Según la
Escritura, Dios ha creado el “universo.” Dios ha creado el tiempo y el
espacio. Dios ha creado todos los “hechos” de la ciencia. Dios ha creado la
mente humana. En esta mente humana Dios ha establecido las leyes del pensamiento
de acuerdo a las cuales ha de operar. En los hechos de la ciencia Dios ha
establecido las leyes del ser de acuerdo a las cuales funcionan. En otras palabras, la
impresión del plan de Dios se halla sobre toda su creación.
Podemos
caracterizar toda esta situación diciendo que la creación de Dios es una
revelación de Dios. Dios se reveló a sí mismo en la naturaleza y Dios también
se reveló a Sí mismo en la mente del hombre. De modo que es imposible para la
mente del hombre funcionar excepto en una atmósfera de revelación. Y todo
pensamiento del hombre, cuando ha funcionado normalmente en esta atmósfera de
revelación, expresará la verdad tal y como ha sido establecida en la creación
por Dios. Por lo tanto, podemos llamar a una epistemología Cristiana una
epistemología revelacional.
Debemos ahora
buscar definir esta epistemología revelacional de manera más cercana relacionándola
aún más definidamente con la concepción de aquel que da la revelación. La
pregunta sobremanera importante es, ¿Qué tipo de Dios se revela a Sí mismo?
Los pensadores panteístas también hablan de Dios revelándose a Sí mismo, y
por lo tanto, también pudieran hablar de una epistemología revelacional si lo
desearan. Pero, por causa de la claridad, el término revelación debiese en
realidad estar reservado para el pensamiento bíblico. De acuerdo a esta visión
Dios ha sido, y es, eternamente auto-consciente. No hay sombra de ignorancia o
de oscuridad en Él.
Es este
concepto de un Dios completamente auto-consciente el que es sumamente importante
en epistemología. Esto es inmediatamente obvio a partir de las implicaciones de
tal concepto para el hecho del conocimiento humano.
El verdadero
conocimiento humano se corresponde con el conocimiento que Dios tiene de sí
mismo y del mundo. Suponga que soy un científico investigando la vida y
costumbres de una vaca. ¿Qué es esta vaca? Digo que es un animal. Pero esto
solamente nos trae de regreso a la pregunta. ¿Qué es un animal? Para responder
esa pregunta debo saber qué es la vida. Pero, una vez más, para saber qué es
la vida debo saber cómo ésta se relaciona con el mundo inorgánico. Y así,
puede que continúe, y así debo hacerlo, hasta alcanzar los límites del
universo. Y aún cuando haya alcanzado las fronteras del universo todavía no sé
qué es la vaca. El conocimiento completo de qué es una vaca puede ser poseído
solo por una inteligencia absoluta, i.e., por uno que tiene, por así decir, el
bosquejo de todo el universo. Pero no se deriva, a partir de esto, que el conocimiento que yo
tengo de la vaca no sea verdadero hasta ese momento. Es verdadero si se
corresponde con el conocimiento que Dios tiene de la vaca.
A partir de
esta presentación del tema, está claro que lo que queremos dar a entender con
el término correspondencia no es lo que a menudo se quiere dar a entender con
él en la literatura epistemológica. En la literatura sobre el tema,
correspondencia generalmente significa una correspondencia entre la idea que
tengo en mi mente y el “objeto que está allá afuera.” Esta era la única
cuestión en disputa en la batalla entre los “realistas” y los “idealistas
subjetivos.” No estaban interesados en el asunto más allá de nuestras mentes,
i.e., el si Dios debía ser tomado en cuenta en la correspondencia. Podemos
llamar a nuestra posición en epistemología una Teoría de la Correspondencia
de la Verdad, si solo tenemos en mente que está opuesta a lo que históricamente
se ha conocido con ese nombre.
En oposición
a la teoría histórica de la correspondencia de la verdad se erigió en la
tradición de Kant-Hegel la así llamada Teoría de la Coherencia de la Verdad.
Los idealistas argumentaban de la manera en que nosotros hemos argumentado antes
con respecto a la vaca. Decían que el verdadero conocimiento no puede obtenerse
por una mera correspondencia de una idea de la mente con un objeto existente
aparte de la mente. La mente y el objeto del cual busca conocimiento son partes
de un gran sistema de realidad y uno debe tener conocimiento de la totalidad de
esta realidad antes que uno tenga conocimiento de alguna de sus partes. Por
consiguiente, los Idealistas decían que lo que realmente contaba en el
conocimiento era la coherencia de cualquier hecho con todos los otros hechos.
Conocer el lugar de un hecho en el universo como un todo es tener verdadero
conocimiento. Esta posición, como veremos plenamente más tarde, se aproxima,
en forma, a aquello que seguimos en nuestra posición.
