DISCURSOS A MIS ESTUDIANTES
Por:
Charles Spurgeon
DISCURSO 5
Sermones: Su Asunto
Toda
clase de sermones debe tender a la ilustración de los oyentes, y las doctrinas
enseñadas deben ser sólidas, importantes y abundantes. No subimos al púlpito
sólo con el objeto de hablar, sino que tenemos que comunicar instrucciones de
la mayor importancia, y por lo mismo no podemos emplear el tiempo diciendo cosas
fútiles por bonitas que sean. La variedad de nuestros asuntos casi no tiene límite,
y por tanto, no podemos tener disculpa si nuestros discursos son insípidos y
triviales. Si hablamos como embajadores de Dios, no debemos nunca quejamos de
falta de asuntos, porque nuestro mensaje abunda en los pensamientos más
preciosos. Todo el Evangelio se debe presentar desde el púlpito; toda la fe,
una vez entregada a los santos, debe ser proclamada por nosotros. La verdad tal
como se encuentra en Jesucristo, debe ser declarada instructivamente, para que
el pueblo no escuche simplemente, sino conozca la armonía de la misma.
No
servimos en el altar del Dios desconocido, sino hablamos a los que adoran a
Aquel de quien está escrito, "los que conocen tu nombre, confiarán en
Ti." Dividir bien un sermón es un arte muy útil, pero ¿de qué puede
servirnos, si no hay qué dividir? El que puede dividir bien, es como una
persona diestra en trinchar que tiene enfrente un plato vacío. Poder presentar
un exordio oportuno y atractivo; hablar fácilmente y con propiedad durante el
tiempo asignado al discurso, y concluir con una peroración que inspire respeto,
puede parecer suficiente a los que predican de un modo simplemente formal; pero
el ministro verdadero de Cristo, sabe que el valor real de un sermón debe
consistir no en su forma y modo, sino en la verdad que contiene. Nada puede
sustituirse en vez de la enseñanza; toda la retórica del mundo es tan sólo
como la paja del trigo, cuando se pone en contraste con el Evangelio de nuestra
salvación. Por hermosa que sea la canasta del sembrador, es cosa enteramente inútil
si no contiene semilla.
El
mejor discurso que haya podido pronunciarse, deja notablemente de llenar su fin,
si la doctrina de la gracia de Dios no se encuentra en él; vuela sobre las
cabezas de los hombres como una nube, pero no distribuye agua en la tierra
sedienta, y por tanto, el recuerdo de él desalienta por lo menos, a las almas
que han aprendido la sabiduría debido a las lecciones de una necesidad urgente.
El estilo de un hombre puede ser tan fascinador como el de la autora de quien
alguno dijo que "debía escribir con pluma de cristal mojada en rocío,
sobre papel de plata, y usar en vez de grenilla el polvo del ala de una
mariposa;" pero ¿de qué importancia es para un auditorio cuyas almas están
en el mayor peligro, lo que no es más que elegancia? Por cierto que ésta es más
ligera que la vanidad. Los caballos no se deben juzgar por sus cascabeles, ni
por su guarnición, sino por sus miembros, huesos y raza; y de igual modo, los
sermones cuando son el objeto de la crítica de oyentes juiciosos, son estimados
principalmente, según el número de verdades evangélicas, y la fuerza del espíritu
evangélico que contienen.
Hermanos,
pesad vuestros sermones. No los vendáis al por menor, por varas, sino
distribuidlos por libras. Apreciad en poco el número de las palabras que habléis,
pero esforzaos en ser estimados según el carácter de vuestros pensamientos. Es
una necedad prodigar palabras y escasear verdades. Debe estar destituido en
extremo de juicio el que se complazca en oírse descrito a sí mismo en estas
palabras del gran poeta del mundo que dice: "Graciano habla una infinidad
de nadas. No hay otro igual a él en este respecto en toda Venecia; sus razones
son como dos granos de trigo escondidos en dos fanegas de hollejos: podéis
buscarlas todo el día sin hallarlas; y cuando las hayáis encontrado, veréis
que no valen el trabajo que ha costado buscarlas."
