
Comencé mi viaje católico en un pequeño país en Carolina del norte en
los Estados Unidos. El pueblo era tan pequeño que no teníamos misa todos los
domingos, sino que una vez por mes solía venir un sacerdote, si podía, a dar
misa en un gran salón público. Tengo un hermano mayor y otro menor. Mi padre
había estudiado en la universidad de Santa Clara. Por eso mis padres pensaron
que sería una buena idea que asistiéramos a una escuela católica con
internado. La escuela era dirigida por jesuitas y yo estudié allí durante tres
años. Académicamente era una muy buena escuela, pero la única religión con
la que teníamos contacto era la teología y la tradición católica sin ningún
énfasis en la Biblia.
El deseo de servir a Dios y a la humanidad
A medida que se acercaba la graduación, comencé a pensar en qué haría
después. Pensaba que hacerme jesuita sería una buena manera de honrar y servir
a Dios y ayudar a la humanidad; eso era todo lo que necesitaba. Por esa época,
incluso cuando dejé la escuela, sentía un anhelo y un hambre en mi corazón de
encontrar a Dios y conocerlo. En efecto, una vez cuando estaba en el último año,
recuerdo haber ido a la cancha de fútbol y haberme arrodillado allí en la
oscuridad con mis brazos elevados al cielo. Exclamé: “Dios, Dios, ¿Dónde
estás?” Realmente tenía hambre de Dios.
El seminario jesuita
Entré en la orden jesuita en 1953 después de graduarme de la escuela de
enseñanza media. Cuando entré en la orden, lo primero que ocurrió fue que se
me dijo que debía respetar todas las reglas y disposiciones, que al hacerlo
agradaría a Dios y que eso era lo que él quería para mí. Se nos enseñaba el
refrán “Mantén la regla, y la regla te mantendrá a ti”. Leíamos mucho
acerca de la vida de los santos, y desde el comienzo se me entrenó para que los
mirara como ejemplos a seguir, sin pensar en que se habían convertido en santos
porque habían servido a la Iglesia Católica. Cursé estudios en el seminario
durante trece años, tomando curso tras curso y estudiando una cosa tras otra.
Lo último fue el estudio de teología, culminando con mi ordenación en 1966.
Hambre de Dios pero no tenía paz
Todavía tenía hambre de Dios en mi corazón. No me había encontrado con
el Señor todavía y no tenía paz. En efecto, por esa época solía fumar y me
sentía muy nervioso. Solía caminar de un extremo a otro de mi cuarto fumando
un cigarrillo tras otro a causa de mi condición interior. Ingresé en un
programa de posgrado en Roma pensando que estaría en la cima de la montaña,
pero el hambre de mi corazón persistía. Llegué a hablar con un sacerdote que
estaba a cargo de las misiones en Africa, pensado ir allá como misionero. Sin
embargo, sabía que si iba a Africa, lo único que podría hacer sería enseñarle
a la gente lo que había aprendido acerca de las doctrinas católicas y lo que
la Iglesia Católica tenía para ofrecer, aunque no me hubieran satisfecho. No
veía cómo podía satisfacerlos a ellos tampoco.
Estudié durante los años del II Concilio del Vaticano (1962-1965) y fui
ordenado un año después que terminó. Los documentos del Concilio Vaticano II
estaban saliendo de Roma y yo pensé que todo cambiaría. Era un tiempo de
descubrimientos. Pensé que llegaría a la verdad fundamental, y que eso cambiaría
el mundo. Esa idea era la fuerza que me impulsaba. Pero no notaba cambios,
porque seguían estando vigentes las mismas doctrinas católicas del Concilio de
Trento. De manera que al final no fui a Africa y volví a California, donde Dios
me tenía reservada una sorpresa.