No obstante,
es solamente en forma que se aproxima a nuestra posición. Que esto es verdad se
puede ver a partir del hecho determinante de que el Absoluto, al cual el
idealista busca relacionar todo conocimiento, no es el Dios completamente auto-consciente
del Cristianismo. No podemos probar este punto aquí. Solamente lo enunciamos
aquí como nuestra convicción con el objeto de aclarar el terreno. El Absoluto
del idealismo, creemos, no es en realidad un absoluto porque existe como
meramente correlativo al mundo del espacio-tiempo. Por consiguiente, hay nuevos
hechos que surgen para él lo mismo que para nosotros. Dios se convierte en un primus
Inter-pares, un Uno entre otros. No puede
ser ya más el estándar del conocimiento humano.
Es nuestra
convicción que solamente el Cristiano puede obtener una coherencia real en su
pensamiento. Si todos nuestros pensamientos con respecto a los hechos del
universo se hallan en correspondencia con las ideas de Dios con respecto a estos
hechos, entonces habrá coherencia, de manera natural, en nuestro pensamiento
porque existe una coherencia completa en el pensamiento de Dios. Por otro lado,
sostenemos que la teoría idealista de la coherencia de la verdad no puede
conducir a la coherencia porque omite la fuente de toda coherencia, a saber,
Dios.
En un sentido,
sería bueno para nosotros llamarle a nuestra posición la Teoría de Coherencia
de la Verdad porque afirmamos tener verdadera coherencia. Ya sea que llamemos a
nuestra posición teoría de correspondencia o que la llamemos una teoría de
coherencia, tenemos, en cada caso, que distinguirla agudamente de las teorías
que históricamente han tenido esos nombres. En consecuencia, el factor
determinante debe ser una consideración de aquello que es lo más fundamental
en nuestra teoría de correspondencia o de coherencia. Ahora, esto depende de la
cuestión de si tenemos el conocimiento de Dios en la mente primero que todo, o
si comenzamos con el conocimiento humano. Para Dios, la coherencia es el término
que viene primero. Hubo coherencia en el plan de Dios antes que hubiese
cualquier hecho de espacio-tiempo con el cual pudiera corresponderse su
conocimiento, o que pudiera corresponderse a su conocimiento. Por otro
lado, cuando
pensamos en el conocimiento humano, la correspondencia es de importancia
primordial. Si ha de haber una verdadera coherencia en nuestro conocimiento debe
haber correspondencia entre nuestras ideas de los hechos y las ideas de Dios de
estos hechos. O más bien, debiésemos decir que nuestras ideas se deben
corresponder con las ideas de Dios.
Ahora, puesto que estamos tratando con oponentes que hablan del
conocimiento humano casi de manera exclusiva, quizá podamos mejor resaltar la
particularidad de nuestra posición llamándola la Teoría de la Correspondencia
de la Verdad. Una razón adicional para esta decisión es que, al presente, la
antigua teoría de la correspondencia casi se ha desvanecido, dejando a la teoría
de coherencia en control del campo. De modo que, tenemos la ventaja de un nombre
diferente al nombre actual, dado que estamos interesados en aclarar que en
verdad tenemos una teoría diferente a la teoría en boga.
Otro término
que necesita una descripción antes de poder proceder con nuestra evaluación
histórica es el término “objetividad.” En lenguaje ordinario entendemos
por “objeto” cualquier cosa que existe “allá afuera,” es decir,
independientemente de la mente humana. Luego afirmamos tener un conocimiento
objetivo de algo si la idea que tenemos en nuestras mentes de esa cosa se
corresponde con la cosa tal y como existe independientemente de la mente.
Podemos tener ideas falsas con respecto a una cosa. En ese caso decimos que es
solamente subjetivo o que no se corresponde con la realidad. La controversia
entre Berkeley y sus oponentes giraba en torno al punto sobre si hay o no
objetos “allá afuera” a los cuales se corresponde nuestro conocimiento.
Berkeley decía que ser es ser percibido. Por lo tanto, decía que todo
conocimiento es solamente subjetivo. Sus oponentes sostenían lo contrario. Se
dice que Johnson trató de refutar a Berkeley dando
puntapiés a una piedra.
La teoría de
la coherencia de la verdad implicaba una nueva concepción de la objetividad.
Para ella, la objetividad ya no era la correspondencia de una idea a un cierto
objeto supuesto a existir en total independencia de la mente. Para ella, la
objetividad quería decir una referencia significativa a todo el sistema de
verdad. Uno tendría una idea verdadera de una vaca no por tener una réplica de
la vaca en la mente de uno, sino por entender el lugar de la vaca en el universo.
Ahora, se
entenderá fácilmente que, en lo que tiene que ver con la forma de la materia,
la concepción Cristiana de la objetividad se halla más cercana a la última
que a la primera posición. Para nosotros también la cuestión primordial no es
la naturaleza totalmente otra de la vaca. Lo que nos interesa principalmente es
que nuestra idea de la vaca se corresponda con la idea que Dios tiene de la vaca.