Las
apelaciones que excitan los afectos son excelentes, pero si no van acompañadas
de enseñanzas, son simplemente una apariencia, un incendio de pólvora sin
tirar una bala. Estad seguros de que la revivificación más ferviente se acabará
cual mero humo, si no se sostiene por el combustible de la enseñanza. El método
divino es presentar la ley a la mente, y enseguida escribirla en el corazón; de
este modo se ilumina el juicio y se someten las pasiones. Leed Heb. 8:10, y
seguid el modelo del pacto de gracia. La nota de Gouge sobre este pasaje se
puede citar aquí con propiedad: "Los ministros deben imitar a Dios en esto,
y esforzarse lo más posible en instruir al pueblo en los misterios de santidad,
en enseñarle todo lo que es necesario creer y practicar, y en animarlo, después
a hacer todo lo que se le ha enseñado. De otro modo el trabajo de ellos puede
ser en vano. Faltar a este procedimiento es la causa principal de que los
hombres caigan en tantos errores como lo hacen en este tiempo." Puedo
agregar que esta última observación ha aumentado su fuerza en nuestros días:
los lobos de la herejía devastan los rediles de los ignorantes: la enseñanza
sana es la mejor defensa contra las herejías que nos rodean. Los oyentes desean
y deben tener buenos conocimientos de los asuntos bíblicos. Son acreedores a
explicaciones exactas sobre las Escrituras y si el ministro es "un intérprete,
uno de mil," un mensajero real del cielo, las dará abundantemente.
Sea
cual fuere la cosa que se tenga, la ausencia de verdades edificantes e
instructivas, así como la de harina para el pan, será fatal. Muchos sermones
estimados por su contenido, más bien que por su área superficial, son muy
malas muestras de discursos piadosos. Creo que se dice con mucha razón, que si
escucháis a un profesor de astronomía o geología aun por poco tiempo, obtendréis
una idea medianamente clara de su sistema; pero si escucharéis no sólo por un
año, sino por doce, a la mayor parte de los predicadores medianos, no legrareis
formaros una idea satisfactoria de su sistema de teología. Si esto es así, es
una falta grave que no se puede lamentar demasiado.
¡Ay!
las declaraciones confusas de muchos respecto de las mayores realidades, y el
ofuscamiento de otros al pensar en las verdades fundamentales, han dado mucho
lugar a la crítica que acabamos de indicar. Hermanos, si no sois teólogos, no
sois buenos para nada, como pastores. Podéis ser los mejores retóricos, y
hacer uso de las sentencias más pulidas; pero sin conocimiento del Evangelio y
aptitud para enseñarlo, sois como metal que resuena o platillo que retiñe. Las
palabras sirven con demasiada frecuencia como hojas de higuera para cubrir la
ignorancia del predicador sobre asuntos teológicos. Se ofrecen muchas veces períodos
elegantes en vez de doctrinas sanas, y adornos retóricos en vez de pensamientos
robustos. Estas cosas no deben existir. La abundancia de declamación vacía, y
la ausencia de alimento para el alma, tornará un púlpito en una caja de
hinchazón, e inspirará menosprecio en vez de reverencia.
Si
no somos predicadores que instruyen y no alimentamos al pueblo, podemos citar
con frecuencia la poesía más elegante, y vender por menor los sacos de viento
de uso, pero estaremos como Nerón antiguamente, que tocaba el violín mientras
que Roma estaba quemándose; y mandaba buques a Alejandría para traer arena con
qué empedrar el circo, mientras que la gente estaba pereciendo de hambre.
Insistimos en que debe haber abundancia de pensamientos en los sermones, y en
seguida que estos deben estar conformes con el texto. El discurso debe ser
sacado del texto por regla general, y cuanto más evidente sea esto, tanto mejor
éxito tendrá; pero por lo menos, debe estar relacionado muy íntimamente con
el texto.
Por
vía de espiritualizar y acomodar los textos, es necesario conceder mucha
libertad, pero ésta no debe degenerar en libertinaje, y siempre debe haber una
conexión, y algo más que una conexión remota; es decir, una relación real
entre el sermón y el texto. Oí hablar hace poco, de un texto admirable que era
a propósito, o poco conveniente, como podéis pensar. Un dignatario había
regalado muchas capas de carmesí brillante a las señoras más ancianas de su
parroquia. A estos resplandecientes seres se les exigió que asistiesen al culto
en el templo parroquial, el domingo siguiente, y se sentasen enfrente del púlpito,
desde cuyo lugar uno de los sucesores declarados de los apóstoles, edificó a
los santos, predicando sobre las palabras: "Salomón en medio de toda su
gloria, no estuvo vestido como uno de éstos."