Líder de un grupo de oración
Estando en una casa de retiro donde celebraba la misa, una mujer me preguntó
si estaría dispuesto a dirigir un grupo de oración en su hogar. Nunca en mi
vida había dirigido un grupo de oración y no sabía cómo funcionaban, pero
pensé que si había sido preparado durante tantos años, debía estar
calificado para hacerlo y acepté. Lo realizaban todos los jueves de diez a doce
de la mañana. Un grupo de personas se reunían y sólo leían la Biblia,
cantaban alabanzas al Señor, y oraban unos por otros por sus necesidades. Yo me
mantenía en silencio fumando todo el tiempo. Desde temprano por la mañana el día
de la reunión de oración, caminaba de un lado para otro pensando “¿Por qué
acepté ir?” No tenía ningún entusiasmo por ir, pero cuando llegaba el medio
día, no quería retirarme. El poder de la Palabra bíblica estaba comenzando a
tocar mi corazón y mi vida.
Sorprendido por la gracia
de Dios
La gran sorpresa que el Señor tenía reservada para mí ocurrió de la siguiente manera. Un día fuimos a una casa de retiro con un grupo de personas que participaban de la reunión casera de oración. El orador dijo al final de su sermón: “Ahora, si hay alguno aquí que tiene hambre de Dios, que pase adelante y oraremos por él”. Ocurrió que una mujer llamada Sonia se me acercó y me pidió: “¿Podría por favor decirle a mi esposo Joe que pase adelante para que oremos por él?” Le dije: “Sonia, no puedo hacer eso. Eso no sería honesto porque yo mismo no he pedido que se ore por mí, ¿cómo puedo pedirle a él que pase al frente?” Bueno, yo mido alrededor de 1,90 metros y ella era una mujer muy baja. Nunca lo olvidaré; me miró a la cara y me señaló con el dedo diciendo: “Creo que necesita que oremos por usted”. Yo reí y dije: “Sí, lo necesito”. Lo que ella no comprendía era que había una gran hambre en mi alma. Después de tantos años de estudio todavía no había encontrado a Dios. Leía mi Biblia en las reuniones de oración, pero todavía no conocía al Dios soberano de la Biblia, ni me sabía un pecador perdido delante de Él.
Ese fue el momento en que oré para que Dios me cambiara, de manera que pasé
al frente y me impusieron las manos y oraron por mí. No fue por mis obras ni
por lo que ellos o yo hiciéramos, sino que fue verdaderamente por la gracia de
Dios que nací de nuevo. Jesús se volvió real, la Biblia se volvió real.
Sencillamente me convertí en una llama encendida en el amor de Dios. El cambió
mi vida. Para quienes lean esto, afirmo que Él es real y cambia las vidas.
JESUS CAMBIÓ MI VIDA. “Nos salvó, no
por obras de justicia que nosotros hubiéramos hecho, sino por su misericordia,
por el lavamiento de la regeneración, y por la renovación en el Espíritu
Santo” (Tito 3:5).
Tratamos de basarnos en la Biblia
Fue en agosto de 1970 cuando Dios realmente me tocó. Comencé a trabajar en
el movimiento carismático, un movimiento nuevo en la Iglesia Católica. Aunque
estaban saliendo de Roma todo tipo de decretos y dogmas, el movimiento al
comienzo trató de tener un sólo manual –la Biblia. Iniciamos un grupo de
oración que se reunía en una escuela de enseñanza media y creció tanto que
tuvimos que trasladarnos a un gimnasio. No pasó mucho tiempo antes que hubiera
de 800 a 1.000 personas que venían todos los viernes por la noche. Hacíamos énfasis
en la alabanza, la adoración y la glorificación a Dios. Aprovechando que en el
gimnasio no había imágenes de santos u otras cosas, tratamos de sujetarnos a
la Biblia.