Si no es así, nuestro conocimiento es falso y puede ser llamado subjetivo. Pero
debiese notarse la diferencia exacta entre la concepción idealista de la
objetividad y la nuestra. La diferencia se halla justo aquí, que para el
idealista, el sistema de referencia se encuentra en el Universo inclusivo de
Dios y el hombre, mientras que para nosotros, el punto de referencia se
encuentra sólo en Dios.
Por lo tanto,
cuando examinamos las varias visiones epistemológicas con respecto a su “objetividad,”
estamos interesados mayormente en saber si estas visiones han buscado el
conocimiento de un objeto colocándolo en su correcta relación con el Dios
auto-consciente. Los otros asuntos son lo suficientemente interesantes de por sí
pero no son, comparativamente hablando, de gran importancia. Incluso si uno no
estuviera ansioso respecto a la verdad del asunto, todavía debiese ser claro
para él de que no puede haber una cuestión más fundamental en la epistemología
que la cuestión de si los hechos pueden o no ser conocidos sin referencia a
Dios. Suponga, por causa del argumento, que existe tal Dios.
Y ciertamente,
cualquiera debiese estar dispuesto a aceptar la posibilidad de ello, a menos que
haya probado la imposibilidad de la existencia de Dios. Suponga entonces la
existencia de Dios. Entonces sería un hecho que todo hecho sería
verdaderamente conocido solamente con referencia a Él. Si entonces uno no
colocara un hecho en relación con Dios, estaría en error con respecto al hecho
bajo investigación. O suponga que uno comenzaría sus investigaciones como
científico, sin ni siquiera preguntarse si es necesario o no hacer referencia a
tal Dios en sus investigaciones, tal persona estaría en una ignorancia
constante y fundamental desde el principio. Y esta ignorancia sería una
ignorancia culpable, puesto que es Dios quien le da vida y todas las cosas
buenas. Debiese ser obvio entonces que uno debiese resolver para sí mismo estas
cuestiones epistemológicas de lo más fundamental, el si Dios existe o no.
Cristo dice que, como el Hijo de Dios, él vendrá a juzgar y condenar a todos
aquellos que no hayan llegado al Padre a través de Él.
Finalmente,
debemos discutir la cuestión del método. En esta etapa sólo estamos
interesados en ver qué tipo de método de investigación está implicado en el
Cristianismo. Desde el comienzo se debiese observar claramente que todo sistema
de pensamiento necesariamente tiene un cierto método que le es propio.
Generalmente este hecho es pasado por alto. Se da por sentado que todos
comienzan de la misma manera con un examen de los hechos, y que las diferencias
entre los sistemas surgen únicamente como resultado de tales investigaciones.
Sin embargo, éste no es realmente el caso. No podría ser en verdad el caso. En
primer lugar, este no podría ser el caso con un Cristiano. Su hecho fundamental
y determinante es el hecho de la existencia de Dios. Esa es su conclusión
final.
Pero ese debe
ser también su punto de partida. Si el Cristiano está en lo correcto en su
conclusión final con respecto a Dios, entonces ni siquiera entraría en contacto con
ningún hecho a menos que fuese a través del medio de Dios. Y dado que el
hombre, a través de la caída en Adán, llegó a ser un pecador, el hombre no
puede conocer, y por lo tanto, amar a Dios excepto a través de Cristo el
Mediador. Y es solo en la Escritura que aprende acerca de este Mediador. La
Escritura es la Palabra de Cristo, el Hijo de Dios e Hijo del hombre. Ningún
pecador conoce nada verdaderamente excepto que conozca a Cristo, y nadie conoce
a Cristo verdaderamente a menos que el Espíritu Santo, el Espíritu enviado por
el Padre y el Hijo, le regenere. Si todas las cosas deben ser vistas “en Dios”
para ser vistas verdaderamente, uno podría ver por siempre en todas partes sin
ver jamás un hecho tal y como es realmente. Si debo ver a través de un
telescopio para ver una estrella distante, no puedo primero mirar la estrella
para ver si existe un telescopio a través del cual pueda verlo. Si debo mirar a
través de un microscopio para ver un germen, no puedo primero ver el germen con
el ojo desnudo para ver si hay un microscopio a través del cual pueda verlo. Si
fuese una cuestión de ver algo a simple vista y ver el mismo objeto más
claramente a través de un telescopio o de un microscopio, el asunto sería
diferente. Puede que veamos un paisaje débilmente a simple vista y luego
mirarlo a través de un telescopio y verlo más claramente.
Pero tal no
es el caso con la posición Cristiana. De acuerdo a ella, nada en lo absoluto
puede ser conocido verdaderamente con respecto a cualquier hecho a menos que sea
conocido a través y por medio de, el conocimiento de Dios que el hombre tiene.
