o tres veces: esto es im­prudente y fastidioso.

 

Otro canon es este: No hagáis uso de frases altisonantes. Hermanos míos, evitad por completo estas cosas impropias; ya que han tenido su época de vida, dejadles ahora que mueran en paz. Estas piezas de fustán espiritual, no se pueden rechazar de un mo­do demasiado terminante. Algunas de ellas son puras ficciones, otras son pasajes sacados de obras apócrifas; otros son textos que en un tiempo fueron citados de la Biblia, pero que se han adulterado de tal manera, que es casi imposible reconocerlos co­mo palabras del Autor Divino. En el "Magazine Bautista" del año de 1861, hice las observaciones siguientes sobre las vulgaridades más familiares que se oían en los Cultos de oración: "Las frases altisonantes son un gran mal. ¿Quién puede justificar expresio­nes tales como éstas: 'No queremos precipitarnos en tu presencia, así como el caballo indiscreto lo hace en la batalla?"

 

Como si la discreción pudiera ser alguna vez la cualidad del caballo, y como si no fuera más meri­torio imitar la ligereza y energía de este animal, que la pesadez estúpida del asno. Como el verso de que en concepto nuestro, se deriva esta bizarra sentencia, incita más al pecado que a la oración, no puedo me­nos de regocijarme al ver que dicha frase está blo­queando ya. "Id de corazón en corazón, como el acei­te de vasija en vasija," es probablemente una cita tomada de las historias infantiles de "Alí Babá y los cuarenta ladrones," pero tan destituida  de poesía y de sentido, no digo bíblico, pero ni aun común, que apenas podrá concebirse alguna otra que la igua­le. No sabemos que el aceite fluye de una vasija a otra de un modo misterioso o admirable; es verdad que tarda mucho a veces en salir, y por tanto es símbo­lo propio de la energía de algunos; pero seguramen­te seria mejor recibir la gracia directamente del cie­lo que de otra vasija, según la idea papal que en sentir nuestro se desprende de la metáfora si es que ésta puede tener significado alguno. "Tu, pobre polvo indigno," es un epíteto que se aplica generalmente a sí mismos los hombres más orgullosos de la con­gregación, y frecuentemente los más avarientos y bajos, y en tales casos las palabras son bastante a propósito.

 

Hemos oído hablar de un buen hombre que orando por sus hijos y nietos, fue tan completamen­te obcecado por la influencia engañosa de esta ex­presión, que exclamó: "¡Oh, Señor, salva a tu polvo, y al polvo de tu polvo, y al polvo de tu polvo de tu polvo." Cuando Abraham dijo: "Me he hecho el ánimo de hablar al Señor, no obstante que no soy sino ceniza y polvo," tal exclamación fue enérgica y expre­siva; pero ya que se cita en una forma tan impropia y mal entendida, seria mejor que cuanto antes fue­se reducida a su elemento  propio. Una  lista  desatinada de textos bíblicos mal interpretados, de sonrisas incultas y de ridículas metáforas, constitu­yen una especie de jeringoza espiritual, resultado de una profana ignorancia, de una enervada imita­ción, o de una hipocresía sin gracia alguna; a la vez que deshonran a los que constantemente las repiten, son perjudiciales e insoportables para aquellos cu­yos oídos se han cansado de ellas.

 

El Dr. Carlos Brown de Edinburgo en una alo­cución admirable pronunciada en una reunión de la Sociedad Misionera del Colegio Nuevo, nos da ejemplos de citas falsas aclimatadas en Escocia, y que también se encuentran a veces al otro lado del Tweed. Con su permiso citaré un pasaje largo de la alocución: "Hay lo que se puede llamar una mezcla desafortunada y a veces muy grotesca de textos bí­blicos. ¿Quién ignora las palabras siguientes dirigi­das a Dios en la oración: "Tú eres el Alto y Sublime que habitas en la eternidad y en las alabanzas de ella." Esta expresión es una mezcla de dos textos gloriosos cuando se consideran uno por uno separadamente, pero que se han adulterado, y el uno se echa a perder completamente cuando se combina y mezcla con el otro de semejante modo.