Yo tenía mucho para aprender. Me llevó años comprender que estaba
transigiendo al quedarme en la Iglesia Católica. Todos esos años continué
insistiendo en que la salvación es sólo la obra terminada por Cristo en la
cruz, y no por el bautismo infantil; que hay una sola fuente de autoridad que es
la Biblia, la Palabra de Dios; y que no hay un purgatorio sino que al morir
vamos al cielo o al infierno, etc. Aquí es donde surgió el conflicto. El ver
que la gente dependía de esas doctrinas falsas y engañosas me laceraba el
corazón. Pensaba que tal vez Dios podría usarme para cambiar las cosas en la
Iglesia Católica. Hasta teníamos reuniones de oración con otras personas que
sentían lo mismo que yo. Orábamos para que Dios cambiara la Iglesia Católica
Romana para que pudiéramos seguir siendo católicos. Pero para seguir siendo
católicos, ahora lo veo, teníamos que vivir una vida condicionada.
Convicción por el Espíritu
Santo
Finalmente después de mucha convicción del Espíritu Santo comprendí que
si no me entregaba totalmente a Dios, al cien por ciento, estaba hiriendo al Señor
con el pecado del condicionamiento. También llegué a comprender que la Iglesia
Católica Romana no puede cambiar. Si cambiara, no habría papa, ni rosario, ni
purgatorio, ni sacerdotes, ni misa, etc. Después de diecisiete años de lavado
cerebral, el Espíritu Santo me lavó y limpió la mente. En una palabra, lo que
me estaba ocurriendo en este período está explicado en Romanos 12:1-2, “Así
que, hermanos, os ruego por las misericordias de Dios, que presentéis vuestros
cuerpos en sacrificio vivo, santo, agradable a Dios, que es vuestro culto
racional. No os conforméis a este siglo, sino transformaos por medio de la
renovación de vuestro entendimiento, para que comprobéis cuál sea la buena
voluntad de Dios, agradable y perfecta” (Romanos 12:1-2).
Investigación en India
Por esta época había conocido a otro sacerdote que había dejado la
iglesia de Roma. Estaba predicando lo mismo, pasando la mitad del año en la
India y la otra mitad en los Estados Unidos. Víctor Affonso también había
sido jesuita, y le dije que me parecía maravilloso poder ir a la India para
hacer trabajo misionero allá. Podríamos también investigar los dogmas y las
doctrinas de la Iglesia Católica. Fui
a la India en 1986 y pasé seis meses allí haciendo trabajo misionero. También
pudimos pasar un mes con un grupo de gente que estaba investigando el dogma católico
a la luz de las Escrituras. Estábamos decididos a seguir lo que dijera la
Biblia; si las doctrinas católicas la contradecían, las rechazaríamos.
Vimos que Jesús dijo: “Venid a mí”,
y que en los Evangelios se nos dice que oremos a nuestro Padre en el nombre de
Jesús, nunca a un santo ni a María. Los discípulos no oraban a Esteban, que
murió muy temprano en los Hechos de los Apóstoles, ni a Santiago, que fue
muerto muy pronto. ¿Por qué habrían de hacerlo si tenían al Jesús
resucitado con ellos? Él dijo: “Porque
donde están dos o tres congregados en mi nombre, allí estoy yo en medio de
ellos” (Mateo 18:20). Oraban a Jesús, oraban al Padre, tenían la guía
del Espíritu Santo y obedecían los mandamientos de Dios.
En la India descubrimos que el catecismo católico había cambiado los Diez
Mandamientos respecto de lo que estaban en la Biblia. En el catecismo católico
romano, el primer mandamiento está como en las Escrituras. El segundo
mandamiento en el catecismo es: “No
tomarás el nombre del Señor tu Dios en vano”. Este es un cambio completo
en relación a la Biblia. El tercer mandamiento de la Biblia ha sido puesto en
segundo lugar. El segundo mandamiento original que se encuentra en la Biblia ha
sido descartado. Prácticamente todos los catecismos descartan el segundo
mandamiento de la Biblia. Por ejemplo el Nuevo Catecismo de Baltimore, Pregunta
195, responde: “Los mandamientos de Dios son los diez que siguen: (1) Yo
soy el Señor tu Dios, no tendrás dioses ajenos delante de mí; (2) No tomarás
el nombre del Señor tu Dios en vano”, etc.