Pero si se aceptara de buena gana que el Cristiano comienza con parcialidad, no
se aceptaría tan de buena gana que sus oponentes también comienzan con
parcialidad. Y no obstante, este no es menos el caso. Y la razón para esto es
realmente la misma como la que se dio antes en el caso del Cristiano. Podemos
una vez ilustrar esto con nuestra analogía del telescopio. Él se mantiene
firme en su convicción de que hay algunos hechos que puede saber verdaderamente
sin mirar a través de un telescopio. Esto se implica en la idea misma de
comenzar a ver si existe un Dios. Esta persona observará que incluso decir que
hay algunos hechos que pueden ser conocidos sin referencia a Dios es ya, lo
opuesto a la posición Cristiana.
No es
necesario decir que todos los hechos pueden ser conocidos sin referencia a Dios
con el objeto de tener una clara negación de la posición Cristiana. La
afirmación del Cristianismo es exactamente que no existe un solo hecho que
pueda ser conocido sin Dios. Por ende, si alguien asegura que existe siquiera un
hecho que puede ser conocido sin Dios, entonces esa persona razona como un no-Cristiano.
Se desprende entonces que tal persona en efecto rechaza la totalidad de la
posición Cristiana, las conclusiones finales lo mismo que el punto de partida.
Y eso significa que tal persona, desde el principio, ha dado por sentado que no
hay ningún Dios en quien puedan ser conocidos los “hechos.” En otras
palabras, tal persona ha dado por sentado que Dios no es, al menos, un
“hecho” que pueda estar relacionado con cualquier otro “hecho,” de modo
que ningún otro hecho pueda ser entendido sin referencia al “hecho” de Dios.
Era necesario
señalar este punto, que todo ser humano debe necesariamente comenzar con una
clara “parcialidad,” en esta etapa, porque a menudo se asume que la
verdadera diferencia entre la posición tradicionalmente Cristiana y los métodos
ordinarios filosóficos y científicos existen en el hecho de que solo la posición
tradicional tiene prejuicios, mientras que todas las demás son imparciales. Fue
necesario también enfatizar la universalidad del “prejuicio” en este punto
porque de este modo se hará claro que cuando el Cristiano y su oponente usan la
misma terminología no están dando a entender las mismas cosas. Ambos hablan de
métodos inductivo, deductivo y trascendental, pero cada uno de ellos presupone
su propio punto de partida, cuando usa estos términos, y que el hecho le da a
estos términos un significado diferente en cada caso. Se deriva de esto, también,
que cuando el Cristiano se está oponiendo no se está oponiendo a estos métodos
como tales, sino a las presuposiciones anti Cristianas que se hallan en la base
de ellos.
Cuál método
se ajusta a un cierto sistema de pensamiento depende de la idea del conocimiento
que tenga un sistema. Para el sistema Cristiano el conocimiento consiste en
entender la relación de cualquier hecho con Dios tal y como se revela en la
Escritura. Conozco un hecho verdaderamente en la medida que entiendo la relación
exacta que tal hecho sustenta en el plan de Dios. Es el plan de Dios lo que le
da significado a cualquier hecho en términos del plan de Dios. El significado
total de cualquier hecho se ve agotado por su posición en el plan de Dios y su
relación con él. Esto significa que todo hecho está relacionado con cualquier
otro hecho. El plan de Dios es una unidad. Y es esta unidad del plan de dios,
fundamentado como se halla en el mismo ser de Dios, lo que provee la unidad que
buscamos entre todos los hechos finitos. Si alguno sostuviera que un hecho puede
ser plenamente entendido sin referencia a todos los otros hechos, el tal es tan
antiteísta como cuando sostiene que un hecho puede ser entendido sin referencia
a Dios.
A partir de
esta concepción del conocimiento se hará evidente cuál método estará
obligado a usar un Cristiano. Ese método quizá lo podamos designar mejor como
el método de implicación. Lo que buscamos hacer en nuestra búsqueda para
entender el universo es trabajar nosotros mismos aún más profundamente en las
relaciones que los hechos del universo sustentan para con Dios. Es decir,
buscamos implicarnos nosotros mismos más profundamente en una comprensión del
plan de Dios en todo hecho que investiguemos. Suponga que soy un biólogo
estudiando el color de ciertas ranas. Para hacer esto, debo buscar saber todo
acerca de las ranas en general. Debo tener alguna concepción respecto a las
especies como un todo, antes de poder estudiar inteligentemente al individuo. O
si estoy estudiando algún animal sobre el cual no hay ninguna información
disponible en los registros de la ciencia, todavía es necesario que tenga una
teoría sobre la vida animal en general con el objeto de lanzarme en una
investigación fructífera.