Se
dice que posteriormente cuando el mismo bienhechor de la parroquia dio una bolsa
de papas a cada padre de familia, el asunto del sermón en el domingo siguiente,
fue: "Y ellos dijeron, es maná." Yo no puedo decir si el discurso fue
proporcionado al texto o no; supongo que si, puesto que las probabilidades son
de que su desarrollo todo tenía que ser muy extravagante. Algunos hermanos al
leer su texto, lo abandonan por completo. Habiendo honrado debidamente algún
pasaje especial anunciándolo, no se ven obligados a referirse a él otra vez.
Se tocan los sombreros, por decirlo así, en la presencia de esa parte de la
Biblia, y pasan a otros campos y pastos nuevos. ¿Por qué eligen estos hombres
un texto? ¿Por qué limitan su gloriosa libertad? ¿Por qué hacen de la
Escritura un escaño que los ayude a montar en su desenfrenado Pegaso? Por
cierto que las palabras inspiradas nunca llevaron por mira ser tirabotas para
ayudar a un locuaz a calzarse el calzado de siete leguas, para saltar con éste
de polo a polo.
El
modo más seguro de sostener la variedad, es el de observar la intención del
Espíritu Santo en el pasaje de que se trate. No hay dos textos que sean
enteramente iguales: algo en la conexión del pasaje, o en su tendencia,
comunica a cada texto un carácter distinto y particular. Seguid al Espíritu y
nunca repetiréis el asunto, ni éste os faltará: sus nubes destilan grosura.
Además, un sermón influye mucho más en las conciencias de los oyentes, cuando
es sin duda alguna la palabra de Dios, la Biblia misma explicada y reforzada, y
no simplemente un razonamiento sobre las Escrituras. Se debe a la dignidad de la
inspiración, que cuando os propongáis predicar sobre un versículo especial,
no prescindáis de éste para introducir vuestras propias opiniones.
Hermanos, si tenéis la costumbre de observar fielmente el sentido exacto de las Escrituras, os recomiendo también que os guiéis por las palabras mismas del Espíritu Santo, porque aunque en algunos casos los sermones de temas son no solamente admisibles, sino muy a propósito, sin embargo, los sermones que explican las palabras exactas del Espíritu Santo, son las más útiles y más agradables a la mayor parte de las congregaciones que prefieren que sean interpretadas y explicadas las palabras mismas. La mayoría de los hombres no son siempre enteramente capaces de comprender el sentido aparte del lenguaje, de mirar, digámoslo así, a la verdad sin cuerpo; pero cuando oyen las mismas palabras repetidas muchas veces, y cada expresión acentuada según el modo de los predicadores, tales por ejemplo como el señor Jay de Bath, se edifican más, y la verdad se fija más firmemente en su memoria. Que vuestros pensamientos sean pues abundantes, y que se originen de la palabra inspirada, así como las violetas y las prímulas brotan naturalmente de la tierra, o como la pura miel destila del panal.
Tened
cuidado de que vuestros discursos sean siempre sólidos y llenos de enseñanzas
realmente importantes. No edifiquéis con madera, paja y rastrojo, sino con oro,
plata y piedras preciosas. Si fuera necesario amonestaros contra las formas más
groseras de la elocuencia del púlpito, seria a propósito aducir el ejemplo del
notable orador Henley. Aquel aventurero locuaz, a quien Pope ha inmortalizado en
su "Dunciad» solía burlarse, entre semana, de los acontecimientos
actuales; y de los asuntos teológicos, los domingos. Su fuerte consistía en
sus chanzonetas de mal gusto, en los tonos de su voz y en sus gestos. Un autor
satírico dice respecto a él: "¡Cuán fluentes disparates emanan de su
lengua!" Señores, nos hubiera sido mejor no haber nacido, que oír que con
razón se dijera otro tanto respecto de nosotros. So pena de la pérdida de
nuestras almas, nos vemos obligados a ocuparnos de las solemnidades de la
eternidad, y no de asuntos mundanales. Pero debo advertiros que hay otros métodos,
y más atractivos, de edificar con madera y paja, y os conviene que no estéis
engañados por ellos. Esta observación es necesaria especialmente, para los que
suelen tener sentencias altisonantes por la elocuencia, y expresiones
extranjeras por gran profundidad de pensamientos. Algunos profesores de homilética,
por medio de su ejemplo, si no de sus preceptos, alientan hinchazón en el
estilo retórico y grandes palabras vacías, y por tanto su influencia es muy
peligrosa para los predicadores jóvenes.