En la Biblia, el segundo
mandamiento declara:
“No te harás imagen, ni ninguna
semejanza de lo que está arriba en el cielo, ni en la tierra, ni en las aguas
debajo de la tierra. No te inclinará a ellas, ni las honrarás; porque yo soy
Jehová tu Dios, fuerte, celoso, que visito la maldad de los padres sobre los
hijos hasta la tercera y cuarta generación de los que me aborrecen, y hago
misericordia a millares, a los que me aman y guardan mis mandamientos”
(Exodo 20:4-6).
Dios nos prohibe inclinarnos ante ellas y adorarlas, sin embargo hay figuras
del mismo papa inclinándose y besando imágenes. Nos molestaba que este
mandamiento había sido descartado del catecismo. Entonces nos preguntamos, ¿cómo
es que lo mismo hay diez mandamientos en el catecismo? Lo que hace el catecismo
es dividir el último mandamiento (antes el décimo, ahora dividido entre el
noveno y el décimo), “No codiciarás la
mujer de tu prójimo” está separado del de no codiciar los bienes del prójimo.
Esta es una verdadera distorsión de la Biblia. Estaba descubriendo dogmas y
doctrinas que contradecían directamente las Escrituras.
María y la Misa
También investigamos la doctrina de la Inmaculada Concepción. Esta se
define como “la doctrina de que María fue concebida sin pecado; desde el
primer momento de la concepción no había pecado allí”. Esto contradice
Romanos 3:23 que dice “Por cuanto todos
pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios”. Aquí tenemos una
doctrina y una tradición que se ha ido pasando y definiendo solemnemente como
verdad infalible, pero contradice lo que está en la Biblia. Luego llegamos a
las principales zonas de conflicto. Tenía que ver con el sacrificio de la misa.
La posición católica oficial sobre el sacrificio de la misa es que es la
continuación del sacrificio del Calvario. El Concilio de Trento lo ha definido
así:
“En este divino sacrificio, que se celebra en la misa, Cristo está contenido e inmolado sin sangre, el que en el altar de la cruz ‘se ofreció a sí mismo’ con derramamiento de sangre (Hebreos 9:27), el Santo Sínodo enseña que esto es verdaderamente propiciatorio . . . Porque es una y la misma víctima, el mismo que se ofrece ahora por el ministerio de los sacerdotes con el que se ofreció a sí mismo en la cruz, lo único que varía es la forma del sacrificio . . .” (Denzinger 940).
Algunas personas dirán que el Concilio de Trento ya no es válido y que las
cosas han cambiado. Pero el Cardenal Ratzinger, cabeza de la Congregación para
la Doctrina de la Fe (que es el antiguo Santo Oficio), en un libro llamado
Informe Ratzinger dijo: “Así mismo es imposible decidir a favor de Trento y
Vaticano I y en contra de Vaticano II. Quien rechaza el Vaticano II niega la
autoridad que sostiene los otros dos concilios y los separa de sus bases”. El
catecismo dice lo mismo, que la misa es el mismo sacrificio que el de la cruz.
Por ejemplo el Nuevo Catecismo de Baltimore dice: “La misa es el mismo
sacrificio de la cruz porque en la misa la víctima es la misma y el sacerdote
principal es el mismo, Jesucristo”. Sin embargo en Hebreos 10:18 dice: “Pues
donde hay remisión de éstos, no hay más ofrenda por el pecado”. Las
Escrituras lo dejan muy en claro. En efecto, ocho veces en cuatro capítulos,
comenzando en el capítulo siete de la carta a los Hebreos dice “una
vez para siempre” hubo un sacrificio por el pecado, ¡una vez para siempre!