 

El uno es de Isaías 57:15. "Así dijo el Alto y Sublime, el que habita en la eternidad, y cuyo nombre es el Santo." El otro es el Salmo 22:7. "Tú empero eres Santo, tú que habitas entre las alabanzas de Israel." Habitar las alabanzas de eternidad, es por lo menos poco expre­sivo, puesto que no hubo alabanzas de eternidad, es por lo menos poco expresivo, puesto que no hubo ala­banzas en que habitar en la eternidad pasada. Pero ¡cuánta gloria hay en el pensamiento de que Dios condesciende en habitar, es decir, en tener su resi­dencia en las alabanzas de Israel que significa la iglesia redimida. Además, hay otro ejemplo igualmen­te grotesco que pertenece a la misma clase, y del cual se hace uso con tanta frecuencia que probable­mente se considera por la mayor parte de los cristia­nos como sancionado por la Biblia. Es este: "Quisié­ramos poner la mano sobre la boca, y la boca en el polvo y exclamar Inmundos, Inmundos; Dios, sé pro­picio para con nosotros, pecadores." En esta expre­sión encontramos por lo menos cuatro textos mez­clados, cada uno muy hermoso en si mismo.

 

El pri­mero es de Job. 39:37 "He aquí que soy vil: ¿qué te responderé? Mi mano pongo sobre mi boca." El se­gundo es de Lam. 3:29. "Pondrá su boca en el polvo; por si quizá hay esperanza." El tercero es de Lev. 3:45, en que se exige al leproso que cubra su labio superior y pregone "Inmundo. Inmundo." El cuarto es la oración del publicano. Pero ¡cuán inconsecuen­te es la idea de que un hombre se pusiera la mano sobre la boca, y entonces la boca en el polvo, y por ultimo que pregonara, ‘etcétera’, Otro ejemplo y el último, es una expresión casi universal entre nos­otros, y creo que la mayor parte de los que la emplean opinan que es bíblica: "En tu favor se encuentra la vida, y tu misericordia es mejor que la vida." Aquí también tenemos una combinación impropia de dos pasajes en que el término vida tiene dos acepciones enteramente distintas y aun incompatibles, es a sa­ber, Salmo 63:3. "Mejor es tu misericordia que la vida," en que vida significa evidentemente la vida temporal.

 

Se puede notar otra clase de errores, cambios poco felices del lenguaje bíblico. No es necesario de­cir que el Salmo 130 "De los profundos etc.," es uno de los más preciosos de todo el libro de los Salmos. ¿Por qué debemos oír las palabras de David y del Es­píritu Santo, torcidas en las oraciones públicas de tal manera y tan constantemente, que todo nuestro pue­blo piadoso llegue a adoptarlas en esta forma en sus oraciones sociales y familiares? "Hay perdón cerca de ti para que seas temido, y abundante redención para que seas buscado." ¡Cuán preciosas son las pa­labras como se encuentran en el mismo Salmo ver­sículo 4. "Hay perdón cerca de ti, para que seas te­mido." versículos 7 y 8: "En Jehová hay misericor­dia y abundante redención con El; y El redimirá a Israel de todos sus pecados." Además, las palabras del versículo 3 de este mismo Salmo precioso, a menudo se cita en su propia forma tan sencilla y expresiva como se encuentra en la Biblia, pero se cambian de tal manera, que en vez de tener la expresión: "Jehová, si mirares a los pecadores, ¿quién, oh Señor, podrá mantenerse?" tenemos: "Si Tú, Jehová, fueres estricto mirando a los pecadores etc." Recuerdo bien que cuando estuve en el colegio  solía oírlo en una for­ma aun más ofensiva.

 

"¡Si Tú fueres estricto mirando y riguroso castigando!" Otro cambio favorito es el que sigue: "Tú estás en los cielos y nosotros sobre la tierra: por tanto sean pocas y bien ordenadas nues­tras palabras." La declaración de Salomón sencilla y sublime (llena de instrucción, a la verdad, sobre todo el asunto de que estamos tratando,) es "Dios está en el cielo, y tu sobre la tierra; por tanto sean pocas tus palabras," Eccl. 5:2. Otro ejemplo de esta clase se encuentra en el cambio de las palabras sublimes de Habacuc. Se repiten ordinariamente así: "Limpio eres de ojos para no ver el mal, ni puedes ver el agra­vio sin aborrecimiento." Las palabras del Espíritu Santo son las siguientes (Hab. 1:13:) "Limpio eres de ojos para no ver el agravio." No es necesario decir que la fuerza de la expresión "ni puedes ver el agra­vio," casi se pierde cuando se agrega que Dios puede verlo, pero no sin aborrecimiento.