Figuraos
un discurso comenzando con una declaración tan asombrosa y estupenda como la
siguiente, que por su grandeza natural os impresionará, del sentido de lo
sublime y lo hermoso: "El Hombre es Moral." Bien hubiera podido
agregar este hombre de ingenio, "Un gato tiene cuatro pies." habría
habido tanta novedad en una como en otra afirmación. Recuerdo un sermón
escrito por un hombre que aspiraba a ser tenido por profundo, que no dejó de
asombrar al lector por sus palabras larguísimas, pero que una vez sondeadas,
significaban esencialmente esto y nada más: el hombre tiene una alma que vivirá
en el otro mundo, y por tanto, debe tomar todas las precauciones posible para
ocupar un lugar feliz. Nadie puede hacer objeción alguna a tal doctrina, pero
no es tan moderna que se necesite una bocanada de trompeta y 'una procesión de
frases pulidas para introducirla a la atención pública. El arte de decir cosas
ordinarias elegante y pomposamente, con grandilocuencia e hinchazón en el
estilo, no se ha perdido entre nosotros. ¡Ojalá que fuera así!
Los
sermones de esta clase se han presentado como modelos, y sin embargo, son como
pequeños globos de caucho del tamaño de una pulgada, los cuales se inflan
hasta que llegan a ser como los globos aerostáticos de varios colores que los
vendedores ambulantes llevan por las calles y venden en unos cuantos centavos
cada uno para deleitar a los niños, siendo adecuado el símil, siento decirlo,
aun más allá; porque en algunos casos estos sermones contienen un poco de
veneno con motivo de dárseles color, cosa que algunos hombres poco instruidos,
han descubierto a costa suya. Es infame que subáis a vuestro púlpito y derraméis
en la congregación ríos de vocablos y cascadas de palabras, en que una mera
charla se encuentra en solución, a semejanza de granos infinitesimales de
medicina homeopática en un océano de palabrería.
Mucho
mejor sería dar al pueblo masas de verdad pura sin pulimento alguno como los
pedazos de carne recibidos de un tablajero cortados de cualquier modo,
incluyendo los huesos, y aun ensuciados en las aserraduras, que ofrecerles en un
plato de porcelana de China una tajada deliciosa de nada, adornada del perejil
de la poesía y sazonada con la salsa de la afectación. Será para vosotros una
dicha que seáis guiados por el Espíritu Santo de tal modo que testifiquéis
con claridad todas las doctrinas que constituyen el Evangelio o pertenecen a él.
Ninguna verdad se debe reprimir. La doctrina de reserva, tan detestable cuando
se promulga por los jesuitas, no pierde nada de su veneno cuando se acepta y
enseña por los protestantes. No es verdad que algunas doctrinas son tan sólo
para los iniciados: no hay nada en la Biblia que se avergüence de la luz. Las
opiniones sublimes de la soberanía divina tienen un objeto práctico, y no son,
como dicen algunos, meras sutilezas metafísicas. Las declaraciones terminantes
del Calvinismo pertenecen a la vida diaria, y a la experiencia común, y si creéis
en ellas o en otras contrarias, no estáis en el derecho de ocultar vuestras
creencias. Una reticencia cantada no es ordinariamente sino una mera perfidia
pusilánime. La mejor política es no ser nunca político, sino proclamar cada
átomo de la verdad hasta el grado en que Dios os la haya revelado. La armonía
exige que la voz de una doctrina no sobrepuja las otras, y también que las
notas más suaves no se omitan a causa de la mayor extensión de otros sonidos.
Cada nota designada por el gran director de la orquesta debe hacerse oír, dándole
a cada nota su propia fuerza y énfasis; el pasaje marcado "forte" no
debe debilitarse, y los que se designan por "piano," no deben ser
producidos como si fueran el trueno, sino cada uno debe tener su propia expresión.
Vuestro tema debe ser toda la verdad revelada en proporción armoniosa.