Sacrificio consumado
Cualquiera que haya asistido a la misa en la Iglesia Católica recordará la
oración pronunciada por el sacerdote “Oremos hermanos, para que nuestro
sacrificio sea aceptable para Dios, el Padre Todopoderoso”. Esta es una oración
muy importante. La gente responde diciendo lo mismo, pidiendo que los
sacrificios sean aceptables para Dios. Pero esto es contrario a la Palabra de
Dios porque el sacrificio ya ha sido aceptado. Cuando Jesús estaba sobre la
cruz, dijo: “Consumado es” (Juan
19:30) y sabemos que fue consumado porque Jesús fue aceptado por el Padre y lo
levantó de entre los muertos y ahora está sentado a la diestra del Padre. La
Buena Nueva que predicamos es que Jesús ha resucitado de entre los muertos, que
su sacrificio ha sido completo, y que ha pagado por todos los pecados. Cuando
por medio de la gracia de Dios lo aceptamos como el sacrificio hecho por
nuestros pecados, somos salvos y tenemos vida eterna.
Una conmemoración es un recuerdo de algo que alguien ha hecho por nosotros.
Jesús dijo: “Haced esto en memoria de mí”.
De modo que cualquiera que está leyendo esto o cualquier sacerdote que está
diciendo misa, debe considerar seriamente el error de la oración “Oremos
hermanos y hermanas, para que nuestro sacrificio sea aceptable. . .” El
sacrificio ha sido aceptado como fue realizado. Lo que debemos hacer al
participar del servicio de comunión es hacerlo en memoria de lo que Jesús ha
hecho. Vemos que el sacrificio que Jesús ha hecho en la cruz es suficiente y
definitivo. No se le puede agregar ni quitar nada.
¿Puede la misa expiar el
pecado?
La Iglesia Católica dice que la misa es un sacrificio propiciatorio eficaz
para quitar los pecados de quienes viven y de los muertos. Es por eso, hasta el
día de hoy, incluso cuando algunas personas dicen que la iglesia en algunas
partes no cree en el purgatorio, prácticamente cada misa que se dice es por
alguien que ha muerto. Se cree que la misa acortará su estancia en el
purgatorio. Por eso es que se hacen misas por los muertos. Cuando una persona
muere sigue inmediatamente el juicio “Y
de la manera que está establecido para los hombres que mueran una sola vez, y
después de esto el juicio” (Hebreos 9:27). Si son salvos, van
directamente al cielo, si siguen en pecado, van al infierno. No hay nada que
pueda cambiar a alguien del infierno al cielo. Sin embargo la Iglesia Católica
cree que la misa, siendo un sacrificio propiciatorio, disminuirá el tiempo en
el purgatorio. Pero todo el sufrimiento y la expiación que se haya hecho por
los pecados fue cumplido por Jesús en la cruz y debemos aceptar esta verdad.
Necesitamos recibir la vida eterna y nacer de nuevo mientras estamos vivos. No
hay evidencia bíblica que apoye la idea de que después de la muerte podemos
experimentar algún tipo de cambio.
Justos delante de Dios
Luego comenzamos a estudiar lo que la Iglesia Católica enseña sobre la
salvación. La doctrina de la Iglesia Católica es que podemos ser salvos por
ser bautizados de niños. La ley canónica actual dice: “El bautismo, la
puerta a los sacramentos, necesario para la salvación, de hecho, o al menos en
intención, por medio del cual los hombres y las mujeres son liberados de sus
pecados, renacidos como hijos de Dios, conformados a Cristo. . .” (Canon
849). Lo que eso significa es que la
Iglesia Católica dice que cuando un bebé es bautizado, es salvo y tiene vida
eterna en virtud de su bautismo. Pero eso no es cierto. Jesús jamás dijo algo
así, ni hay una sola palabra en la Biblia sobre eso. ¡No hay un limbo! Jesús
dijo: “Dejad a los niños venir a mí. . .” La Biblia siempre dice que somos
salvados por aceptar que Cristo Jesús pagó completamente el precio por nuestro
pecado para que su justicia delante de Dios sea la nuestra. “Al
que no conoció pecado, por nosotros lo hizo pecado, para que nosotros fuésemos
hechos justicia de Dios en él” (2 Corintios 5:21).