 

Otra clase de citas falsas consiste en pleonasmos sin significado, redun­dancias vulgares de expresión, al citar pasajes de la Biblia. Una de éstas es tan universal, que apenas podéis dejar de oiría siempre que el pasaje referido sea citado. "Esté en medio de nosotros para bende­cirnos y hacernos bien." ¿De qué sirve la última ex­presión "y hacernos bien"? El pasaje referido es de Ex. 20:24. "En cualquier lugar donde yo hiciere que esté la memoria de mi nombre, vendré a ti y te ben­deciré." Tal es la sencillez de la Biblia. Lo que agrega­mos es "hacernos bien." En Dan. 4:35 leemos las pala­bras nobles, "ni hay quien lo estorbe con su mano, y le diga: ¿Qué haces?" El cambio favorito es el siguien­te, "Ni hay quien Te estorbe con su mano de obrar." En 1Cor. 2:9, encontramos estas palabras: "Cosas que ojo no vio, ni oreja oyó, ni han subido en corazón de hombre, son las que ha Dios preparado para aque­llos que le aman." Esto se ha cambiado en esta ex­presión: "ni ha subido en corazón de hombre con­cebir las cosas" etc.

 

Constantemente oímos que a Dios se le titula "oidor y aceptador de la oración," cosa que no pasa de ser un pleonasmo inútil y vulgar, puesto que la idea de la Escritura al decir que Dios oye, es preci­samente la de manifestar que acepta. "Oh tú que oyes la oración, a ti dirigiráse toda carne," "Oye mi oración, oh Señor! Amo al Señor porque ha escucha­do mi voz y mis plegarias." ¿De dónde, además, toma origen ese pasaje común de la oración pública: "Tus consuelos no son ni pocos ni pequeños?" Pre­sumo que hace referencia a las palabras de Job: "¿Son pequeños para contigo los consuelos de Dios?" Del mismo modo muy rara será la vez en que se oiga la oración tomada del Salmo 74: "Tened respeto por la Alianza porque los lugares tenebrosos de la tierra están llenos de lugares donde mora la crueldad," sin que se le agregue: "horrenda crueldad;" ni la exhor­tación a la oración que se halla en Isaías: "No guardéis silencio, ni le dejéis descansar hasta que esta­blezca a Jerusalén y la haga objeto de alabanza en la tierra," sin añadirle "toda la tierra;" ni esa apela­ción del Salmista: "¿A quién tengo yo en el Cielo si no es a ti?, ¿y nada hay en la tierra que yo desee fuera de ti?" sin aumentarle las palabras "toda la tierra."

 

No niego que estas últimas palabras son de poca importancia, pues efectivamente son así, y no valdría la pena, por lo mismo, que las lleváramos a mal, si ocurriesen  pocas veces; pero vistas como la estereotipia de pasajes comunes aunque débiles en si mismas, sirven para probar que "se repiten tan a menudo, que bien pueden hacernos creer que poseen una autoridad divina, razón por lo cual humildemente opino que las palabras superfluas deben eliminarse, descartarse y desterrarse enteramente de nuestro culto bautista.

 

Os sorprenderéis quizá de oír que la única autori­dad Bíblica para la expresión favorita y algo pecu­liar "los pecadores dan vueltas al pecado como a un dulce bocado bajo su lengua, es la de las palabras siguientes del libro de Job 20:12: "Si el mal se endul­zó en su boca, si lo ocultaba debajo de su lengua." Pero basta ya.

 

Siento mucho haberme visto obligado por la con­ciencia a detenerme tanto tiempo sobre un asun­to tan poco feliz. Empero no puedo dejar el punto sin exhortaros a que citéis literalmente todos los pasajes de la palabra de Dios de los cuales hagáis uso. Debe ser un punto de honor entre los ministros, citar siempre exactamente las palabras de la Biblia. Es difícil que seamos siempre exactos, y precisamen­te por esta razón, debemos esforzarnos en serlo. En las universidades de Oxford o Cambridge seria con­siderado casi como traición o felonía que un socio citara falsamente a Tácito, Virgilio u Homero; pero el que un ministro citara falsamente a Pablo, a Moisés o David, seria una cosa mucho más grave e igual­mente digna de la censura más severa. Notad que di­je "socio," no "novicio," y esperamos de un pastor, por lo menos, una exactitud en su propio departa­mento igual a la que se encuentra en un graduado.