De modo que,
al comenzar cualquier investigación, lo general precede a lo particular. Nadie
sin alguna noción general de la vida animal pensará jamás investigar un punto
en detalle. Luego, cuando continúe mi investigación debo buscar relacionar
esta rana particular con las otras ranas, luego las ranas a la otra vida animal,
y luego la vida animal como tal con la vida humana, y la vida humana con la
concepción que tengo de Dios. Ahora, este enfoque desde abajo hacia arriba, de
lo particular a lo general, es el aspecto inductivo del método de implicación.
Mientras mayor sea la cantidad de estudio detallado y mientras mayor sea el
cuidado con que tal estudio sea llevado a cabo, más verdaderamente Cristiano
será el método.
Es importante
mencionar este punto con el objeto de ayudar a remover la mala interpretación
común de que el Cristianismo se opone a la investigación de los hechos. Los
oponentes del Cristianismo todavía están buscando como propagar esta mala
interpretación, y esto puede verse, por ejemplo, en un libro como el de Stewart
G. Cole, La Historia del Fundamentalismo. A lo largo de todo el libro se declara
una y otra vez que los creyentes en la posición tradicionalmente Cristiana están
opuestos a la propagación del conocimiento de todos los hechos descubiertos por
la ciencia. Ahora, fuese muchísimo mejor para el Liberalismo si estuviese
dispuesto a pelear abiertamente y admitir que toda la lucha es una que tiene que
ver con dos filosofías de vida mutuamente opuestas, en lugar de ser una lucha
que tiene que ver con ocultar o no ocultar ciertos hechos.
Luego,
correspondiéndose con el aspecto inductivo del método de implicación se halla
el aspecto deductivo. Podemos definir este como el control de lo general sobre
lo particular. Nuestra concepción de Dios controla la investigación de todo
hecho. Tenemos la seguridad, tan certera como nuestra convicción de la verdad
de toda la posición Cristiana, de que ciertos “hechos” nunca serán
descubiertos. Uno de estos, por ejemplo, es “el eslabón perdido.” Asumimos
el término “eslabón perdido” en su significado corriente de una transición
gradual de lo no-racional a lo racional. Como tal, es una concepción anti
Cristiana, puesto que implica que lo no-racional es más último que lo racional.
Al menos el anti Cristiano quiere dejar la cuestión de la relatividad del carácter
último de lo racional a lo no-racional como una cuestión abierta, mientras que
el Cristiano nunca puede permitirse eso.
Para el
Cristiano, es una cuestión establecida, no una cuestión abierta. Y esta
diferencia entre el Cristiano y sus oponentes se hace más que evidente en el método
de investigación de los hechos. El anti Cristiano sostiene que puede surgir
cualquier clase de hecho. Él cree que este es uno de los requerimientos más
importantes de una actitud verdaderamente científica. Por otro lado, el
Cristiano sostiene que no aparecerá ningún hecho que pueda desmentir el carácter
último del hecho de Dios, y por ende, de aquello que Él ha revelado sobre sí
mismo y su plan para el mundo por medio de Cristo en las Escrituras. Podemos
ilustrar este punto con el ejemplo de un matemático que descubre que tres
puntos están relacionados unos con otros por medio de un círculo. Luego,
cuando procede a dibujar el círculo sigue un curso definitivamente
“prescrito” aún si todavía no ha hecho ninguna marca en el papel. Si es el
círculo el que relaciona a los puntos, y si el círculo agota la relación de
los puntos, el matemático no puede de manera razonable esperar encontrar otros
puntos en una tangente del círculo que se hallen, no obstante, relacionados con
los puntos del círculo. Ahora, podemos comparar el círculo del matemático con
el concepto Cristiano de Dios.
Sostenemos
que el significado de cualquier hecho finito se halla agotado por su relación
con el plan de Dios. Por lo tanto, lo mismo será verdad para cualquier otro
hecho, sean dos o tres, etc. Y se deriva que ningún otro hecho puede hallarse
en alguna relación posible con estos hechos a menos que también estén
relacionados con este plan de Dios que lo abarca todo. En otras palabras, sólo
los hechos Cristianos son posibles. Pues cualquier hecho, para ser del todo un
hecho, debe ser lo que la Escritura dice que es. Este es el principal punto en
disputa entre los Cristianos y los no Cristianos. La diferencia entre los dos no
solamente se evidencia en la interpretación de los hechos después que han sido
encontrados, sino incluso en la cuestión de cuáles hechos uno puede esperar
encontrar. Y todo esto sin decir, como se asume con tanta frecuencia, que el no
Cristiano esté en lo correcto al buscar cualquier tipo de hecho. Si se prueba
al final que la posición Cristiana es la correcta, entonces la posición anti
Cristiana estaba equivocada, no solamente al final, sino ya desde el principio.