¿La obra de Cristo o las
obras?
La Iglesia Católica también dice que para ser salvos hay que cumplir sus
leyes, reglas y decretos. Y si se violan estas leyes (por ejemplo con el control
de la natalidad, los ayunos, la asistencia a misa todos los domingos), entonces
se comete pecado. La Iglesia Católica dice en la ley canónica actual que si se
comete un pecado grave, ese pecado debe ser perdonado mediante la confesión a
un sacerdote: “La confesión individual e integral y la absolución
constituyen la única manera común por la que la persona fiel que tiene
conciencia de su pecado, se puede reconciliar con Dios y con la Iglesia . . .”
(Canon 9609). La
Iglesia Católica dice que esa es la forma de obtener el perdón de pecados, la
forma común de obtener el perdón de pecados. La Biblia dice que si nos
arrepentimos de corazón y creemos en su sacrificio acabado, somos salvos. Somos
salvados por gracia, no por nuestras obras. La Iglesia Católica agrega las
obras, ya que hay que hacer esas cosas específicas para ser salvos, mientras
que la Biblia dice en Efesios 2:8-9 que es por gracia que somos salvos, no por
las obras. La Biblia deja bien claro que somos salvos por gracia. Es un don
libre dado por Dios, no por obras que hagamos. “Porque
por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de
Dios; no por obras, para que nadie se gloríe” (Efesios 2:8-9).
“Y si por gracia, ya no es por obras; de otra manera la gracia ya no es gracia.
Y si por gracia, ya no es por obras; de otra manera la obra ya no es obra”
(Romanos 11:6).
Dejo India y más. . .
Examinamos ésta y muchas otras doctrinas mientras estuvimos en la India, y
cuando me fui, sabía que ya no podría representar a la Iglesia Católica.
Comencé a ver que los dogmas católico romanos que contradicen las Escrituras
están tan enraizados que no se pueden cambiar. El movimiento carismático hoy
en día ha vuelto a los dogmas y doctrinas fundamentales de Roma. Los mantiene y
se aferra a ellos, de modo que todo el movimiento ha sido completamente
debilitado. El movimiento carismático católico no es una corriente de aire
fresco que sople en la iglesia, cambiando todo mediante la vuelta a la Biblia.
No puede haber vuelta a la Biblia porque la Iglesia Católica no le permitirá
ir tan lejos. La Iglesia Católica no renunciará a la misa para que vuelva a
ser una conmemoración como dijo Jesús. Siempre insistirá en que la misa es
una continuación permanente del sacrificio de Jesús. La Iglesia Católica no
renunciará al dogma de que los bebés son renacidos y reciben la vida eterna en
el bautismo, incluso cuando el bautismo infantil no se practicaba en la iglesia
primitiva. No comenzó hasta el siglo III y no se practicó universalmente hasta
el siglo V. La Iglesia Católica no renunciará a los otros requerimientos que
ha puesto sobre la gente.
Ahora, yo amo sinceramente a los católicos y quiero ayudarlos. Quiero
ayudarlos a encontrar la libertad de la salvación y la vida y las bendiciones
que vienen por seguir las Escrituras. Y no tengo nada en contra de ningún católico
ni de ningún sacerdote; son los dogmas y las doctrinas los que los tienen
atados. Dios mismo quiere desatarlos. En el capítulo siete de Marcos, Jesús
dijo: “Porque dejando el mandamiento de
Dios, os aferráis a la tradición de los hombres. . .” Ese es el mismo
problema que enfrentamos ahora. Las tradiciones destruyen la propia Palabra de
Dios porque contradicen sus verdades.