Hermanos,
si estáis resueltos a tratar en vuestros sermones de verdades importantes, no
debéis pararos siempre en los meros bordes de la verdad. Las doctrinas que no
son esenciales a la salvación del alma, ni al cristianismo práctico, no se
deben considerar en todos los cultos. Haced mérito de todos los aspectos bajo
los cuales puede considerarse la verdad, en su proporción debida
respectivamente, porque cualquiera parte de la Biblia es provechosa, y vuestro
deber no es tan sólo predicar la verdad sino la verdad entera. No insistáis
constantemente sólo en una verdad. La nariz es muy importante como parte
constituyente del rostro humano, pero retratar sólo la nariz de un hombre, no
seria un modo satisfactorio de copiar su cara; así una doctrina puede ser muy
interesante, pero darle una importancia exagerada bien puede ser fatal a la
armonía de un ministerio completo.
No
levantéis las doctrinas de poca importancia a la altura de puntos principales.
No pintéis los detalles del fondo del retrato evangélico, con la misma gran
brocha que se usa para pintar los objetos grandes que se encuentran en primer término.
Por ejemplo, los grandes problemas de sublapsarianismo y supralapsarianismo, las
vehementes discusiones respecto de la filiación eterna de Jesucristo; la
controversia animada concerniente a la doble procedencia del Espíritu Santo, y
las opiniones respectivas en cuanto a la venida de Cristo, antes o después del
Milenio, por importantes que sean en el concepto de algunos, importan muy poco
prácticamente a la piadosa viuda y sus siete huérfanos que viven de su trabajo
con la aguja. Ella necesita más bien de oír lo que atañe a la benignidad del
Dios de la providencia, que de estos misterios profundos. Si le predicáis a
ella sobre la fidelidad de Dios con su pueblo, cobrará ánimo y valor para la
lucha de su vida diaria; pero cuestiones difíciles la confundirán o harán
dormir. Y ella es tipo de centenares de los que necesitan de vuestro cuidado.
Nuestro
gran tema es el Evangelio celestial, las buenas nuevas de misericordia
manifestada por la muerte expiatoria de Jesús, misericordia para el primero de
los pecadores luego que crea en Cristo Jesús. Debemos emplear toda nuestra
fuerza de juicio, memoria, imaginación y elocuencia en la predicación del
Evangelio, y no hacer uso para este gran trabajo solamente de vuestros
pensamientos casuales, a la vez que asuntos muy inferiores monopolizan nuestras
meditaciones más profundas. Estad ciertos de que si empleáramos la
inteligencia de Locke o Newton y la elocuencia de Cicerón en el estudio de la
sencilla doctrina de '4creed y vivid," no encontraríamos que
ninguna fuerza era superflua. Hermanos, primero y antes de todo, predicad las
sencillas doctrinas evangélicas; sean cuales fuesen las otras verdades que
presentéis desde el púlpito, no dejéis de ocupaos sin cesar de la doctrina
salvadora de Cristo y él crucificado.
Conozco
a un ministro, la correa de cuyo zapato no soy digno de desatar, cuya predicación
frecuentemente apenas es mejor que la pintura de miniaturas sagradas, casi
pudiera yo decir, que es frivolidad santa. Es muy afecto a predicar hablando de
los diez dedos del pie de la bestia, de los cuatro rostros de los querubines,
del sentido místico de los cueros de los tejones, y de la significación típica
de las varas del arca y de las ventanas del templo de Salomón; pero los pecados
de los hombres de negocios, las tentaciones especiales de nuestros tiempos, y
las exigencias morales del siglo son asuntos de que por rareza se ocupa. Esta
predicación da idea de un león empleándose en cazar ratones, o de un buque de
guerra buscando un barril perdido de agua.
Esta
clase de teólogos microscópicos suelen magnificar asuntos inferiores a los que
Pedro llama "fábulas de viejas," como si fueran de la mayor
importancia. Para estos ministros la sutileza de un pensamiento tiene más
atractivo, que la salvación de una alma. Habréis leído en el "Student's
Manual" por Todd, que Harcacio, rey de Persia, era muy notable como cazador
de topos; y Briantes, rey de Lidia, era igualmente diestro en limar agujas: pero
estas cosas triviales están lejos de probar que aquellos hombres eran grandes
reyes: así en el ministerio se encuentra a veces una bajeza de empleo mental,
que no cuadra con la categoría de un embajador de Dios. Este deseo ateniense de
hablar u oír hablar de alguna cosa nueva, parece predominante en nuestros
tiempos entre cierta clase de personas. Se glorían de haber recibido nueva luz;
y pretenden poseer una especie de inspiración que les confiere el derecho de
condenar a todos los que no están conformes con ellos en sus opiniones, y sin
embargo, su gran revelación atañe sólo a un distintivo meramente accesorio
del culto, o a una interpretación oscura de la profecía; de suerte que cuando
consideramos el gran alboroto y clamor de estas personas sobre asuntos tan
triviales, nos acordamos de las palabras siguientes del poeta: "Un océano
hecho tempestuoso”
Para
hacer flotar una pluma, o anegar una mosca." Aun peores son los que pierden
el tiempo insinuando dudas respecto de la autenticidad de algunos textos, o de
la exactitud de ciertas declaraciones Bíblicas relativas a fenómenos naturales.