De la
descripción dada de los aspectos deductivo e inductivo del método de implicación,
se hará ahora evidente que lo que se ha conocido históricamente como los métodos
deductivo e inductivo, se hallan ambos igualmente opuestos al método Cristiano.
Por el método deductivo, tal y como fue ejercido, e.g., por los Griegos, se
daba a entender que uno comienza sus investigaciones con la suposición de la
certeza y el carácter último de ciertos axiomas, tales como, por ejemplo, la
de la relación causal. En ese caso, no se consideraba de gran importancia la
pregunta de si estos axiomas descansan en Dios o en el universo. No que la
pregunta no hubiese sido planteada. Platón si consideró la cuestión de si
Dios se hallaba detrás de las ideas o si las ideas se hallaban detrás de Dios.
No obstante, esta cuestión no recibió la importancia que nosotros le damos.
Debemos
señalar el punto con más fortaleza. A la pregunta se le daba, en efecto, una
respuesta equivocada. Se asumía que la verdad, la belleza y el bien descansaban
en sí mismas y que Dios se hallaba subordinado a ellas. Para nosotros la cuestión
es sobremanera importante. Si se piensa que los axiomas de los que depende la
ciencia descansan en el universo, se sostiene en efecto lo opuesto de la posición
Cristiana. Entonces, la única racionalidad de la que saben en el universo es la
mente del hombre. Por ende, se puede declarar la alternativa diciendo que, de
acuerdo a la posición Cristiana, la base de la investigación humana se halla
en Dios, mientras que, para la posición antiteísta, la base de la investigación
humana se halla en Dios.
Lo mismo
sucede con el método más moderno de la inducción. Lo que se quiere dar a
entender por la inducción como un método de ciencia es la reunión de hechos
sin referencia a ningún axioma, con el objeto de descubrir adónde podrán
conducirnos estos hechos. Muchos científicos afirman que este método es el método
de la ciencia. Pero ya hemos visto que la noción usual que subyace en este método
es una noción antiteísta, que puede haber cualquier tipo de hecho. De allí
que, la diferencia entre el método prevaleciente de la ciencia y el método del
Cristianismo no es que el primero esté interesado en descubrir los hechos y que
esté listo para seguir los hechos en cualquier dirección hacia donde estos
puedan conducir, mientras que el último no está dispuesto a seguir los hechos.
La diferencia es más bien que el primero quiere estudiar los hechos sin Dios,
mientras que el segundo quiere estudiar los hechos a la luz de la revelación
que Dios da de Sí mismo en Cristo. De modo que, la antítesis es, una vez más,
entre aquellos para quienes el centro final de referencia en el conocimiento
yace en el hombre, y aquellos para quienes el centro final de referencia para el
conocimiento yace en Dios, tal y como este Dios habla en la Escritura.
Por
consiguiente, prestamos muy poca atención a la batalla histórica entre los apóstoles
de la deducción y los apóstoles de la inducción. Nuestra lucha no es contra
ninguno de ellos en particular sino con ambos en lo general. Para nosotros lo único
significativo en este sentido es que a menudo se descubre que es más difícil
distinguir nuestro método del método deductivo que del método inductivo. Pero
la acusación favorita en contra nuestra es que todavía estamos obligados para
con el pasado y que, por lo tanto, empleamos el método deductivo. Nuestros
oponentes, de manera irreflexiva, identifican nuestro método con el método
Griego de deducción. Por esta razón es necesario que establezcamos la
diferencia entre estos dos métodos de la manera más clara que podamos.
De nuestra
discusión también se hará evidente que incluso el método de implicación,
tal y como es empleado por la filosofía idealista, es bastante opuesto al
nuestro. Especialmente aquí es de gran importancia distinguir con claridad.
Hemos escogido a propósito el nombre implicación para nuestro método porque
creemos que realmente se ajusta con el esquema Cristiano, mientras que no se
ajusta con ningún otro esquema. Por ende, debemos hacer esfuerzos particulares
para hacer notar que el método de implicación, tal y como es propugnado
especialmente por B. Bosanquet y otros Idealistas, se opone en realidad tan
fundamentalmente a nuestro método como lo hace el deductivismo antiguo y el
inductivismo moderno. La diferencia es, una vez más, que nosotros creemos que
los Idealistas han dejado a Dios fuera de toda consideración.
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Íntimamente
relacionados con los términos inductivo y deductivo están los términos a
posteriori y a priori. El significado literal de estos términos es “de
aquello que se sigue o que es subsiguiente,” y “de aquello que es antes”
respectivamente. Un método a posteriori es que uno que es prácticamente idéntico
con el método empírico o inductivo. El método a priori es generalmente
identificado con el método deductivo. Necesitamos solamente observar que un
razonamiento a priori, y un razonamiento a posteriori, son igualmente anti
Cristianos, si estos términos se entienden en su sentido histórico. Como tales
contemplan la actividad del hombre en el universo pero no toman en consideración
el significado de Dios por encima del universo.