 

"Vosotros que creéis tan firmemente y a mi ente­ra satisfacción, en la inspiración plenaria de la Bi­blia, nunca debéis citar un pasaje sin dar las pala­bras mismas porque, según vuestra propia creencia, podéis dejar por completo de expresar el sentido di­vino del pasaje, cambiando una sola palabra. Si no podéis dejar por completo de expresar el sentido di­vino del pasaje, cambiando una sola palabra. Si no podéis citar los pasajes de la Biblia exactamente en vuestras oraciones, seria mejor no hacer uso de ellos. Emplead una expresión nacida de vuestra pro­pia mente, y será igualmente aceptable a Dios como una frase bíblica adulterada y trunca. Guardaos con vehemencia, de las alteraciones y perversiones de la Escritura, y renunciad para siempre a todas las frases altisonantes puesto que desfiguran las ora­ciones espontáneas del corazón. He notado la cos­tumbre entre algunos (que os ruego no adoptéis), de  orar  con  los  ojos abiertos. Es antinatural,  in­decoroso y repugnante. Raras veces sucederá que el ojo abierto y levantado hacia el cielo, puede ser conveniente y conmovedor; pero mirar a los obje­tos que nos rodean mientras que profesamos comu­nicarnos con el Dios invisible, es detestable en extremo.

 

Los padres de la iglesia primitiva condena­ron esta práctica indecorosa. Debemos hacer uso, si acaso, de muy pocas gesticulaciones al orar. Ape­nas alguna vez nos conviene levantar y mover el brazo como si estuviéramos predicando; pero los brazos extendidos y las manos enclavijadas son na­turales y sirven para sugerir pensamientos a propó­sito si es que el individuo que ora está muy excita­do. La voz debe estar conforme siempre con el asun­to, y no ser nunca violenta ni audaz: que los tonos del hombre que habla con Dios sean humildes y reverentes. ¿No os enseña esto aun la naturaleza mis­ma? Si la gracia no lo hace, desespero. En cuanto a nuestras oraciones en los cultos dominicales, tal vez sería útil daros algunos consejos. Para evitar que se establezca entre nosotros una rutina monótona y fastidiosa, os recomiendo que variéis el orden de las diferentes partes del culto, tanto cuanto os sea posible. Lo que el Espíritu libre nos impele a hacer, hagámoslo desde luego. He llegado recientemente a entender por primera vez cuán grande es el poder de los diáconos sobre los ministros en algunas igle­sias del campo. He tenido la costumbre siempre de dirigir los servicios religiosos del modo que me pare­cía más conveniente y provechoso, y nunca he oído hablar ni una palabra en mi contra, aunque puedo decir que disfruto de mucha intimidad con los direc­tores de mi Iglesia; pero un hermano en el ministe­rio me dijo esta mañana, que una vez principió el culto de la mañana por una oración en vez de anun­ciar un himno, y que después del culto cuando él se retiró al vestuario o guardarropa, los diáconos le pu­sieron de manifiesto que no podían permitir innovaciones.

 

Hasta ahora hemos entendido que las iglesias bautistas no están esclavizadas a tradiciones, ni a re­glas fijas en cuanto a sus modos de adoración, y sin embargo, estos pobres deseando hacerse soberanos y exclamando en alta voz contra una liturgia, quieren que su ministro se someta a ceremonias introducidas por la costumbre. Ya es tiempo de que a tales absur­dos se ponga un hasta aquí. Pretendemos dirigir los cultos así como el Espíritu Santo nos enseña y según nuestro mejor juicio. No nos someteremos a una regla que nos exija que cantemos ahora y oremos después; sino variaremos el orden del culto para evitar de este modo la monotonía. He oído decir que el reve­rendo Hinton principió el culto una vez por el ser­món, para que los que llegaran tarde pudieran por lo menos, disfrutar la oportunidad de orar con la con­gregación. ¿Y porqué no? Las variaciones tienden a hacer bien; la monotonía es muy fastidiosa. Fre­cuentemente seria muy provechoso dejar a la con­gregación que guardara silencio entero por dos o tres minutos. El silencio solemne hace noble la adoración.