Me acuerdo con mucha pena de haber oído en la noche de un domingo, una alocución
llamada sermón, cuyo tema era una
discusión erudita sobre si un ángel en efecto descendía al estanque de
Betesda y revolvía el agua, o si era una fuente intermitente, respecto de la
cual la superstición Judaica habla levantado una leyenda. Los hombres y las
mujeres mortales se hablan reunido para conocer el camino de la salvación, y no
se les hizo ver sino una vanidad tal como ésta. Esperaban pan y recibieron una
piedra: las ovejas dirigieron su mirada hacía sus pastores, pero no se les dio
de comer. Raras veces disfruto la oportunidad de oír un sermón, y cuando me
toca esta suerte, estoy desafortunado en extremo, pues uno de los últimos con
que estuve entretenido, tuvo por objeto justificar a Josué por haber destruido
a los Cananeos; otro llevó por mira probar que no era bueno que el hombre
estuviera solo. No he podido hasta ahora informarme del número de las almas
convertidas como fruto de las oraciones ofrecidas antes de estos sermones, pero
tengo la convicción de que ninguna alegría inusitada perturbó la serenidad de
las calles de oro.
Muy
pocas personas tienen necesidad del consejo que sigue, y lo aduzco, por tanto,
sin el deseo de darle énfasis ninguno, es a saber: No hagáis mérito de
demasiados pensamientos en un sermón. Toda la verdad no se puede tratar en un
discurso. Los sermones no deben ser sistemas enteros de teología. Es posible
tener demasiado que decir, y continuar diciéndolo hasta que los oyentes sean
enviados a sus casas fastidiados más bien que deseosos de oír más. Un
ministro anciano, andando en compañía de otro que era joven, señaló con el
dedo un campo sembrado de maíz, y dijo: "Tu último sermón comprendió
demasiados pensamientos y no fue suficientemente claro, ni bien ordenado:
semejante a aquel sembrado que contiene mucha comida cruda, pero muy poca lista
para usarse desde luego. Debes hacer que tus sermones se parezcan al pan que es
bueno para comer y de una forma conveniente."
Temo
que las cabezas humanas (hablando frenológicamente,) no sean tan capaces de
entender la teología como eran antes, porque nuestros antepasados se
regocijaban en dieciséis onzas de teología no diluida y sin adornos, y podían
continuar recibiéndola por tres o cuatro horas sin interrupción; pero nuestra
generación más degenerada, o por lo menos, más ocupada, exige nada más que
una onza a la vez, y ésta debe ser el extracto concentrado o el aceite esencial,
mas bien que toda la sustancia de la teología. En nuestros tiempos se nos exige
que digamos mucho en pocas palabras, pero no demasiado, ni con demasiada
amplificación. Un pensamiento bien presentado y fijado en la mente sería mucho
mejor que cincuenta que se oyeran sin pensar seriamente en ellos. Un clavo bien
dirigido y afirmado, seria mas útil que veinte fijados negligentemente, y que
se pueden sacar con mucha facilidad.
Nuestros
pensamientos deben ser bien ordenados según las reglas propias de la
arquitectura mental. No nos es permitido que pongamos inferencias practicas como
base, y doctrinas como piedras superiores; ni metáforas como cimiento y
proposiciones encima de ellas; es decir, no debemos poner primero las verdades
de mayor importancia, y por último las inferiores, a semejanza de un anticlímax,
sino que los pensamientos deben subir y ascender de modo que una escalera de
enseñanza conduzca a otra, que una puerta de raciocinio se comunique con otra,
y que todo eleve al oyente hasta un cuarto, digámoslo así, desde cuyas
ventanas se pueda ver la verdad resplandeciendo con la luz de Dios. Al predicar,
guardad un lugar a propósito para todo pensamiento respectivamente, y tened
cuidado de que todo ocupe su propio lugar. Nunca dejéis que los pensamientos
caigan de vuestros labios atropelladamente ni que se precipiten como una masa
confusa, sino hacedlos marchar como una tropa de soldados. El orden, que es la
primera ley celestial, no debe ser descuidado por los embajadores del cielo.