Debiese
notarse un punto más sobre la cuestión del método, a saber, que desde un
cierto punto de vista, el método de implicación también puede ser llamado un
método trascendental. Ya hemos indicado que el método Cristiano no usa ni el método
inductivo ni el deductivo tal y como son entendidos por los oponentes del
Cristianismo, sino que tiene elementos de ambos, de la inducción y la deducción
en él, si estos términos se entienden en un sentido Cristiano. Ahora, cuando
estos dos elementos se combinan, tenemos lo que queremos dar a entender
por un argumento verdaderamente trascendental. Un argumento verdaderamente
trascendental toma cualquier hecho de la experiencia que desea investigar, y
trata de determinar cuáles deben ser las presuposiciones de tal hecho, con el
objeto de hacerlo lo que es. Un argumento exclusivamente deductivo tomará un
axioma tal como el que toda causa debe tener un efecto, y razonará en línea
recta a partir de tal axioma, derivando todo tipo de conclusiones acerca de Dios
y el hombre. Un argumento puramente inductivo comenzaría con cualquier hecho y
buscaría en línea recta una causa de tal efecto, y quizá concluya en que este
universo debe haber tenido una causa. Ambos métodos han sido usados, como
veremos, en pro de la defensa del Cristianismo.
Sin embargo,
ninguno de ellos podía ser totalmente Cristiano a menos que ya presupongan a
Dios. Cualquier método, como se señaló antes, que no sostenga que ningún
hecho puede ser conocido a menos que Dios le dé significado a ese hecho, es un
método anti Cristiano. Por otro lado, si Dios es reconocido como la única y
final explicación de cualquier hecho, ni el método inductivo ni el deductivo
pueden usarse ya más en exclusión del otro. Que éste es el caso se puede
comprender mejor si tenemos en mente que el Dios que contemplamos es un Dios
absoluto. Ahora, el único argumento que llena los requisitos para un Dios
absoluto es un argumento trascendental. Un argumento deductivo como tal conduce
únicamente de un punto en el universo a otro punto en el universo. Así también
un argumento inductivo como tal nunca puede llevar más allá del universo. En
cualquier caso no hay más que una regresión infinita. En ambos casos es
posible que la pequeña niña inteligente pregunte, “Si Dios hizo el universo,
¿quién hizo a Dios?” y no se le dará ninguna respuesta. Esta respuesta es,
por ejemplo, una contestación favorita del polemista ateo, Clarence Darrow.
Pero si se les dijera a tales oponentes del Cristianismo que, a menos que
hubiese un Dios absoluto, sus propias preguntas y dudas no tendrían significado
en lo absoluto, no habría un argumento de contestación. Allí yacen los puntos
medulares.
Es la firme
convicción de todo Cristiano epistemológicamente auto-consciente que ningún
ser humano puede proferir una sola sílaba, ya sea en negación o en afirmación,
a menos que ésta fuese en pro de la existencia de Dios. De modo que, el
argumento trascendental busca descubrir qué tipo de fundamentos debe tener la
casa del conocimiento humano, con el objeto de ser lo que es. No busca descubrir
si la casa tiene un fundamento, sino que presupone que ya tiene uno. Sostenemos
que el método anti Cristiano, ya sea deductivo o inductivo, puede compararse a
un hombre que insistirá primero en que la estatua de William Penn en al
ayuntamiento de Filadelfia puede ser concebida de manera inteligente sin el
fundamento sobre el cual se levanta, con el objeto de investigar después si la
estatua realmente tiene o no un fundamento.
Por lo tanto,
se debiese notar de manera particular que solamente un sistema de filosofía que
tome con seriedad el concepto de un Dios absoluto estará empleando un método
trascendental. Un Dios verdaderamente trascendente y un método trascendental
van de la mano. Se desprende entonces que si hemos estado en lo correcto en
nuestra afirmación de que el Idealismo Hegeliano no cree en un Dios
trascendente, en realidad no ha usado el método trascendental como afirma
haberlo hecho.
Ahora, en
esta coyuntura puede ser bueno insertar una breve discusión del lugar de la
Escritura en todo esto. El oponente del Cristiano habrá notado desde hace mucho
que francamente estamos prejuiciados, y que toda la posición es “biblicista.”
Por otro lado, algunos fundamentalistas pueden haber temido que hemos estado
tratando de edificar una especie de filosofía Cristiana sin la Biblia. Ahora,
podemos decir que si éste fuese el caso, el oponente del Cristianismo ha
percibido el asunto correctamente. La posición que hemos buscado bosquejar de
manera breve francamente es tomada de la Biblia. Y esto se aplica especialmente
al concepto central de toda la posición, es decir, el concepto de un Dios
absoluto.