 

"La adoración verdadera no es el sonido tumul­tuoso que se repite por labios clamorosos, sino es el silencio profundo de una alma que se abraza a los pies de Jehová."

 

Variad, pues, el orden de vuestras oraciones para fijar mejor de este modo la atención del auditorio, y evitar a la vez que su asistencia sea como el movi­miento de un reloj que continúa de un modo monótono hasta que sea necesario darle cuerda.

 

Variad la duración de vuestras oraciones públicas. ¿No pensáis que sería mucho mejor a veces en lugar de emplear tres minutos en la primera oración y quince en la segunda, ocupar nueve en cada una? ¿No sería más provechoso a veces detenernos más tiempo en la primera y menos en la segunda? ¿No serían mejores dos oraciones medianamente largas, que una larga en extremo y otra muy corta? ¿No sería un buen cambio cantar un himno después de leer el capítulo, o cantar una o dos estrofas antes de la oración? ¿Por qué no sería bien a veces cantar cuatro himnos en un culto? ¿No debemos estar con­tentos a veces con dos himnos y aun con uno? ¿Por qué es necesario cantar siempre después del ser­món? ¿Por qué, por otra parte, nunca cantan algu­nos al fin del culto? ¿Es conveniente siempre, o aun con frecuencia, una oración después del sermón? ¿No es verdad que a veces es muy conmovedora? ¿Si fuéramos guiados por el Espíritu, no conseguiríamos una variedad actualmente desconocida? Hagamos lo que fuere oportuno a fin de que nuestra congre­gación no llegue a considerar ninguna forma del culto como dispuesta por Dios, y así recaiga en la superstición de que ha escapado.

 

Variad el curso de vuestras oraciones intercesoras. Hay muchos objetos que os exigen la atención, por ejemplo: la iglesia en su debilidad; su apostasía; sus tristezas y sus consuelos; la gente que no es nuestra; la vecindad; los oyentes no regenerados; los jóvenes y la nación. No roguéis por todo esto siempre, de otro modo vuestras oraciones serán lar­gas y fastidiosas. Cualquier asunto que pese espe­cialmente sobre vuestro corazón, que sea el más prominente en vuestras súplicas. Hay un modo de orar bajo la dirección del Espíritu, que hará homo­géneo todo el servicio y lo hará conforme con los himnos y el discurso. Es muy provechoso conservar la unidad en el culto dondequiera que sea posible, no de un modo forzoso sino prudente, para que el efecto sea uno. Ciertos hermanos no han llegado a conservar la unidad en sus sermones, sino vagan de Inglaterra al Japón, e introducen todos los asuntos que se pueden imaginar pero vosotros, que habéis aprendido el modo de conservar la unidad en vues­tros sermones, podéis avanzar más todavía y exhibir cierto grado de unidad en el culto, teniendo cuidado tanto en el himno, como en la oración y el capitulo, de dar prominencia al mismo asunto. No puedo reco­mendaros la práctica común entre algunos herma­nos, de repasar el sermón en la última oración. Puede ser instructiva al auditorio, pero esto es cosa entera­mente extraña a la oración. Es altisonante, escolás­tica, y no nos conviene: no imitéis esa costumbre.

 

Evitad como a una víbora, todos los esfuerzos pa­ra excitar un fervor espurio en la devoción publica. No os esforcéis en parecer fervientes. Rogad como vuestro corazón os dicte, bajo la dirección del Espíritu de Dios, y si os sentís torpes e inactivos, decidlo al Señor. No será una cosa mala confesar vuestra frialdad y lamentarla; y pedir las influencias vivificadoras del Espíritu Santo: por el contrario, será una oración verdadera y aceptable; pero un ardor fingido es la forma más vergonzosa de la mentira. Nunca imitéis a los que son fervientes. Conocéis a un hombre piadoso que gime, y a otro cuya voz se hace aguda luego que lo excita el celo, pero no por esto gimáis ni chilléis a fin de parecer tan celosos como son ellos. Sed sólo naturales siempre y pedid a Dios su dirección en todo.