Vuestras
enseñanzas doctrinales deben ser claras y terminantes. Para esto es necesario
que ante todo sean claras para vosotros mismos. Algunos piensan en humo y
predican en una nube. Vuestros oyentes no exigen una luminosa bruma, sino la
tierra sólida de la verdad. Las especulaciones filosóficas producen en algunas
mentes un estado de semi-embriaguez, en que o ven todo doble, o no ven nada. Al
jefe de un colegio de Oxford se le preguntó hace algunos años, cuál era el
mote de armas de aquella universidad. Contestó que era "Dominus
illumineatio meo," pero agregó que en su concepto otro más adecuado habría:
"Aristóteles meae tenebrae." Los escritores pretenciosos han vuelto
medio locos a muchos hombres francos que de buena fe leían sus producciones,
suponiendo que estaban al tanto de la ciencia más moderna. Si esta necesidad
fuera legítima, nos compelería a asistir a los teatros para poder juzgar sobre
los nuevos dramas, o a frecuentar las carreras para no estar injustamente
preocupados en nuestras opiniones sobre carreras y juegos. Por mi parte, creo
que la mayoría de los que leen libros heterodoxos, son ministros, y que si éstos
no hicieran caso de ellos, caerían por la tierra sin producir efecto alguno.
Que un ministro se guarde de ser confuso, y entonces podrá enseñar a su pueblo
con toda claridad. Nadie puede causar una impresión provechosa, si no tiene la
aptitud de expresarse de un modo inteligible. Si predicamos la verdad pulida, y
doctrinas Bíblicas puras valiéndonos de palabras sencillas y claras, seremos
pastores fieles de las ovejas y el provecho del pueblo pronto se hará patente.
Esforzaos
en presentar en vuestros sermones pensamientos tan interesantes como os sea
posible. No repitáis cinco o seis doctrinas de un modo monótono y fastidioso.
Comprad, hermanos, un órgano teológico adaptado a producir cinco tonos con
toda precisión, y seréis capaces de funcionar como predicadores ultra
calvinistas en Zoar y Jire, si a la vez compráis en una fábrica de vinagre un
buen surtido de esos amargos de que abusan los Arminianos. Los sesos y la gracia
pueden escogerse, pero el órgano y el ajenjo son indispensables. Debemos
percibir una clase de verdades más extensa, y regocijarnos en ella. Todo lo que
estos buenos hombres creen respecto de la gracia y la soberanía, nosotros lo
sostenemos también, y con igual firmeza y valor; pero no nos atrevemos a cerrar
los ojos a otras enseñanzas de la palabra divina y nos vemos obligados a
cumplir con nuestro ministerio, declarando todos los consejos de Dios.
Haciendo
uso de temas abundantes bien comprobados por medio de metáforas y experiencias
de importancia, no fastidiaremos a nuestros oyentes, sino que con la ayuda de
Dios, lograremos que nos presten sus oídos, y ganaremos sus corazones. Que
vuestras enseñan2as manifiesten vuestro propio conocimiento y adelante en el
estudio de la Biblia; que se profundicen a medida que vuestras experiencias se
extiendan, y que se levanten en el mismo grado que el progreso de vuestras almas.
No doy a entender que debéis predicar nuevas verdades; pues por el contrario,
tengo por feliz al ministro que disfruta una instrucción tan exacta y completa
al principio de su carrera, que después de 50 años de servicio, no ha tenido
nunca que retractar ni una doctrina, ni lamentar una omisión importante; sino
quiero decir que debemos crecer constantemente en el conocimiento profundo de la
verdad, y lo haríamos si avanzásemos espiritualmente.
Timoteo
no podía predicar sermones iguales a los de Pablo. Nuestras primeras
producciones deben ser excedidas por las de nuestra edad madura: nunca debemos
considerar aquellas como modelos, y será mejor quemarlas o guardarlas para que
en lo sucesivo lamentemos su naturaleza superficial. Seria muy triste. a la
verdad, que no supiéramos más después de asistir por muchos años a la
escuela de Cristo, de lo que sabíamos al entrar en la vida cristiana: nuestro
progreso puede ser tardío, pero debe haber progreso, o bien podernos sospechar
que nos falta la vida interior, o que está muy enfermiza. Estad ciertos de que
no habéis conseguido vuestro objeto todavía. Que os sea dada gracia para que
prosigáis siempre adelante. Que vosotros todos lleguéis a ser ministros hábiles
del Nuevo Testamento, e iguales al primero de los predicadores, aunque en
vosotros mismos no seáis nada aún.