Cuando dejé la India y volví a casa, sabía que enfrentaría el cambio más
grande de mi vida. Era un período de gran conflicto para mí porque había creído
completamente en la Iglesia Católica Romana y la había servido durante gran
parte de mi vida. Sabía que al volver debería dejar la iglesia de Roma.
Soy un hombre libre porque su Verdad me ha liberado. Ya no camino más
con un pie en la Biblia y otro en la tradición. Camino basado en la absoluta
autoridad de su Palabra escrita. Sigo las Escrituras como la única fuente de
autoridad para la verdad revelada. Jesús dijo: “Santifícalos
en tu verdad; tu palabra es verdad” (Juan 17:17).
Mis padres y la
Providencia
En ese tiempo estaba experimentando mucho sufrimiento. Volví a mi hogar con
mis padres, ambos tenían más de ochenta años, y una noche tuvimos una
conversación seria. Les dije lo que pensaba hacer; les dije que era salvo por
la gracia de Dios y que dejaría la Iglesia Católica por motivos doctrinales.
Hubo una larga pausa y luego mi padre dijo, hablando lentamente: “Roberto,
sabes, tu madre y yo hemos estado pensando lo mismo”. Fueron una vez más a la
misa y volvieron diciendo: “¿Sabes lo que es un altar en el frente de la
iglesia? Un altar es un lugar para el sacrificio”. Luego dijo: “Veo
claramente que ahora no hay más sacrificio”. Tanto mi padre como mi madre
comenzaron a leer la Biblia y a seguirla. Mi madre murió en 1989 leyendo la
Palabra de Dios y con la paz y la seguridad de su vida eterna y de que estaría
para siempre con el Señor.
El 6 de junio de 1992 Dios me dio el regalo más grande que le puede dar a
una persona después de la salvación, mi hermosa esposa, Joan. Mi padre murió
en 1993, con una oración en sus labios por los que dejaba atrás. Había
escrito su propio testimonio sobre la gracia de Dios y aunque estaba bastante
anciano había testificado a otros incluso en el hogar de retiro.
La Biblia—La autoridad de la verdad
En 1987 dejé formalmente la Iglesia Católica mediante una carta de
renuncia y luego mantuve una correspondencia de ida y vuelta con mis antiguos
superiores porque quería darles mi testimonio a todos. Terminé escribiendo a
Roma antes de salir. Lo hice así porque quería testificar ante todos y
explicarles los motivos de mi partida. Quería seguir la Biblia. El papa, a
quien se considera el líder de la cristiandad, se aferra a cosas que
contradicen la Biblia. Es muy importante que todos sepan que en el Código de la
Ley Canónica, el Canon 333 dice: “No hay apelación ni recurso contra una
decisión o decreto del Pontífice de Roma”. Eso significa que el papa tiene
poder y autoridad absolutos. Está resumido en el Canon 749, “El Supremo Pontífice,
en virtud de su oficio, posee la autoridad infalible para la enseñanza cuando
como pastor y maestro supremo de todos los fieles . . . proclama en un acto
definitivo que una doctrina, fe o costumbre debe ser sostenida como tal”.
Lamentablemente, el papa está sosteniendo cosas que contradicen la Biblia y
ahora está hablando con mucha dureza contra los evangélicos de América del
Sur como si fueran enemigos de la Biblia. Se queja contra ellos y dice que están
socavando la iglesia, pero la razón por la que se les oponen es que están a
favor de la autoridad definitiva de las Escrituras y no quieren estar bajo la
autoridad papal.
Toda la posición del papa viene básicamente de un malentendido de la
Escritura misma, en el libro de Mateo. Jesús dijo: “. . . tú eres Pedro, y sobre esta roca edificaré mi iglesia”.