 

Por último, os digo esto en confianza, preparad vuestras oraciones. Diréis asombrados: ¿Qué quie­re usted decir con este consejo? Bien, doy a enten­der lo que algunos no quieren decir por dichas pala­bras. Este asunto se discutió una vez en una sociedad de ministros. ¿Era bien hecho que un ministro pre­parara su oración de antemano? Algunos dijeron con plena convicción que no, que eso seria muy malo: y tenían razón. Otros con igual convicción, dijeron que sí: y a éstos también los asistía la ra­zón. En mi concepto, tanto unos como otros dijeron la verdad. Los primeros entendieron por preparación, el estudio de las expresiones y la formación de un hilo de pensamientos formado con anticipación, y esto al modo de ver de todos, seria cosa entera­mente contraria a la adoración espiritual, en la cual debemos entregarnos por completo en manos del Espíritu Santo, y recibir de El nuestra ilustra­ción tanto en cuanto a los pensamientos como en cuanto a las palabras.

 

Convenimos perfectamente en estas observaciones, porque si un hombre ha de escribir sus oraciones y estudiar sus peticiones una por una, que haga uso más bien de una liturgia. Pe­ro los hermanos que opinaron de distinto modo, die­ron a entender por preparación, otra cosa muy di­ferente, es decir, no la de la inteligencia, sino la del corazón, y la cual consiste en considerar solemne­mente y antes del culto, la importancia de la ora­ción; en meditar sobre las necesidades de las almas humanas; en recordar las promesas en que debemos esperar, y en acercarnos así al Señor con una pe­tición escrita en tablas de carne del corazón. Esto es ciertamente mejor que acercarnos a Dios a troche­moche, precipitándonos al trono de sopetón, sin mo­tivo ni deseo definido. Un hombre decía: "Nunca me canso de orar, porque espero siempre un objeto definido como resultado de mi oración." Hermanos, ¿son así vuestras oraciones? ¿Os esforzáis en tener un estado espiritual a propósito para dirigir las peti­ciones de vuestra congregación? ¿Ordenáis vuestra causa al acercaros al Señor? Siento, hermanos, la persuasión de que debemos prepararnos por medio de la oración privada para la pública.

 

Viviendo cer­ca de Dios, debemos conservar un espíritu devoto, y de ese modo no dejaremos de tener buen éxito en nuestras plegarias orales. Si algo más de lo que hemos indicado se puede tolerar, es que aprenda­mos de memoria algunos salmos y otros pasajes de la Biblia que contienen promesas, súplicas, alabanzas y confesiones que puedan servirnos en nuestras oraciones. Se nos dice que Crisóstomo había apren­dido de memoria toda la Biblia y podía repetirla a su gusto; no es de admirar por tanto, que se le haya llamado "pico de oro." Bien, al comunicarnos con Dios, no hay otras palabras más a propósito que las del Espíritu Santo. "Haz lo que has dicho," será cosa que siempre prevalecerá con el Altísimo. Por tanto, os doy el consejo de que aprendáis de memoria los ejercicios inspirados de devoción que se encuentran en la Palabra de la verdad, y de este modo, vuestra lectura diaria de la Biblia os proporcionará súplicas nuevas, que serán como ungüento derramado que llena toda la casa de Dios con su fragancia, siempre que presentéis vuestras peticiones públicas ante el Señor.

 

Las semillas de la oración sembradas así en la memoria, producirán una cosecha abundante y constante, porque el Espíritu a la hora de la oración pública, calentará con fuego consagrado vuestra boca. Así como David em­pleó la espada de Goliat para ganar sus victorias subsiguientes a la muerte de aquel filisteo, así podemos a veces hacer uso de una petición ya acepta­da, y cuando Dios la cumpla de nuevo a nuestro res­pecto, nos hallaremos capaces de decir con el hijo de Isaí: "No hay otra Igual a ella." Que vuestras oraciones sean fervorosas, ardientes, constantes y vehementes. Pido al Espíritu Santo que enseñe a todos los estudiantes de este colegio, a ofrecer sus oraciones públicas de tal modo, que Dios siempre sea servido de lo mejor. Sean sencillas y sinceras vuestras peticiones, y aunque vuestra congregación piense a veces que el sermón no es del todo bueno, que en cambio no pueda menos de confesar que la oración suple todo lo que falta a las otras partes del culto. Pudiera yo decir mucho más y tal vez debiera decir­lo, pero me falta tanto el tiempo como la fuerza, y por tanto doy fin aquí a esta conferencia.

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