Se
dice que la palabra "sermón significa una estocada, y por tanto, debemos
llevar por mira al preparar un sermón, tratar su asunto con energía y efecto,
y el asunto debe prestarse a ello. Escoger temas simplemente morales, equivaldría
a hacer uso de un puñal de madera; pero las grandes verdades de la Biblia se
parecen a las espadas agudas. Predicad las doctrinas que apelan a la conciencia
y al corazón. Sed campeones firmes de un evangelio que propende a ganar y
salvar almas. La verdad de Dios se adapta al hombre, y su divina gracia hace que
éste se adapte a su verdad. Hay una llave que por la ayuda de Dios, puede dar
cuerda al cilindro musical de la naturaleza humana: conseguidla y haced uso de
ella diariamente. Por esto os exhorto a que prediquéis el evangelio antiguo, y
sólo éste, porque sin duda alguna, es potencia de Dios para dar la salvación.
De
todo lo que Quisiera yo decir, este es el resumen: hermanos míos, predicad a
Cristo siempre y por siempre. El es todo el Evangelio. Su persona, sus oficios y
su obra deben ser nuestro gran tema que comprende todo. El mundo necesita oír
hablar aún de su Salvador y del modo de acercarse a El. La justificación por
la fe debe ser el testimonio diario de los púlpitos Protestantes, como no lo es
en nuestros días, y si las otras doctrinas de la gracia fueran presentadas más
frecuentemente con esta verdad real, seria mejor para nuestras iglesias y
nuestro siglo. (Si lográramos predicar la doctrina de los Puritanos con el celo
de los Metodistas, veríamos un gran futuro. El fuego de Wesley y el combustible
de Whitfleld, producirán un incendio que inflamará los bosques de error, y
calentarán el alma misma de esa tierra fría). No fuimos llamados para anunciar
la filosofía y la metafísica sino el sencillo evangelio.
La
caída del hombre, su necesidad de un nacimiento nuevo, el perdón por medio de
una propiciación, y la salvación como resultado de la fe, estos son nuestro
caballo de batalla y nuestras armas de guerra. Tendremos bastante que hacer si
aprendemos y enseñamos estas grandes verdades, y maldita sea la ilustración
que propenda a distraernos de nuestra misión, y aquella ignorancia que nos
impida seguirla. Estoy más y más celoso por temor de que algunas opiniones
sobre la profecía, el gobierno de la Iglesia, la política o aun la teología
sistemática, nos aparten de gloriamos en la cruz de Cristo. La salvación es un
tema en que quisiera que se alistaran todas las lenguas consagradas. Estoy muy
deseoso de conseguir testigos del Evangelio glorioso del Dios bendito.
¡Ojalá que Cristo crucificado fuera el tema universal de los hombres de Dios! Vuestras conjeturas respecto del número de la bestia, vuestras especulaciones Napoleónicas, vuestras reflexiones sobre un Anticristo personal, perdonadme, las considero todas como huesos y nada más para los perros; (me parece la sandez más fútil hablar respecto de un Armagedón en Sebastopol, o Sadowa, o Sedán, y atisbarías entre hojas cerradas del destino, para descubrir la suerte de Alemania siendo así que en el entretanto los hombres se están muriendo, y el Infierno está poblándose.) Bienaventurados los que leen y escuchan las palabras proféticas de la Revelación; pero es evidente que esta bendición no ha caído sobre los que pretenden interpretarla, porque a cada generación de ellos se le ha probado su equivoco por el mero transcurso del tiempo, y la actual les seguirá al mismo sepulcro ignominioso. Antes que explicar todos los misterios, preferiría yo arrancar un tizón del incendio. Evitar que un alma descienda al Infierno, es un acto más glorioso que el de ser coronado en la arena de la controversia teológica como Doctor Suficientísimo; el haber quitado el velo a la gloria de Dios revelada en Jesucristo, será tenido en el gran día del juicio final, por un servicio más digno que el de haber resuelto los problemas de la esfinge religiosa, o haber cortado el nudo Gordiano de las dificultades apocalípticas. Bendito sea el ministerio para el cual Cristo es todo.
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