Tenemos que estudiar esto cuidadosamente. ¿De qué roca está hablando? Justo
antes de eso, Jesús había preguntado a sus discípulos: “¿Quién dicen los hombres que es el Hijo del Hombre?” Pedro
habló diciendo: “Tú eres el Cristo, el
Hijo del Dios viviente”. Entonces Jesús dijo:
“. . . porque no te lo reveló carne ni sangre, sino mi Padre que está en los
cielos”. Y luego dijo estas palabras:
“. . . tú eres Pedro, y sobre esta roca edificaré mi iglesia”. La
iglesia de Jesucristo está fundada sobre la Roca que es Jesucristo. Pedro ha
recibido la revelación de Dios, y todo verdadero creyente que ha nacido de
nuevo recibe la revelación de quién es Jesucristo. Su sangre derramada en la
cruz borró nuestros pecados, y cuando nos arrepentimos y confiamos solamente en
Él, tenemos vida eterna en Él y viviremos y reinaremos con Jesús para siempre
jamás: Cristo es el cimiento, la piedra fundamental, la Roca. La roca no es el
primer Pedro a quien Jesús escogió como discípulo con todos sus fracasos y
demás, ni lo es el papa de hoy. La Roca es Cristo Jesús. Como el mismo Pedro
lo dijo: “He aquí, pongo en Sión la
principal piedra de ángulo, escogida, preciosa; y el que creyere en ella no será
avergonzado” (1 Pedro 2:6). Por su gracia Dios me lo reveló también a mí
y ahora apoyo y construyo toda mi vida sobre esa roca, Jesús, que murió para
borrar mi pecado y darme vida eterna.
Actualmente
Ahora soy ministro ordenado, estoy en comunión con otros cristianos de la
fe bíblica. No sigan al montón; más bien procuren entrar por la puerta
angosta. No se sientan molestos por la proclamación del evangelio de la gracia
de Dios. No hay otra forma de ser salvo. Sin la gracia de Dios todos nosotros
estamos perdidos y sin esperanza. No tenemos nada propio para ofrecer a Dios.
Como dice un himno: “Traigo las manos vacías, sencillamente me aferro a tu
cruz”. Arrepiéntanse de tratar de hacer cualquier cosa para merecer el cielo.
Confíen solamente en la sangre vertida por Cristo. La gracia es el favor de
Dios que nos da lo que no merecemos. En tanto que Dios los justifica mediante la
justificación de Cristo, alábenlo y hagan todas estas cosas “para
la alabanza de la gloria de su gracia, con la cual nos hizo aceptos en el Amado”
(Efesios 1:6).
Las Buenas Nuevas
Estas
son las Buenas Nuevas que quiero compartir con todos los lectores. Cuando uno se
arrepiente y acepta que Jesús murió personalmente por sus pecados en la cruz,
su vida es suya por fe; “mas al que no
obra, sino cree en aquel que justifica al impío, su fe le es contada por
justicia” (Romanos 4:5). Oren a Dios para no transigir. Pídanle al Señor
que los santifique en su verdad. Su palabra bíblica es verdad. Oren para que se
mantengan firmes y valientes a favor de su Palabra escrita solamente, y para que
puedan proclamar como el salmista: “Lámpara
es a mis pies tu palabra, y lumbrera a mi camino” (Salmos 119:105). En una
era de transigencia oren como el Señor Jesucristo mismo y los apóstoles, que
su autoridad final sea la Palabra escrita de Dios. Rechacen cualquier tentación
de ceder, como lo hizo el mismo Señor, con dos poderosas palabras: “ESCRITO
ESTA”.
Nota: El hermano Bob,
inmediatamente después de abandonar el sacerdocio y la Iglesia Católica,
comenzó a trabajar como un evangelista en los Estados Unidos y también en
Centro y Sudamérica. En 1992 sufrió una seria parálisis después de una
operación en la espalda. La forma en que soporta con gozo este gran impedimento
físico es en sí mismo un testimonio a la gracia de Dios. Actualmente es
evangelista y anfitrión de un programa de radio cristiana que continúa
predicando la palabra del evangelio.
Este
testimonio es cortesía de Richard Bennett y su ministerio “The Berean
Beacon”.
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