En ninguna
otra parte de la literatura humana, creemos, se presenta el concepto de un Dios
absoluto. Y este hecho está, una vez más, íntimamente asociado con el hecho
de que en ninguna otra parte hay una concepción del pecado, tal como el que se
presenta en la Biblia. De acuerdo a la Biblia, el pecado ha puesto al hombre en
enemistad contra Dios. Por consiguiente, ha sido la labor del hombre alejarse de
la idea de Dios, es decir, un Dios verdaderamente absoluto. Y la mejor manera de
hacer esto fue sustituirlo con la idea de un Dios finito. Y la mejor manera de
llevar a cabo este propósito subordinado fue hacerlo de manera que pareciera
que se retenía la idea de un Dios absoluto. De allí la gran insistencia por
parte de aquellos que son realmente anti Cristianos, de que son Cristianos.
De modo que
parece que debemos tomar la Biblia, su concepción del pecado, su concepción de
Cristo, su concepción de Dios y todo lo que está involucrado en estos
conceptos –tomar todo esto junto– o no tomar ninguno de ellos. Así también,
hace poca diferencia si comenzamos con la noción de un Dios absoluto o con la
noción de una Biblia absoluta. Una se deriva de la otra. Están implicadas
juntas en la cosmovisión Cristiana de la vida. O las defendemos a todas o no
defendemos ninguna. Sólo un absoluto es posible, y solamente un absoluto puede
hablarnos. De modo que, debe ser siempre la misma voz del mismo absoluto, aún
cuando parezca hablarnos en diferentes lugares. La Biblia debe ser verdad porque
solamente ella habla de un Dios absoluto. E igualmente cierto es que creemos en
un Dios absoluto porque la Biblia nos habla de uno.(1)
Y esto nos
trae al punto del razonamiento circular. Se señala constantemente la acusación
de que si el asunto permanece en pie con el Cristianismo, ha escrito su propia
sentencia de muerte en lo que concierne a los hombres inteligentes. ¿Quién
quisiera cometer tal error garrafal en lógica elemental, como decir que creemos
que algo es verdad porque se halla en la Biblia? Nuestra respuesta a esto,
brevemente, es que preferimos razonar en un círculo a no razonar del todo.
Sostenemos que es verdad que el razonamiento circular es el único razonamiento
que es posible para el hombre finito. El método de implicación, tal y como ha
sido bosquejado antes, es razonamiento circular. O podemos llamarlo razonamiento
en espiral. Debemos andar alrededor de una cosa, una y otra vez, para ver más
de sus dimensiones y saber más acerca de ella, en general, a menos que seamos más
grandes que aquello que estamos investigando. A menos que seamos más grandes
que Dios no podremos razonar acerca de Él de ninguna otra manera que por medio
de un argumento trascendental o circular. El rechazo a admitir la necesidad del
razonamiento circular es, en sí mismo, una señal evidente de oposición al
Cristianismo. Razonar en un círculo vicioso es la única alternativa a razonar
en un círculo tal y como se discutió antes.
En una manera
bastante áspera hemos buscado en este capítulo definir la terminología a
usarse, y con ello hemos buscado también dar algo como un bosquejo preliminar
de la epistemología Cristiana. Fue necesario que hiciésemos esto antes de
comenzar nuestra revisión histórica para que pudiésemos tener algún estándar
por el cual juzgar la historia. Pues incluso aquellos que comienzan con el propósito
declarado de dejar que la historia produzca su propio estándar, en realidad han
comenzado con una filosofía de la historia, a saber, una que sostiene que la
historia es, en sí misma aparte de Dios, producir tal estándar. Además de
esto, fue necesario que justificáramos nuestra elección del material histórico.
Hemos dicho que, para nosotros, la cuestión del lugar dado al concepto de Dios determina el valor de una teoría de la epistemología. De allí que es esta cuestión principalmente la que buscamos contestar en nuestra investigación histórica. Pero nuestros oponentes van a pensar que tal procedimiento es una señal evidente de perdición. Para ellos la cuestión de la posición no es de primordial importancia. Por consiguiente, aún esto es un punto controversial sobre el cual uno tiene que tomar partido desde el principio. Es en sí mismo un mérito llegar a ser consciente desde el principio del carácter intensamente controversial de todo esfuerzo por construir una cosmovisión de la vida y el mundo.
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1 En algunas de sus recientes publicaciones –particularmente en su
obra De Heilige Schrift, 1966 – 1967 – el Dr. G. C. Verkouwer les advierte a
los Cristianos ortodoxos en contra de tener una visión formal de la Escritura.
Subraya el hecho de que el contenido de la enseñanza bíblica y la idea de la
Biblia están implicadas la una con la otra. Es este punto el que el sílabo señalaba
en 1939.
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